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viernes, 8 de mayo de 2020

Una tienda de nada

Federico llevaba mucho tiempo dando vueltas una y otra vez a la misma manzana, porque es comprensible que a uno le entren las dudas cuando por fin encuentra el local en el que hacer realidad un viejo sueño. Cada día se asomaba al escaparate vacío haciendo visera con la mano y acercando la nariz hasta tocar la cristalera. Adentro, un espacio diáfano, paredes blancas y suelo de azulejos arabescos. Una mañana se armó de valor y llamó al teléfono anotado en el cartel de Se Alquila. Pocas semanas y una pequeña inversión después, lo tuvo todo dispuesto. Sólo necesitó un armario para los artículos de limpieza, una silla en medio del establecimiento y el pequeño rótulo de Abierto/Cerrado para colgar en el interior de la puerta. Por último, colocó en la fachada el letrero de madera que él mismo había tallado: “NADA”.
Las jornadas de su nueva rutina transcurrían ajetreadas. Federico llegaba bien temprano, abría la puerta, giraba el rótulo, Abierto, y enseguida se ponía manos a la obra. Comenzaba pasando la mopa por todo el piso para atrapar cualquier mácula que se hubiera colado por la rendija de la puerta. A continuación limpiaba meticulosamente los zócalos y las fastidiosas esquinas del cuarto. Después tocaba abrillantar con cuidado el ventanal, poniendo especial cuidado en dejar impolutos los rincones de los marcos de aluminio. Había pasado ya la mitad de la mañana y estaba exhausto pero aún le quedaban fuerzas para untar la silla con protector para madera y para arrodillarse a fregar y secar las baldosas hasta verse deformado en el reflejo del mosaico azul. Su labor era encomiable. Una vez eliminado todo lo que pudiera perturbar el espacio, se sentaba satisfecho a contemplar la nada que acababa de crear.
A pesar del esfuerzo, sabía que su nada no era perfecta, pues ahí quedaban la silla, el armario o incluso él mismo pero, como en todo negocio, se trataba de riesgos que estaba dispuesto a asumir. También se hacía cargo de que su nada era efímera ya que enseguida se colaba alguna mota de polvo de la calle, pero hasta que eso ocurría su dicha no podía compararse con casi nada.
Pronto el local empezó a ser objeto de la curiosidad y comentarios de los vecinos. Primero fueron los que se quedaban parados frente al desconcertante cartel de la entrada. Levantaban la vista incapaces de creer lo que estaban leyendo, NADA. A continuación husmeaban en el escaparate, que nada mostraba, y a través de él se topaban con aquel hombre a ratos sentado, a ratos caminando en círculos o con la vista fija en el techo. Después seguían su camino encogiéndose de hombros. Al poco, se formaron los primeros corrillos frente a la puerta. Federico escuchaba los murmullos con una sonrisa pues era de esperar que su nada acabara alterándose con el ruido de afuera. -Si no vende nada, ¿para qué abre?-, comentaban. -¡Menudo gasto idiota!-, decían otros. Pero a pesar de todo aquella tienda que nada ofrecía actuaba como un imán donde se concentraba cada vez más y más gente.
Era cuestión de tiempo que alguien entrara, claro, y fue el alcalde quien, en virtud de su cargo y bastón de mando, atravesara el primero la puerta. -Muy buenas señor… -, -Federico-. -Señor Federico, anda todo el pueblo preguntándose qué habrá en esta tienda, porque ya sabe como es el pueblo, ¿verdad? A este pueblo, unido y responsable, ya se imagina, no le gusta verse alterado. Ay, no sabe usted lo que cuesta mantener al pueblo calmado, y el pueblo ¿cómo te lo paga? Pues con críticas, ¿sabe usted? Y con la amenaza de que no te va a votar en las próximas elecciones, si yo le contara… Y bien, ¿qué le va a vender usted a nuestro pueblo?-. Él asistía desde su silla al monólogo del alcalde, que iba y venía de un lado a otro mirando de reojo a la cristalera, no ajeno a los transeúntes que se habían agolpado frente al escaparate ante la novedad de que algo sucediera adentro. –Nada, señor-. – ¿Nada?-. –Nada-. Ante la indiferente tranquilidad de Federico, el alcalde levantó la barbilla, sacó pecho y salió airado de allí con la certeza de que aquel hombre era un miembro de la oposición cuyo negocio tenía como objetivo destituirlo.
A partir de aquel incidente la tienda atrajo a dos tipos de individuos. Por un lado, los detractores del alcalde. Los reconocía porque buscaban su complicidad y, con alguna variación, todos venían a decir lo mismo. –Vaya pájaro el alcalducho, seguro que vino a tratar de sobornarlo. Hizo usted muy bien en poner en su sitio a ese corrupto, ¿qué le dijo?-. También llegaron los partidarios, reconocibles porque entraban envalentonados y desafiantes, con un discurso más o menos así: - Pero ¿cómo te atreves a faltarle el respeto a nuestro alcalde? No vamos a tolerar que vayas esparciendo bulos en su contra. Dinos, ¿qué andas diciendo de él?-. Para unos y para otros la respuesta era la misma: nada. Así, aquellos salían convencidos de que Federico era un humilde genio y estos habrían jurado que la desfachatez y soberbia del tipo no tenían parangón.
Tras esta primera oleada aparecieron los antisistema y se convencieron de que, como ellos, Federico libraba su propia batalla contra el poder. Les siguieron los conspiranoicos, seguros de que ese peculiar hombre secundaba sus tesis sobre la mano negra que gobernaba el mundo. Más tarde llegaron los místicos, susurrantes y complacientes, atribuyéndole las cualidades de un iluminado.
Ni qué decir tiene que el trabajo se le multiplicaba tras este tipo de visitas pero lo aceptaba como parte de sus responsabilidades así que, equipado con mopa, trapos y abrillantador, se aplicaba de buen grado en recuperar su esquiva nada en cuanto salían por la puerta.
En esas estaba después de la visita de los agnósticos, cuando le sobresaltó una suave voz. –Disculpe, no quería nada. Sólo he pensado que podría venirme bien quedarme aquí un rato en silencio, ¿puedo?-. - Claro, adelante-. Se trataba una chica joven y menuda que sigilosamente se acomodó en la esquina del ventanal. Su presencia no impidió que él siguiera concentrado en dar lustre a los arabescos. Al cabo de un rato la muchacha sacó su propio paño, limpió el lugar donde había estado sentada y dándole las gracias, salió sin apenas rozar el suelo. Poco después volvió con un amigo y más adelante, con otros muchos que a su vez traían a más y más gente. Todos ellos saludaban respetuosos, encontraban su lugar favorito en NADA, permanecían un rato escuchando el vacío y cuando querían, aseaban concienzudamente su rincón y se marchaban agradecidos.
Federico comprobaba que el nuevo trasiego no trastornaba NADA, y su labor cada día se iba reduciendo a nada. Examinaba rincones, rejillas, ventana y, nada. Ni siquiera la cerámica de los azulejos reclamaba algo de su atención. Solo quedaba contemplar, en aquellas largas jornadas de júbilo.
Poco después cerró el local, muy satisfecho de haber conseguido todo lo que quería.



Este texto también ha salido del curso "Encierro Creativo" de Un Cuarto Propio

jueves, 3 de agosto de 2017

Todo un arte

Vete tú a saber por qué aparecimos en la parte privilegiada del mundo, ésa que tiene el honor de cuestionarse su propia existencia, la que ostenta la osadía de poder hablar de felicidad, de prosperidad personal, de autocrecimiento, autonocimiento... A menos de una hora de avión o quizá a pocos metros de nuestra casa se libran batallas para que nosotros cada mañana miremos al horizonte con los ojos aguados y nos preguntemos qué hacemos aquí.
No vengo a sembrar sentimientos de culpa, intervine tan poco en la elección de mi destino como los que mueren escapando del suyo en las aguas en las que me baño cada verano. Pero igualados en inocencia, a nosotros, los ricos, nos toca hacernos responsables y conscientes de nuestros privilegios, aunque sólo sea por contribuir un poco a la justicia cósmica, si es que la hay.
Anhelar la felicidad es uno de esos privilegios que personas como tú y yo, abastecidas, alimentadas cada día, podemos permitirnos. Las luces o las sombras, estar tristes o alegres, es en nuestro caso una elección y decantarte por lo luminoso, si así quieres hacerlo, es cuestión de arte y de voluntad. Así de simple. Es cuestión de cada día, en cada instante, agradecer lo obvio sólo por el hecho de que hay millones de personas que no lo tienen. ¿Quieres ejemplos?
Sin salir de tu dormitorio, cada mañana, agradece el techo que te ha protegido de la noche para guardarte el sueño y el colchón viscoelástico sobre el que tendiste tus vértebras maltrechas. Agradece que si alargas tu brazo alcanzarás a tocar la piel de alguien que ha elegido estar a tu lado pase lo pase desde hace muchos años. Un ser humano, toda una compleja y misteriosa creación que ha decidido voluntariamente caminar contigo.
Incorpórate despacio y agradece que puedes ver para contemplar el escenario cambiante que te ofrece tu ventana. Camina unos pasos hacia el baño, abre el grifo y ¡AGUA! La sangre de la Tierra. El motivo de futuras guerras que a nosotros nos llega sólo accionando un mando. Agradece que nunca tienes sed, que puedes asearte tantas veces como quieras y lavar tu ropa todos los días de tu vida.
Aún con sueño, acércate a la despensa  llena de alimento. Agradece las manos que siembran las hortalizas que comes. Agradece que cuando se acaba, sólo tienes que bajar hasta la tienda o arrancar el coche que por suerte tenéis aparcado en el garaje para llevaros al supermercado. Agradece que puedes caminar y circular en paz porque el país en el que vives no está en guerra. Agradécete cómo gestionas tu dinero y cómo gracias a ello nunca, nunca te falta. Ni tirándolo.
Agradece que respiras, que ves, que oyes, que te puedes mover… porque hay gente que no puede hacerlo. Agradece que sabes leer y que gracias a ello husmeas en vidas ajenas, en historias del pasado, en viajes interminables.
Agradece tu posibilidad de dar vida, que diste vida. Y agradece que la vida se manifestó como quiso, con sorpresas, con situaciones inesperadas, algunas te gustan más y otras menos pero así es ella, no como quisiéramos sino como es.
Y después de agradecer observa qué ocurre con la retahíla de lamentos, con los disgustos que se parapetaron en tu pecho; si los sigues escuchando es que aún no has agradecido lo suficiente. Dime, si adquieres esta costumbre, si no vislumbras algo parecido a la alegría, a una paz sin alharacas pero eterna.
Da gracias porque tienes el privilegio de poder darlas. Da gracias y observa qué ocurre. Di gracias y que pase lo que tenga que pasar.

(Y si por un casual esto no funcionara, baila. Es insostenible la tristeza en un cuerpo danzante).


lunes, 27 de marzo de 2017

Apuntes

En la mañana
El silencio no es tal,
Es un rumor en mis oídos
Una fricción de células
Una caricia del aire
que suena.
No soy dueña del silencio
                                   (ni de nada)
Sólo vivo en él.
Y en él, el roce de mi pluma sobre el papel
Es estruendo.

Por la noche
Repaso mi día, ¿ha merecido la pena? ¿He bailado? Sí. ¿He amado? Un resorte a punto del no se topa con el recuerdo de los árboles de camino a casa.
Y ese silencio.
El cielo nublado. Hace frío. Me obligan a mirar hacia arriba y yo siento cómo mi espalda y mi cuello se estiran. Árboles que no esperan. Sólo son.
Dos cipreses tremendos ondean y yo sé que mi vida es como ellos.
Debe ser como ellos.
Ser sin esperar.
Me muevo con el aire, digna, y honro el suelo que me alimenta.
Amo, con todo su significado.
Estás a punto de vestirte, hermano

sábado, 6 de agosto de 2016

Crear el vacío. Escribir nada

Me pregunto qué ocurriría si me olvidara de escribir sobre el hecho de que no escribo. No merece la pena hablar de ello. Es como si hubiera escrito cada día. Como si no hubiera escrito hasta ahora. Me sorprende que piense tanto en ello, pues en mi caso no escribir es lo más parecido a escribir sobre todo aquello que conozco.
H.D. Thoreau a Blake en
Cartas a un buscador de sí mismo

De vez en cuando Silvia nos atemoriza a sus lectores con algún escrito en el que nos confiesa lo difícil que le resulta encontrar algún tema de lo que escribir. Nadie lo diría: su prosa fluye entre los resquicios de lo cotidiano con una facilidad lúbrica. El mismo día Bubo hablaba de algo parecido.
Aunque suene redundante, es así, cuando uno se pone a escribir necesita hablar sobre algo. Estamos acostumbrados a algos, a las cosas, a llenarnos de emociones, a acumular experiencias, a almacenar anécdotas… Parece que sólo le diéramos valor a la suma. En el caso del binomio escritura-lectura ocurre igual: hace falta algo para que nazca un escrito y qué poco nos atraería un escrito que no hablara de nada.
Precisamente me hallaba yo estos días reflexionando sobre eso: ¿cómo hablar de la nada? O mejor dicho, ¿podría expresarse la nada a través de la escritura? El vacío me obsesiona de un tiempo a esta parte y ya es paradójico que la nada me provoque una emoción que llena tanto.
¿De qué forma expresar el vacío? Para qué especular si el Tao Te King habla de ello*:

Treinta radios convergen
En el centro de la rueda,
Pero es su vacío
El que hace útil al carro.
Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
Pero de su vacío
Depende el uso de la vasija.
Se abren puertas y ventanas
En los muros de una casa,
Y es el vacío
Lo que permite habitarla.
En el ser centramos nuestro interés,
Pero del no-ser depende la utilidad.
Haciendo caso al sabio, para expresar la nada con la escritura o con cualquier otro medio sólo podemos limitarnos a crear el contexto que la permita.
¿Podría mi escrito expresar la nada si cuento dónde la encuentro? Probemos. Siento que el vacío está en la ausencia de intervención, en el ahorro de estrategias; en un agradecido dejarse llevar; en el no pretender nada para uno mismo –nada más y nada menos que lo que le corresponda legítimamente-. La nada la imagino en el agua que fluye sin descanso, inagotable. Sólo para físicos o químicos: en el estado estacionario (me apetecería hablar de esto algún día aunque pierda un alto porcentaje de lectores y el cariño de parte de mi familia, o toda). También en el imperfecto silencio de las noches de verano. En el oscuro abismo de ese mismo cielo. En el instante siguiente al paso de una estrella fugaz.
Siento que manifiesto nada cuando me alío con el silencio y camino sigilosa en mi propia casa, como si fuera a despertar a alguien aunque sea de día; al adaptarme al hueco que exista y no empeñarme en abrir a codazos para mí un espacio inexistente. Cuando me doy cuenta de mi propio cuerpo, incluso si estoy hablando contigo. Cuando, desafiando el ansia por rellenar mi tiempo, decido parar. Al imprimir deliberada parsimonia a cualquier actividad que desarrollo. En los movimientos intencionadamente lentos, casi quietos, incluidas las caricias.
La nada, tal y como yo la entiendo, es permitir, no querer. No confundir con consentir.
La nada es rebelde, entonces. Anticapitalista, también. La nada se opone al discurrir del ego, que sólo quiere para sí. Se escapa de la sobrevalorada persecución de los sueños, como dice mi amiga Mariana. La nada es orientarse hacia algo, pero no perseguirlo, sólo esperarlo. Es deshacer lo que uno cree que es. Se acerca cuando nos atrevemos a romper nuestra forma. Es potencial, es creatividad latente.
Pero por más que trate de explicármela, sigo sin quedarme satisfecha, ¿ves?: pretender la nada crea un efecto llamada sobre el todo que no la sacia. Eso es lo que significa: si lo quieres todo pon tu empeño en deshacerte de lo que tienes. Coloca la intención en lo contrario de los deseos. Haz el vacío el la pajita para beberte el zumo. Fabrica muros para ubicarte en el espacio que creas. Es delirante.
Volviendo al motivo de mis reflexiones, no es competencia del que escribe o del que crea escribir sobre la nada, sino provocarla y dejar después que todo ocurra. A un nivel práctico, actuar –escribir- con aplastante sinceridad si quieres que llegue algo y si no llega nada, no es el momento. No es buscar, es, como escuché hace poco, convertirse en canal. Dejar que nos desborde lo que pugna por salir a través de nosotros ya seamos escritores, cocineros, saltimbanquis, herreros, amos de nuestra casa…
Y de esta forma, al crear vacíos, creamos y nos vaciamos. El vacío, paradójicamente, lo crea para sí el que crea mientras crea. Y lo gestado en ese vacío, crea en el que recibe lo creado.
Un delirio.
El secarral provoca agradecidos oasis y éstos, aguas que crean tramas


* Poema XI 

jueves, 30 de junio de 2016

Vivir (y III)

El más elevado de mis pensamientos no deja de parecerse a un águila que de repente entra en el campo de visión, sugiere algo inmenso y emocionante al que la contempla, pero nunca se acerca realmente, vuela en círculo a lo lejos, haciéndose al rato su figura más tenue, hasta perderse finalmente tras un acantilado o una nube”. Henry David Thoreau.

Escena 1

-Qué bien-. Inés sigue entonando su mantra mientras se incorpora a la mesa donde el resto desayunamos. Desde ayer un no me quiero ir perturba de vez en cuando su canturreo. El silencio y el suave tintineo de las campanitas colocadas en cada rincón de la casa se rompen cuando, serena, nos susurra qué bonita es la vida.
A su lado Felipe levanta la mirada del cuenco de cereales, se gira hacia ella y asiente. La vida es hermosa. A mí me encanta vivir… Con este principio inédito, iniciamos una conversación en la que Felipe cuenta que vivió varios meses en un monasterio budista y que los monjes meditaban cada mañana para desarrollar la conciencia de que cualquier día podía ser el día de su muerte. Decían los monjes que el sentido de la vida no consiste en conseguir grandes objetivos sino en poner amor y dedicación en las pequeñas obras que desempeñamos en cada momento. De esta forma si en medio de cualquier actividad llegara la muerte, el alma regresaría en paz al lugar de donde había venido y le sería más cómoda la siguiente encarnación.
Sea verdad o no, qué hermosa forma de tomarse la vida: poner el mismo énfasis en fregar los platos que en exponer la tesis doctoral.
En medio de los dos, qué puedo aportar. Les escucho en silencio, agradecida por asistir a este cruce de verdades tan difíciles de encontrar; por recordarme que la alegría de vivir es pequeña y que por eso mismo cabe en cada resquicio de nuestro tiempo.

Escena 2

Con los pies metidos en aguas escandalosamente azules observo mi sombra ondulante proyectada en el fondo. La mezcla de la brisa con el vaivén de las olas es el antídoto perfecto para barrer pensamientos que acuden cada día a mi mente como si tuvieran que fichar.
Sin motivo aparente me asalta el recuerdo de una pequeña fábula que leí hace tiempo. Contaba que Dios, en ausencia de espejo, se dividió en millones de pedazos para poder entrar en el cuerpo de los hombres a contemplar su creación y, por ende, a sí mismo. La moraleja de aquella historia era que Dios habitaba dentro de cada uno de nosotros y ahí habría que buscarlo.
Dejando a un lado mis creencias o mi propio concepto de Dios, me maravilla la idea de que nuestro único objetivo en la vida fuera observar y recabar experiencias. Ser un pequeño almacén de vivencias que a la hora de descarnar expulsara al cosmos todo lo aprendido. ¿Cuál sería mi legado para el universo? ¿Qué puntos incluiría en mi informe final? Estimado Todo: en mi etapa dentro del mundo material he observado que eres el amor, la belleza, el deseo; eres la inquietud, la bondad, la frustración; eres desternillante, también oscuro y retorcido; eres la paz, la tristeza. Eres el silencio.
¿No sería un alivio vivir con la certeza de que sólo hay que experimentar lo bueno y lo malo con ojos de científico? Dejar que las emociones nos atraviesen sin resistencia, ¿dónde quedarían en ese caso el sufrimiento o el miedo?
Las respuestas a mis silenciosas preguntas se muestran insinuantes pero son tan escurridizas como mi sombra, que ondula en el fondo de estas aguas turquesas. Por si acaso, yo concentro toda mi atención en la temperatura del agua, en la humedad del bikini, en el calor del sol.

Escena 3

Mi promoción, como íntimamente les llamaba, ya se ha marchado y tengo toda la tarde para mí. No sé ni me importa demasiado dónde iré pero siento que quiero moverme. En el mapa de la isla, un camino que no conozco me tienta. Después decidiré si continúo pedaleando o descanso en alguna playa.
La bici alquilada se parece tanto a la mía que apenas me ha costado acoplarme a ella. Avanzo despacio, confirmando de vez en cuando que el sendero que he escogido es la versión tridimensional del que está pintado en el plano. A mitad del trayecto caigo en la cuenta de que ya había pasado por aquí dos años atrás.
Llego a la playa y el viento sopla muy fuerte así que avanzo un poco más hasta otra cala más recogida. A pesar de su fama, no es mi favorita. Está llena de turistas y tiene mucha roca pero me siento tan privilegiada por estar aquí que me tumbo en la arena a descansar satisfecha como si hubiese arribado a Ítaca.
Me doy un baño y me seco contemplando desde la arena el faro que gobierna el otro lado de la isla. A unos pocos metros un bebé me observa sonriente desde su carrito… Me hace gracia pensar que si hoy mi objetivo hubiera sido encontrar grandes aventuras esta tarde sería un fracaso, pero yo sólo quería moverme así que no me he perdido, ni he perdido, nada.
A la vuelta me deslizo sin esfuerzo por el mismo camino. Todo está seco y polvoriento, la lluvia es esquiva con la isla. Atravieso escenas cotidianas: dos obreros reparan un murete, en un pequeño bar unos niños están celebrando una fiesta de cumpleaños… el bullicio del turismo queda unos kilómetros más allá. De repente una certeza me sobrepasa, la vida es esto: es transcurrir, moverse sin objetivos... La comprensión plena de lo tantas veces leído y recitado circula por delante de mis ruedas sin dejarse atrapar pero su estela me va haciendo cosquillas en el corazón mientras me digo: qué bonita es la vida.

lunes, 20 de junio de 2016

Vivir (II). Barriendo se alcanza el TAO


De entre todas las labores posibles decido que hoy barreré hojitas otra vez. Aun así, antes de empezar doy un repaso a mis apetencias, no vaya a ser que subrepticiamente sólo lo haga por agradar cuando en realidad quisiera dedicarme a otras actividades más lucidas y lúdicas que ofrece la casa. Tras breve autoanálisis admito que no: todo mi ser se inclina hacia la retirada de las hojas secas, flores y semillas que se desprenden incansables de este árbol que aún tiene mucho trabajo que dar, según indica su copa. Así que me dirijo como cada día al rincón donde se amontonan las escobas y busco mi cepillo favorito de exteriores y otro de cerdas más suaves. Hoy me voy a atrever con una zona complicada en la que la tierra del suelo está más suelta.
Hace unos años, cuando vine aquí por vez primera me ofendió un comentario de la dueña que aseguraba que nadie sabía barrer. Y me lo decía a , que llevaba barriendo casi desde que tenía uso de razón. Al preguntarle, molesta, cómo habría de hacerlo, ella, de una forma muy pedagógica, me contó que durante muchos años se dedicó a limpiar colegios para ganarse el sustento suyo y de sus hijos cuando la vida se le volvió un poco más difícil. Ahí comprendió el arte del cepillo. Me desveló que lejos de la costumbre generalizada de extender la basura y pasearla por todo el suelo para hacer un único montón, era mucho más eficaz ir acumulando pequeños montones y retirarlos poco a poco. De esta manera, un verdadero experto del barrido, y mucho más si hablamos de exteriores, debe saber que tendrá que hacerlo sin soltar el recogedor, avanzando pasito a pasito mientras va dedicándole prácticamente un exclusivo golpe de escoba y recolección a cada cosa que perturbe la integridad higiénica del suelo…
… Y así me hallo yo ahora, imitando al experto, con la cabeza gacha concentrada en cada hoja, en cada florecilla y en cada roce del cepillo con la tierra cuando comienzan a sonar en mi cabeza los primeros versos de uno de los poemas que más me gustan del Tao Te King:
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO…
Sonrío para mis adentros reconociendo a aquel que vierte los versos en mi mente y es que uno de los principales efectos secundarios de estar en armonía es que mi Ego no solo se conforma con subirse al carro donde, como romeros, nos balanceamos con gracia mi Bienestar y yo, sino que además lanza flores a nuestro paso y se deshace en vítores, alharacas y olés. Hoy, en su sencillez, me coloca en el pedestal de la Virtud dedicándome el poema por haber elegido este trabajo tan poco atractivo e insinuándome que gracias a eso terminaré, esta vez sí, por alcanzar el nirvana y la plena realización personal.
Pero bueno, tampoco quiero hacerle mucho caso pues qué vano es luchar contra un ente tan complejo como el Ego. Le dejo hacer mientras mi atención se centra en darle vida al suelo, como me dijo también mi maestra, en una distinción bastante gráfica entre las labores que se realizan con amor de las que no.
… Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre…
Trabajar con el TAO de banda sonora tampoco es desagradable, me admito mientras la actividad comienza a transformarse en una cuasi-meditación: no mirar más allá de la siguiente hojita y fijar la vista sólo en medio metro cuadrado me ordena la mente ¿Qué extraños misterios se esconden detrás de la dedicación, del abandono de la prisa, del vivir ajeno a metas ni recompensas?
… y así está más cerca del TAO…
Bueno, por supuesto que mi ego tiene la respuesta. A estas alturas ya me ha alzado al nivel de Mesías en la escala evolutiva humana... Como siga así voy a tener que atarle en corto.
En medio de la incipiente pugna por mi control emocional observo que barrer este lugar es lo más parecido a barrer directamente el campo y eso me hermana con una vecina que vivía en mi barrio cuando yo era niña y que en sus últimos años perdió la cabeza. En esa época era fácil verla enfrascada con su escoba en el cauce seco del río que atravesábamos para ir al colegio. Los niños y no tan niños, crueles, nos reíamos de ella por lo bajini pero hoy, bajo este sol que ya empieza a picar, me pregunto si acaso su independencia emocional no sería tan grande que poco le importaban las burlas y mucho el hacer lo que su confuso corazón le dictara…
…Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO…
Pues por hoy ya está. Levanto por fin la vista y no sé si estaré más cerca del TAO, pero al menos el patio se ve más bonito. Recojo mis herramientas y al ir a colocarlas en su sitio me sobresalta una voz a mi espalda. -Perdona, has sido tú quien ha barrido allí debajo del árbol-. Era la jefa. Maldita sea, me digo esperando bronca, ya he vuelto a esparcir demasiado la tierra - Sí, contesto con voz trémula - Es que está muy bien. Cuando lo he visto he pensado que por fin hay alguien que barre como yo. - Gracias-, respondo aliviada. -Sólo apliqué lo que un día me enseñaste…
…Y mientras la conversación se desarrollaba, en un universo paralelo un ego desbordado restregaba en los morros de su habitáculo manchego, y de carrerilla, un poema enterito del Tao Te King...
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO.
Por esto, la suprema bondad es tal que,
su lugar es adecuado
Su corazón es profundo
Su espíritu es generoso
Su palabra es veraz
Su gobierno es justo
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
nada se le reprocha.

Algo me dice que hoy no hay hojitas suficientes en todo el planeta Tierra para que ese ego llegue a comprender lo que de verdad significa este poema.

jueves, 16 de junio de 2016

Vivir (I)

Me despierto cuando entra la luz a través de las cañas con que está construida mi cabaña y como aún queda un buen rato para la hora de la meditación, decido que me voy a caminar. Así que me cambio mínimamente pues cuando viajo en este plan hago apenas distinción entre la ropa con la que duermo y con la que salgo… y me gusta.
Me muevo con sigilo, en el resto de las habitaciones de la cabaña la gente duerme, y salgo al exterior procurando no descargar del todo mi peso sobre la grava. No quiero que la mañana se asuste. Al llegar al lavabo el espejo me devuelve una cara sonriente y salvaje, quizá ayuda que mi pelo se vuelve rebelde cuando me acerco a playa alguna. El chorro de agua del grifo se une a la explosión latente de ruidos que trae consigo el amanecer. Sólo los pájaros y mis pisadas pondrán la banda sonora a mi paseo.
Qué bueno no saber hacia dónde ir. Me dejo llevar por mis piernas que deciden ignorar el desvío que me llevaría al pie del lago salado. Parece que hoy toca ir hasta los acantilados. Un poco más adelante el camino se bifurca y soy guiada hacia el lado de la derecha. Aunque en un principio pensaba que no llegaría muy lejos, me sorprende que no sea así y que finalmente haya encontrado el sendero por el que puedo bordear completamente el lago. Desemboco en un lugar en el que los acantilados no son más que playa rocosa. Me siento un rato, agradecida porque no pase nada, y contemplo la avidez de las pequeñas olas que como buitres carroñeros muerden incansables la base de una roca. Cuando levanto la vista me cuesta creer que este mar sea al mismo tiempo escenario de vida y motor de destrucción pero eso me pasa por seguir sosteniendo interpretaciones que asocian bondad con creación y maldad con destrucción. Qué sabré yo de mecanismos universales.
Vuelvo sobre mis pasos persiguiendo con curiosidad las huellas de mis zapatillas de semi-trekking, sintiendo absurda ternura por la que fui hace unos minutos y por su ápice de inexperiencia respecto a quien soy ahora. Poco después llego al punto donde de nuevo mi camino confluye con ese otro que me va acercando a la casa donde vivo por unos días. A pocos metros de la entrada, en la parcela colindante, la vecina octogenaria hoy está arrancando unas malas hierbas. Hace unos días la saludé mientras preparaba un surco con su azada, ayer barría el porche. Me pregunto qué pensará esta mujer cuando llegue la noche, si se lamentará por una vida atada al ingrato trabajo del campo o si por el contrario vivirá su quehacer con alegría… Si, a fuerza de escuchar día tras día el susurro de la tierra que labra, hace tiempo que comprendió todos los secretos del universo.
Cuando la pierdo de vista acude a mis pensamientos Paris Hilton en un giro al que mis mecanismos cerebrales ya me tienen acostumbrada. Me contaron que es habitante ocasional de la isla así que el requiebro mental tampoco es tan dramático. Pero no me viene a la cabeza por eso sino como antítesis de la vecina octogenaria pues en su caso, con una vida dedicada a experimentar el catálogo de actividades que el hombre ha dado por llamar placenteras, la imagino torciendo el gesto cada vez que se viera obligada a llevar a cabo labores que supongan algún tipo de esfuerzo, trabajo o incomodidad.
Casi a punto de alcanzar mi destino, infiero de mi ensalada mental que de la misma forma que no hay vida sin muerte ni creación sin destrucción, es importante mantener el equilibrio entre trabajo y ocio, entre dedicación y placer pues la inclinación de nuestras vidas en uno u otro sentido nos puede volver desgraciados o mezquinos.
Al final de mi andadura vuelvo a la imagen de la anciana, ¿se dará también sus pequeños homenajes? ¿Cómo serán? Y mientras la imagino cada noche destinando el rato antes de dormir al visionado de películas de Sarita Montiel, me aplico el ejemplo. Ojalá y yo nunca me olvide de bailar.




lunes, 9 de mayo de 2016

Semana Santa 2016 (Parte III). Debería y yo

No era la primera vez que me tocaba vérmelas con Debería pero nunca antes habíamos hablado a solas, pues acostumbra a acompañarse de personajes como su inseparable Presión Social. Suerte la mía porque juntos son unos gamberros... Sospecho que Debería es el cabecilla de una panda de entidades emocionales que lo consideran su guía, un Moisés de lo inconsciente con su tabla de Los Diez Mandatos grabadas a fuego en las paredes donde deben estar escritas mis creencias.
Mientras Debería recorría el arduo camino hacia el consciente, yo esperaba más cabreada que una mona, no sólo porque me había fastidiado las primeras horas de retiro, también porque a estas alturas seguía dejándome llevar por sus insinuaciones. Sus constantes órdenes continuaban activando la falsa creencia de que nunca hago nada bien, y cuando mis obras se desvían de sus preceptos es mucho peor pues la perorata sigue siendo tan repetitiva y el cacareo de su pandilla de acólitos tan estridente, que sólo el puño firme de la consciencia y la voz suave del corazón pueden hacerle frente.
Pero en ese lapso también me dio tiempo a reconocer que sólo se trata un ente obsoleto que trabaja en automático. Como un viejo juguete de cuerda que sólo hace una cosa. El malote de la pandilla siempre alza la voz para esconder su enorme vulnerabilidad... Así, despacito volví a enfundar las armas que había preparado para la contienda, sabedora que Debería y todos los demás también aportan a la construcción de todo esto que soy; a su manera sólo quieren protegerme. Por mi parte admito que muchas veces me valgo de ellos para refugiarme y desoír las llamadas de una libertad tan anhelada como insondable y abismal.
- Ya estoy aquí, ¿qué quieres?- Muy cerca de mi cara, una entidad de asustados ojos grandes y bracitos en jarras se mostraba con una actitud de infantil desafío.
- Hola Debería, ¿cómo estás?- Traía un tic en el ojo, estaba incómodo. Él esperaba pelea y el saludo le pilló a contrapié. Aún así, con la boca chica, activó su disco rallado:
- Yo bien… pero tú, ¿qué haces, ejem, aquí sola?
- Debería, gracias por querer ayudarme.
- Esto… ¿no crees que… mmm… deberías estar haciendo… otras cosas?
- Tranquilo que no tienes que seguir por ahí.
- ¿Qué quieres de mí entonces?
- Pues ya, nada. En este enorme silencio tu voz ha sonado más fuerte que nunca y me he dado cuenta de que tan absurdo es que no me dejes leer tranquila como que me sugieras que no vivo como tú crees que tendría que hacerlo.
Contrariado, se desencaramó de mi pecho y se sentó cabizbajo en el sofá. Puesto que no tiene como atributo el razonamiento ni la lógica sino la repetición mecánica de preceptos socioculturales, estaba confuso y, sorprendentemente, un poco avergonzado mientras relataba cual beata: date prisa si no quieres que se te pase el arroz…, adecenta tu piso de una vez…, alquilar es tirar el dinero… Pero yo ya lo miraba con ternura y aunque supe que siempre estaría dentro de mí, verlo así fue como atarle unas pesas en sus piernecitas invisibles: seguiría irremediablemente tratando de armar bulla por mi psique pero mucho más despacio que antes.
Entonces, ya sí, el día siguiente amaneció luminoso y yo me fui a pasear sin el peso de su presencia mientras él se quedaba rezagado, caminando con las manos enlazadas en su espalda y mirándome con una mezcla de pena, resignación y enfado. Aliviada, en los días que siguieron fui familiarizándome con mi instinto, y la curiosidad y el afán de aventura salieron de su letargo. No quería dejarme nada sin pisar, sin sentir, sin tocar. Quería llevarme a casa cada rincón, cada piedra, cada horizonte. Me convertí en una ávida cazadora de colores y en mis oídos ya sólo resonaba el canto de los pájaros y el crujir de mis pisadas.
A ver si encuentro una página menos choni para hacer los montajes

Empaticé con los animales y, ante el ladrido de los perros, me mostraba inofensiva; ante el voraz apetito de las ovejas, sólo les ofrecí silencio; ante el miedo de las vacas hacia mi especie, mantuve las distancias. Mi estrategia era el respeto por ese juego de equilibrios engarzados que es la naturaleza y evitar al máximo que mi presencia lo perturbara.
Cruces de miradas diez veces menos intensas han acabado en apasionados besos
Y después, ya te lo conté, la alegría se apoderó de mis huesos y ya no había música más deliciosa que la del silencio, manjares más ricos que mis lentejas ni meditación más poderosa que mantener la lumbre encendida. Tras más de un mes soy un poco más libre que antes de irme a aquel pueblo. Sin duda lo más importante que allí me ocurrió fue encontrarme Debería. Desde entonces ha vuelto varias veces pero ya no reacciono con tanta frustración ni corro deprisa para atender sus mandatos. Ahora, cuando su letanía comienza, mi recuerdo vuelve a aquel sofá frente al fuego en el que prendió una luz sobre la figura de Debería.




lunes, 11 de abril de 2016

Semana Santa 2016 (Parte I). Carta abierta a cualquiera de mis seres queridos

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. […] Vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos y, si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo.
Henry David Thoreau, Walden


Cuando unos días después leí este fragmento de Walden, le dí un beso al libro pues tocó la médula de la causa invisible que me llevó de nuevo a retirarme, de una forma muy modesta, a pocos kilómetros de donde vivo. Una causa que es prima hermana de la tendencia a crear espacios vacíos que me persigue desde hace tiempo. Pero yo no llegué a tanto como Thoreau y si me ciño a lo concreto, mi pretensión esta semana santa era dedicarme al no hacer o, mejor dicho, a no tener ninguna obligación. Ver qué ocurre conmigo cuando llevo mi libertad a una expresión más radical que la experimentada a diario.
Surgió todo de sopetón. Un plan A, familiar, que se torció y un pensamiento: “Si me soy sincera, me iría al campo, sola, sin hacer nada y para no hacer nada, como mucho leer, escribir, caminar…” A continuación, la duda: “Anda, pues para eso me quedo en mi casa”. Y luego la valentía: “¿Y por qué no al campo de verdad?” Y una llamada: “No, Laura, lo tengo todo ocupado, pero espera que llame a un amigo que…”. Y otra llamada: “que dice mi amigo que sí, que si quieres tienes la casa para ti sola”. Y entonces, el apuro: “Mujer, si él no suele alquilarla me da cosica”. Y por fin, la coherencia: “¿Pero no es lo que buscabas? Pues vamos allá”.
Si quería no hacer nada allí, en aquel pueblo de cien habitantes en temporada alta, antes tenía que hacerlo todo, o casi todo, incluidas las comidas. Unas lentejas para dos días, un bizcocho casero, un sofrito de champiñones y remolacha al que añadiría un arroz que cocería, eso sí, en pleno retiro, una tarta de verduras… Y también, preparar lo que podría llenar mi tiempo: la esterilla de yoga y unos manuales por si me daba por ensayar unos talleres pendientes; y si me apeteciera leer, Walden1, que siempre viene conmigo cuando me da la vena ermitaña, Un Mundo Feliz, uno de Thich Nhat Han y mis inseparables libros chinos de los que tengo en mente explicar por aquí unas cuantas cosas. Muchas letras para un lector al uso y sólo una semana santa, la dosis normal si eres, como yo, una lectora picoteadora. También vino el ordenador a cumplir dos funciones básicas: la de máquina de escribir escritos atascados y la de reproductor de música por si se me antojara bailar hasta descoyuntarme o cantar mantras de una forma muy devota.
En efecto, llevaba el maletero demasiado lleno para una intención de no hacer nada, pero es que no sabía cómo iba a ser yo en aquel contexto. Además, y por supuesto, mantenía muy presente la posibilidad de no tocar nada de lo acarreado y dedicarme a todo lo no tenido en cuenta.
¿Pero, vas sola? ¿Estás bien Laura? Podríamos ir a verte, dar un paseo, tomar un café… Parecidos a éstos me llegaron varios mensajes y, aparte de que no fueron posibles las visitas, a todos respondí que sí, sí, todo bien, porque, ¿cómo trato de explicarte que aunque viva sola yo también necesito estar sola? Y no es la soledad por la soledad: es salir de mi estructura, del camino marcado por mis horarios fijos, por mis acostumbrados ademanes, mis pensamientos recurrentes, mis coletillas al hablar… Quedarme pelada y mondada. Sin guión ni argumento. Ser y conocer a lo más parecido a mi yo absoluto y alejarme de mi yo relativo. Una completa ilusión pues siempre somos en relación a algo o a alguien y en este caso sería yo manejándome en relación a un pueblo pequeño; o yo en relación a una casa vacía con partes de ella sin amueblar y sin rematar… Pero ya te digo que esto lo pienso ahora, inspirada por las palabras de Thoreau. Insisto en que yo lo que quería era irme a no hacer nada, ni siquiera el esfuerzo por convivir con mi camada; responder sólo a mis impulsos primitivos: comer cuando tuviera hambre, dormir cuando me entrara el sueño, despertarme, esperaba, con la luz de la mañana y, eso sí, darme al lujo de uno de mis máximos placeres: volver a la cama después de desayunar temprano. Eso sí lo tenía planeado.
Sirva pues ésta mi experiencia para descargar de responsabilidad a todo aquel o aquella que comparta paredes contigo y a quien en los momentos críticos culpas de tus ataduras y desdichas. Mi experiencia es el caso vivo de que lo que perseguimos cuando fantaseamos con una isla desierta es romper nuestra habitual forma, ésa que, intuyo, hace que perdamos la brújula que nos lleva hasta nuestra esencia verdadera.
Dos semanas mas tarde, pues aparte de lectora picoteadora soy escritora pausada, aun paladeo con regocijo las consecuencias sin nombre del hecho; las de los recuerdos de un paisaje sencillo reventando de verde; las de la sensación del cansancio en mis piernas tras largas caminatas sin brújula ni reloj; las del entrenamiento en la libertad basado en la obediencia al primer impulso en cada pequeña decisión; las del avance de los trámites de divorcio entre mis pensamientos y yo después de haber escuchado en estéreo su absurdo ruido en un escenario tan mudo.
La dictadura de mis biorritmos fue desarrollándose de tal manera que cualquier actividad pensada de antemano terminó por parecerme una falta de respeto hacia mí, por eso, al no sentir allí la escritura como una necesidad, decidí que nada escribiría. La verdad de la naturaleza fue tan contagiosa que cualquier palabra usada para describirla sólo serviría para mancillarla, así que tampoco relataría nada en mis textos y la experiencia quedaría sólo para mí.
Pero ocurrió que en mi último paseo, cuando fui a despedirme de los campos de cereal tierno y en la casa ya me aguardaba el equipaje empaquetado, sentí que me acompañabas y la tranquila alegría de los días anteriores se transformó en euforia cuando me imaginé mostrándote los lugares que había descubierto: la subida a la pequeña loma desde la que se dominaban todas las encinas, el vuelo tan cercano de un sinfín de cigüeñas, el bosque de alcornoques y romero, el mesto…
Por eso me he animado a contarte algo de lo que allí viví. La alegría, ya se sabe, es más intensa cuando se comparte. En cualquier caso no será mucho pues la nada es tan humilde que no requiere protagonismo alguno, quizá un par de escritos más, no sé. Pero además es que quería aprovechar para confesarte lo que descubrí de mí ya que, aunque como te digo, no estaba entre mis planes el encontrarme a mi misma, cuando uno no busca es cuando encuentra. No es que me sienta orgullosa pero allí observé atónita, desde la distancia que otorga la sorpresa y en el transcurso de ese último paseo, cómo el éxtasis se iba traduciendo a palabras malsonantes, tacos y expresiones toscas cuando atravesaba mis cuerdas vocales. Así, entre los campos verdes, miré a los ojos de la belleza con expresiones tales como “ost*a p*ta, pero qué cosa más bonita” o “la m*dre que me p*rió, qué precioso es esto”. Incluso, acaso bajo la influencia de los santos días que transcurrieron, osé dirigirme a lo eterno en términos como: “J*der, Dios mío, cómo puedo agradecer yo todo esto” y otras que no me atrevo ni a camuflar…
Es ésta, pues, la verdadera y última razón de mi carta abierta, amiga, amigo, familiar, ser querido en general. Ni entre tantas horas de yoga y meditación, ni entre los renglones de tanta mística lectura pude nunca descubrir como aquí que quien soy verdaderamente es una choni adolescente. Estoy aprendiendo a vivir con ello pero aquí y así quería advertírtelo. Dejo pues en tus manos, y con razón, si quieres que sigamos compartiendo nuestros caminos.


NOTA IMPORTANTE: Aunque he dicho que seguiría contando en un par de posts cómo me fue por el pueblo, no sé si intercalaré escritos diferentes o ni siquiera si llegaré a escribirlos. Todo va a depender, concretamente, de lo que me salga del pot*rr*2.

1 Llevaba más de un año tonteando con Walden y más tiempo aún desde que lo compré. Lo volví a empezar en semana santa, al lado de la chimenea, pensado por lo bajini lo pedante que me parecía Thoreau. A día de hoy me tiene enamorada.
2 Iba incluso a escribir c*ñ*, pero dos semanas de pulido parece que van apaciguando a la choni que llevo dentro. Disculpa la insolencia y la malsonancia.

jueves, 31 de marzo de 2016

Sin salir por la puerta se conoce el mundo (II)

 Sin salir por la puerta
se conoce el mundo.
Sin mirar por la ventana
se ve el camino del cielo.
Cuanto más lejos se va,
menos se aprende.
Así, el sabio,
no da un paso y llega,
no mira y conoce,
no actúa y cumple*

Valle de Katmandú, Nepal. Diciembre de 2014


Valle del Guadiana, Ciudad Real. Marzo de 2016


Cuando leo este poema y estoy lúcida siento que mis pies avanzan por un camino con sentido, aunque no sepa cuál es.
Cuando estoy oscura y leo este poema dudo y pienso si no me estaré conformando demasiado o si no estaré cayendo en la pasividad. Entonces me entran las prisas por encontrar el sentido de mi camino, aunque bien sé que ése es el primer paso para perderme.


* Poema 47 del TAO TE KING


viernes, 18 de marzo de 2016

El atajo que me llevó a un cielo como el de los Simpsons

La semana pasada a la salida del trabajo había nubes de los Simpsons: pequeñas, compactas, mullidas, salpicando uniformemente un cielo azul sin matices. Cuando el cielo se pone así, como el de los Simpsons, siempre me acuerdo de algo que me pasó hace tiempo y que nunca antes había contado.

Más o menos así

Era un día de primavera y yo salía del trabajo encarando la rampa del aparcamiento a golpe de pedalada a medida que reducía las velocidades de la bici: cinco, cuatro, tres, dos, uno… como un cohete espacial pero propulsado por mis piernas. Siempre es lo mismo: ascenso con curva a la izquierda y en el tramo final, un último empujón porque ahí el desnivel aumenta. Igual que en el Tourmalet. Una vez que el suelo se aplana devuelvo la cadena al piñón en el que estaba: dos, tres, cuatro, cinco… Es justo en ese momento cuando mi atención por fin se mueve desde el esfuerzo hacia el entorno.
Aquel día me recibieron al final de la rampa la intensa luz de las tres de la tarde de un Junio novato, el campo inmenso lleno ya de gramíneas y más arriba, un cielo sin matices sembrado de nubes pequeñas, compactas y mullidas distribuidas uniformemente hasta donde me alcanzaba la vista. Era lo que me faltaba: por aquella época yo vivía bajo la resaca de un amor fugaz, inesperado y sorprendente. Un Himalaya en mi cardiograma vital que rompía con sus habituales valles y mesetas. Ese escenario a la salida del trabajo sólo venía a refrendar los saltos mortales que algo parecido a la felicidad provocaba en todas mis vísceras, principalmente el corazón. En ese estado, ya sabes, toda impresión es una certeza y todo pensamiento se convierte en una máxima. De repente el universo se muestra ante ti sin tapujos y yo, en ese momento, era una con las gramíneas, con las nubes y con aquella luz deslumbrante.
Fundida con el Todo como estaba, no me había dado cuenta del ímpetu con el que pedaleaba ni tampoco de lo que pasaba por debajo de mis ruedas. Sólo cuando noté que circulaba a la altura de las copas de los árboles, bajé la vista para comprobar que el suelo había quedado tres metros por debajo de mí. Me asusté un poco, titubeé, pero mi instinto me decía que no dejara de pedalear por aquello de que el equilibrio sólo se consigue en movimiento. ¿Cómo era posible? ¡Estaba volando! La última vez que vi algo parecido yo tenía cinco o seis años, estaba en el cine de verano de mi pueblo y en la pantalla, Eliot transportaba a E.T. con un solazo recortado al fondo. Pero claro, yo no era Eliot, ni eso era el cine y en la cesta, mi bolso difícilmente podía pasar por un extraterrestre arrugado color patata.
Lo que más apuro me dio al principio fue que alguien me viera en el aire, ¿cómo podría explicarlo si ni yo misma sabía por qué estaba ahí? Pero para mi sorpresa, los pocos transeúntes con los que me crucé no parecían percatarse de mi vuelo rasante. Traté de acordarme desde las alturas de si en el periódico local habían mencionado algo acerca de la proliferación de ciclistas voladores y si no sería yo la única en toda la ciudad que aún no se había enterado de esta nueva forma de transporte, todo para explicarme la indiferencia de la gente con la que me encontraba. Pero no, no podía recordar nada parecido. ¿Sería que aparte de volar me había vuelto invisible? A tenor de mi sombra proyectada en el suelo no parecía ser esa la respuesta.
¿Y qué más da? Me relajé entonces, la oportunidad estaba para disfrutarla. Poco a poco me fui manejando por la baja atmósfera y me puse a copiar el arte de los pájaros, a distinguir la sutileza de las corrientes, a colocarme a su favor, a ser más aerodinámica. Me atreví incluso a dar unas cuantas volteretas, que sólo abandoné cuando empezó el mareo. Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo y mi corazón… ¿era esto un corazón henchido?
Qué fácil es todo, me dije abandonando las cabriolas y retomando la mesura en mi pilotaje. En realidad todo lo que necesitamos está al alcance de nuestra mano pero no siempre tenemos el corazón dispuesto a verlo así de claro. Comenzaba a darme cuenta que muy probablemente esa apertura de corazón y esa lucidez podían tener como causa común cierta historia reciente de amor fugaz, inesperado y sorprendente. Un atajo, concluí. Y me dí la razón pues si el enamoramiento nos lleva a acceder a estados más plenos pero que ya existen, los objetos de ese amor son precisamente los atajos que nos permiten llegar a ellos. Pero ellos, esos estados más plenos, siempre están ahí, al alcance de nuestra mano, estemos o no enamorados. Es cuestión de dejar libre al corazón.
Ensimismada como iba en mis razonamientos, tampoco esta vez noté que había ido perdiendo altura hasta que trastabillé contra el suelo y me vi obligada a aplicarme de nuevo con los pedales para competir con el rozamiento del asfalto. Al principio me dio pena, ¡se estaba tan bien ahí arriba! y tuve un par de arranques rabiosos de pedaleo fuerte para provocar otro ascenso, pero al cabo de un rato desistí porque comprendí que mi legítimo camino estaba en el suelo y que podría ser muy peligroso pretender mantenerme siempre entre las nubes. Entendí que mi camino, a veces costoso, necesitaba de cada uno de mis pasos, experiencias e incluso de los atajos, que bienvenidos sean todas las veces. Pero un atajo es sólo un atajo: un by-pass en medio del trayecto, una senda que alivia y recuerda lo que podría ser caminar siempre con el corazón abierto.
Así que en ese momento decidí que no tendría miedo a tomar atajos, aceptar ese vértigo, esa curva con peralte, saborear de vez en cuando lo que es volar en medio de nubes de los Simpsons, pero que mientras tanto no olvidaría mirar de reojo a mi propio sendero para no perderme.
Unos años después admito que casi nunca lo consigo. ¡Se está tan bien ahí arriba!


jueves, 25 de febrero de 2016

La llamada

Me llamas una y otra vez a la quietud pero yo no me fío y mira: me pongo a volar buscando satisfacciones efímeras. Apósitos que sólo tapan sin curar esta llaga infinita.
No me conforman las maravillas que me regalas pero a veces, en medio de atisbos de lucidez indecisa, sé que debería rendirme a tus pies.
Y dejarme quemar por la luz del sol de invierno.
Consentir que el viento me lleve donde quieras.
Calarme hasta los huesos sin buscar refugio.
Pero no confío, ésa es la verdad, por eso corro empeñándome en imponer mi voluntad rebelde.
Tú me sigues llamando, paciente... Y es justo cuando el desconsuelo se abre paso que yo me abandono.
Entonces mis oídos se vuelven sensibles a tus susurros.




miércoles, 10 de junio de 2015

Delirio febril


Ningún estado es definitivo. Si estoy sometida a los ciclos lunares y a mis ciclos hormonales; si soy producto de una educación, de un entorno, de una tierra; si mi actividad me modela y soy así de aleatoria; si la gente me condiciona… entonces ¿quién soy yo? 
La teoría que más me convence me dice que soy ese fragmento de pulso creativo que viaja más allá de mí pero que se impregna de mi experiencia y, como la mía, de otras miles de millones de experiencias para, a su vez, comprenderse, saberse, experimentar toda posibilidad.
En estos días febriles y alérgicos quiero, más que nunca, pararme. O quizá esa Fuerza que viaja a través de mí sea la que quiere pararse, experimentarse así. 
Y, ¿qué te aporto?, le pregunto. ¿Qué extraes de mi viaje?
Soy sólo un instrumento de la misma Vida; un quantum de conciencia formando parte, a su vez, de vete tú a saber qué entidad mayor. ¿De un Tejido Humano? Si así fuera, Vida, Fuerza, déjame que te diga que experimentas la enfermedad. Míranos si no: peleando entre nosotros. Somos nuestra propia enfermedad autoinmune. Invertimos nuestro mayor don, la creatividad, en autodestruirnos. Maquinamos, retorcidos, la forma con la que mejor matar y más rápido. O en su versión más ligera, de vencer, de llegar antes que el otro, que es lo mismo.
Experimentas a través de nosotros el cáncer y así, nos acumulamos y aglomeramos en asociaciones insanas, en familias insanas, en ciudades insanas. O será que quizá quieres experimentar el cómo nos sobreponemos a todo esto, el cómo nos superamos, nos retractamos y cambiamos.
¿Y conmigo? Quizá conmigo lo que querías era experimentar la duda, el miedo, la sensación de intrusismo… Si así fuera, Vida o Fuerza, me regodearé en ellas cuando lleguen. Sólo te pido que me ayudes a no resistirme.


Escribiendo "delirio" en google salen imágenes como ésta que ilustra el post. La escogida pertenece a esta página http://depsicologia.com/delirio-compartido-folie-a-deux/