Mostrando entradas con la etiqueta Y esto ¿cómo lo etiqueto?. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Y esto ¿cómo lo etiqueto?. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de agosto de 2019

Conversaciones Internas. El retorno

Para que este nuevo despropósito tenga sentido, quizá antes haya que leer ésto


- Laura

- Ññññ

- Lauraaaaa

- …

- ¡LAURA, QUE VENGAS AHORA MISMO, COÑOYÁ!

- ¿Qué quieeeresssss?

- Que te pongas delante del ordenador, que escribas, que te muevas, que respires, joder.

- Estás un poco malhablada, señorita Indómita.

- ¿Y no te parece lógico? Que nos tienes al grupúsculo de entidades creativas de lo más abandonadas. Y NO ME VALE LA EXCUSA DE QUE ESTÁS CON INO*, QUE YA HACE MÁS DE UN MES QUE LO HABÉIS DEJADO.

- Pues no te lo vas a creer, Domi, pero no me acostumbro a estar sin él. Es como si nada tuviera sent…

- ¡ES QUE LO SABÍA! Mira que te dije que no te acercaras y tú nada, erre que erre con tu INO, que si a pasear…

- Íbamos a la biblioteca.

- …que si venga a hacer viajes.

- Era a Madrid, a hacer los exámenes.

- … que si las horas muertas colgada al teléfono.

- Estaba consultando dudas con otros secuestr… digo… compañeros opositores.

- … ¿y todo para qué?, ¿me lo dices? Para volver con ese par de criaturas que te hizo la bestia.

- Eyeyeyyy, un poquito de respeto.

- Oye, oye, no te pases, tía.

- Pereza, Desgana, calláos, no entréis al trapo. A ver Domi, lo primero es que además de a ellos INO me trajo a Plaza en la Administración, y lo segundo es que Pereza y Desgana no se van a quedar aquí toda la vida. La relación con INO ha sido muy intensa, sí, y ahora mismo los necesito. Necesito este periodo para poder poner un punto y aparte y comenzar de nuevo.

- Mira Laura, yo sé que cuando INO se marchó fue una alegría para todos. Trajiste de la mano a Euforia y a Plaza, una criatura estupenda, que además ha encajado a la perfección con Circunstancia Laboral y Situación Económica, que estaban francamente alteradas. Pero es que no te diste cuenta de que Pereza y Desgana venían enganchadas a tus faldas. Por aquel entonces no les di importancia porque eran minúsculas, ¡pero es que ahora están hechas un par de ceporras de tanto alimentarlas a base de Youtube y HBO!

- Buuuuuuuu, vete por ahí, petarda, que te pareces al científico de Chernobyl.

- Déjate de rollos y dame mi ración de El Cuento de la Criada.

- Bueno, Domi, tal vez tengas un poco de razón pero es que…

- ¿Qué?

- Pues que también me da un poco de respeto volver… no sé si estaré a la altura.

- ¿Altura de qué?

- Pues no sé, de lo que escribía antes.

- ¿Pero quién te has creído que eras? ¿Séneca?

- ¿Y merece la pena? ¿Para qué escribir?

- ¡Desgana, deja de soplarle a Laura en el oído! Mira Laura, tú lo que tienes que hacer es arrimarte a nosotras. Ya sé que has tonteado un poquito con Danzarina y Teatro y está muy bien, pero es hora de despertar del todo a Creatividad, de darle una buena sacudida a Apetencia por Viajar, de sacar definitivamente de su escondrijo a Escritura

- Domi pero es que he olvidado muchas palabras y expresiones que sabía.

- Tranquila, sólo se trata de escribir para ir engrasando la máquina sin importarte demasiado el resultado. Ya verás como pronto irán volviendo.

- Pero es que tampoco sé muy bien de qué escribir.

- No pasa nada, tú escribe de lo que sepas, de lo que más te apetezca.

- ¡Ya sé!, ¡podría escribir sobre cosas nuevas que he aprendido!, mira: Tribunal Constitucional, Ley de Transparencia, Recurso Contencioso-Administrativo, ¡el Convenio OSPAR!...

- Ejem, ésto va a ser complicadillo…



Soleá Morente, o la BSO del último examen (una canción que no se come neuronas ni nada)


(*) INO = Imperiosa Necesidad de Opositar


martes, 5 de septiembre de 2017

Conversaciones Internas. El Intruso

Hola, soy Domi. Represento al grupúsculo que conforma la parte salvaje de Laura y hoy he venido a denunciar su secuestro y mi desesperación.
Mi desesperación, porque fui testigo impotente del momento en que acaecieron los hechos.
Hechos que relato a continuación mediante reconstrucción fidedigna para información de quien la tenga en estima:

- Laura, ¿puedes venir un momento al jardín?
- ¿Qué pasa, Domi?
- No me digas que no estás notando nada.
- Mmm... no, todo lo siento como siempre.
- ¿Y no estarás ignorándolo?
- ¿El qué?
- Ven y mira. ¿Tú sabes qué es esa cosa con forma de mi*rda gigante que se está comiendo las flores del Jardín de la Creatividad?
- ¡Anda, pero si es INO! Hacía un montón de tiempo que no le veía.
- ¿INO?
- ¿Cómo puedes decir que INO tiene forma de mi*rda gigante?, ¡qué exagerada eres, Domi! Para mí se parece más a la Montaña de Basura de los Fraggle.
 

 - Pero ese INO, ¿qué es?
- Pues es un ente curioso, la verdad, y hasta hoy creía que era más tímido. Nunca ha llegado a acercarse tanto… Sólo sé su nombre y que solía gritarme cosas desde el otro lado cuando el jardín no era más que barbecho.
- ¿Y qué te decía?
- No le entendía muy bien. Que si nosequé de una Directiva de Aguas, o que si la eutrofización de los embalses, los programas de vigilancia de calidad de los ríos… Un día lanzó desde lo lejos un ejemplar de la Constitución Española, no sé para qué. Me la encontré bastante ajada mucho tiempo después entre los jaramagos y las ortigas autolimitantes.
 -Y ¿se te ocurre algo, Laura? No podemos permitir tanto destrozo.
- Me da un poco de respeto. Si te soy sincera, a pesar de lo desagradable que es, siempre he tenido una rara atracción por él. Me resulta interesante en su pestilencia.
- Esto… perdonad que me meta en la conversación pero, ¿no has pensado que ya va siendo hora de intentar un acercamiento serio? Si lo dejas va a terminar con el Jardín de la Creatividad(jijiji)*.
- Pues tal vez tengas razón, voy a ver si me entero de una vez de lo que quiere. Enseguida vengo.
- ¡Espera Laura! ¡Quizá sea peligroso! Además tienes que recolectar del parterre trescientos escritos que sembraste hace una o dos temporadas.
- Déjala, déjala que vaya, no tengas miedo.
- Pero ¿quién eres tú?
- Soy Conveniencia, último eslabón de una larga estirpe de entidades… precavidas.
- Entonces, ¿por qué le has dicho que vaya a hablar con ese engendro si tan precavida eres? ¿Y si la mata?
- ¿Quién, INO?
- ¿También lo conoces?
- Mi familia me ha contado maravillas de las entidades de su especie.
- Pero ¿qué ha venido a hacer aquí? No me parece que esté haciendo cosas inocentes precisamente.
- Jajajaja, ¡que no se llama Inocente!
- ¿…?
- INO es una Imperiosa Necesidad de Opositar y nuestra querida Laura (espera que lo compruebe…) sí, mira, ya está hablando con él.
- Pe, pe, pero… ¡NO! LAURA VUELVE, NO TE ACERQUES MÁS.
- Demasiado tarde, pequeña, están empezando a realizar el Acto Administrativo, cuyo Procedimiento provocará en Laura una profunda ensoñación de la que no despertará hasta que la materia de la que se compone INO penetre como un virus en sus intersticios neuronales.
- ¡Santo Cielo, pero esto es una catástrofe! LAURA, VEN AQUÍ. ¿QUÉ PENSARÍA THOREAU DE TI SI VIERA QUE VAS A SER MUCHO MÁS CÓMPLICE DEL SISTEMA?
- No te desgastes, Domi.
- LAURA, SAL DE AHÍ, POR FAVOR. ¿NO VES QUE CUANDO ESCRIBES CONVERSACIONES INTERNAS ES PORQUE NO ANDA MUY BIEN TU ESTADO MENTAL?
- Domi, ya no te oye, lo siento. Pero no desesperes, no lo veas como si fuera mi*rda, míralo más bien como… abono. Sí, abono para el futuro.
- El futuro no existe, sólo existe el presente. Cómo se nota que no has leído nada de Taoísmo ni de crecimiento personal…

 ******

Y eso fue lo que ocurrió. Ahora Laura se pasa la mayor parte del tiempo rebozándose con INO. Por lo menos el muy bruto ha dejado de devorar flores desde que están juntos. ¡Pero como que me llamo Indómita que nuestro vergel no se va a secar!: cada vez que la bestia la deja un poco libre, lanzo con disimulo unas cuantas semillas en el arriate del teatro o corro a regar el árbol del Bailongo. Y esto no está muy bien pero hago que le duela la espalda para que no se olvide de practicar yoga.
Yo sé que en el fondo lo agradece pues escucho su risa siempre que echo a volar dientes de león con el fuelle de Ilustres Ignorantes.
Todo porque no mueran. Ni ella ni el jardín.
Por mí que no quede…



  
* Risilla emitida por lo bajini.

viernes, 30 de junio de 2017

Magdalena no cree

Magdalena no cree en el amor,
… tal y como se lo contaron.
Magdalena hace tiempo que sabe que el amor se siente de dentro hacia fuera y no al revés. Lo practica a través del respeto hacia ella misma, hacia sus tiempos, sus ritmos, sus inquietudes.
Si tengo que ser algo más precisa, corregiría la frase primera y te diría que Magdalena no cree en la pareja.
Menuda novedad. Seguramente estés pensando que la tal Magdalena no va a descubrir la rueda. Cualquiera al que no le vaya del todo bien con su pareja o que no termine de encajar con otro, hace tiempo que habrá llegado a la misma conclusión. Tú, al igual que Magdalena, ya te habrás dado cuenta que a veces nos embarcamos en relaciones movidos por cualquier cosa que no sea la evidencia, sino la conveniencia. O el miedo, o la comodidad, o la seguridad. Ella y tú sabéis que la pareja puede ser ese tipo de cosas que no dan lo que prometen.
Magdalena intuye que el fallo no está en la pareja en sí, sino en las falsas promesas. Deduce que, movidos por las expectativas, caemos en convencionalismos. Como yo conozco bien a Magdalena y sus tendencias políticas, me atrevo a afirmar que para ella la pareja es un recurso más del capitalismo. Un objeto de consumo. Un debo tener. Así te lo digo.
Pero Magdalena no es de piedra y sus ideas se desvanecen cuando, con la frecuencia de un cometa, se topa de frente con…, ya sabes, esa fuerza magnética tan poderosa que le acerca sin más alternativa hacia quien guarda el otro extremo del imán.
Hoy noto un poco revuelta a Magdalena. Tiene una idea sin palabras a punto de eclosionar. Mientras escribo se asoma por encima de mi hombro, observa la pantalla y menea la cabeza diciéndome que no, que no es eso en lo que ella no cree. Me gustaría que lo contara ahora, ya que tengo el ordenador encendido, pero me da que quiere que le adivine el pensamiento.
Probaré de nuevo: Magdalena no cree en el cómo, en el modo. Eso es, el cómo. Después de asumir que el amor parte de uno mismo y que es evidente que existe una fuerza de atracción entre individuos, a Magdalena se le queda corto que la única manera que haya inventado el hombre para responder a esa fuerza tan poderosa se limite a un único modelo hombre-mujer. ¿Te parece bien esto, Magdalena? No, por supuesto. Me corrige para que universalice lo anterior. Ella quería decir a un único modelo persona-persona, sean del sexo que sean.
Entonces, Magdalena, ¿me hablas de poliamor? ¿Poligamia?
¿Y por qué darle un nombre? (Ya le voy pillando). Tal vez aquello por lo que se revuelve sea el considerar inexorable que cada vez que ese imán se manifieste, haya que involucrar a alguien. A veces fantasea con que algo mucho más grande quiera comunicarse con ella a través de esa fuerza y que los otros, los que aparentemente la provocan, no sean más que simples intermediarios entre la fuerza y Magdalena.
Magdalena más bien cree que la plena libertad consiste en ser honestos a la hora de expresar esa fuerza, ese amor si lo llamamos por su nombre, y olvidarnos de convencionalismos porque, si hay miles de millones de personas en el mundo, todas creadoras, todas creativas, ¿por qué debe prevalecer un único modelo para mostrarlo? ¿Y por qué entonces todos lo ansían? Ay Magdalena, que ya no me parece tan disparatado que asocies pareja y capitalismo
Magdalena sí cree en esa fuerza pero aún no tiene ni idea de cómo se manifiesta en ella. Por eso todas las noches, duerma sola o acompañada, en camas ajenas o habitaciones múltiples, se sienta en su terraza, mira al cielo estrellado y confía en, ese día, haber hecho bien el amor.




Y aquí va una bonita tonada que acompaña al texto, un texto que sin pretenderse viene que ni pintado en la semana del World Pride.

martes, 11 de abril de 2017

El capitalismo y Marc Márquez

Hace unos meses me pedía una y otra vez algo que yo llamaba la nada. La nada era la ausencia de pretensiones, parar las búsquedas suicidas, dejar de escapar de lo que me rodeaba, mirar mi entorno en toda su fealdad o en toda su grandeza.
Algo así era la nada para mí.
Ese afán ha derivado de forma transitoria en un modo de vida que yo denominaría de jubilada si no fuera porque tengo que ir a trabajar. Habito un periodo de vacación vital en el que me dedico a lo básico y lo adorno con todo aquello que me apetece. No me dejo cabos sueltos en lo que a transitar por los senderos que me gustan se refiere.
Pedaleaba un día de éstos por mi trayecto habitual de vuelta del trabajo. No se escatima ni en verde ni en azul por estos lares, es la mejor época sin duda para andar sobre la bici. Mientras avanzaba iba precisamente pensando en mi nuevo estado jubiloso, tratando de no poner demasiado empeño en organizarme la tarde, cuando de repente me topé con un cartel de Marc Márquez anunciando relojes en una marquesina de autobús.
A la velocidad de la luz mis pensamientos generaron un encuentro con el muchacho. Hey, hola Marc, ¿algún plan para hoy? Pues sí, mira, tengo que entrenar dos horas en el gimnasio, después una hora de bici sobre rodillo y luego me reuniré con mi entrenador para estudiar los progresos de la semana.
Los progresos de la semana…, maldita sea, menudo estrés. ¿Qué le podría decir yo del tiempo que tenía por delante?: Pues yo después de comer igual me voy un poquito a dar un paseo, luego a comprar y hacer la comida de mañana. Creo que terminaré con un rato de yoga, escritura o lectura, no sé. Y si quedo con alguien lo mismo voy y me tomo un vino... Esa soy yo en la actualidad. Menos mal que estudié mucho una gran parte de mi vida.
Pero, seguí reflexionando no ajena a lo que estaba sucediendo, si hubiere alguna esquirla de autocrítica en mi actual actitud se debe al capitalismo que llevo inserto en mi ánima, pues no creamos que el capitalismo es cosa concerniente sólo a números, mercado y monedas. El capitalismo introduce el término rentabilidad en todos los aspectos de la vida, no sólo los materiales. Ya escribí sobre esto y no le voy a dar más vueltas pero, ¿adónde creemos que vamos con lo de sacarnos provecho? Cubrir todas las horas del día para sentir que generamos ganancias, menuda desazón. Estamos más entrenados en éso que en dejar que las cosas pasen o que lleguen a su debido momento.
Cuando me quise dar cuenta enfilaba mi calle. Me había perdido toda mi soleada ruta mascullando para mis adentros razones por las que preferir mi actual estado al de Marc Márquez. Señal de que aún no soy la jubilada que pretendo. Señal de que el capitalismo me infecta con un suave pero claro sentimiento de culpabilidad. Tendré que continuar entrenando para perfeccionar este estado de ralentí.
De todas formas, concluí, algo nos une a Marc Márquez y a mí con mayor o menor aprovechamiento: darle prioridad a lo que nos gusta de verdad. El rédito que cada uno obtengamos con nuestros haceres depende de dónde el capitalismo ponga sus ávidos ojos.
Emanciparme de la prisa me trajo la impresionante salida de la luna (ahí al fondo)


Y aquí una canción muy bonica y disfrutable, para estados de jubilación precoz y/o legítima.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Buenas intenciones

¿Dónde estoy? Una nebulosa me separa de la realidad. Parpadeo. ¿Dónde-coño-estoy? Se intuye una ventana sin cortinas al otro lado de la neblina. Ésta no es mi casa y definitivamente, no es mi dormitorio. Allí la ventana está colocada a los pies de nuestra cama, tapada con unas cortinas que me horrorizan, tejidas por la tía-abuela de Paloma. ¿Dónde está Paloma? Aprieto los ojos y estrujo mi cerebro para ver si destilo algún recuerdo. Paloma maquillándose. Paloma colocándose el abrigo largo. Paloma que me apremia para subir al coche. ¿Adónde me lleva? Lo siguiente, un grito: ¡Antonio!
La ventana deja pasar una tenue luz amarillenta, ¿es de noche? Hago ademán de incorporarme para ver mejor pero, hostias, todo se pone a dar vueltas: la ventana, esta cama, las paredes blancas vacías, Paloma y su abrigo, algarabía de gente que no recuerdo, y el grito: ¡Antonio, Antonio! Joder, tengo ganas de vomitar. Vuelvo la cabeza a la almohada y a estas sábanas tan ásperas. En la universidad aprendí que para atenuar el mareo de la borrachera había que apoyar una mano en el suelo. Voy a intentarlo, necesito que todo se quede quieto. El brazo me pesa toneladas. Hago un esfuerzo sobrehumano para mover la mano pero algo tira de ella. ¿Estoy atado? No puede ser, ¡¿pero dónde estoy?! No puedo gritar porque algo que tengo metido en la boca me lo impide. Me han amordazado y atado, joder. ¿Secuestro? Me acojono. ¿Y si es un sueño? Pero qué coño sueño, Antonio, ¿cuándo has tenido tú un sueño así? A ver, voy a serenarme, voy a tratar de recordar lo que ha pasado… Paloma arreglada, vale. Paloma abriendo nuestro coche, vale; algarabía de gente que no identifico, bien; unos paquetes que van y vienen… ¿qué eran? Fundido en negro, no recuerdo más. ¿Y si en medio de esa extraña multitud alguien me capturó? Los gritos de Paloma llamándome tendrían sentido en ese caso. Pero estas nauseas… ¿Me habrán envenenado?
Para colmo estoy empezando a sentir que me escuece el pene. No tengo bastante con la angustia y con sentir el cuerpo como una roca… Trato de tocármelo pero no puedo, claro, había olvidado que también estoy atado. Un momento, ¿no me habrán violado, los cabrones? Violado, atado, amordazado, envenenado. Pero ¿quién habrá querido hacerlo? Si sólo soy un funcionario que cobra tributos, coño! ¿Y si le han pedido rescate a Paloma? Me matarán, estoy seguro. No tenemos ahorros, joder. Me dejarán morir en esta extraña habitación, atado, indefenso y sin poder tocarme la polla.
A punto de la desesperación noto algo raro en la habitación, al otro lado de la cama. Movimiento, roce de tela. Parece que arrastra una silla. ¿Alguien se incorpora? No me quiero mover mucho, a ver si me van a dar el tiro de gracia. Pero por otro lado, quiero ver la cara de mis captores. Soy consciente de mis limitaciones pero tengo que intentarlo aunque sea lo último que haga en la vida. Por Paloma. Por mí. Tomo todo el aire que puedo aunque me lo dificulta mucho la mordaza, trato de recordar qué músculos necesito para darme la vuelta, me sale un gemido, comienzo a rodar, ¡lo estoy consiguiendo!... Pero de repente, algo sobre mi hombro me frena, - Señor Gómez, no se mueva por favor, tiene muy tenso el respirador y podrían soltarse la sonda y la vía. Quédese quieto, llamaré a sus familiares-. Unos pasos suaves se alejan, oigo un chirrido de goznes a mis espaldas. ¿Qué ha dicho?, ¿sonda?, ¿vía? No me jodas, que estoy en el hospital… Súbitamente la puerta vuelve a abrirse, murmullos, ruido de tacones apresurados, es Paloma, reconocería sus pasos hasta en la luna. Entre el rumor que se acerca se alza una voz: -Cuñado, menos mal. Vaya Nochebuena que nos has dado, joder. No tenía ni idea que eras alérgico al anisakis. Se va a tragar Paco la cesta de mariscos que me vendió, con lazo y todo… Puto Paco. Puto amigo invisible-.

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino. 
La foto es de aquí: https://es.pinterest.com/pin/141019032061913276/

sábado, 6 de agosto de 2016

Crear el vacío. Escribir nada

Me pregunto qué ocurriría si me olvidara de escribir sobre el hecho de que no escribo. No merece la pena hablar de ello. Es como si hubiera escrito cada día. Como si no hubiera escrito hasta ahora. Me sorprende que piense tanto en ello, pues en mi caso no escribir es lo más parecido a escribir sobre todo aquello que conozco.
H.D. Thoreau a Blake en
Cartas a un buscador de sí mismo

De vez en cuando Silvia nos atemoriza a sus lectores con algún escrito en el que nos confiesa lo difícil que le resulta encontrar algún tema de lo que escribir. Nadie lo diría: su prosa fluye entre los resquicios de lo cotidiano con una facilidad lúbrica. El mismo día Bubo hablaba de algo parecido.
Aunque suene redundante, es así, cuando uno se pone a escribir necesita hablar sobre algo. Estamos acostumbrados a algos, a las cosas, a llenarnos de emociones, a acumular experiencias, a almacenar anécdotas… Parece que sólo le diéramos valor a la suma. En el caso del binomio escritura-lectura ocurre igual: hace falta algo para que nazca un escrito y qué poco nos atraería un escrito que no hablara de nada.
Precisamente me hallaba yo estos días reflexionando sobre eso: ¿cómo hablar de la nada? O mejor dicho, ¿podría expresarse la nada a través de la escritura? El vacío me obsesiona de un tiempo a esta parte y ya es paradójico que la nada me provoque una emoción que llena tanto.
¿De qué forma expresar el vacío? Para qué especular si el Tao Te King habla de ello*:

Treinta radios convergen
En el centro de la rueda,
Pero es su vacío
El que hace útil al carro.
Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
Pero de su vacío
Depende el uso de la vasija.
Se abren puertas y ventanas
En los muros de una casa,
Y es el vacío
Lo que permite habitarla.
En el ser centramos nuestro interés,
Pero del no-ser depende la utilidad.
Haciendo caso al sabio, para expresar la nada con la escritura o con cualquier otro medio sólo podemos limitarnos a crear el contexto que la permita.
¿Podría mi escrito expresar la nada si cuento dónde la encuentro? Probemos. Siento que el vacío está en la ausencia de intervención, en el ahorro de estrategias; en un agradecido dejarse llevar; en el no pretender nada para uno mismo –nada más y nada menos que lo que le corresponda legítimamente-. La nada la imagino en el agua que fluye sin descanso, inagotable. Sólo para físicos o químicos: en el estado estacionario (me apetecería hablar de esto algún día aunque pierda un alto porcentaje de lectores y el cariño de parte de mi familia, o toda). También en el imperfecto silencio de las noches de verano. En el oscuro abismo de ese mismo cielo. En el instante siguiente al paso de una estrella fugaz.
Siento que manifiesto nada cuando me alío con el silencio y camino sigilosa en mi propia casa, como si fuera a despertar a alguien aunque sea de día; al adaptarme al hueco que exista y no empeñarme en abrir a codazos para mí un espacio inexistente. Cuando me doy cuenta de mi propio cuerpo, incluso si estoy hablando contigo. Cuando, desafiando el ansia por rellenar mi tiempo, decido parar. Al imprimir deliberada parsimonia a cualquier actividad que desarrollo. En los movimientos intencionadamente lentos, casi quietos, incluidas las caricias.
La nada, tal y como yo la entiendo, es permitir, no querer. No confundir con consentir.
La nada es rebelde, entonces. Anticapitalista, también. La nada se opone al discurrir del ego, que sólo quiere para sí. Se escapa de la sobrevalorada persecución de los sueños, como dice mi amiga Mariana. La nada es orientarse hacia algo, pero no perseguirlo, sólo esperarlo. Es deshacer lo que uno cree que es. Se acerca cuando nos atrevemos a romper nuestra forma. Es potencial, es creatividad latente.
Pero por más que trate de explicármela, sigo sin quedarme satisfecha, ¿ves?: pretender la nada crea un efecto llamada sobre el todo que no la sacia. Eso es lo que significa: si lo quieres todo pon tu empeño en deshacerte de lo que tienes. Coloca la intención en lo contrario de los deseos. Haz el vacío el la pajita para beberte el zumo. Fabrica muros para ubicarte en el espacio que creas. Es delirante.
Volviendo al motivo de mis reflexiones, no es competencia del que escribe o del que crea escribir sobre la nada, sino provocarla y dejar después que todo ocurra. A un nivel práctico, actuar –escribir- con aplastante sinceridad si quieres que llegue algo y si no llega nada, no es el momento. No es buscar, es, como escuché hace poco, convertirse en canal. Dejar que nos desborde lo que pugna por salir a través de nosotros ya seamos escritores, cocineros, saltimbanquis, herreros, amos de nuestra casa…
Y de esta forma, al crear vacíos, creamos y nos vaciamos. El vacío, paradójicamente, lo crea para sí el que crea mientras crea. Y lo gestado en ese vacío, crea en el que recibe lo creado.
Un delirio.
El secarral provoca agradecidos oasis y éstos, aguas que crean tramas


* Poema XI 

domingo, 24 de julio de 2016

Incoherente manifiesto radical

[…]Lo venero porque se abstiene de la acción, y abre su alma con el objetivo de poder ser. En mitad de un mundo de actores bulliciosos y superficiales, es noble hacerse a un lado y decir: “Simplemente quiero ser”. Si pudiese plantarme enseguida sobre la verdad, reduciendo al mínimo mis necesidades, me vería inmediatamente más cerca de la naturaleza, más cerca de mis compañeros… y la vida sería infinitamente más rica. Pero ¡heme aquí!, temblando en la orilla…
Primera carta que Harrison G. O. Blake escribe a H.D. Thoreau en

Hoy me he levantado muy antisistema. Mucho más que cualquier otro día. Aun así, he obedecido al despertador y he acudido puntual a mi cita con la administración pública del estado español. He proferido proclamas anticapitalistas en un suave y civilizado tono y, ya más tranquila, he ofrecido siete horas de mi vida al análisis del agua del río que nos riega… Me mata mi incoherencia. Cada vez hay más distancia entre mis pensamientos y mis actos y, estoy convencida, ésa es la principal fuente de mis tristezas cuando llegan.
Para más inri, a mi anciano coche se le ha roto el ventilador. El hecho, dadas mi manchega latitud y la concurrencia del mes de Julio, se torna terrorífico, lo suficiente como para que flojeen mis soflamas anticapitalistas y me plantee comprarme otro coche, maldita sea. Más leña al fuego para mi incoherencia y para futuros malestares, estoy segura. Al plantear la disyuntiva en el rato del café soy preguntada, precisamente, por mi vía más coherente de actuación. Y en este día en que me siento tan radical, declaro que si yo fuera coherente no sólo no me compraría otro coche sino que lo dejaría todo, viviría en una cueva y allí me dejaría morir como acto de amor hacia la Tierra (esto último, incoherentemente, no lo he dicho).
Y no es porque me haya enamorado perdidamente del pensamiento de Thoreau ni porque siga engullendo despacito sus ensayos, pues me viene de lejos el convencimiento de lo inútil que es para la Tierra la presencia del ser humano en su actual forma de vivir. Si alguna función tuviésemos para la Tierra nuestro modo de vida tendría que estar acoplado a Sus ritmos y principios, para empezar. En su defecto, hemos inventado unos modos alejados de todo eso y así, ciegos por la consecución de unos objetivos que nos marca la tradición o el propio capitalismo, nos movemos por Ella como caballos de Atila. Hemos ideado un ritmo rápido de obtención de hitos vitales, de consumo de recursos y hasta de personas que nada tiene que ver con la tranquila cadencia de los procesos naturales, como el tiempo que se toma una flor para abrir o el ocaso en agotar sus últimos rayos de sol.
Cuando me despierto así de antisistema tengo la certeza de que despojarnos de todo exceso material nos sincronizaría con el mundo y nos acercaría a nuestra esencia, a la Verdad. Aprendiendo de los animales, legítimamente sincronizados, ¿cuáles serían nuestras necesidades reales? Techo y comida. Y cuando no estemos comiendo ni durmiendo, contemplación, juego, espera confiada, alguna actividad reposada como quitarle piojos a algún compañero... Cualquier otro quehacer alimenta el mundo de corchopán que nos hemos sacado de la manga. Creo incluso, cuando me siento así de revolucionaria, que desde el preciso momento en que el hombre empezó a gestar este parque temático surgió la ciencia y la filosofía pues, en última instancia, el saber está destinado a conocer la esencia del hombre. No necesitaríamos estudiarlo si precisamente viviéramos según nuestra esencia.
Cuando se me activa el anticapitalismo radical dudo del modelo generalizado de familia y supone para mí un exceso traer más consumidores vidas a este mundo. ¿No será un acto egoísta por mi parte el no querer renunciar a experimentar el amor hacia un hijo? Estoy convencida que no habrá amor igual pero ¿se nos pasa por la cabeza el precio que ha de pagar el ser humano que llega sólo porque yo no quiera prescindir de convertirme en madre? Cuando estoy así de anticapitalista, el mayor acto de amor que se me ocurre ofrecer al mundo es el de renunciar a reproducirme y soy consciente que pronunciar tal improperio también conlleva una no pequeña dosis de egocentrismo, maldita sea otra vez la incongruencia.
Pero adoro a los niños, es casi lo único que salvaría del mundo cuando lo observo desde mi radicalizada perspectiva. Me mata su inocencia, sus ojos grandes cuando me preguntan curiosos. Me encanta hacerles reír, sorprenderles, enseñarles… pero tampoco creo que una mujer se haga completa cuando pare a otro ser. Y nadie nos arenga a hacerlo, sólo faltaría, pero de una forma velada el fantasma de la anomalía se cierne sobre nosotras cuando a cierta edad no te has reproducido. A cierta edad tienes que tener una buena explicación bajo la manga para justificar que no tienes hijos y no digas que te da pereza o que no consideras que a este mundo le hagan falta más consumidores sino quieres sentirte como una paria. El hijo como hito a obtener es lo que me rebela. El hijo porque es lo que toca. ¿Tan aburridos estamos? Y después ese hijo, que no tendrá más remedio que recorrer el trillado camino de la educación-producción cuya cualidad dependerá de lo que al sistema en ese momento le convenga engendrar: ¿obreros?, pues venga una remesa de obreros iletrados. Pobre hijo, sólo libre en el mejor de los casos durante dos o tres años pues después tendrá que prepararse para competir. Y pidámosle paz luego a mi generación o a las futuras cuando desde el colegio hemos competido por ser los mejores. Oh, Dios mío, cuando me levanto antisistema me reafirmo en que el mejor favor que podemos hacerle al mundo es quedarnos en barbecho.
Cada vez más creo que nuestras enfermedades emocionales y físicas se deben a no digerir que nuestras vidas no se parezcan al modelo establecido (tomado por verdadero) y así, cuántos dramas surgen cuando, por ejemplo, nuestra pareja nos deja. En ese sufrimiento ¿qué porcentaje es desamor y qué porcentaje pérdida de estatus? ¿Qué porcentaje del dolor se debe al egoísmo por no saber qué hacer o por tener que abandonar un tipo de vida al que nos habíamos acomodado?
Pero no todo es queja cuando enarbolo la bandera anticapitalista. Cuando dejo de observarnos como a una masa, aparte de los niños, aparecen mil rayos de esperanza en la cercanía, en el tú a tú, en la vulnerabilidad del desnudarse en sentido literal y figurado delante de otra persona… ¿quién puede enmascararse ahí durante mucho tiempo? Entre las piezas de corchopán del mundo que hemos construido también existe el vacío: espacios donde late la potencialidad de otro tipo de convivencia y construcción de nuestro mundo. En esos silencios se encuentra el sentido mismo de lo verdadero, de lo esencial.
En mi estado de rebelión creo que la ideal sería la vida nómada. Ir ligeros de equipaje, despojarnos de necesidades superfluas e ir descubriendo el mundo a medida que nos descubrimos a nosotros mismos, ¿qué otra cosa puede haber más interesante? Quizá no encontraríamos muchas diferencias entre nosotros y la Tierra, estoy segura.
Pero no estoy a la altura de mis pensamientos y lo peor de despertarse antisistema es observarme y ser consciente de mis incoherencias. De no ser capaz con mis herramientas actuales de encaminarme a velocidad de crucero y sin titubeos hacia ese tipo de vida que proclamo, pues siempre encuentro argumentos para rebatir mis manifiestos. Hago amagos con los que me autoengaño pero de tanto entrenarme en el salto he olvidado para qué lo practico. Me quedo quieta pero un rato después dudo de si mi ausencia de movimientos claros se debe a una verdadera rebelión pacífica o a puro conformismo... Se llama miedo y por el miedo dejo que transcurran más y más días de incoherencia. Pero tampoco creo en el puñetazo fuerte sobre la mesa, más bien en la realización de pequeños actos coherentes. De momento, empezaré por seguir con mi viejo coche, aunque eso confronte incoherentemente con otros de mis radicalismos, los ecologistas, maldita sea.


lunes, 23 de mayo de 2016

Mapa físico, mapa político

- Cádiz, Cádiz, que no me quiten Cádiz-, murmuraba temblorosa tratando de disimular el pánico escénico. Desde mi pupitre, la lista de niños que me precedía se me hacía interminable mientras observaba atenta cómo, con una resolución digna de admirar, se iban levantando según el orden indicado por la señorita e iban cantando provincias antes de señalar su ubicación en el mapa político.
Por cuestiones rocambolescas cursé parte de primaria con los niños justo un año mayores que yo, y el recuerdo de mi primer día en aquel aula llena de extraños lo tengo presente como si fuera hoy. Ellos quizá llevaban ya días manejándose con el mapa pues salían a la pizarra con una seguridad envidiable ante un ejercicio que a mi se me antojaba reto jeroglífico. Así que, para resolver el asunto, eché mano de mi recién estrenada capacidad lectora y de la agudeza visual que Dios me dio para localizar a la altura de mis ojos ese trocito de tierra bautizado como “Cádiz”. Algún otro que también distinguí ya había sido escogido, por eso cuando llegó mi turno y Cádiz seguía intacta canté con fuerza y alivio su nombre y me levanté muy ufana para, con manita temblorosa, enseñárselo a mis nuevos compañeros. Desde entonces nunca he olvidado dónde queda Cádiz.
La presencia del mapa físico o del político sobre la pizarra de la clase era una constante en mis primeros años de escuela. Y yo iba aprendiendo de ambos como si se tratara de dos entes distintos sin más puntos en común que la silueta de aquella cabeza de mujer con cara portuguesa. Mi preferido era el mapa político por la posibilidad de pintar de colores diferentes las distintas comunidades autónomas. En mi inocencia, la importancia de cada región radicaba en su tamaño por eso me sentía especialmente orgullosa de que Castilla-La Mancha fuera de las más grandes y que Ciudad Real fuera la tercera, sí, la ter-ce-ra provincia más grande de todas las de España. Con el tiempo me fui dando cuenta de que el otro mapa, aquel en el que venían representados ríos y cordilleras que después había que memorizar, era el que más se ajustaba a lo que la realidad es. Muchos años después caí en la cuenta de cómo unas líneas ficticias y aleatorias colocadas por el capricho del hombre para parir un mapa político separan a los pueblos con mucha más eficacia que la cordillera más alta de cualquier mapa físico. Así que cambié de preferencia.
Si lo pienso un poco, esa tendencia mía a cambiar mis afectos desde lo establecido por convenio a lo natural-esencial se ha convertido en pauta a medida que me voy desarrollando como adulta. Se da el caso, además, que tanto lo establecido como lo natural-esencial siguen conviviendo en el mismo soporte de una forma casi inevitable. Y no sólo me refiero a territorios. Yo misma soy el compendio entre un mapa político y uno físico. En el primer caso, sujeto a convenios inventados por el hombre y atendiendo a mi contexto sociocultural, mi silueta sobre el plano representaría regiones de nombres tales como clase trabajadora, edad productiva, raza blanca, manchega, química... En el otro caso, esa misma silueta pero carente de fronteras daría lugar al mapa de un ser completo y sin limitaciones que vive gracias a la relación con sus semejantes, con otras especies y con, en definitiva, el planeta y el universo que ocupa*. De nuevo, el mapa personal político es más proclive a la separación, segregación, diferenciación, distinción… mientras que el físico, natural o esencial aúna, congrega y nos permite ser testigos de que nuestra presencia encaja perfectamente en el engranaje del propósito universal, cualquiera que éste sea. Queda así justificado que también en este sentido mis afinidades se inclinaran con los años hacia la búsqueda de la parte esencial de mí misma más que a incidir en mis definiciones convencionales-sociales.
Pero ambos aspectos son necesarios mientras vivamos como lo hacemos y mientras que a nivel global se le dé más importancia a nuestra definición según nivel económico, raza, etnia u origen. Creo que, además de ser bueno para saber a quién votar, ser consciente de tal definición y del estrato social que ocupamos en nuestro mapa político nos va a permitir primero relativizar sobre ello y, a continuación, poder dedicarnos a estudiar y desarrollar con tranquilidad nuestro mapa o yo esencial.
Conceptos, ya ves, cuajados de dualidades inseparables y complementarias contenidas en el mío y en el resto de cuerpos humanos. La virtud por todos conocida será encontrar el término medio y sacar buen partido de ambos mapas. Pero ojalá y yo pudiera hallar tal punto medio pues últimamente vivo en el rechazo de lo ficticio de una manera tal que a veces temo que alcanzaré mi plena coherencia el día que sobreviva de los frutos que me ofrezcan las plantas silvestres, del momento en que observe el cielo como mi único techo y de que mi vestimenta sea la que yo misma me proporcione sin intermediarios. Una loca, ya me lo han dicho.
Pero cómo son las cosas... hace pocos días la naturaleza misma me mostró de una forma muy evidente una puerta abierta al término medio, a la convivencia y equidistancia entre lo natural y lo acordado por el hombre. Rumiando mis inclinaciones radicales hacia lo verdadero, paseaba acompañada de mi padre por las inmediaciones del pueblo observando la siembra de cereales que en pocas semanas virará sin remedio hacia el amarillo, convirtiendo así esta tierra en un verdadero secarral. En esos momentos reflexionaba yo acerca del empeño del hombre en hacer suya cualquier parcela y manipularla a su antojo: ¿cómo sería mi tierra sin tanta intervención humana? ¿Estaría también esta llanura cuajada de jaras, tomillo y romero como en el monte?... Y de repente ahí, entre los tallos de avena, una pequeña muestra de la verdad asomaba atrevida en las zonas donde no arraigó grano dando lugar a ramilletes salteados de gramíneas, amapolas y cardos con flor morada en una secuencia casi programada. Un poco más adelante los cardos eran sustituidos en la secuencia por otras flores, moradas también. Amapolas, gramíneas y cardos; flores moradas, gramíneas y amapolas; rojo, amarillo y morado; morado, amarillo y rojo… y entonces, la epifanía. El campo que me vio crecer me estaba mostrando un ejemplo de mi tan buscada confluencia entre los sistemas políticos adoptados por el hombre y lo esencial de la vida; entre el mapa físico y el mapa político de este país. La naturaleza me hablaba y me decía claramente que ¡era republicana! Y yo, a partir de ese momento, ya no sé si me gustan más los mapas físicos o los políticos, pero lo que sí sé es que a la naturaleza siempre hay que tenerla en cuenta.
Y aquí, la prueba

(*) Me lo acabo de inventar.

PD.: Cuando se estaba gestando este escrito, los Reyes que no son ni Melchor ni Gaspar ni Baltasar hicieron una visita a Ciudad Real. Mientras la gente agitaba banderitas rojigualdas a su paso, ¿se percatarían de lo que clamaba el campo unos metros más allá?

lunes, 11 de enero de 2016

España y Cataluña: Una negociación epistolar

Pocas cosas pueden hacer que un cuerpo se espabile cuando es lunes y vuelves a trabajar después de las vacaciones navideñas. Así estaba el mío esta mañana, semi-inerte, y más después de una noche de viento que me ha desvelado antes de que sonara el despertador. Poco a poco he ido retomando la secuencia de movimientos que me desplazan desde mi cama hasta mi puesto de trabajo. No esperaba nada fuera de lo común, no. Por eso ha sido tan sorprendente ver ese sobre asomando de mi buzón. Éso no estaba previsto. ¿Una carta? ¿A estas horas? ¿Cuándo comienza la jornada laboral en Correos? Habrá sido algún vecino que ha devuelto a su sitio alguna tarjeta de felicitación despistada. Aún así, ya es raro encontrar una carta en la era digital, me decía de camino al coche.
Llovía y el viento continuaba soplando, por eso hasta que no me he metido en el Focus no he abierto la carta, cosa que ha provocado que mis ojos se abrieran completamente, que me despertara definitivamente y que mis piernas y corazón temblaran compulsivamente. Lo que tenía entre las manos no era para mí, pero el equívoco ha puesto en ellas un documento que acaso cambie el devenir de los tiempos. Mi responsabilidad es compartirlo. Esta es la misiva que hallé: 


Querida Cataluña:
Quizá te sorprenda esta carta, sobre todo por proceder de una entidad política, abstracta en su concepto, aleatoria en su delimitación, como lo soy yo. Como lo eres tú.
Desde hace un tiempo, Cataluña, te noto distante. En lo que otrora fuera una relación aceptable a pesar de nuestras peculiaridades, se ha interpuesto un muro que no sé cómo salvar. Y en esos silencios crecientes entre las dos, yo… yo me siento impotente, obsoleta y torpe; a ratos, más parecida a una madre regañona que a lo que en realidad soy, que en lo que en realidad somos independientemente de lo que digan los que hablan por nosotras: colectividades con grandes potenciales. Con enormes recursos.
De las dos siempre fuiste la punta de lanza, Cataluña. A tu lado yo, como un pobre Sancho Panza, me moría de miedo y envidia a partes iguales por tu cosmopolismo, por tu soltura, por tu osadía, por esas cualidades que, reconozco, siento en mí aún como un pequeño embrión. Tú siempre me has mostrado, como un espejo, aquello que yo puedo ser.
Sé que me quisieras más atrevida, más arriesgada, más aguerrida. Sé que quisieras que me soltara de las riendas del conservadurismo, de la comodidad… y que explorara y explotara mis amplias posibilidades… Pero, Cataluña entiéndelo, aún arrastro el peso de años difíciles y en mi interior se libran mil batallas, mil voces discrepan, mil corrientes de pensamiento impregnan mi territorio haciendo de mis tierras campos yermos. El miedo… ese miedo a lo desconocido que tú hace tiempo salvaste… esa inercia me impide avanzar al ritmo que marcas.
Por otro lado, Cataluña, si tú eres la parte activa, la atrevida… lo yang de esta relación, yo soy el yin necesario. Admite que conmigo lo que bulle dentro de ti no deviene gas que pueda disolverse en una atmósfera inane. Acepta que te aporto esa bajada a la tierra, esa experiencia de hermana protectora que te ha visto crecer y que te marca suavemente los límites para que no te desboques. Como aquel que enseña a un adolescente.
Aunque sé que no te gusta, seguiré con este símil para decirte que, como hermana tuya, te conozco, Cataluña. Y no me hace falta ni mirar a tus hipotéticos ojos para decirte que te siento, no sé si lo sabes. Por eso no me pasan desapercibidos tus propios conflictos internos. Y bien sé que son estos momentos de crisis los propicios para volverse hacia uno mismo, autoanalizarse, comprenderse y así sanarse y respetarse, bien lo sé…, pero por otro lado me angustio porque es justo entonces, que te vuelves ovillo, cuando siento que te pierdo.
No le puedo poner puertas al mar, Cataluña, y la experiencia me dice que obligarte a mantenernos juntas no puede suponer más que la definitiva fractura, un insoportable dolor. Pero antes de que te vayas, quiero que recuerdes algo. No, no voy a llenarte de amenazas, ni a inocularte el miedo a la soledad del que rompe sus grilletes, no. Mi mensaje es positivo y sólo quiero decirte que, los actuales, son momentos de unión y no de ruptura. Que nuestro verdadero desarrollo como sociedad se produce si nos mantenemos y aprendemos juntas, no si huimos y menos con ese poso de rencor que muchas veces siento en ti. Quiero recordarte que juntas, ya lo has visto, todo es posible. Que uniendo tus virtudes y las mías somos un gran equipo. Que, al final de la novela, el Quijote recuperó la cordura y Sancho perdió la razón.
Y por si fuera poco, la evidencia: por más que tú y yo peleemos, por más que levantemos muros y los destruyamos después, nuestras tierras siempre estarán unidas y son parte de la misma tierra, una Tierra que si la escuchas, habla. Escuchémosla. Escuchémonos.
Tu España, que te quiere



Que nunca imaginé yo que se negociara en estos términos y me agrada...
En honor a la verdad hay infinitos precedentes amorosos entre ambos territorios. Además de éste, rescato un testimonio encontrado por el gran comunicador Juan Carlos Ortega que así lo atestigua. Aquí puedes escucharlo.

Confieso que me encantaría conocer la respuesta. Espero que el cartero se equivoque otra vez.


ADVERTENCIA:
- Este artículo podría contener humor absurdo.
- Evite interpretaciones políticas e ideológicas.
- Si tras aplicárselo sufre cabreo/odio hacia algún territorio o siente que le ha tocado el orgullo patrio, consulte a su médico, farmacéutico o exorcista de cabecera.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Zanahorias, hormigas y el concepto Tiempo

Quizá fui un poco osada el otro día al darle categoría de teoría a esa idea extraña que me abordó por la calle: la de que las vidas son gotas que transcurren a través del tiempo. Si me ciño al método científico, debería rebajar la tal idea en el escalafón, colocarla en el peldaño de las hipótesis y mantenerla ahí hasta que supere arduas pruebas de ensayo-error-verificación. Me gusta que todas mis explicaciones vitales, ya vengan de semi-iluminaciones o no, pasen por dicho proceso. En lo que a ideas se refiere, soy ecuánime y demócrata. No admito ni privilegios ni puertas giratorias.
Mis procesos de ensayo-error-verificación suceden, al igual que los de semi-iluminación, de forma automática, espontánea y siempre durante la ejecución de actividades de índole cotidiana e insustancial, como tender la ropa o ir al supermercado.
 
 Y allá donde pareciera que estoy resolviendo las grandes cuestiones del ser, suelo estar pensando alguna tontuna

Así, durante la pela de unas zanahorias para elaborar un puré, aún afectada por el proceso semi-iluminatorio en cuestión, trataba de profundizar en el cómo, dónde y porqué de ese transcurso de las gotas de vida. Mi mente jugueteaba con una imagen en la que me mostraba que el movimiento de la vida a través del tiempo sucedía hacia arriba. ¿Hacia arriba? ¿Pero eso qué es? La mente es que es un animal de costumbres y no se aviene fácilmente a cambiar sus estructuras. Seguía ella obcecada con que el tiempo fuera algo parecido a una dirección, un camino preestablecido con principio y fin con las mismas características que el espacio. Y no, le dije con benevolencia, eso no me vale: hay que cambiar el paradigma, chica.
Una vez rehogadas las verduras y puestas a hervir, me dediqué a buscar por las redes un par de vídeos sobre dimensiones que hace unos años, sin entenderlos ni siquiera en un uno por ciento, me sulibellaron. Uno de ellos es gracioso, todo lo que puede serlo dada la temática. En él un sabio señor en dibujos animados habla con un ser plano de la segunda dimensión. Con una ficha del parchís, vamos:


Para que no te entretengas demasiado con audiovisuales, te voy a explicar a mi manera esto de los seres de la segunda dimensión. Me siento legitimada puesto que convivo todos los veranos con un sinfín de ellos. Sí, con seres que no entienden el concepto de volumen: las hormigas de mi cocina. Un día, harta de su incómoda presencia, me puse a perseguir su recorrido con el fin de encontrar el hormiguero y aniquilarlas. Fue entonces cuando me llamó la atención algo nada novedoso: en su caminar no distinguen una pared de un suelo, ni un suelo de un techo. Para ellas, todo es susceptible de ser andado. Si de repente el suelo se vuelve vertical, no hay problema y siguen caminando como si tal cosa. Si la encimera deviene en peligroso precipicio, no pasa nada: hacen un requiebro cuerpo-abajo y descienden por el mueble donde guardo los detergentes… Para mis hormigas, el mundo es una enorme planicie por recorrer. Pero, ¿por qué no se caen de las paredes ni del techo? Pues porque la naturaleza, en su infinita bondad, las ha dotado de una compleja estructura en las patitas para que su ilusión bidimensional permanezca intacta. Y es que hay que entenderlas porque, para su pequeña conciencia, sería un shock si alguien les dijera que el mundo no es como se lo imaginan, sino que también existen el volumen y espacio. Es aún muy pronto, evolutivamente hablando, para decírselo.
Mis hormigas me ayudan a entender un poco mejor el tiempo, esa dimensión a través de la cual la vida se mueve. Es por eso que, mientras apartaba del fuego el puchero y trituraba el guiso con la batidora, inferí que, del mismo modo que la providencia ha otorgado a mi hormigas bidimensionales de una estructura especial en sus extremidades para poder moverse por su mundo plano, ¿no estaremos nosotros dotados de alguna herramienta que nos sirva para caminar a través del tiempo? ¿Nuestra mente quizá? ¿No será ella la que nos ayuda a ordenar nuestras vivencias para darle una dirección con principio y fin a nuestra vida? Y por tanto, ¿no será nuestra percepción incompleta e ilusoria? ¿Es que acaso aún no estamos preparados para asimilar que el mundo en que vivimos no es como nosotros pensamos?
Complejo todo esto. De momento, pensaba mientras degustaba el tibio puré, había llegado a la conclusión de que nuestra mente es el vehículo que nos permite viajar a través del tiempo. No sé muy bien qué significa todo esto, por no hablar de su aplicación en mis asuntos cotidianos. El caso es que ya había durado demasiado la divagación, así que fui a cerrar el Youtube donde había dejado otro incomprensible video a medias y fue entonces cuando me percaté de que a la derecha de la pantalla aparecía, fastidioso, un video antiguo del programa Redes titulado “El tiempo no existe”.
Varapalo a mis reflexiones.

Menos mal que el puré había salido rico porque, lo que es la hipótesis, se acababa de caer de su incipiente carrera a través del método científico.

Por si fuera poco, Machado también rebate mi hipótesis. Maldita sea.


Continuará (la amenaza sigue vigente)

NOTA: Este escrito fue rematado durante el recuento de la noche electoral. Puede, pues, justificarse así la enajenación mental.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Otra vez el Agua (o esa extraña forma de transcurrir)

El otro día estuve a puntito de iluminarme.
Caminaba por una calle concurrida del centro, adornada con las luces prematuras de la navidad. Salía de mi compromiso semanal con la lengua inglesa: una hora destinada a devanarme los sesos de una forma diferente a la habitual. Quizá fue ese el motivo por el cual mi cerebro se encontraba cardado como un antiguo colchón de lana.
De repente los ojos se me quedaron fijos mirando a la nada y en mi campo visual la gente entraba y salía creando en su conjunto un movimiento, en apariencia, caótico. La GenteSi el conjunto humano fuese un elemento de la Tierra como lo es el agua, ¿cómo se movería? ¿Cuál sería su transcurrir? Mi cerebro recién aireado estaba receptivo a la sabiduría flotante que, estoy segura, se mezcla con el aire que respiramos y, como un fogonazo tan fugaz como la millonésima parte de un suspiro, la imagen de un río fluyendo creó esta analogía:
Estoy sentada en la orilla de un río joven de aguas claras y frescas. En un momento dado me meto dentro, pero no con mi cuerpo sino con mi mente, para poder así acceder al torrente a un nivel en el que soy capaz de diferenciar sus gotas. Ante esta imagen, mi parte química se rebela: ¡pero qué ambigua división es ésta, alma de cántaro!, ¿Gotas? ¿No habrías de distinguir moléculas? Ni siquiera en visualizaciones de millonésimas de segundos mi mente analítica es capaz de asumir algo tan poco preciso como una gota de agua. Pierdo parte del microtiempo del fogonazo lúcido en apaciguar a esta porción mental y convencerla para que espere un poco más: lo de las gotas tiene su razón de ser, ya verás, le digo. Tras este micro-lapso, me entrego a la observación, decía, del sinnúmero de gotas que componen el río joven de mi visualización para darme cuenta de que todas ellas se desplazan en la dimensión espacio: vienen de un lugar y van hacia otro lugar. Pedazo de conclusión, podrá pensar cualquiera, y con razón, si no fuera porque esta simpleza me permitió comprender de una forma más profunda una cuestión como lo es la de las interacciones humanas.
Aquí, el río Gungur, a ochomil kilómetros, mezclando gotas a discreción

Mi cuestión inicial ¿Cuál es el transcurrir de la componente humana del mundo?, se respondió a medias, de ahí que la iluminación no fuese completa. Sólo llegué a esto: El transcurrir humano sucede en el tiempo. De la misma forma que el río transcurre por el espacio que son los campos y parajes, el transcurrir de la humanidad sucede en el tiempo.
Que no, que no inventaremos hoy la rueda…
Pero si lo pienso un poco, la obviedad me abre la mente y me relaja. Necesito una vez más a mis gotas para seguir estableciendo el símil y así, tras haberles concedido ánima y personalidad por gracia y obra de mi imaginación, las observo provistas de carita y manos cuando conforman la corriente de agua. Imagina una de ellas: en su transcurrir habrá situaciones en las que le toque estar al fondo; otras, aireada en la superficie o sorteando piedras y obstáculos, pero siempre moviéndose: siempre transcurriendo en el espacio. Pienso también en su contacto con otras gotas: en los tramos de saltos y de mezcla, estoy segura que contactará con multitud y habrá otras zonas de remanso en los que, favorecido el flujo laminar, le toque compartir largos trayectos con prácticamente las mismas gotas alrededor.
Qué fácil llevar así la analogía al transcurrir temporal humano. Si comparo el Agua con la Vida y a mí con una gota, qué fácil es darse cuenta que somos pequeñas gotas de vida transcurriendo en la dimensión tiempo. Qué fácil se me hace ahora comprender por qué a veces me tocan situaciones más profundas y oscuras y otras más luminosas y oxigenadas. Qué sencillo es ahora entender que hay que sortear situaciones difíciles, las piedras de mi camino…
En cuanto a las interacciones humanas… ahora ya sí veo por qué hay gente que entra y sale de mi vida o por qué algunos se quedan conmigo largos periodos de tiempo; por qué hay encuentros efímeros; por qué con otros nos ayudamos a sortear complicados obstáculos; por qué hay gotas con las que no volvemos a coincidir nunca más… Y es que todas tenemos una misión: la de transcurrir y conformar este gran río que es la Vida.
Y ahora también observo en imágenes lo perjudicial que es el empeño en tratar de aferrarnos a otras gotas y querer transcurrir con ellas en más situaciones de las que nos corresponden: si, obcecadas, nos diésemos nuestras manitas acuáticas, crearíamos tal atasco que el flujo de la vida se volvería un peligroso remolino a nuestro alrededor. Es preciso, pues, soltarnos de las manos y, en definitiva, permitir que la Vida siga transcurriendo a través de nosotros en la dimensión tiempo.

… Continuará (amenazo)

viernes, 28 de agosto de 2015

El zig-zag de LO CREATIVO

Así, sin paños calientes ni introducción, propongo echar una ojeada al funcionamiento del mundo. He aquí unos básicos ejemplos en diferentes escalas1:
Escala celular: Este nivel me gusta aunque debería estudiar un poco antes de seguir aventurándome con él. En lugar de eso voy a tirar de memoria para decir que existen un montón de procesos químicos interrelacionados dentro de una célula: lo que se genera en un proceso se aprovecha en otro y así sucesivamente. Se trata de reacciones químicas encadenadas que permiten que la célula sea lo que es. Es decir, que dentro de la célula, como en casa de mis padres, no se tira nada. Todo se aprovecha.
Escala orgánico-funcional humana: Para que nuestro aparato digestivo funcione como debe tenemos dentro del intestino una miríada2 de bacterias que nos ayudan a digerir algunos alimentos. También en este nivel observamos que existe interrelación, en este caso, entre dos especies: las bacterias transforman lo que no podemos asimilar en algo asimilable por nuestro organismo y ellas a su vez se nutren. Todos colaboramos, todos nos beneficiamos.
Escala animal/natural: Hay un montón de ejemplos en esta escala pero me quedo con el de la polinización: las flores producen néctar que atrae a las abejas a las que se les pega el polen en las patitas y así fecundan a otra flor que dará lugar a una semilla que dará lugar a otra planta... El néctar le sirve a la abeja como alimento y para después producir jalea real y otras sustancias con las que también fabrica la colmena. A los humanos y a otros seres como el oso Yogui cuando no comía emparedados, nos encanta la miel y nos podemos beneficiar de sus múltiples propiedades curativas y gustativas… Así pues en unas pocas líneas ha quedado resumido un proceso complejo en el que se ven involucradas directamente varias especies y, de nuevo, todo aprovechado, todo entrelazado y todos contentos.
Ya basta de ejemplos, pues queda claro que la naturaleza se compone de este tipo de procesos entrelazados en los que todas las partes se ven beneficiadas. Lo curioso es que en ninguno de los casos se observa que haya algo o alguien que se encargue de organizarlo todo: ningún jefe o, más actual, ningún emprendedor que dirija la orquesta. Más bien pareciera que todas las partes saben lo que tienen que hacer, como si albergaran dentro la información de cómo han de comportarse y cuál es su cometido dentro del entramado del que forman parte. Volviendo a la escala celular ¿acaso tienes que ir tú como dueño de tu cuerpo, célula a célula avisándoles de cuándo tienen que sintetizar las proteínas?… ¿No es más razonable considerar que quizá sea esa información, ese chip implantado en cada ser, el algo que activa y comanda todos los procesos?
A ese algo mis libros chinos lo llaman LO CREATIVO o TAO y además dicen que su movimiento es zigzagueante. Traducido significa que para ejecutar cualquier acción que tenga lugar en la naturaleza necesita involucrar o sincronizar a múltiples especies, sistemas, organismos, orgánulos, reacciones químicas... Así podríamos afirmar que todo lo que existe, para LO CREATIVO, es como el gorrino para el carnívoro: todo lo aprovecha.
¿Y el hombre? ¿También LO CREATIVO lo tendrá en cuenta para perpetrar sus sincronías? Obvio que sí, como seres de la naturaleza que somos. Lo que ocurre es que el hombre tiene otro algo, un algo en minúsculas que no tiene ninguna especie de este vasto juego: su mente y lo que su mente ha generado: una autoimagen o ego. El ego entorpece la acción de LO CREATIVO porque inocula al hombre una falsa creencia de individualidad. El ego nos pone una venda en los ojos que impide que nos demos cuenta y seamos consecuentes con el hecho de que en realidad somos los elementos de una red creativa más grande y que, también en nuestro comportamiento, estamos sometidos a sus continuos y misteriosos zig-zags.
No seré yo la que se ponga a menospreciar ni a la mente ni al ego pues es lo que nos caracteriza. La mente es una herramienta poderosísima capaz de codificar, interpretar, ingeniar, de crear cosas nuevas… Sí: la mente es como LO CREATIVO pero en minúsculas. Es un LO CREATIVO comprado en un Todo a Cien y el defectillo que trae de serie es la creencia de que nuestras acciones sólo dependen de nosotros mismos y que todo podemos moverlo a voluntad de una forma lineal (acción y reacción). Por eso cuando el hombre, comandado por su mente, tiene que acometer una acción, al contrario que en el zig-zag de LO CREATIVO, lo hace de una forma directa. Un ejemplo basicote que a todos nos ha pasado (o a algún/a amigo/a): me mola fulanito/a; voy a tramar el plan X para que caiga rendido/a a mis pies. Cuando te pones a tramar el dichoso plan X lo más probable es que te lleves un batacazo y que no salga como quieres.
Y si el plan en el que te empeñas no sale, sufres. Cuando tratas de arreglarlo por tus propios medios ingeniando de nuevo con tu mente, con tu Lo Creativo Lineal del Todo a Cien, es casi seguro que vuelva a salir todo regular tirando a mal… y así sucesivamente entrando en bucles o samsaras de los que los humanos nos quejamos amargamente con discursos que ponen de manifiesto nuestra dudosa madurez: yo es que siempre doy con tíos de talocualforma; yo es que siempre doy más de lo que se me devuelve; a mi es que los amigos siempre me dan de lado; las tías son todas iguales… y otras tantas lindezas.
Mis libros chinos insisten hasta la extenuación en que controlemos esas ganas de hacer algo y de empeñarse que tienen nuestra mente y nuestro ego, por una razón muy comprensible: porque utilizan una estrategia lineal de acción que sólo pretende beneficiar a uno mismo caiga quien caiga, mientras que en la naturaleza de la que formamos parte todo funciona de una forma zigzagueante y generosa que tiene muchísimas más cosas en cuenta que la satisfacción directa de nuestros deseos individuales. Sí, en las acciones humanas, como en la polinización, se necesitan muchos individuos y sucesos para que algo o todo ocurra.
¿Cuántos zig-zags habrán tenido que darse en diferentes escalas para que nazca este niño?


Por eso mis libros chinos hablan de humildad: para reconocer que hay algo poderoso instalado en nosotros que comanda con mucha más eficacia y sentido todos nuestros actos. Por eso lo de la perseverancia: porque en lugar de planear estrategias de cara al futuro orientadas a satisfacer nuestros deseos individuales, realmente sólo podemos dedicarnos a hacer aquello que tenemos delante con intención de mejorarnos y pulirnos. Por eso lo de la paciencia: para esperar el momento en que LO CREATIVO necesite echar mano de nosotros, si es que no lo está haciendo ya para asuntos que no comprendemos. Por eso lo de tratar nuestros “problemas” de forma indirecta, de soslayo: porque hacerlo directamente supone de nuevo sucumbir a la consecución lineal de nuestros deseos, violando con nuestra voluntad la ley zigzagueante del movimiento que todo lo comanda.
Y por eso, en definitiva, lo del Wu Wei: el no empeñarnos, el no-hacer. Porque, como dice la canción, “no soy yo el que navega, el que me lleva es el mar”.



1: Que el lector quede advertido del sesgo de los ejemplos, elegidos y acotados para lo que después tratará de explicarse. La naturaleza es más vasta, más compleja, más ingobernable y menos comprensible por la mente humana que lo que los ejemplos reflejan.
2: Año y pico de blog esperando poner esta palabra. El post es sólo la excusa.