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jueves, 19 de enero de 2017

Una cama de más, dos camas de menos

Anisha despierta sabiendo que hoy es un día especial. Es temprano y sus hijos, compañeros de cama, duermen todavía. Pocos días buenos ha habido desde que el terremoto se entrometiera en las grietas de su casa hasta derrumbarla. Ahí comenzó el periplo que finalmente les llevó hasta la pequeña habitación que ahora es su hogar. Toca la frente sudada de Rajiv y se le eriza la piel cuando piensa en lo cerca que estuvo de perderlo. A su lado, el sueño plácido dirige el movimiento de la respiración de Sunita. Suerte que la niña mantuvo el contacto con la española. Quién les hubiera dicho que aquel encuentro casual, -unos turistas que paran a beber agua en casa de los abuelos-, sería hoy su gran esperanza...  Pero no hay tiempo que perder y Anisha abandona sus pensamientos. Es hora de levantar a los niños, adecentar la habitación y transformar en sofá su cama triple.
Ha llegado el día. Elena no termina de creerse que esté nuevamente en Nepal. Varios meses y un temblor de tierra separan la primera aventura caminando por tierras del Himalaya del sendero incierto que ahora transitan. Casi todo es diferente desde la primera vez y debe acostumbrarse cada día a la confusión del idioma, a la cultura y a los ojos con los que ahora la mira Pablo. Si no hubiera sido por el temblor todo habría acabado en el aeropuerto a la vuelta del primer viaje; si la tierra no hubiera temblado nadie les habría empujado a golpe de donación a reparar las fisuras que se abrieron entre sus conocidos nepalíes. Pero la tierra tembló fuerte, muy fuerte… Las primeras luces del amanecer se cuelan en la habitación triple que comparten dejándole ver la silueta de Pablo dormido. Elena suspira mirando la cama vacía que les separa. Ni siquiera un terremoto provoca abismos semejantes.
El cuarto ya está listo. Los niños siguen en la escuela, vendrán un poco después de que lleguen los forasteros. Llueve. Anisha sale al huerto presurosa para recolectar las verduras con las que hoy comerán todos, la dueña de la casa se lo permite a cambio de que le ayude a mantenerlo. Si hoy todo sale como espera, pronto tendrán una casa con huerto para ellos solos y quién sabe si su marido ya no tendrá que trabajar tan lejos para poder pagar el colegio y el alquiler. Con las verduras bajo el brazo vuelve rápido hasta la habitación. Se sacude el agua, se arrodilla y alcanza la cacerola y el hornillo de debajo de la cama para preparar el dhalbat.
No para de llover. Un taxi desvencijado les lleva hasta la dirección que Sunita le envió. Pablo va delante entendiéndose a duras penas con el conductor; Elena, atrás, mastica su impotencia. El muestrario de realidades diversas que han ido encontrando desde que aterrizaron sólo le ha dejado preguntas: en la tierra de la necesidad, ¿quién es quien más lo necesita?, ¿cuál es la verdadera ayuda? Después de visitar el campo de refugiados esa impotencia es un peso extra sobre su mochila… Mientras la carrera de gotas apenas le deja intuir los arrozales tras la ventana, se arrepiente de haber dado falsas esperanzas a la niña, pero aquellos días ella también corría, compitiendo con su anhelo por volver a llamar a la puerta del corazón de Pablo… No sabe qué pasará hoy en la visita pero será crucial para decidir qué hacer con las donaciones.
Es de noche y a Anisha le resulta imposible que Sunita se tranquilice. La niña está excitadísima con los regalos que les ha traído Elena. -¿Nos vamos a comprar una casa nueva, mamá?-. Ella suspira, -no lo sé, hija-. La española estaba mucho más delgada y aunque vengan de mundos distintos, aunque le resultaran incomprensibles los sonidos que emitían entre ellos, hay un lenguaje universal con el que es fácil adivinar la duda, el disimulo, el desamor o la tristeza. Es tarde y mañana los niños tienen que volver a la escuela. Anisha retira el mantel con el que hoy han cubierto su cama. Es hora de dormir.
Apenas han hablado desde que el taxi les dejó en la puerta del hostal. Elena repasa una y otra vez la alegría en los ojos de Sunita cuando se encontraron, la mirada reprobatoria de Pablo cuando le dio los collares; también los silencios de Anisha mientras comían, y su propia angustia cuando discutían si dejarles al menos lo necesario para comprar unos ladrillos. –Elena, esta familia tiene un techo donde dormir y pueden permitirse llevar a los niños al colegio, nada que ver con los refugiados o con la gente atrapada en las montañas-. Y era verdad pero se pregunta sin consuelo quién es ella para repartir justicia y oportunidades. Mientras se coloca el pijama se topa de nuevo con la cama que les sobra y no acierta a adivinar por qué le ha tocado vivir en la cara amable del planeta.
Namasté: Tú estás en mí

En Un Cuarto Propio nos propusieron escribir un relato que girara en torno a la cama. Busqué entre mis camas conocidas y enseguida me asaltó la de una familia nepalí a la que no pudimos (o decidimos) no ayudar. De ahí surge esta semi-ficción que va dedicada a ellos, aunque no lo lean nunca. Es mi manera de homenajearles tanto tiempo después.

martes, 23 de febrero de 2016

Ocho céntimos

Porque siempre nos queda algo de cada historia



En lo externo este día no se diferencia mucho de cualquier otro, pero para mí es especial. Por eso, y a pesar de que mi atuendo va a pasar desapercibido bajo la bata blanca, saco del armario el vestido verde de punto. Empieza así mi íntimo ritual de celebración.
Aunque amenaza lluvia me arriesgo y cojo la bici para ir al trabajo. Por si acaso, ato al transportín el paraguas transparente, practicidad y elegancia en un mismo artilugio.
Lo tengo todo planeado: ayer dejé las muestras preparadas para hoy sólo tener que lanzar el análisis. Las circunstancias se van poniendo de mi parte regalándome una jornada sin incidencias y así, casi sin enterarme, llega la hora. Me retoco el pintalabios en el baño, cambio bata por abrigo, agarro mi elegante paraguas y me dirijo con paso firme al centro de la ciudad. Mi objetivo, la sucursal de Liberbank, antigua Caja Castilla - La Mancha.
De camino reflexiono inspirada por las miradas furtivas de unos obreros que están agujereando la calle: ¿Nos paramos a pensar adónde se dirigen las personas con las que nos cruzamos a diario? ¿Se podrán imaginar estos hombres lo que me traigo entre manos? ¿Adónde va esta mujer que me adelanta y qué lleva en esa extraña maleta? De repente siento curiosidad y respeto por mis congéneres. ¿Qué historias extraordinarias guardarán bajo el abrigo?
Pero no me quiero despistar, el tiempo apremia. Aprieto un poco el paso y el bolso. Ahí llevo todo lo que necesito: la libreta de ahorro, mis tarjetas y el móvil, mi señor.
Mi cómplice, Luis, trabaja en la oficina a la que me dirijo. Hace unas semanas ya hicimos la prueba de la operación y todo pintaba que saldría bien, así que nada tiene por qué fallar. Desde aquel intento ha sido un tiempo de espera, de confirmación de noticias, de toma de decisiones, de más espera si cabe… y es que, si algo hemos amasado con esta experiencia ha sido sin lugar a dudas la paciencia. Hemos, claro. Aquí hay más gente y no se trata de Luis, él es sólo un secundario necesario en la escena final pero si alguien ha estado conmigo en todos y cada uno de los pasos de éste recorrido, ése ha sido mi compañero de aventuras. Y con nosotros, los que nos empujaron sin pretenderlo. Y también nuestros contactos asiáticos, por supuesto.
Justo en la puerta de la sucursal se interpone en mi camino la escalera de unos electricistas que están arreglando el cableado de la calle. Emoción hasta el último momento, me río por dentro, pero sin titubear paso con garbo por debajo desafiando así el mal fario. Irónicamente, unos cascotes caen desde lo alto y no me dan por un pelo. Lo tomo como un buen presagio. O como la permanente vena cómica que gasta el universo cuando te pilla tan lúcida como para darte cuenta.
Entro y sólo hay un cliente que ya se está yendo. Apura una animada charla con Luis acerca de la corrupción. - Siéntate, siéntate, que yo ya he terminado-, me dice el paisano. Lo hago y ya delante de la ventanilla digo que vengo a terminar con lo mío. Él ya sabe a lo que me refiero. - Ah si, lo de la transferencia. Ya lo hicimos la otra vez, ¿no?-  No- , le corrijo comprensiva, pues por allí han pasado muchos días y mucha gente, - lo otro fue sólo un intento-.
Saco el teléfono y la cartilla mientras Luis busca la pantalla de las transferencias internacionales. - A ver, pásame los datos-, me dice. En mi móvil tengo escrita una nota con todo lo necesario para facilitar en lo posible la operación. Teclea. - ¿Cuánto vas a mandar?- Todo-, respondo con tono de corredor de bolsa.
Mientras sigue atento a la pantalla, pasan por mi cabeza a velocidad de vértigo algunos de los momentos ocurridos desde que abrí esta cuenta en Mayo pasado. Recuerdo que aquel día hacía una mañana espléndida y me invadía la premura por poner aparte todo ese dinero que goteaba sin cesar desde que unas semanas antes Nepal y nosotros fuéramos sacudidos en un terremoto del que aún sentimos sus réplicas. Casualmente, a la salida de la oficina me llamó mi compañero de aventuras, como una de tantas señales que nos han ido animando en todos estos meses. Le conté que acababa de poner el dinero a salvo y él me explicó el argumento de la novela que quería escribir. Es curioso cómo ha quedado impresa esa conversación en la esquina de la sucursal.
Luis cabecea preocupado pues la aplicación le juega malas pasadas con los datos que introduce. Yo sigo tranquila porque sé que al final todo saldrá bien. Mantengo esa certeza como también lo hice en el momento en que decidimos ir a Nepal o cuando sacamos los billetes del vuelo. Esa confianza latía hasta en los momentos más inciertos y me permitió presenciar la magia de verme transportada a través de una aventura insólita que me iba envolviendo más allá de mi propia voluntad. Nos volvimos de allí con el compromiso de seguir ayudando a los monjes con los que finalmente nos enrolamos, y por eso estoy hoy aquí: para enviarles la recaudación que nos quedó pendiente. En las montañas hay familias que necesitan sustento, educación y la rehabilitación de sus casas y colegio.
- Mira, ya está-, de nuevo Luis me saca de mí misma, - Pero no había caído en que el banco cobra también por la transferencia. Tenemos que ajustar el dinero que mandas para que incluya esa comisión-. Bueno-, suspiro resignada. Si hubiéramos sido una ONG de verdad y no una improvisada quizá el banco habría tenido más detalles con nosotros. La cola de clientes va creciendo a mi espalda por eso Luis se afana en encontrar rápido la cifra. Tras varios intentos me muestra una con la que sobran ocho céntimos en la cuenta. - Vale, déjalo así-. Él se desespera porque el programa no le hace caso cuando trata de ejecutar el proceso. Habría que empezar de nuevo a introducir datos así que quedamos en que se hará cargo más tarde, cuando se vuelva a despejar la oficina. Yo volveré a mi trabajo y me llamará cuando haya realizado el envío.
Ocho céntimos, pienso sonriendo mientras me levanto de la silla. No hay manera de desprenderse totalmente de Nepal. Ocho céntimos que representan el temblor latente de un nuevo comienzo. La semilla de lo que vendrá a continuación, pues cada historia que se construye mama de lo vivido anteriormente.
En el camino que me lleva de vuelta al laboratorio me entran ganas de celebrarlo. La ocasión lo merece. A pocos metros del banco hay una churrería y aún es buena hora para el desayuno del funcionario. Qué mejor que un chocolate con churros para festejarlo. Entro y allí un vendedor de la ONCE me ofrece un cupón. Se lo compro imbuida de la magia del momento. Que me tocara hoy la lotería sería un bonito final para esta historia de película.

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Mira que he estado tentada a dejar el escrito así con ese final tan épico, tan chim-pón… pero me apetece confesar que la celebración en la churrería me dejó un halo a fritanga del que no pude desprenderme en todo el día; que el chocolate estaba tan caliente que me quemé el esófago y la lengua; que, por supuesto, no me tocó la lotería y que cuando al día siguiente volví al banco a liquidar los ocho céntimos de la cuenta para evitar futuras comisiones, me cobraron otros cuarenta y cinco por el cierre. ¿Quién quiere, pues, finales de película si la vida nos ofrece una continua trama con mucho más sentido del humor?
Como el humor que gasta un viaje de una hora en el techo de un autobús nepalí


martes, 17 de noviembre de 2015

La cama elástica

En esta atracción no hay que pagar para entrar. Tampoco hay que esperar a que se enciendan las luces de colores. Aquí no huele a palomitas, ni a gofres, ni a churros. No hay perritos pilotos ahorcados en el techo del furgón de la tómbola, ni puestos de escopetas de plomillos. Por no haber, no hay ni que pedir permiso a papá y a mamá para montar. Es gratis la diversión y quienquiera que haya abandonado este amasijo de alambres no será consciente de que ha traído la feria a este lugar al que apenas llega la luz por obra y gracia del gigantismo de las montañas que lo circundan.
Yo observo desde la lejanía que me permite el zoom prodigioso de mi cámara. Amortiguados por la estridencia de las aguas del Gungur Khola me llegan los gritos y las risas de los chavales que, a pesar de la distancia, me han pillado y quieren mostrarse ante el objetivo. Saltan y miran. Se agarran del cartelón y miran. Se empujan y miran… Yo también soy para ellos un especimen digno de observar.

Me recuerdan a mí y a la pandilla de mi calle. Creo que me he visto en esa misma tesitura alguna vez, saltando como loca sobre algún colchón abandonado. Aprovechando como si fueran de oro los instantes previos a la segura reprimenda de algún adulto. En mi barrio también había pequeños vertederos incontrolados, pero eso ya pasó. Es cosa de otro tiempo. El estado de bienestar barrió casi todo vestigio de suciedad, al menos la de la superficie. Dónde se ha visto eso de mostrar las vergüenzas a estas alturas…
No se cansan, míralos. Yo tampoco: dispararía todo el rato hasta que pudiera captar como quiero este festival. Quiero atraparlos en pleno vuelo pero aún no me manejo con los ajustes y todas las fotos o están movidas o parecen estáticas. No muestran la velocidad ni altura reales de los saltos. Tampoco mi impulso de gritarles algo parecido a: ¡Niño, que te vas a hacer daño!, o ¡mira que con esas sandalias desgastadas te vas a enganchar bien con los alambres!, o ¡ten cuidado con la niña y cógela de la mano! ¿Es que no ves que es más pequeña que tú?… Pero quién soy para inocularles el miedo, esa cosa tan occidental.
Prefiero mantenerme semiescondida tras esta cámara que apenas sé usar, contemplando algo sutil que también burla mis fotos. Eso tan reconocible que tienen en común los niños de todo tiempo. Esa osadía, esas ganas de probarse y explorar. Esa obediencia al instinto de diversión. Esa libertad del que aún es ajeno a la definición que el mundo le tiene preparada.



domingo, 11 de octubre de 2015

Al lado de Itaca

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencia, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
...
Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.

(Constantino Kavafis, 1863-1933, Poesías completas, XXXII)


Poco después de haber organizado el periplo del que hace unos días aterricé, alguien querido me hizo llegar este fragmento del poema que, aunque conocido, supuso para mí algo parecido a una oración en aquellos momentos en los que Lestrigones, Cíclopes y el fiero Poseidón se apoderaban de mis pensamientos.
Y sí, sé que haber ido tras de ella me ha traído un viaje hermoso. He atravesado caminos que por mi misma no hubiera transitado jamás; he llegado rica en experiencias nunca antes vividas; mis ojos se han llenado de paisajes inabarcables, de contrastes insostenibles, de belleza inaudita… Pero cuando llego aquí y camino por la calle sin alardes en la que se encuentra mi casa, descubro, porque no lo había hecho hasta ahora, que vivo al lado de Itaca.




lunes, 21 de septiembre de 2015

Infidelidad bloguera

Querido blog, 

Te estoy siendo infiel desde hace varios días. Es más, mi infidelidad es reiterada: escribo en otro como tú con mucha más intensidad que en tí. Incluso me fuerzo a hacerlo: infidelidad con premeditación y alevosía.

Pero será temporal, creo. No te me enfades mucho.

Con amor.

Laura

PD.: Ah, y para que veas que no me escondo te cuento por dónde bailotean mis letras estos días. Justo, justo, aquí.



sábado, 23 de mayo de 2015

Conversaciones Internas. Complacencia y Gratitud

Recreación pictórica de los hechos emocionales... ¡Tiembla, Ibáñez!

- ¡Venga Gratitud, corre, que se nos van a echar encima!
- ¡Pero bueno, ten cuidado que me vas a mataaaar! Espérate un momento que me estas haciendo dañoooooo.
- No, no me espero, no hay tiempo: hay que correr. La gente quiere que actuemos rápido.
- ¿La gente? ¿Qué gente?
- ¿Quién va a ser?, pues ¡todos! ¡¡Corre, por Dios!! ¡Hay que llegar cuanto antes!
- Pero, ¿adónde hay que llegar?
- ¡Allí! Al Proyecto, ¿es que no lo ves, Gratitud?
- ¿Cómo lo voy a ver si me llevas dando tumbos? HAZ EL FAVOR DE PARAR UN MOMENTO.
- (Ay Dios mío que nos van a matar)… Venga paramos, pero poco que El Proyecto nos espera, está allí ¿ves? Al final del túnel del tiempo.
- Proyecto no nos está esperando, Complacencia. Son imaginaciones tuyas… y gracias por parar, uf, déjame que me componga un poco.
- ¡Que no, que no! ¿Por qué no quieres que corramos más?
- Tienes que tranquilizarte, Complacencia. ¿Por qué tienes tanta prisa? Anda, cuéntamelo.
- Es que no quiero que nadie se enfade. No quiero que nadie lo pase mal.
- ¿De quién hablas?
- Pues de todo el mundo. De tanta gente como está apoyando todo esto. Yo los veo allí, a todos, detrás de Proyecto de Reconstrucción.
- Pero Complacencia, si todo el mundo está muy contento. Si todos están muy agradecidos.
- Si eso ya lo sé, por eso hay que actuar MÁS rápido, para devolverles lo que han hecho.
- ¿Sabes? Yo ya estuve con ellos, con cada uno de ellos. Les agradecí mucho y ellos a su vez me agradecieron también. Entonces me puse gordo y más gordo... Entendieron que no se podía actuar tan rápido como pensábamos.
- Si yo lo sé, pero ¿y los otros?
- ¿A quién te refieres ahora?
- Pues a las familias, ¡a los nepalíes! Si no actuamos rápido quizá se enfadan.
- Vamos a ver Complacencia, estás peor de lo que pensaba. ¿No hemos hablado con el padre de Unishma y el hombre no hace más que agradecernos?
- Si, eso es verdad, pero…
- Pero… de pero nada. ¡Si cada vez que hablamos con él me hincho hasta que ya no me da más de sí la cubierta de gratitud que me rodea!
- Pero es que tú no lo entiendes, ¡hay que actuar!
- No, no hay que actuar aún Complacencia. No es posible. Todos lo sabemos. El Proyecto sólo se va a aplazar hasta Septiembre, cuando pase el monzón. Cuando ya no haya especulaciones.
- ¿Y si alguien se enfada?
- No tengas miedo, ya les hemos explicado y está todo bien.
- Pero, ¿y si alguien se siente engañado?
- Tranquila que todos somos adultos y ante la duda, nos pueden preguntar.
- ¿Y si no damos la talla? ¿Se molestarán entonces?
- Haremos las cosas lo mejor que sepamos. Eso no lo dudes.
- ¿Y si no podemos reconstruir todo lo que habíamos pensado?
- No pasa nada, ya sabes lo que nos han dicho los nepalíes: cualquier ayuda es buena, aunque sea un céntimo… ¿Te vas quedando más tranquila?
- Algo más, aunque aún siento ganas de correr… por favor, ayúdame, inventa algo, otra cosa que podamos hacer en vez de correr… ¡se me van a salir los resortes motores del pecho!
- Pues vamos a hacer una cosita muy sencilla: ven siéntate aquí en este remanso… aquí en el Presente.
- Vale, voy. ¿Es cómodo?
- Lo que más.
- ¿Y ahora?
- Ahora, repite conmigo: Gra-cias.
- ¿Gracias? ¿Sólo eso? Vale… Gra-cias
- Otra vez: Gra-cias.
- Gra-cias…jeje, ya me sale mejor.
- Muuuucho mejor, claro que sí. Venga, que no pare, todo seguido: Gracias.
- Gracias.
- Más fuerte: GRACIAS
- GRACIAS.
- Muchas veces: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.
- JAJAJA, QUÉ DIVERTIDO: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS…


GRACIAS

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(*) Edito para incluir esta canción. En su momento me encantó y tras publicar la entrada la escuché en la radio. Ahí va Mika:

miércoles, 6 de mayo de 2015

La casa de Unishma. La casa de Binay. Ayudando a dos amigos nepalíes.

La Casa de Unishma
Unishma Dahal tiene doce años. Recuerdo que estaba en la puerta de la casa de sus abuelos cuando la conocí el pasado Diciembre en el viaje que hice a Nepal. Aquella visita que iba a ser rápida, se convirtió en un ejemplo de hospitalidad para todos nosotros. En la terraza, mientras que su abuela preparaba comida para seis extranjeros, ella se sentó a mi lado y con un nivel de inglés que para mí lo quisiera me fue contando que le gustaba estudiar y que su asignatura favorita era precisamente el inglés.
Gracias a que anoté el facebook de su madre he podido mantener el contacto con Unishma todos estos meses. En este tiempo me ha contado que ve a su padre cada dos años porque trabaja en Arabia Saudí para mandarles dinero y que así su hermano y ella puedan estudiar. A pesar del esfuerzo, sólo se podían permitir una casa llena de grietas en la que la familia vivía siempre con miedo a que se les viniera abajo.
El pasado día veinticinco le mandé un mensaje cuando aún no sabía el alcance del terremoto que acababa de sacudir su país. A las tres horas, que a mí se me hicieron eternas a medida que me llegaban más y más noticias del desastre, Unishma me contestó diciéndome que casi mueren y que su casa se había destruído. Acompañó el texto con un emoticono lloroso que, cómo son las cosas, casi me mata de la ternura.


La Casa de Binay
A Binay Tamang lo conocimos en Dhulikhel. Venía para trabajar de porteador de una de nuestras mochilas pero en seguida fue uno más. Veintisiete años aunque aparentaba menos. Mientras que toda nuestra ropa se apellidaba “técnica” y nuestras zapatillas estaban diseñadas para el ultra-agarre en montaña, Binay se pateó todas nuestras rutas con sus vaqueros, su jersey y sus zapatillas de calle. Hecho un señor. Discreto, quizá porque sólo se manejaba un poco en inglés, se mantenía siempre silencioso pero sonriente. Sentía su afecto cuando caminaba a mi lado y así, comunicándonos como podíamos me fui enterando que también para él era la primera vez que pisaba esas tierras, con la diferencia que no estábamos a muchos kilómetros del lugar donde él residía habitualmente: Bhaktapur. Allí dormía junto a otros compañeros en el mismo restaurante donde trabajaba. Y no dudaba cuando le preguntaba que qué tal estaba allí: bien. Binay siempre te decía sonriendo que estaba bien. Le mandaba dinero a su familia, que vivía lo suficientemente lejos de Bhaktapur como para que Binay no pudiera permitirse el lujo de ir a verlos todas las veces que quería.

También con él he seguido en contacto. Todas las veces que hablábamos me decía que nos echaba de menos, Laura Didi*. A veces me mandaba mensajes de voz entonando canciones típicas de Nepal, y es que Binay canta muy bien.
El sábado veinticinco le mandé el mismo mensaje que a Unishma, pero no fue hasta tres días después que supimos que estaba bien. Esos tres días todos nos aferramos como koalas a la idea de que la comunicación tras el terremoto estaba muy mal, pero yo veía imágenes de cómo había quedado Bhaktapur y me ponía mala.
Cuando por fín hablamos recibí un calco del mensaje de Unishma: Estamos bien, Laura Didi, pero nuestra casa se ha destrozado.

Gracias a Unishma y a Binay hemos podido conocer que la ayuda que les llega del gobierno o de las ONG’s es escasa. Unishma me cuenta estos días que a su familia sólo le han dado una pequeña tienda de campaña, dos paquetes de fideos y uno de arroz. Llevan ya más de una semana viviendo en esa tienda. Su padre, que ha vuelto de Arabia Saudí, está buscando una habitación de alquiler en algún lugar próximo para que su familia se resguarde de las lluvias del monzón, que comienzan en Junio.
Conociendo estos detalles, el grupo de los que la pasada Navidad fuimos a Nepal vamos a ayudar directamente a Unishma Dahal y a Binay Tamang para colaborar en la reconstrucción de sus casas. Nos dicen que, entre otras cosas, será necesario comprar unos 15000 ladrillos. Cada uno cuesta doce rupias, que supone un total de 180000 rupias. Casi 1600 euros sólo en los ladrillos.
Hemos decidido abrir esta iniciativa a todo el que quiera colaborar en la compra de los materiales, pues han sido muchos los que nos han ofrecido su ayuda. Perdonad la demora pero queríamos recopilar en primer lugar toda esta información y no ha sido fácil dadas las comunicaciones, el desfase horario y la localización de nuestros amigos.
Todo lo que se recaude llegará integro a las manos de estas dos familias nepalíes. Estamos en comunicación con ellos porque el monzón llega pronto y queremos saber cuándo será posible la reconstrucción. El envío de dinero se realizará en el momento en que vayan a comprar los materiales.
Si quieres ayudar, mándame un correo a escrituracurativa@gmail.com y te cuento más detalles de cómo hacerlo.
Muchísimas gracias.

*En Nepal se le llama de forma cariñosa Didi a las mujeres que son mayores que tú.