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martes, 12 de noviembre de 2019

Morirse un amigo

Abre la ventana cuando muera. Si no, ¿cómo voy a salir?
M.B.


Sería a finales de Septiembre del año pasado o quizá ya había empezado Octubre. Caminaba por una calle que me lleva de camino a todos lados. Un día cualquiera, una ráfaga de pensamientos cualquiera y uno que atrapa mi atención: ¿cómo debe ser que se muera un amigo? Deseché rápidamente las respuestas que a la velocidad de la luz comenzaban a dibujarse en mi mente. Demasiado doloroso.
Algo después, de vuelta de la biblioteca, me encontré con la madre de Mariana. Caminaba como si su cuerpo fuera de plomo. No tenía buen aspecto y a mi pregunta, acertó a decirme entre lágrimas que los resultados de los análisis no eran buenos.
Echo la vista atrás, ahora que los días son copia de aquéllos, y nos imagino entes que navegan suspendidos en la malla del tiempo y el tiempo, como océano, nos mece y arrastra de unas situaciones a otras, y da bandazos que crean y destruyen a la vez. Marejadas que resultan en rupturas e idilios, pérdidas y encuentros, en que fantasees con la muerte de un amigo y que en tu amiga se esté fraguando un cáncer. Hechos aparentemente inconexos cabalgando en la misma cresta. Sumas y restas con resultante cero. 
Tal vez aquel día del pasado otoño empezaba ya a sentirse la resaca de la ola que vendría y yo sólo pude olfatear como un cachorro recién nacido, ciego todavía.
Los meses anteriores fueron raros. Me pasaba el día estudiando y coincidíamos menos. Además Mariana rehuía casi todas las propuestas para quedar pero a mí no terminaba de extrañarme, mujer independiente y necesitada de temporadas casi exclusivas para sus amados Schopenhauer, Zizek o Macedonio Fernández. Estoy cansada, no me encuentro bien, era la excusa recurrente. Yo creía, en mis momentos más acomplejados, que igual se había cansado de mí y del resto, con todas las de perder frente al calor de su casa, sus gatos y sus plantas; otros, pensaba que estaría preocupada por el trabajo, aunque tampoco tenía mucho tiempo para todo esto: el ansia por rascar horas de estudio se llevaba casi toda mi energía.
Sabía que había pedido una analítica. Me lo dijo en uno de los últimos días normales de camino a la casa donde habíamos quedado a cenar. No creo en los médicos pero sí en la bioquímica. Y después su madre, con su caminar de plomo dándome la primera de una larga ristra de noticias que nunca terminé de aceptar del todo.
Mariana se fue y mientras lo hacía no paró de darme las gracias en todas y cada una de mis visitas al hospital. ¿En qué habitación estás ahora? Yo acudía a su lado como hasta entonces, con la justa reticencia de quien sabe que se encuentra con un sabio pues eso mismo era ella para mí. Mi amiga menguante, irónica, aguda… Bienvenidos a mi velorio, nos recibió entre risas en su casa, en una fiesta de despedida disfrazada de Navidad. Joder, Mariana… Quiso que estuviéramos alegres. Casi lo conseguimos.
Se fue, lo supo desde el primer momento, por eso nos miraba como el que mira a un niño cuando nos empeñábamos en rascar esperanzas. Se tomaba las malas noticias como pequeñas victorias y entre sollozos me confesaba que así le creerían de una vez. Yo callaba pero tampoco podía creérmelo e íntimamente estaba convencida de que todo era una argucia suya capaz de deshacerse en cualquier momento.
A ratos niña desvalida, otros, adolescente contestona y poco a poco más vencida y resignada. Echo de menos mi soledad, aquí es imposible. Se sentía afortunada porque desde su habitación veía campo y cielo, y aprovechaba el sol de invierno para escapar a los jardines a tomar mate, ella, pesimista convencida. Sensible, de mirada y conciencia anchas, confrontaba mis opiniones con las suyas y las sentía más sólidas si me las validaba. También la temía a veces, tan cruda, tan certera.
Se iba y era mágico también, era íntimo, era sagrado el silencio de sus últimos días. Estaba allí aunque ya casi no estaba. Y yo me estaba perdiendo que me explicara cómo era eso de morirse uno.
Que se haya muerto Mariana es raro, es increíble, es triste, irreemplazable. Me molesta que no esté. Me molestó que se fuera sólo unos días antes de que florecieran los árboles de su calle, que se haya perdido tantos atardeceres, que ya no cuente con su punto de vista. Me fastidia no verla venir apresurada hasta la esquina donde quedábamos o caer en la cuenta de que no es ella cuando la confundo por la calle.
Presente pero inalcanzable, habita en el libro del Principito, en la bufanda gris, en la mantita blanca, en mi forma de pensar. En una copa de vino tinto que me susurra con acento porteño Tú no eres pobre, Laura, no te confundas. Está en la vía verde, donde volví a partirme de risa este verano con su vehemente argumentario sobre los corredores ¿Pero es que no se dan cuenta de que no corren bien? Y entre los árboles de la Tabla de la Yedra resonará siempre aquel ¿Y no es evidente?, que soltó mirando al río cuando yo le contaba mi idea de dios.
¿Qué harás este fin de semana?, me dijo desde esa cama que no era suya, sonriendo. Yo había quedado para ir al teatro. Pásala bien. Vendré a verte la semana que viene.


Hasta siempre, amiga mía. Gracias por tanto.


  

lunes, 26 de junio de 2017

Tu esperado día de Junio

- Vas a ser la última en hablar-, me dijiste el otro día mientras comíamos. -Qué responsabilidad- te contesté, sabiendo que a esas alturas sólo tenía sobre el papel unas cuantas ideas sin hilar. Al mismo tiempo me preguntaba por qué me estaba costando tanto si era tan fácil, sólo había que mirar tus ojos y conocer siquiera de refilón la ilusión que llevas meses poniendo en este día para que la inspiración arrancase a volar. No, no conectaba con ninguna emoción lo suficientemente intensa como para encontrar la argamasa que uniera mis pensamientos sueltos.
Pero ése era precisamente el obstáculo: la búsqueda de emociones. ¡Mira que no haberme dado cuenta! Las emociones, que nos ayudan a acercar lo lejano, a orientarnos en nuestros caminos, a dar nuestros primeros pasos… ¿cómo iba yo a sentir una emoción exaltada ante una presencia en mi vida tan constante y rotunda como la tuya? Lo evidente, lo incuestionable, es tan humilde que no necesita de alharacas para llamar la atención, simplemente, está.
Y es irónico porque, ¿cómo le daría a la vida por unir a dos personas tan distintas como tú y yo para que compartiéramos tanto? Compartimos familia, compartimos habitación durante años y, si yo tenía miedo y tú me dejabas, compartíamos tu cama. Cuando apagábamos la luz me compartías tus historias del colegio y después, las del instituto. Yo escuchaba y me iba haciendo aliada de tus aliados y enemiga de los que te ofendían. Eras mi referencia hasta que fui encontrando las mías propias.
Somos creadoras de dos mundos diferentes girando en un mismo espacio. Hemos aprendido a danzar en nuestras órbitas sin colisionar, respetando cada una el universo de la otra. Eres el cristal que me ofrece otras perspectivas, la ventana a lo que desconozco. Tu mirada complementa la mía y no tengo más remedio que rendirme a la evidencia de lo que veo a través de ti.
Desde mi propio cristal te he visto crecer, te he visto luchar, te he visto reír y llorar… y desde hace un tiempo te veo caminando a través de tus sueños, sintiendo que tu vida se redondea, disfrutando de lo bonito que te tenía guardado. Yo me complazco sentada en mi rincón, sintiéndote cada vez más fuerte y confiada, con la valentía de ir apartando de tu lado lo que no te hace bien y quedándote sólo con lo que florece.
Te quiero mucho, hermana. Gracias por ser mi espejo, gracias por tu ejemplo, tu afán de superación, tu fuerza incansable, tu confianza al perseguir tus sueños, tu sencillez, tus ganas de hacer felices a los demás, tu inocencia.
Me alegro enormemente de que os encontrarais y que quisierais compartir vida. Os deseo todo el amor del mundo, ese amor callado, silencioso, evidente, que no necesita de alharacas para hacerse notar; pero al mismo tiempo os deseo la lucidez necesaria para sentirlo y para maravillaros con ese universo frágil e insondable que podéis descubrir, si os fijáis atentamente, tras la mirada de quien os toma de la mano cada día.
FELIZ BODA, FELIZ VIDA.

Para mi hermana Ana.
Y esto, también.


martes, 13 de junio de 2017

La duda

Elisa, ¿me amaste alguna vez?
Elisa se quedó inmóvil con la mano que sujetaba el mechero a medio camino entre las velas y su propio cuerpo. En el silencio que acababan de engendrar fue capaz de escuchar el sonido del resorte que ya se preparaba para soltar un resuelto claro-por-qué-me-dices-eso-ahora-Federico. Fue entonces cuando se fijó por primera vez en mucho tiempo en los ojos de su marido, que ahora le inquirían pacientes tras la tarta de su sesenta cumpleaños. Desde luego, aquello no era un deseo de cumpleaños al uso.
La suya tuvo la magia de cualquier otra historia si se pasa por alto que sus mundos hasta entonces habían estado separados por un océano. Elisa volaba en la nube del éxito inesperado de su primer libro, un ensayo que proponía un nuevo paradigma en las relaciones afectivas y que, por lo novedoso de la propuesta, pronto se extendió con el favor de las redes sociales primero y con el olfato de un sagaz editor, después. La ola cruzó el Atlántico y la editorial pronto le animó a participar en un encuentro de escritores noveles en el Ateneo, un antiguo teatro de corte clásico transformado en enorme y atractiva librería a mitad de la calle Santa Fe de Buenos Aires.
La oferta fue irrechazable y, aunque sentía que el traje de escritora le quedaba un poco ancho, Elisa atravesaba sin dudas todas las puertas que el destino tenía a bien abrirle. Al tiempo se despedía de los años de soledad tras su ruptura con Jorge y su agotadora sensación de querer avanzar sin saber muy bien adónde. Tenía gracia que todas aquellas anotaciones surgidas para tratar de entender su separación la hubieran conducido hasta ese estado tan pleno del que ahora disfrutaba. Quizá se tratara de una particular y cósmica revancha a la tristeza.
Fede Martínez era el empleado que la editorial había asignado a Elisa Llop para atenderla en sus primeras horas en Argentina. El encargo era muy simple: recoger a la escritora valenciana que llegaba de madrugada, acercarla hasta su hotel y acompañarla hasta el Ateneo. Allí se reunirían con todos los invitados, el resto de escritores, periodistas y editores. Sencillo, si no fuera porque a última hora Karina, su ex y traumatóloga de guardia en el hospital Cecilia Grierson, tuvo que acudir urgentemente a su puesto por un choque múltiple de varios vehículos en la salida hacia Mar del Plata. No tenía más remedio que quedarse con Alejandra. Andaba por eso un poco azorado en el hall del aeropuerto de Ezeiza, sosteniendo con una mano el letrero donde se leía el nombre de la escritora y con la otra agarrando la de su hija que, lejos de rendirse al madrugón, daba saltitos a su lado y preguntaba una y otra vez que dónde estaba España, que si su amiga Julia le había dicho que toda la gente del hemisferio norte era rubia, que cuántos son diez mil kilómetros… Elisa apareció trastabillando con su enorme maleta azul. No necesitó ningún gesto suyo para saber que era ella a quien buscaba.
De pronto recordó cuando se vieron por primera vez. Él la esperaba en el aeropuerto con Alejandra de la mano. Para ser honesta, entre turbulencias y cortas cabezadas, sobrevoló el océano ideando y desechando argumentos propios de una novela de Danielle Steel con el que sería su acompañante. Quizá lo dejo para el segundo libro, reía para sí. Por eso al verlo con la niña se rindió a la insistente ironía de la realidad, mucho más ocurrente que sus limitados y ñoños pensamientos. En cualquier caso aquello la relajó y, espabilada como estaba por el cambio de hora, le pidió a Fede que, si era posible, no la dejara en el hotel. Tampoco quería obligarle a que se quedara con ella si tenía que atender a la niña, sólo le pidió que le recomendara una buena cafetería al lado de algún parque en el que pudiera descansar, leer o estirar las piernas.
A Federico le sorprendió encontrarse con todo lo contrario a una diva y por supuesto le dijo que no la dejaría sola. Alejandra tampoco quería irse, fascinada con el acento de aquella mujer que saciaba todas sus cuestiones sobre los europeos, así que le propuso dejar el equipaje en el hotel y después caminar por las calles adoquinadas de San Telmo y perderse entre los colores del barrio de Boca y Caminito…
… No era justo responderle con frases hechas. Elisa supo enseguida que su marido le hablaba del amor que ella perfiló en las páginas de su ensayo... Se dio cuenta que tampoco con Fede estuvo a la altura de sus reflexiones o que tal vez hubiera idealizado el sentimiento mientras se curaba de las heridas que se hizo al lado de Jorge. Sólo aquel día fue capaz de admitirse que no fue tan inocente como proclamaba en su tratado sobre relaciones. Iba predispuesta a amar, sí, pero también a escapar del tedio y a darle un portazo en las narices a su desamor y a su pasado. Y justo apareció Fede, con su niña tan linda de la mano, menudo, tímido al principio, risueño y atrevido después; contándole del tiempo tan difícil que atravesaban desde la llegada del nuevo presidente, el descontento de casi todos los estratos sociales, de la nueva revolución que ya se fraguaba en aquella Argentina dividida. Pero también, mientras comían empanadas en la orilla del río Matanza, compartieron sus amores, rieron de la tibieza de sus ilusiones, ahora que ambos rondaban los cuarenta y discutieron si Sabina o Serrat podían compararse a Soda Stereo y los Fabulosos Cadillacs.
Fue difícil no querer más, seguir hurgando en los secretos y la belleza de aquel enorme país; traducir los silencios de Fede, la historia detrás de sus ojos; eludir lo que vibraba en ella cuando algún acordeón le susurraba al oído las letras de Gardel. Como difícil fue admitir que cada día que pasaban juntos incumplía algún precepto de  su único libro. Su relación soñada se fundía entre los cojines del sofá donde al anochecer miraban silenciosos la televisión y suspiraban por noticias de Alejandra. No compartieron grandes proyectos ni se revelaron todos los misterios del cosmos con su unión. Sólo fueron dos más. Dos como tantos, con la particularidad de que hasta entonces les había separado un océano. Pero le gustaba estar con Fede y seguir imaginando un mundo distinto a través de la melodía de su verbo. Predispuesta o no, inocente o no, tenía la certeza de que ni San Telmo, ni Caminito ni Soda Stereo habrían sido lo mismo sin él.
Suspiró, encendió las últimas velas y abrió el corazón para responder a su marido.
Adoquines pintados por los alumnos de la Escuela Pedro de Mendoza
Barrio de Boca

Planeé un viaje lleno de actores secundarios que se transformaron en protagonistas cuando encarnaron en mi historia. Estoy aprendiendo que hay guiones que al materializarse son infinitamente mejores que la idea que los concibió.
Este relato está dedicado a Mariana, a Walter, a Fede, a Alejandra, a Fede-2, a Mari, a Julia, a Pepe, a Jorge y a Karina que me acogieron, agasajaron y trataron suavemente en todas las transiciones de una aventura que me llenó de caricias y mate el corazón.


domingo, 25 de diciembre de 2016

Algo tan obvio como quererte

Me resulta difícil escribirte. No lo digo en sentido figurado ni como recurso literario, me avalan todas las cartas que han muerto entre las hojas de viejos cuadernos y la docena de borradores que he desechado ya de este texto. Y algo me dice que escriba lo que escriba ninguna de las dos quedará satisfecha: que no tendrás de mí las palabras que tú quieres y que no habré conseguido yo de mi maraña de emociones extraer el te quiero rotundo que busco y mereces.
Pero me he empeñado. Llevo empeñándome meses con la intención de regalártelo por tu cumpleaños, aunque muchas semanas hayan pasado ya de tu día y mis dedos no dejen de avanzar dudosos sobre el teclado.
Y es que podría escribirte una carta diferente cada vez. En todo este tiempo me he dado cuenta que contigo tengo cien pareceres, cien sentimientos, cien narradoras dentro. A veces el reproche te escribe un párrafo, otras soy la niña que espera que aún le apartes del camino las ramas caídas; en ocasiones soy tu madre y te reprendo; tu consejera y me atrevo a insinuarte soluciones y deberías. Mi amor por ti depende de mi ánimo, de tu ánimo y de la última conversación; de tu prisa, de mi pausa, de nuestra exigencia… qué volátil soy contigo. Como si aún me alimentara el cordón umbilical que nos mantuvo unidas, sigo reaccionando en automático a tus estímulos. Yo que en la intimidad alardeo de vista periférica, contigo no sé qué es el amor porque el tuyo todo lo inunda. Amor que desborda… y boqueo a tu lado tratando de no ahogarme en este océano que emanas para distinguir mi amor por ti y sentirlo puro como tú lo sientes, pero no me sale. Me porto con tu amor como una niña caprichosa hastiada de juguetes.
Tan sabia a veces, tan ingenua otras, tan verdadera siempre. Eres la ecuación que no resuelvo, fuente inagotable de enseñanzas. Cuento los años en los surcos de tu cara, presencio tu vida como un transcurrir de eras, aprendo de ti lo que el tiempo significa. ¿Recuerdas que te dije que este verano visité mis primeros instantes de vida? No te lo conté todo. En el fundido en blanco de mi recuerdo, no me preguntes por qué, ya sabía que eras tú quien me acunaba y reconocía en tu voz el canal de amor que me alimentaría de por vida. Pero me desgarraba al mismo tiempo la orden de alejamiento impresa en mis genes, el albor del sentimiento que me une y me separa de ti. Mi empresa cada día es mantenerlo a raya y poder alzar el vuelo sin soltarme del todo. Sin hacernos daño.
Como el artista ante su obra, ladeo mi cabeza frente a nosotras tratando a averiguar qué clase de madre e hija somos. Tú te empeñas en buscar la niña que fui y pataleas como niña cuando no la encuentras; yo insisto en encontrar la madre confidente que siempre me dé la razón; tú procuras ser fiel a tu ideal de madre, yo no dejo de indagar en quién soy; vas señalizando el camino un metro justo delante de mis pies, yo no hago otra cosa que asomarme a los senderos paralelos… - Qué aburrido sería si fuéramos iguales-, te dije en broma. - O no-, me respondiste justo antes de colgar.
Pero en el roce de nuestro engranaje, sospecho que ya nos entendemos. Y que no hay unión más poderosa que nuestra voluntad por reconocernos a cada instante. Por eso hace tiempo que no nos pedimos tanto y que seguimos perfeccionando ese lenguaje tan tuyo y mío con el que cada día nos decimos te quiero.

domingo, 27 de noviembre de 2016

La escritura y yo. Autocarta

Querida Laura,
Un poco raro, esto de escribirte una carta. Aunque, no mientas, lo llevas haciendo tanto tiempo… Desde tu primera escritura original en el diario que te regalaron el día de la comunión de tus hermanos o cuando ese mismo diario, con letra ya diestra, empezó a recibir tus historias de adolescente. Eran simples relatos de tus días cargados con la emoción de las primeras veces; si ahora lo abrieras seguro que se escucharían risitas incontenibles en esas páginas teñidas con el color de nuestro rubor.
La transición a tu otro diario, el que tu hermana no llegó a utilizar, fue más oscura: párrafos en los que comenzaron a aparecer los primeros porqués. No recuerdo si terminaste ese segundo diario, pero sí sé que ya no hubo un tercero. Ya no tenías tanto tiempo y sí mucho que estudiar. Además, lo del diario era algo tan infantil… A nuestra escritura nunca le dimos demasiada importancia pero tampoco en esa época faltaban hojas sueltas que rellenar ni márgenes de apuntes en los que dejar que el bolígrafo trazara curvas con despecho frente a la rigidez de tantas ecuaciones, teoremas y gráficos. Los tiraste todos no hace tanto, solo se salvó la bolsa en la que guardabas las hojas sueltas en donde tu bolígrafo voló, diferenciando, ahora sí, lo que era realmente importante de lo que no.
Las hojas sueltas dieron paso a cuadernos que, destinados a los cursos que apoyaban los primeros compases laborales, terminaban siendo testigos de aquello que sentías, de aquello que atenazaba y frustraba. Encontrar hoy el orden cronológico de tantos escritos ocultos sería tarea propia de arqueólogos.
Poco después te volviste ordenada y la escritura medicinal comenzó a rellenar archivos de word con fecha incrustada. Todavía se trataba de escritura clandestina que atesorabas con celo, centinela de tus desdichas. Inocente o soberbia, decídelo tú, te creías única depositaria de tanta negrura, y había días en los que corrías a casa con el único objetivo de desahogarte sobre el ordenador. Comer, dormir y escribir eran tus funciones vitales.
Un día te descubriste con sorpresa poniendo flores a una de aquellas reflexiones. Al cabo te provocó una risotada la ocurrencia que había salido de tus propias teclas… Lo que antes atenazaba, ahora se transformaba en risa tras traducirse a letras… Y decidiste compartirlo y llamarlo Escritura Curativa. Muchos se sorprendieron de que escribieras, tú misma te excusabas y hasta creías tus propios sonidos al afirmar que llevabas practicando poco tiempo, que eso no era escribir… escribir era una palabra muy seria de la que sólo eran dignos unos cuantos.
Poco tardaste en sentir que tu escritura expuesta se había transformado en tu revolución. Mostrarte te hacía más fuerte a la vez que se llevaba por delante caparazones de supuesta perfección y exigencia. Te sentías a gusto en medio de la vulnerabilidad de juicios que nunca llegaron.
Y así hasta hoy. Ya no niegas la importancia que tienen las palabras para ti. Ni la eternidad que acompaña al momento en que ruedan sin obstáculo desde algún lugar incomprensible hasta la pantalla en la que las vas leyendo. Ahora simplemente escribes porque es inevitable. Porque, haciéndolo, sabes que eres libre.
Me despido ya hasta la próxima historia. No sé si será un cuento, una reflexión u otra carta. En cualquier caso, directa o indirectamente hablaremos de nosotras. La escritura siempre ha sido la vía en la que tú y yo nos encontramos.
Con infinito amor,
Laura

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino.

martes, 11 de octubre de 2016

La foto de La Masa

Siempre me causó extrañeza el resultado de aquella foto que me hizo nuestro padre. Incluso ahora. Una foto que es ejemplo de la diferencia que existe entre lo que se ve desde fuera y lo que se vive desde dentro.
Debía ser otoño, lo digo por mi vestido rojo de punto finito que tanto me gustaba. Y por tus pantalones de pana tan de moda en los ochenta. También por la luz rosada, típica de nuestros Octubres. Aunque puede que ese color sólo venga del revelado de la vieja cámara de papa… Cuando se colocó delante de nosotros y nos invitó a posar, los niños más guapos del mundo nos levantamos del batiente donde estábamos sentados, supongo que jugando o chinchándonos. Tú, decidido, estiraste los brazos, apretaste los puños y soltaste un rugido. Eras La Masa, lo de Hulk llegaría lustros más tarde. Aquellos días La Masa y Diego el Pelusa eran los protagonistas indiscutibles de tus dibujos.
A un lado, me fijaba muy atenta en tu pose, pendiente como siempre de lo que hacías, aprendiendo de tus pasos más experimentados que los míos. Sabías tantas cosas… Pero yo también hacía mis progresos: cada día me salía mejor mi propio dibujo de La Masa y la imitación de vuestros gestos, vuestra forma de hablar, de correr o incluso de dirigiros a nuestros padres ya me iba pareciendo pan comido. Por cierto, ¿dónde estaba Ana el día de esta foto? Es raro que no apareciera porque siempre andábamos juntos los tres, compartiendo aquellas tardes en las que podían transcurrir cien vidas antes de que se pusiera el sol. Vaya pandilla... Os recuerdo siempre enfurruñados, provocándoos quizá para conquistar el territorio que el otro había ganado. Yo observaba desde la segura distancia que da la retaguardia, temerosa porque en cualquier momento se podía producir una explosión, cuidadosa para no activar ninguna mina enterrada. Me gustaban las treguas porque así aprovechaba para jugar con los dos. A veces con uno, a veces con el otro. A veces canicas, a veces muñecas. A veces futbolista o tenista, a veces peluquera o actriz… Lo mejor era cuando jugábamos los tres al escondite por toda la casa, así nos convertíamos en cómplices ante el verdadero enemigo, ellos, nuestros padres. Lo peor era cuando os poníais los dos en mi contra, cuando vuestro enemigo era yo. ¿De qué os reíais aquel día debajo de la mesa? No podía soportarlo, no lo entendía. Y ¿qué podía hacer sin armas ni aliados? Imagino que correr a llorar bajo las faldas de nuestra madre tras haber probado una vez más el gusto amargo del rechazo. Nadie se cree ya que la infancia sea la época más feliz.
- Venga Laura, que ahora te toca a ti- me dijo papa. Era mi turno para la foto. Podría haber elegido una sonrisa, o apoyar la pierna doblada en la pared como también hacían los mayores. Pero en esos pocos pasitos que me separaban del tiro de la cámara decidí demostrarte lo grande que ya era. Así que, tal y como te había visto hacer, estiré mis brazos, apreté los puños y solté un rugido terrible, muy, muy feroz… ¿Ves? No era tan difícil. Tu respeto estaba asegurado.
Pero papa debió haber enfocado mal, o quizá fue que la luz rosada de nuestros otoños aportaba matices extraños a mi personaje porque en esa foto mis garras sólo eran unos pequeños puños hacia arriba, mi cuerpo verde y musculoso iba cubierto con un vestidito rojo y zapatos con hebilla, mi terrorífica mirada sólo era una sonrisa inocente buscando aprobación… Y por ningún lado aparecía la brutalidad de La Masa ni el ímpetu de esa niña de dos o tres años que quería sentirse una igual ante su hermano mayor. 


Este escrito es el resultado de un ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio de Escritura. Sesión I: La memoria y la Experiencia. No me resisto a ir colgando mis experimentos por aquí.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Mucho más que 5 Ritmos

¿Por qué no bailo, con lo que me gusta?
Una pregunta que más que pregunta, fue detonante. Abrí el ordenador, busqué entre mi música y ahí, en el espacio entre la cama y el armario, bailé. Sin mucha convicción al principio pero lo hice, y a medida que me movía la vida empezaba a circular, temerosa, de nuevo.
En mitad de mi trémula danza me acordé de Helena y de la sesión que pocos años antes había probado de sus Cinco Ritmos. Por aquel entonces únicamente la vaga imagen de una mujer reconocida y la entusiasta recomendación de mi hermana con amigos comunes de por medio, fueron avales suficientes para animarme a asistir a un taller del que sólo conocía su nombre.
La sala era muy grande y caras familiares se mezclaban con extraños. Nos colocamos obedientes en círculo y, en medio, Helena nos explicaba qué era eso de los Cinco Ritmos. Fluido, Staccato, Caos, Lírico y Quietud… Mientras, yo trataba de memorizar las pautas de cada uno por si después había que tenerlas en cuenta para la práctica.
Pero la duda se despejó pronto. Tras unas dinámicas para tomar contacto con la sala, con el resto de participantes y con nosotros mismos, ya no hubo más pauta ni dinámica que la que traía consigo la música. Aun cohibida por la presencia del resto, le abrí paso al Fluido y un sinuoso movimiento se instaló entre mis articulaciones, tímidas todavía. Atraídos por el baile fueron acudiendo, curiosos, los trozos de mí que aún andaban esparcidos por toda la sala: mi pudor, mis dudas e inseguridades… sin saber que al acercarse se diluirían en la fuerza centrípeta de mis giros. Bailando, me iba reconociendo.
Al cabo, subió el tempo y mi cuerpo respondió al Staccato con gestos más definidos, más secos, más lineales. Empezó a incomodarme el estar parada en un mismo lugar y para mi sorpresa me transformé en planeta, girando sobre mí misma y alrededor del universo que acababa de encontrar. Me divertía y de eso se trataba… Pero no había tiempo para pensar y menos cuando una corriente endiablada me atravesó sin permiso, entrando por los pies y transformando mis acompasados contoneos en impulsos casi eléctricos. Toda yo era movimiento incontenible y la sala se había esfumado. Con el Caos dentro no era dueña de mi cuerpo, que me sorprendía con espasmos salvajes como jamás le había visto. Rota mi estructura, era más pura que nunca por eso me abandoné y al abandonarme, me sentí libre.
Giving it (completely) all
Recuperé el aliento y la consciencia de mí gracias a la suave transición hacia el Lírico pero era una yo diferente, más liviana, más viva, flotando dentro de una intimidad que no quería abandonar todavía. Por eso seguí indagando en la extensión de este cuerpo recién descubierto que era el mío. Jugué con su amplitud y con la delicadeza de un compás que se iba ralentizando poco a poco. Entonces mis pies se volvieron raíces y el movimiento, sin irse aún del todo, me mecía suavemente. Tanta vida que se había agitado se instaló sobre mi piel encendiendo cada una de mis células, mientras el balanceo cada vez más sutil me iba invitando a la Quietud, al silencio, al vacío… a mí.
Nunca imaginé que el baile, el juego, seguían estando a mi alcance y que eran la llave maestra para recuperar mi lado más salvaje, más puro y verdadero...
Por eso aquel día danzando tímidamente al lado de mi cama recordé los Cinco Ritmos. Llevaba un tiempo alejada de mi propio sendero. Recuperarlo significaba caminar durante un trecho entre zarzales pero entreví que la diversión, el juego y la risa me ahorrarían unos cuantos rasguños. Busqué a Helena Barquilla y decidí seguirla siempre que pudiera.
Atrás quedaron las zarzas. Bailando encontré un camino justo bajo mis pies.




domingo, 11 de septiembre de 2016

Llegar al escenario

La foto es de este artista

-  Morir es volver-, nos dijo Lee en un momento de su charla sobre medicina china. - ¿Morir es qué?- Preguntó Carlos a mi lado. El estruendo de la lluvia sobre la carpa ahogaba las palabras del coreano. - Morir es volver-, le repetí en voz baja.
Tumbada en el sofá, descansando de una semana inolvidable, paladeo la batería de recuerdos que me asaltan: las clases de teatro, aparcar mi propia importancia y reírme de mí misma; la valentía de mis compañeros al exponerse, tantos ojos en los que me reflejé, bailar sin pautas y sin juicios. Jugar… Pero mi memoria selectiva se ha detenido en las palabras de Lee. Quizá porque me quedó pendiente decirle a Carlos que uno de los poemas del Tao Te King comienza con esta frase: Vivir es llegar y morir es volver*. El apunte no venía al caso.
Al regresar de mis ensoñaciones el silencio de casa no es tan quedo. Miro despacio a un lado, a otro… no hay nada pero yo siento que me observa una inmensa multitud. Acaso la inmensa multitud que ya volvió. La quietud se me antoja ahora plagada de vida potencial aguardando en el patio de butacas de un gran teatro. Y yo, como si aún no me hubiera bajado de las tablas, me siento la protagonista de una trama en la que nadie me ha dado el guión. De repente improvisar ante ellos me vuelve vulnerable. ¿Qué toca ahora? ¿Les estaré defraudando? ¿Debería hacer algo más espectacular para complacerles? No les veo, como si el motivo fueran unos focos imaginarios orientados hacia mi escenario. Pero percibo sus sonrisas alentándome, expectantes ante lo que presencian. Soy una actriz representando esta obra que es mi vida.
Por un momento la idea me parece tan coherente que tengo la certeza de haber descubierto el mayor misterio del universo. Salir a vivir, llegar, sería como atreverse a salir voluntaria en clase de teatro, exponerse y participar en la trama de quienes ya estaban ahí antes que tú. Morir es volver al anonimato del lugar seguro adonde antes aguardaba mi turno; allí adonde ahora ríen y esperan ellos. Desde ahí qué fácil parece resolver cada escena, imaginar cien ingeniosas respuestas diferentes ante un mismo entuerto.
Pero todo cambia cuando estás frente al público. Sobre el escenario, sobre la vida, no hay tiempo para pensar, hay miedo a defraudar, hay inseguridad ante el no gustar. ¿Dónde, dónde está el maldito guión? Desnuda y vulnerable delante de tantos ojos que reflejan tus propios juicios, sin saber lo que se espera de ti, tratas de resguardarte pero ¿adónde? Nadie pasa desapercibido sobre las tablas, tampoco en la vida. Desarmada, intentas imitar a otros que sí te han gustado, pero no te sirve: el público no se emociona y tú te sientes perdida.
Hasta que descubres que no hay mejor resguardo que uno mismo. Que ni sobre el escenario ni sobre la vida tienes que esforzarte en hacer nada. Que no hay nada que demostrar puesto que es evidente que ya estás ahí: en la vida o en el escenario. Nadie te pide nada, sólo escuchar y observar con calma para poder dar las respuestas que sólo pueden darse a través de ti. Sólo así, mediante esa verdad esencial, se consigue transmitir la magia necesaria para lograr que desde el patio de butacas se escuche un fervoroso ¡SÍ, SÍ, SÍ!
Un día nos preguntaron qué haríamos antes de morir. Yo fui una de las pocas que no se expusieron ante el resto; en ese momento no recordaba nada concreto que yo anhelara antes de mi muerte. Hoy tampoco. Pero si vivir es llegar y morir es volver, yo quiero ser consciente cada día de que mi llegada es efímera, y saberme por eso afortunada de estar aquí. Sentir que es ahora y sólo ahora el momento justo para representar este papel que es el mío. No perder de vista que la trama, sea alegre o triste, sólo es la excusa necesaria para dar las respuestas que sólo yo puedo dar. Jugar… jugar todo lo posible para que así, cuando me toque volver, me despoje orgullosa de este traje, ajado por haber vivido intensamente cada uno de los actos. Y volver a sentarme en el patio de butacas satisfecha por haber tenido la osadía de representarme a mí misma.



*POEMA L
Vivir es llegar y morir es volver.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la vida.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la muerte.
Tres hombres de cada diez mueren en el ansia de vivir.
¿Cómo puede sobrevivir el décimo hombre?
He oído decir que quien sabe cuidarse
Viaja sin temor al rinoceronte,
Ni al tigre,
Y va desarmado al combate.
El rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
Ni el tigre donde clavarle su garra,
Ni el arma donde hundir su filo,
¿Por qué?
Porque en él nada puede morir. 

domingo, 10 de julio de 2016

Cumpletodo feliz

Con éste, el blog cumple cien escritos.
Fue curioso el efecto-blog nada más abrirlo. Aquella tarde de sábado noté que de repente accionaba un contador que durante un tiempo me mantuvo más pendiente de cifras que de letras. Para mi sorpresa, la nueva criatura reclamaba escritos sin más criterio que el de ir sumando. Yo trataba de negociar con él la frecuencia, ¿dos veces en semana? ¿Tres? Me preguntaba ansiosa con qué lo alimentaría pues no me veía capaz para la ficción y tampoco quería que se convirtiera en un diario. Y si pasaba más de una semana sin publicar, casi podía sentir en mi nuca el aliento de sus hambrientas fauces. El bloguero era mucho más insistente que mi perezoso reloj biológico.
Esa sensación, sin embargo, duró pocas entradas, las justas para plantearme una cuestión: ¿por qué convertir este espacio en una nueva atadura? ¿No era ya suficiente cumplir con el horario laboral y el extraescolar? De igual forma, ¿por qué preocuparme de antemano por el contenido? Lo que escribiera se regiría por el criterio de lo que me fuera dando la gana. Por aquel entonces leí un artículo sobre escritura que hablaba de que la voz de cada cual era exclusiva y necesaria, ¿por qué no, simplemente, dejarla salir? Yo además estaba convencida de que la expresión creativa del individuo ya fuera para dibujar, cocinar o ingeniárselas con las reparaciones del hogar debía ponerse de manifiesto y era germen esencial para que el mundo (y el de cada uno) cambiara a mejor.
Pero no afrontaba yo el teclado con la actitud de una Juana de Arco, en su lugar la página en blanco se convertía en un espacio ilimitado para el divertimento y la expansión. Poder hacer lo que quisiera me volvía osada y un ¿por qué no? me abría la puerta cada vez que surgía alguna duda sobre si contar o no aquello que me rondaba por la cabeza. Empecé a no temer opiniones y a sentir que la expresión sincera (siendo sincera lo más fiel posible a mis ideas, sentimientos y emociones) era una de las llaves de mi libertad.
Esa Expresión Sincera se ha convertido en casi la única regente de este blog pero también es un poco tirana y como contrapartida no me permite ni un ápice de pose. Nada sale de mis teclas si sólo tiene como impulso mi empeño; se me rebela ante los encargos, ante las prisas, ante la necesidad inventada de terminar series inconclusas… Pero sus beneficios son tan grandes que todo se lo permito. Entretanto imagino a mis escritos no-natos como personajillos que balancean sus piernas en las sillas blancas de una sala de espera aguardando su turno para materializarse. Cuando llega, el escrito en ciernes se levanta de su silla, da vueltas por toda la sala y me suelta frases a cada momento, sobre todo si no estoy provista de bolígrafo y cuaderno; su urgencia me empuja hacia el teclado hasta en las horas más intempestivas. Muchas veces he pensado que no dependen de mí sino que me utilizan para mostrarse.
Dejando a un lado las imágenes que acompañan el proceso de mi escritura, insisto en la importancia de la expresión propia independientemente del formato. Tratar de materializar con sinceridad lo que uno piensa o siente crea una alianza con uno mismo cada vez más difícil de mancillar. Así el proceso creativo deviene en curativo, estoy convencida.
Otro aspecto que ha sido clave en el desarrollo de este blog (y esto podría empezar a parecerse a un recetario antisistema) es el dedicarle tiempo con alevosía a una actividad que en términos económicos y prácticos no sirve para nada. Saber que no me reporta nada de lo que se supone que habría de perseguir excita mis neuronas y mi rebeldía, pero lejos de empujarme hacia guerras internas o externas, me guía mansamente y sin remedio hacia un rincón muy personal que había descuidado durante mucho tiempo. Cada post me sirve para descubrirlo, sacarle brillo y cuidarlo un poco más.
No es del todo cierto lo que comentaba unos párrafos más arriba acerca de no mirar mucho los números del blog pues hace unos cuantos escritos me di cuenta que se aproximaban a la centena. Pedí permiso a Expresión Sincera para escribir sobre todo esto y ella, aunque a regañadientes, empezó a salpicar mi mente con algunas ideas, cosa que interpreté como un . Aún así, la aproximación a las tres cifras era lenta y poco a poco el calendario nos acercaba a una fecha señalada. ¿No sería bonito hacerlas coincidir? Me armé de valor y volví a dirigirme a mi sincera expresión:
- Hola, Expresión Sincera, soy yo.
- ¿Qué quieres?
- Pues nada..., ¿has visto qué fecha es?
- Sí, Julio, ya estamos otra vez con el chupinazo y los sanfermines en la tele.
- Sí, je-je-je. Pero también está mi cumpleaños.
- Ya.
- ¿Qué te parece que el escrito número cien y mi cumpleaños coincidieran?
- Pues me parece una soberana gilipollez tontería y además, ¿no te ibas por ahí?
- Sí, pero te olvidas de la magia de la programación de Blogger. Y... ¿podría publicarlo a las 10:07?
- ¿…?
- Claro. El día diez de Julio a las diez y siete.
- Madre mía… ¿y eres tú la que en los últimos tiempos se ve más madura?
- Porfi…
- Anda venga, pero luego no te vayas a reír de los selfies ni de los palos de selfie, que tú tienes las mismas ganas de exposición y autobombo que cualquiera…

Olvidaba que aparte de la creciente libertad y de ir encontrando mi propia voz, este blog también había servido para tener más de una bronca con los muchos personajes que me habitan. Pero no me arrepiento: definitivamente los días en que escribo son un poquito mejores que los que no.
Así que, con la venia de mi Expresión Sincera y con orgullo y mucha satisfacción alegría por mi parte, me congratula publicar este post número cien el día de mi cumpleaños.
Al poco de empezar el blog. A punto de tomar una de estas fotos

- Oye Laura, ya metidas en faenas conmemorativas, creo que te falta algo.
- Supongo que te refieres a los lectores. A la sorpresa de que haya gente que lee lo tuyo, al calorcillo de los comentarios (más bien por facebook), a ese cariño gratuito… Sí, muchas gracias a todos lo que pasáis por este espacio. Es un regalo con el que no había contado. Y tú, ¿algo que añadir?
- No querrás que te felicite, ¿no?… Que sabes que en última instancia eres tú la que escribe y esto puede convertirse en el culmen del masajeo del ego… Bueno, vale, pero ya no me pidas nada hasta el escrito quinientos por lo menos, ¿entendido? Así pues, en contra de mis discretos principios y sin que sirva de precedente, para ti y para el blog:

¡FELIZ CUMPLETODO!
  


domingo, 25 de octubre de 2015

Rechazo y Abandono


Fue hermoso ver cómo surgió el cuadro.
Lo digo sin vanidad pues, aunque detrás está escrito mi nombre al lado de una fecha que remite a otro septiembre, te aseguro que sólo fui una espectadora del baile que mis manos, ataviadas de pinturas pastel, representaron sobre aquel papel en blanco.
No estaba sola, había una voz suave que me guiaba y una melodía que acompañaba la danza. Primero fueron los carboncillos. Cuatro en cada mano, entre los dedos. - Agárralos todos y déjate llevar por la música- me dijo la voz, y la cartulina fue virando al negro porque mis manos se encapricharon de rellenarla con garabatos. Yo, respetando el ritmo, anhelaba que se cubriera entera pero no pudo ser pues fuimos invitadas a tiempo, mis manos y yo, a apartarnos de la pared y contemplar la maraña. Me encontraba exhausta, como habiendo salido de un trance.
Nunca había utilizado las pinturas pastel aunque todos los veranos de mi infancia me moría de envidia cuando observaba a los dibujantes de la playa retratando con esas barritas al turista de turno que se sentaba enfrente. Pero no era el motivo de mi envidia el saber dibujar: era el placer de tener entre mis dedos esa tiza y sentir cómo se agotaba sobre el papel rugoso. Un placer pequeño, tipo Amélie. Yo, con este cuadro, me estaba dando el gusto de experimentarlo.
La voz continuaba, -ahora vas a volver al papel, ¿qué puedes hacer con lo que has dibujado?- Miré incrédula mi amasijo de curvas y me quedé parada unos instantes sin saber por dónde empezar. Menos mal que mis manos enseguida tomaron la iniciativa: primero se dedicaron a repasar las líneas del contorno, y después, más resueltas, se atrevieron con el interior. Con esa misma técnica, repasando líneas al azar, me iba dando cuenta que me descubrían imágenes escondidas. Así, vi surgir al patito desvalido; después al otro, más gordo, separándose desdeñoso. A su lado, algo parecido a una bellota. Lo siguiente fue la extraña flor con su pétalo caído en forma de corazón. Los últimos, el astronauta y el río… Al final ya estaba cansada y aunque la voz me animaba a seguir difuminando y coloreando, sólo pude repasar en verde las ramas enredadas sobre las que camina el pato orgulloso.
Satisfecha y curiosa, pues seguro que el cuadro escondía más imágenes, me fui a casa con el papel enrollado bajo el brazo y con la sensación de haber vuelto de una ensoñación. De hecho, siempre me pareció que el dibujo tenía tintes oníricos. ¿Sería éste, como los sueños, un cuadro revelador? En cualquier caso, me gustó cómo había quedado la combinación de colores así que lo clavé en la pared para que me acompañara durante mis comidas y mis cenas.
Hace unos días me topé con él, justo en el lugar donde siempre se encuentra. Distraída, recogía la mesa y al levantar la mirada lo vi. No era la primera vez que el cuadro me hablaba: siempre, de una forma extraña, me he sentido identifica con el pequeño pato desvalido. Cuando me lo encontré esta vez, nos vi a ti y a mi con nuestras patitas flotando sobre ese río que mana del astronauta; con la amargura de sentirnos rechazados y abandonados por ese otro pato más grande y poderoso que se lleva nuestra alegría en forma de bellota; arrastrando tras de sí un corazón, el nuestro, que se desprende lánguido de una flor rara.
Pero, ¿sabes? No era eso lo que el cuatro quería decirme esta vez. Esta vez me dijo que tú y yo pisamos sobre agua y que el agua representa las emociones, pero también la vida. Yo me acordé de los dos, con los pies sumergidos en el agua fresca de una cascada auspiciosa. Sobre nuestras cabezas, millones de abejas salvajes transformaban el néctar en miel. ¿Representarían mis garabatos su revoloteo? Si hoy miro la flor extraña puedo ver ahí panales muy raros de encontrar.
El cuadro me sigue contando que mis desdichas, y acaso también las tuyas, tienen la poca solidez de los sueños. ¿O no ves que el pato grande, el que abandona, el que rechaza… no es real? Sólo tienes que fijarte en que su ala no es un ala: está al revés. Si eso no te vale, observa que frente a la fuente de vida que a ti y a mí nos sustenta, él pisa un suelo muy poco consistente. Ni siquiera es suelo: sus patas se enredan en la maraña de un matorral estéril. En la trayectoria invisible que pintan millones de abejas en el aire…
Todo eso es lo que esta vez, tras un par de años, muchas experiencias y crecimiento, me ha revelado mi cuadro. Aún no me lo ha contado todo, estoy segura. Sé que harán falta más años, más crecimiento, más experiencias…, dar quizá una nueva vuelta en mi samsara para poder llegar a entender qué pinta un astronauta en todo esto.

martes, 4 de agosto de 2015

La humildad me la enseñas tú

De nuevo ocupo el asiento de copiloto en este trayecto que tan bien conocemos. Mi coche pasará unos días en el taller y, cómo no, te has ofrecido a llevarme. Así me entretengo un rato, me has dicho. Yo me he dejado querer.
No sé ni cómo iniciamos una conversación que te lleva a hacerme una pregunta que nunca antes te has atrevido a formular, de tan discreto. Ni ésta ni cualquiera que cuestione la forma en la que vivo. ¿Y tú, con lo de tener hijos, qué piensas?
Te contesto descuidada, con un discurso que no es la primera vez que utilizo, que me encantan los niños desde siempre, bien lo sabes. Incluso cuando yo era niña ya me gustaban. Me sentí afortunada por tener una hermana a tanta distancia y poder ocuparme de ella como lo hice en la parte que me tocaba, pero ahora... Si alguna vez me veo en la situación real de tenerlos imagino que me lo plantearía de verdad, continúo,  sin embargo, en mi situación, desde luego que no los tendría. Además, añado, a veces me da por pensar que se tienen los hijos de una forma muy inconsciente, como el que tiene un coche o se compra una casa: sólo porque ya va tocando… Cuando digo esto siento un clic interno como si me avisaran de haber violado con mis palabras algo muy puro. Como si hubiera franqueado un portón en el que pone Prohibido el Paso.
Y eso es sólo porque te lo estoy diciendo a ti, que ya andas respondiendo que sí, que es verdad,  que así también vosotros teníais antes los hijos: en cuanto os casabais y porque era lo que tocaba hacer. Con esa humildad, sin haberme llevado tampoco en esto la contraria, llega tu respuesta al desangelado recibidor que había tras esa puerta que me he atrevido a cruzar. Ahí me encuentro: estática, sin argumentos, avergonzada… porque cuando hablas de hijos estás hablando, entre otros, de mí.
Y porque hago un repaso somero y ya he contado mil ocasiones en las que siempre has estado cada vez que cualquiera de tus hijos te lo ha pedido. Esos mismos hijos que, según tú, tuviste de una forma tan inconsciente. Nunca ha sido ni es inconsciente tu papel ni tu responsabilidad. No lo es. Con toda esa inconsciencia no recuerdo ni un solo momento en que te hubieras puesto el primero en tu lista de prioridades. Tus prioridades siempre han sido las nuestras.
Por eso me callo. Porque mis palabras iban rematadas de la soberbia del que ve siempre los toros desde la barrera, y mi pose se perfumaba con la arrogancia del que cree que sabe. No tengo ni idea de lo que hablo y tú, encima, vas y me das la razón.
Dicen mis libros chinos que la máxima virtud es la humildad. Cuando aquel que no es humilde lee estas palabras, suele relamerse de gusto vislumbrando que en próximas ediciones ilustrarán ese párrafo con su foto. También dicen que no hay que irse muy lejos nunca para aprender lo que es la humildad porque cada día la vida te regala situaciones de sobra en las que te podrás topar con ella. Pero hay que estar alerta porque es tan pura que se te escurre de las manos con facilidad.
Sólo puedo darles la razón a mis libros chinos. Estos días casualmente ha surgido más de una ocasión para hablar de humildad propia o ajena y yo en todos los casos me he acordado de ti, que me das el ejemplo en cada momento que compartimos.

A mi padre


La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
Que más desprecia el hombre
Y así, está muy cerca del TAO.
Por eso, la suprema bondad es tal que,
Su lugar es adecuado.
Su corazón es profundo.
Su espíritu es generoso.
Su palabra es veraz.
Su gobierno es justo.
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
Nada se le reprocha.
(Poema VIII del Tao Te King. Lo pondré en este blog tantas veces como haga falta)


Y esto es por tu gusto por el flamenco

lunes, 20 de julio de 2015

Esa sensación a verano

Sabes a lo que me refiero, ¿verdad?
Seguro que sí y mucho más si dejas que las imágenes de lo que para ti es el verano se coloquen en la primera fila de tus recuerdos.
En los míos, podría decirte que esa sensación que quiero describir nació en las noches de verano de mi niñez. En la tregua que en los días de calor seco y siestas eternas, el sol nos otorga a los que habitamos en el interior. Surgió a mi lado, sentada conmigo en la acera aún caliente, quemándome las piernas por debajo de mi falda azul; mirando las estrellas bajo el run-run de la conversación de las vecinas del corrillo; en el sonido de los saltamontes al chocar contra las paredes donde las farolas nos daban luz y mosquitos: qué miedo me daban… En esas horas tardías que, por aquel entonces y sólo porque era verano, mis padres me dejaban estrenar.
Ahora sí que sabes de lo que te hablo aunque quizá tú lo asocies con una playa o un río, o con las risas de tu pandilla, o con las fiestas del pueblo, o con algún amor de verano… con cosas así. Y también sabrás que esa sensación te asalta de forma súbita en otros momentos de otros veranos aunque no estés en la playa o ya no te quemes las piernas por debajo de ninguna falda; de repente la notas, con su toque de inocencia, de frescura, de parsimonia, de no hacer, de disfrutar porque sí…
La otra noche me pasó y ni siquiera estaba en la calle respirando el único aire fresco de todo el día. Estaba dentro de una tetería en una ciudad sin alardes: la mía. Habíamos llegado sin saber muy bien qué íbamos a ver, sólo que Mariana, nuestra amiga, recitaba poemas entre las canciones de Luis, amigo suyo. Un concierto interrumpido, según ella. En el local había muy poca gente pero me doy cuenta que a la mayoría los conozco. Este tipo de detalles son los que, de un tiempo a esta parte, me van susurrando despacito que soy de aquí, a mí que, sin haber salido de la provincia, no me identifico con ninguno de los lugares en los que duermo.

Comenzó el concierto y la voz argentina de Mariana se columpiaba entre las notas de la guitarra de la que Fabián, amigo de Luis, arrancaba suavemente estándares de jazz. Sin darme cuenta fui recostándome en la silla; al cabo de un rato descubrí que sonreía mientras escuchaba… Entonces, en medio de esa parsimonia, la reconocí: era esa sensación, otra vez, asaltándome en esa noche de verano.
Los poemas de Mariana, el jazz de Fabián, la voz ondulante de Luis saltando entre graves y agudos, yendo y viniendo como olas del mar, trayendo a mi orilla los recuerdos de los que antes te hablaba: el camión de mi vecino aparcado en la puerta, los juegos de los niños del barrio hasta altas horas de la noche; el golpeteo de los saltamontes en las paredes, el sonido de los grillos, el tomate con sal que alguna de mis vecinas cenaba en el corrillo. .. Silvia, sentada a mi lado, me saca de mi pasado y me cuenta que se siente la protagonista de un anuncio de KAS* de los noventa, ¿te acuerdas?, me pregunta. Sí, parece que a ella también le envuelve esa sensación a la que no puedo ponerle nombre.
Terminaron el concierto, los poemas y los estándares de jazz pero seguía oliendo a verano y no nos entraban ganas de volver a casa por más que apremiara el madrugón que nos esperaba en unas pocas horas. Pedimos otra ronda a ritmo de rumba y ya no estábamos en la tetería sino en la verbena de las fiestas de mi pueblo. Así no había manera de despegarse el verano de la piel…
Pero la alarma de la responsabilidad nos empujó a regañadientes a casa, recordándonos que el sueño de esa noche no pasaría de una siesta larga.
El camino de vuelta lo hice acompañada de los artistas, que pararon a tomar la última en un local cerca de mi casa. Yo seguí mi camino aún envuelta en esa sensación a verano a pesar de no ser ya esa niña que se asustaba con los saltamontes o que el mar rompiera a muchos kilómetros de la calle por la que caminaba, y es que debe haber algo de imperecedero en esa sensación que me contenía, algo así como la certeza de nuevos comienzos…
En fin, sigo sin poder definirlo pero ya da igual porque sé que sabes de lo que hablo. Y además, en este caso, las palabras son lo de menos: me quedo con la frescura indescriptible que la otra noche me trajo esta ciudad sin alardes que cada vez es más mía. En esta misma ciudad que, dándole a Silvia la razón, me sentí por un rato la protagonista de un anuncio de KAS de los noventa.

* Ya me gustaría que esta entrada estuviese patrocinada, pero no.
** Foto y vídeo, de Cristina.

sábado, 18 de abril de 2015

Lo que los caballos me susurraron al oído

El que de niña me gustaran los caballos como lo hacían, sin razón aparente y sin haber tenido contacto con ellos, sólo me lo explico si considero que por debajo de la línea del tiempo en la que vivimos existiera otra más compleja en la que todas las Lauras posibles, las pasadas, las presentes y las futuras convivieran simultáneamente en infinitos multiversos paralelos, como ocurre en la película Interestellar.
Aplicando los principios de esta película a mi propia experiencia, la Laura actual estaría comunicándose con la Laura de cinco o seis años contándole todo lo que aprendió hace unos días de los caballos. A su vez, fruto de esta comunicación aconsciente e interdimensional, la Laura de cinco o seis años desarrollaría entre otras cosas una simpatía y una empatía tal por estos animales que le haría imposible, casi como si de una profanación se tratara, el montar en los caballitos-pony de la feria debido quizá a que también la Laura de la actualidad le habría inculcado que los caballos no necesitan ser domesticados por el hombre y que ellos lo único que quieren es vivir en paz, comer, regurgitar, rumiar, orientarse hacia los lugares que les resultan más cómodos y en definitiva, ser y estar. Sin más pretensión.
Las Lauras que siguieron a aquella Laura de cinco o seis años conservaron esa afinidad por lo equino de una forma lo suficientemente intensa como para que la Laura de hace un mes se decidiera a pasar unos días en el campo, tras semanas de atosigante trabajo dentro y fuera del plano laboral, en compañía de caballos y de gente querida para tratar así de darle cuerpo y entidad a aquella simpatía infantil por estos animales, cerrando y dejando atrás con ello un ciclo de comunicación inter-Lauras que, a su vez, continúa girando de forma infinita hasta el fin de los días en alguna dimensión paralela de la cual espero salir pronto.
La rimbombancia de los párrafos que acabas de leer solo puede explicarse si nos atenemos a que gran parte de citoplasma de mis neuronas está plagado de corpúsculos de lo absurdo y a que no sé sintetizar ni simplificar cuando abordo ciertos asuntos muy personales y profundos. Pido disculpas por la petulancia y me dirijo a lo concreto.
Uno de los recuerdos más agradables y vívidos de ésta, mi reciente experiencia con caballos, está fundido en blanco: el blanco del pelo de una de las yeguas a la que observé tan de cerca que mis ojos parecían condenados a no fijarse más allá de su cuello. La teoría que nos fueron explicando acerca del comportamiento de estos animales se volvía insignificante ante la presencia de ese cuerpo tan enorme y pacífico: son animales de presa… defienden su espacio vital…viven en el presente pues deben estar alerta… en estado salvaje se mueven en manada y siguiendo al que más sabe…Y todo eso es verdad pero no deja de quedarse corto al lado de la presencia neutra del animal, que se prestaba tranquilo a cepillados, caricias y silencio.

Parte de la manada*
(y yo sigo sin saber cómo se ponen comentarios en las fotografías)

Fuimos a experimentar que los caballos nos sirven como espejos para observar la forma en que nos relacionamos. Parece rebuscado pero no lo es. Alguna vez ya he escrito por aquí que cuando uno está por aprender o buscar algo lo encuentra en casi cualquier cosa que observe: los posos del café, por ejemplo. Pero frente a los posos del café, el reflejo del caballo presenta el salto cualitativo que ofrece su cuerpo vivo perfectamente sustentado por el presente. Es como estar delante de ti mismo pero en tu versión más pura y sincera. Frente a ese espejo, tus pensamientos rebotan intactos hacia ti para que los escuches por una vía diferente a la que sueles hacerlo y así, el caballo se convierte en un maestro compasivo y paciente. Es la única forma en que puedo explicármelo, ahora que tras varios días a mi mente le ha dado tiempo a generar las palabras que pueden aproximarse a describir la experiencia. Mientras todo sucedía, sin embargo, me quedé muda. Algo más fuerte que yo sabía que cualquier cosa dicha solo serviría para mancillar el momento.
El espejo funciona. Ya sólo con aproximarte a la manada es posible que algún pensamiento jactancioso del tipo lo van a flipar estos caballos en cuanto llegue yo y sientan mi presencia comience a darte pistas de la basurilla que escondes debajo de tus alfombras. En la respuesta del caballo puedes experimentar algo que ya sabías como concepto: que no eres el centro del universo, con lo que sólo si quieres tener contacto, y siempre que ellos te permitan acceder a su espacio vital, serás tú el que humildemente tendrás que acercarte y aceptar el rechazo si es que este se produce. Aprenderás entonces, volviendo a sacarte del centro de la creación, que el que el animal se vaya significa que: el animal se va, sin más, quizá porque estará mejor a un metro de distancia de donde ahora se encuentra, por ejemplo. Y eso no tiene que ver contigo, de verdad.
Dejando a un lado los ejemplos personales expresados a modo de generalidad, los caballos me han demostrado cosas que ya conocía: del respeto por su espacio vital, me reafirmo en que es mejor no ser invasiva y darme cuenta de cuando lo estoy siendo, pero también en que es importante que me respete cada vez que quiera o no quiera hacer algo: expresarlo en el momento. De su forma de vivir en manada verifico el hermanamiento y otra vez el respeto, en este caso, por el que más sabe y dejarse llevar por él; de su estado de alerta, el estar presente…
Pero, como ellos, y quizá porque soy caballo según el horóscopo chino, también soy rumiante y el verdadero alimento de aquellos días ha venido después, tras haber regurgitado algo que observé en el comportamiento de uno de los caballos. Un gesto en principio inocuo. Habíamos dejado de lado los mimos y el cepillado y nos fuimos al paddock para caminar con él. Enganchados en una cuerda, teníamos que guiarlo y darnos un garbeo los dos juntos. Así nos entrenábamos en el concepto de liderazgo. Al principio no estaba muy interesada en la actividad, aún narcotizada por el sobo que le había dado a la yegua, pero un compañero me animó y, primero a desgana, accedí. Parecía fácil, sólo tenía que dirigirme sin dudar a un lugar, al que sea. El caballo, confiado, me seguiría puesto que me considera el líder; sólo hacía falta que yo le diera unos toquecitos a la cuerda que nos unía. Al principio, bien. Paseo hacia el otro lado del paddock. El caballo para cuando yo lo hago. Fácil. Toca dar la vuelta, me pongo frente a él, le doy los toquecitos y el caballo se queda inmóvil. Tiro un poco más fuerte y nada. Me doy cuenta que lo quiero forzar a mi voluntad y desisto. Entonces caigo en la cuenta de que no he marcado ningún rumbo, que sólo estoy frente a él queriendo que se venga conmigo, pero a ningún lugar en concreto. Vuelvo a centrarme, me pongo a su lado, miro al frente, otra vez le doy un suave toque a la cuerda y allí estamos los dos otra vez, caminando uno al lado del otro. Sin ninguna resistencia.

De nuevo iniciando el camino juntos*
Ahora que lo escribo, sin pretenderlo de antemano, me sale una nueva conclusión aplicable a la vida en pareja o a actitudes perniciosas que pueden aparecer cuando uno se enamora o se fija en alguien (ponle el nombre que quieras), con ganas de atrapar al otro sólo por… ¿orgullo? Cómo son los caballos, reflejando a tope aunque una no quiera.
En realidad lo que he estado rumiando estos días ha sido otra cosa y tiene que ver con la dirección, con el rumbo. En efecto, cuando consulté lo que me había pasado con el caballo, la respuesta fue que si él no tiene claro adónde quieres ir, mejor se queda quieto. Muy bien. Una vez en casa, entre otras imágenes, se me repite una y otra vez la de ese caballo quieto, mirándome y yo empeñada en traerlo hacia mí. El rumbo, mi rumbo… Y por primera vez veo que llevo muchos años orientando mi rumbo hacia objetivos de humo y que cuando he clamado por un sentido cuando me he sentido falta de él, en realidad todo mi ser me reclamaba para que sintiera en suelo bajo mis zapatos. Mis ojos se abren entonces atónitos al admitir que en muchos aspectos me he dedicado a alimentar fantasías que me han sacado del presente. Que, fruto de eso, he vivido más intensamente dentro que fuera de mi imaginación. Que he mirado muchas veces con desdén mi realidad y por tanto a quien en ella habitara, dándole más peso a esa otra vida que estaba por aparecer y que era tan cambiante como el interés que en cada momento tuviera. Un rumbo cambiante y efímero, eso es lo que me ha tenido revoloteando como una moscarda aturdida al final del invierno.
No trata, pues, tu compañero Anhelo de encontrar un rumbo, lo que seguiría suponiendo una huída hacia delante, me sigue diciendo mi maestro caballo desde su calma, sino de encontrarlo mirando a los ojos a lo que te acompaña; agradeciendo aquello a lo que te dedicas; sentir cómo crujen las hojas que pisas; amar a quien te rodea. Enraizarte en tu propia realidad y darle la solidez que tú misma le has quitado. Sentir que no hay que llegar a ningún lado. Era fácil pero cuántos niveles de comprensión hay en un mismo concepto. Esto mismo hoy lo saboreo con otro gusto.
Ese caballo inmóvil me sigue diciendo que sólo se puede saltar si el impulso lo tomas sobre un suelo firme por eso ahora aprendo a cuidar con mimo mis espacios, abrillantando las veces en que los consideré simples lugares de transición. Me dan ganas, entonces, de pedir perdón por las veces que me he ensimismado mientras hablaba contigo, contigo y también contigo; por las veces en que me he quejado por nada; por haberle dejado sitio a la frustración en el banco desde donde me siento de vez en cuando a contemplar la vida.
No es un lamento, todo esto que hoy cuento, en realidad estoy muy contenta. Es bueno el jugo que saqué de la experiencia y es que no todos los buenos jugos tienen que ser dulces.
Ya es hora de ir terminando mi escrito. Además es que siento que tengo que hacer un viaje. Desplazarme a otra dimensión y decirle a la Laura de cinco o seis años que no le pierda nunca el rastro a los caballos, que son seres hermosos, que son maestros. Es la única pista que de momento puedo decirle a esta pequeña Laura que está empezando a pensar, vete tú a saber por qué, que la fantasía es mucho más hermosa que la realidad.


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No me hacen falta los caballos para saber cuándo soy harto cansina por eso termino con esta canción de El Kanka, porque se os nota en la cara que estáis deseando que acabe para... para hincharos de... aplaudiiiir.


* Esta entrada ha sido editada porque después de publicar, me mandaron estas fotos.