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domingo, 14 de febrero de 2021

Nosotras, Las Ungidas

Nacimos señaladas por el propósito.

Peinábamos los pelos falsos de nuestras muñecas al tiempo que las instrucciones se colaban a través de la rendija de la puerta de la habitación de los juguetes. Apenas unos susurros.

Al poco, nos dejaron participar de sus encuentros y, mientras nosotras mecíamos descuidadas nuestros calcetines calados sentadas en sus regazos, los ecos cristalizaban en la voz grave de nuestras madres. - La hermana de ésta, la tía de aquélla, la amiga de nosequién-, decían en medio de un sinfín de historias. Después, sacudían la cabeza lamentando. O sospechando. De súbito, nos advertían, - niña, a ver a quién vas a traer a casa-, y explotaban en risas. Nosotras nos juramos, porque éramos nosotras, que esos caminos nos serían ajenos y que la buena senda se abriría ante nuestros zapatos de charol.

El designio se entretejía con las estrofas de las cancioncillas del colegio mientras saltábamos y corríamos entonando como un mantra la edad de nuestros casamientos, o el ser las más bonitas, o las que esperaban en cada puerto. Y era romántico. Y sutil.

Crecimos, arremolinadas y expuestas, mostrando nuestras más espectaculares plumas sabedoras de que éramos reclamo. La respiración en suspenso ante sus acercamientos y luego, la decepción o la dicha. Muchas de nosotras, complacidas, fuimos tocadas por el capricho de ser elegidas y, aunque la fantasía se materializaba torpemente, descansábamos aliviadas pues éramos fieles cumplidoras del objetivo, libres del abismo de la soledad; del ostracismo en el que deambulaban aquéllas que no habían tenido tanta suerte.

Adquirido el estatus, celebramos los fastos envueltas en tules, satenes y brillo. Pero no era suficiente por eso abrimos las piernas ávidas de que el fruto creciera en nuestros vientres. Cuando llegaron los hijos, pudimos por fin contemplar la obra desde nuestra atalaya.

Hecha la vida, el triunfo era el nuestro; el error, de quien quedó en el camino, de quien se cuestionaba, de quien no encajaba. Por eso dimos de lado a la sospecha y cerramos los ojos para no ver resquebrajarse el suelo bajo nuestras faldas, sosteniendo a ciegas los pedazos resbaladizos del castillo que habíamos perpetuado.

Y aún hoy, desmadejado el cuento, seguimos posando para ellos sin saber muy bien por qué. Sonriendo y engolando la voz desde nuestro escaparate. Deseando que acudan a este cebo de escotes arrugados y colmar así el ansia de nuestra carne resentida. Solo, para por un instante, olvidarnos de nosotras y volver a ser Nosotras, las Ungidas.

 




domingo, 7 de febrero de 2021

Lombarda

A ver, pico primero el ajo, no sé cuánto hará falta para media lombarda.

La lombarda siempre me recuerda a Fernando y eso que nunca la compartimos en ninguna comida o cena. Pero sí fue él por quien supe que la lombarda era plato típico de la cena de fin de año. - En Nochevieja, lombardita, claro. A mi madre le sale muy bien-. Me miraba con sus ojos sombríos tras las gafas, ya me hablara de lombarda, ya de por qué no había elegido falda para la entrevista de trabajo.

El caso es que la receta es más sencilla de lo que parecía. No tiene demasiado mérito preparar una lombarda medio decente. La manzana ya pocha con el ajo y los tacos de jamón y en un momento añado la verdura y listo. El horno ya casi está también y la lámina de hojaldre, atemperada.

Me parecía tan inteligente… Cuánto hace ya de aquello… ni idea. ¿26 tenía yo? Ojalá y entonces hubiese sabido que la inteligencia no era llenarme la cabeza de sus datos, ni sentirme pequeña, una prueba para mejorar como persona.

Abro el vino mientras espero a que acabe el horno. Un tinto que probé hace poco y que ya busco siempre que, como hoy, la cena es especial. Lo especial es porque queremos que lo sea, pienso. Porque me he empeñado, rectifico deshaciendo el plural mayestático. De todas formas la nochevieja siempre gana, tanto si te dejas llevar por los fastos, como si te opones a ellos.

El mantel es el de siempre, que la cena es especial pero hasta que no me mude a esa casa que llevará mi nombre, no tengo espacio para mucha mantelería. La lombarda humeante va al centro. Coloco mi plato, la copa, la servilleta y el juego de cubiertos recién lavados. Reniego de poner la tele, eso sí que no: que gane la nochevieja no significa que abra la puerta a los programas deprimentes de falso brillo grabados en Agosto. Mejor el silencio.

Ensayo un brindis. Después vendrán las llamadas y las videoconferencias. Ahora quien vuelve a hablarme es Fernando, despidiéndose también al otro lado de un teléfono más antiguo. Riendo sarcástico y sentenciando que no iba a encontrar a nadie, que algo raro debía yo tener.

Levanto mi copa al silencio, me concentro en agradecer todo lo que tengo y vierto el vino en el nudo que me estrecha la garganta.  




viernes, 8 de mayo de 2020

Una tienda de nada

Federico llevaba mucho tiempo dando vueltas una y otra vez a la misma manzana, porque es comprensible que a uno le entren las dudas cuando por fin encuentra el local en el que hacer realidad un viejo sueño. Cada día se asomaba al escaparate vacío haciendo visera con la mano y acercando la nariz hasta tocar la cristalera. Adentro, un espacio diáfano, paredes blancas y suelo de azulejos arabescos. Una mañana se armó de valor y llamó al teléfono anotado en el cartel de Se Alquila. Pocas semanas y una pequeña inversión después, lo tuvo todo dispuesto. Sólo necesitó un armario para los artículos de limpieza, una silla en medio del establecimiento y el pequeño rótulo de Abierto/Cerrado para colgar en el interior de la puerta. Por último, colocó en la fachada el letrero de madera que él mismo había tallado: “NADA”.
Las jornadas de su nueva rutina transcurrían ajetreadas. Federico llegaba bien temprano, abría la puerta, giraba el rótulo, Abierto, y enseguida se ponía manos a la obra. Comenzaba pasando la mopa por todo el piso para atrapar cualquier mácula que se hubiera colado por la rendija de la puerta. A continuación limpiaba meticulosamente los zócalos y las fastidiosas esquinas del cuarto. Después tocaba abrillantar con cuidado el ventanal, poniendo especial cuidado en dejar impolutos los rincones de los marcos de aluminio. Había pasado ya la mitad de la mañana y estaba exhausto pero aún le quedaban fuerzas para untar la silla con protector para madera y para arrodillarse a fregar y secar las baldosas hasta verse deformado en el reflejo del mosaico azul. Su labor era encomiable. Una vez eliminado todo lo que pudiera perturbar el espacio, se sentaba satisfecho a contemplar la nada que acababa de crear.
A pesar del esfuerzo, sabía que su nada no era perfecta, pues ahí quedaban la silla, el armario o incluso él mismo pero, como en todo negocio, se trataba de riesgos que estaba dispuesto a asumir. También se hacía cargo de que su nada era efímera ya que enseguida se colaba alguna mota de polvo de la calle, pero hasta que eso ocurría su dicha no podía compararse con casi nada.
Pronto el local empezó a ser objeto de la curiosidad y comentarios de los vecinos. Primero fueron los que se quedaban parados frente al desconcertante cartel de la entrada. Levantaban la vista incapaces de creer lo que estaban leyendo, NADA. A continuación husmeaban en el escaparate, que nada mostraba, y a través de él se topaban con aquel hombre a ratos sentado, a ratos caminando en círculos o con la vista fija en el techo. Después seguían su camino encogiéndose de hombros. Al poco, se formaron los primeros corrillos frente a la puerta. Federico escuchaba los murmullos con una sonrisa pues era de esperar que su nada acabara alterándose con el ruido de afuera. -Si no vende nada, ¿para qué abre?-, comentaban. -¡Menudo gasto idiota!-, decían otros. Pero a pesar de todo aquella tienda que nada ofrecía actuaba como un imán donde se concentraba cada vez más y más gente.
Era cuestión de tiempo que alguien entrara, claro, y fue el alcalde quien, en virtud de su cargo y bastón de mando, atravesara el primero la puerta. -Muy buenas señor… -, -Federico-. -Señor Federico, anda todo el pueblo preguntándose qué habrá en esta tienda, porque ya sabe como es el pueblo, ¿verdad? A este pueblo, unido y responsable, ya se imagina, no le gusta verse alterado. Ay, no sabe usted lo que cuesta mantener al pueblo calmado, y el pueblo ¿cómo te lo paga? Pues con críticas, ¿sabe usted? Y con la amenaza de que no te va a votar en las próximas elecciones, si yo le contara… Y bien, ¿qué le va a vender usted a nuestro pueblo?-. Él asistía desde su silla al monólogo del alcalde, que iba y venía de un lado a otro mirando de reojo a la cristalera, no ajeno a los transeúntes que se habían agolpado frente al escaparate ante la novedad de que algo sucediera adentro. –Nada, señor-. – ¿Nada?-. –Nada-. Ante la indiferente tranquilidad de Federico, el alcalde levantó la barbilla, sacó pecho y salió airado de allí con la certeza de que aquel hombre era un miembro de la oposición cuyo negocio tenía como objetivo destituirlo.
A partir de aquel incidente la tienda atrajo a dos tipos de individuos. Por un lado, los detractores del alcalde. Los reconocía porque buscaban su complicidad y, con alguna variación, todos venían a decir lo mismo. –Vaya pájaro el alcalducho, seguro que vino a tratar de sobornarlo. Hizo usted muy bien en poner en su sitio a ese corrupto, ¿qué le dijo?-. También llegaron los partidarios, reconocibles porque entraban envalentonados y desafiantes, con un discurso más o menos así: - Pero ¿cómo te atreves a faltarle el respeto a nuestro alcalde? No vamos a tolerar que vayas esparciendo bulos en su contra. Dinos, ¿qué andas diciendo de él?-. Para unos y para otros la respuesta era la misma: nada. Así, aquellos salían convencidos de que Federico era un humilde genio y estos habrían jurado que la desfachatez y soberbia del tipo no tenían parangón.
Tras esta primera oleada aparecieron los antisistema y se convencieron de que, como ellos, Federico libraba su propia batalla contra el poder. Les siguieron los conspiranoicos, seguros de que ese peculiar hombre secundaba sus tesis sobre la mano negra que gobernaba el mundo. Más tarde llegaron los místicos, susurrantes y complacientes, atribuyéndole las cualidades de un iluminado.
Ni qué decir tiene que el trabajo se le multiplicaba tras este tipo de visitas pero lo aceptaba como parte de sus responsabilidades así que, equipado con mopa, trapos y abrillantador, se aplicaba de buen grado en recuperar su esquiva nada en cuanto salían por la puerta.
En esas estaba después de la visita de los agnósticos, cuando le sobresaltó una suave voz. –Disculpe, no quería nada. Sólo he pensado que podría venirme bien quedarme aquí un rato en silencio, ¿puedo?-. - Claro, adelante-. Se trataba una chica joven y menuda que sigilosamente se acomodó en la esquina del ventanal. Su presencia no impidió que él siguiera concentrado en dar lustre a los arabescos. Al cabo de un rato la muchacha sacó su propio paño, limpió el lugar donde había estado sentada y dándole las gracias, salió sin apenas rozar el suelo. Poco después volvió con un amigo y más adelante, con otros muchos que a su vez traían a más y más gente. Todos ellos saludaban respetuosos, encontraban su lugar favorito en NADA, permanecían un rato escuchando el vacío y cuando querían, aseaban concienzudamente su rincón y se marchaban agradecidos.
Federico comprobaba que el nuevo trasiego no trastornaba NADA, y su labor cada día se iba reduciendo a nada. Examinaba rincones, rejillas, ventana y, nada. Ni siquiera la cerámica de los azulejos reclamaba algo de su atención. Solo quedaba contemplar, en aquellas largas jornadas de júbilo.
Poco después cerró el local, muy satisfecho de haber conseguido todo lo que quería.



Este texto también ha salido del curso "Encierro Creativo" de Un Cuarto Propio

martes, 14 de marzo de 2017

Mi tía Dolores

- Qué lástima-. Con ese punto final cerraba el relato de todos sus recuerdos. Después se giraba hacia la ventana, los brazos cruzados sobre su pecho generoso y, olvidando que yo seguía junto a ella bajo las faldas del brasero, revivía sin drama escenas remotas con el aplomo de quien ya descubrió que el futuro luminoso sólo escondía presente simple.
Que en sus tiempos mi tía Dolores se atreviera a afrontar su vida sola le hizo rodearse de un halo de misterio entre los vecinos del pueblo, pero yo nunca la oí quejarse de su destino, todo lo contrario, ella se entregaba a sus días con la dedicación de un orfebre, preocupándose lo justo por el mañana y por los chismes que la tildaban de bruja. Quizá por eso su gesto siempre era amable, casi condescendiente. Y sin embargo, yo también me encontraba entre los que a veces dudaban de que esa calma no fuera impostada ni de que su corazón no guardara siquiera un resquicio de dolor por la temprana pérdida de Juan.
El único novio que se le conoció a mi tía murió trágicamente en la casa de mis abuelos el día en que anunciaban su casamiento. Mis primos y yo trasteábamos por la casona cuando escuchamos el golpe tremendo y después, los gritos de mi madre y sus hermanas, la carrera de mi padre y mis tíos con el cuerpo de Juan en volandas, la mirada impasible de mi tía Dolores… Desde entonces, un tupido silencio creció entre nosotros como un miembro más de la familia.
- Tía, nunca te lo he dicho, pero me acuerdo a menudo del día en que Juan se murió-. Fui la primera sorprendida al escuchar mis propias palabras abriéndose camino entre la espesura. Desvió su mirada desde la ventana hacia mis ojos. Ninguna señal que indicara sobresalto. –Teresita… Teresa, Juan no se murió. A Juan le dejé morir-. Sin recuperarme aún por haber perforado el veto silencioso, su respuesta estalló en mi cabeza decidida a llevarse consigo el misterio que rodeaba a mi tía Dolores. - Pero tía, ¿por qué dices eso? Todos estábamos allí. Mi padre vio a Juan subirse a la tapia del corral. Y en la tapia había grava y ladrillos rotos. ¿Cómo podías tú haber provocado su muerte?- Hija-, me interrumpió- ¿y tú sabes por qué se subió?- Negué con la cabeza. -Quizá te parezca una tontería, vistas las consecuencias, pero todo comenzó con un juego. Por nuestro compromiso, Juan me dijo que me quería tanto que se dejaría caer de espaldas desde lo que quedaba de la tapia confiando en que yo le sostendría. ¿Alguna vez jugaste a eso, Teresa?- Se me erizó la piel de todo el cuerpo. -Estaba muy enamorado. Y yo… yo me quedé inmóvil, mirando desde un lado sus ojos cerrados y su sonrisa mientras caía-.
El relato me transportó de nuevo hacia la casa de mis abuelos, a los gritos de las mujeres, a la mirada perdida de Dolores. - ¿Y por qué, tía?, ¿es que no lo querías?-  Ella continuó, su voz grave, sin acentos. - Me dio pena por él y su familia, eran buena gente, pero no lo sentí por mí ni por lo que no llegó a ser-. Sobrecogida, sin reconocer a la mujer que tenía frente a mí, trataba de acomodar su historia en el entramado de sentimientos que me unían a ella. - Teresa, quizá lo entiendas un poco mejor si te cuento que antes de Juan fue José, el único hombre en mi vida del que estuve enamorada-.
Nos conocimos de casualidad, en tiempos en que el abuelo rendía cuentas a la dictadura en la cárcel de Carabanchel. Aquel bendito día, el primero en que salí de la provincia, me tocó acompañar a la abuela en la visita pues mis hermanas andaban muy ocupadas preparando la boda de tu madre. José era el más joven de los funcionarios; un saludo y su mirada azul bastaron para enamorarme. Yo, casi una niña, creí que esa electricidad era la señal que estaba esperando y que tras esos ojos aguardaba el resto de mi vida. A la vuelta de Madrid comenzó un año de correspondencias, todos los días me escapaba a la oficina de correos con un ansia de noticias que me desgarraba. Las cartas de José eran los ladrillos con los que yo construía mi mundo.
Tiempo después volví a acompañar a la abuela, sería la última vez pues al abuelo ya sólo le quedaban dos meses de internamiento. Estaba nerviosa como no recuerdo haberlo estado jamás. José ya no era el que abría las puertas, ahora ocupaba la mesa de una pequeña oficina. Pedí permiso a mi madre para quedarme en la recepción y así encontrarnos. Cuando lo vi aparecer por el pasillo pensé que iba a desmayarme, aunque su imagen era algo diferente a la que yo conservaba: se había hecho más hombre, parecía más cansado y sus ojos esquivos ya no eran tan brillantes. Regresé al pueblo con el corazón golpeado por la duda; me hice daño empeñándome en mantener el hilo quebradizo que nos unía. Sufrí mucho, Teresa, mis ilusiones se desvanecían entre esperas y lágrimas.
Mientras tanto volvimos a ser una familia completa con el regreso del abuelo, y mis hermanas, las tías, se iban casando. Pasábamos tardes enteras hilvanando proyectos y vestidos de novia. Yo callaba y cosía, no fuera que descubrieran mi voz quebrada, y sonreía si alguien entonaba algún “Dolores, ¿y tú para cuándo?”. Al poco, la casa empezó a llenarse con vuestros nacimientos, la vida seguía su orden natural, repitiéndose de la misma manera en cada una de mis hermanas.
Cuando menos lo esperaba, apareció Juan y, porque ya tocaba, consentí ante su insistencia; porque era lo suyo, nos hicimos novios; porque correspondía, nos prometimos. Pero Teresa, yo ya sabía lo que eran las esperanzas rotas y también sabía, con todos sus recodos, cuál era el camino que me tocaría recorrer con él. En aquellas tardes lentas de costura, secos ya mis ojos por José, entumecidas mis manos por los bordados de cinco vestidos de novia, me pregunté si no habría otro destino para las mujeres y si perseguirlo ciegamente no sería una parte grande del dolor que sufríamos. Ese interrogante me acompañó en cada abrazo furtivo de Juan, en cada paso que dábamos juntos. Decidió subirse a la tapia para demostrarme su amor y ahí mis dudas se disiparon. La lucidez me dejó inmóvil justo cuando Juan se dejó caer… Qué lástima.
Me costó un rato darme cuenta que dos lágrimas me corrían por las mejillas delante de esa anciana que, con los brazos cruzados sobre su pecho, volvía de nuevo la vista hacia la ventana de la calle. En ese perfil arrugado creí vislumbrar a una joven Dolores dejando que naciera su nuevo futuro en aquella tapia de la casa de mis abuelos.
Dolores, un año después de la muerte de Juan

En el Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio esta vez experimentamos con El Secreto.
Muchas gracias a mi amiga y artista María por la foto de su tía, musa sin pretenderlo.

lunes, 20 de febrero de 2017

Alter Ego

Harta de dar tumbos por tantos apartamentos de alquiler, decidí darle a mi vivienda un cariz más definitivo. El momento de la Laura adulta en quien hasta hace poco recaían todas las proyecciones de futuro, había llegado por fin. Tomé conciencia de ello el día en que, sobre la bici, a punto de ser arrollada por un taxi loco, imaginé el titular del periódico local durante las temblorosas pedaladas que siguieron: Mujer de treinta y dos años muere en aparatoso accidente en el cruce de Alcántara con Calatrava. De toda la hipotética noticia, una palabra resonó con más fuerza que las demás: Mujer.  –Mujer… ¿yo?-, y acto seguido, algo en mi interior replicó, -pues claro, ¿es que aún no te has dado cuenta de que ya lo eres?- Desde aquella iluminación dejé de autodenominarme chica, traté de hacerme digna depositaria de tal nombre y me dispuse con alegría a indagar qué suponía eso de ser mujer. En ausencia de referencias válidas a mis pareceres, concluí que para mí ser mujer significaba coherencia entre mis pensamientos, sentimientos y actos.
Así que empecé a materializar todo aquello que siempre había soñado y que permanecía guardado en el cajón del futuro luminoso que nunca parecía llegar. De ahí la mudanza desde mi pequeño y frío apartamento al ático por el que llevaba meses suspirando cada vez que atravesaba la urbanización de camino al trabajo. El letrero fluorescente de “se alquila” centelleaba como el sol y me sabía al dedillo sus recovecos de tantas veces como lo había visitado en idealistapuntocom… Lo quise sin muebles para que nada dentro me resultara ajeno. La mujer que ya era construía su nido desde la primera ramita. No miré precios cuando compré el sofá fucsia y la mesa de despacho de cristal; no escatimé en una buena hamaca para la terraza ni en el colchón viscoelástico con canapé, y en la cocina monté la barra color morado con taburetes altos que siempre había querido. Era un nido sin macho ni polluelos, era mi nido de maderas blancas y amplia cristalera con vistas a la sierra. Era la primera casa a la que no tuve que adaptarme. Era, por fin, mi hogar.
A la semana de instalarme volví al trabajo. Mientras me las organizaba para sacar la bici a la calle, de la casa de enfrente salía una vecina, también con una bici. La mía negra, la suya blanca. Yo morena de pelo rizado. Ella rubísima de cabellos lacios. Respondió a mis buenos días con una mirada lejana que parecía atravesarme. No me dijo nada. Abordé la calle hacia la izquierda, ella a la derecha. -No me habrá oído-, pensé. Mi día transcurrió como siempre, resolviendo incidencias y lamentándome a ratos de llevar tanto tiempo en un trabajo que no me satisfacía, ¿en qué estaba yo pensando cuando decidí estudiar empresariales si a mí lo que me gustaba era la biología? Ése fue el primero de una serie de tropiezos vitales que me convirtieron en quien ahora era. Ni la carrera elegida, ni mi novio de entonces, ni el trabajo que vino después fueron nunca de mi completo agrado. Por suerte, rompí con lo que pude y desde hace un tiempo yo, mujer, me entrenaba en dejar las pataletas para los niños y afrontar mi realidad mirándola a la cara y aprendiendo a ser feliz en ella.
De regreso a casa encarrilé la calle con mi barra de pan en la cesta de la bici. Por el otro extremo, una figura avanzaba hacia mí, también montada en bicicleta. Era la vecina, que volvía con la compra en su cesta, al parecer teníamos el mismo horario. Paramos cada una en nuestra puerta con movimientos simétricos, casi ensayados. La saludé y ella me devolvió otra vez esa mirada que no expresaba nada. -Debe tener mi edad-, calculé mientras subía las escaleras, -y si no fuera tan rubia ni su piel así de transparente, hasta diría que nos parecemos-. Las coincidencias con mi vecina se sucedieron los días siguientes, siempre en simétrica sincronía. A la ida y a la vuelta del trabajo se añadió nuestra gemela visita al gimnasio los martes y los jueves; aunque íbamos al mismo, ella prefería llegar por la ruta norte, y yo por la del sur de la ciudad. A mí me gustaban las cintas de correr orientadas hacia la ventana, a ella, hacia la pared. Por el espejo del gimnasio me daba cuenta que nuestro ritmo era el mismo, con simétricas zancadas. Intenté iniciar conversaciones muchas veces dadas las evidentes casualidades pero nunca, nunca, me miraba ni me sonreía, se limitaba a girarse hacia un lugar parecido al que yo ocupaba pero a muchas millas de mi cuerpo. Desistí y decidí variar mis movimientos para evitar encontrarme con ella, cambiar la hora de entrada y salida de mi trabajo, montar a veces en la elíptica o en la bici estática, incluso comprar diferentes tipos de pan de forma aleatoria… pero era imposible. Mi inescrutable vecina parecía leer mis pensamientos y modificaba sus rutinas al mismo tiempo que las mías con puntualidad siamesa.
No sabía qué hacer, ¿se sentiría ella igual de incómoda que yo? Si al menos me hablara podríamos reírnos de todo esto, seríamos buenas amigas incluso. El día de mi cumpleaños tomé cartas en el asunto. Preparé un bizcocho de zanahoria con la idea de presentarme en su casa para llevarle un pedazo. Era un atrevimiento tan inaudito en nuestras prácticas que no esperaba que copiara mis intenciones. Respiré tranquila cuando por primera vez en dos meses conseguí salir de mi casa sin que la calle me pareciera un enorme espejo. Estaba muy nerviosa cuando llamé a su puerta pero yo ya era una mujer y no podía evitar durante más tiempo este inquietante encuentro. Al abrir, noté que había estado llorando. Su mirada azul se dirigió a la mía cuando me presenté. -Hola, soy Laura, la vecina de enfrente. Te traigo un trozo de bizcocho, hoy cumplo años-. Para mi sorpresa, se echó a llorar con desconsuelo tapándose la cara con las manos y mostrando, por fin, alguna emoción.
Pasamos la tarde juntas. No me sorprendió del todo que también se llamara Laura y que ese día fuera su cumpleaños. Treinta y tres, por supuesto. Supe que era bióloga y que trabajaba en un laboratorio de investigación. Me contó que en la universidad conoció al hombre con quien se casó unos años más tarde, el mismo hombre que hace dos meses le engañó. –Perdona que no te hablara, te pareces demasiado a la mujer por la que Raúl me dejó. Nos separamos justo antes de que te mudaras-.
Por la noche, tumbada en mi sofá fucsia, me di cuenta que Laura era yo pero sin mácula ni tropiezos. La vida de Laura era la que siempre quise. Laura estudió una carrera que le encantaba; alumna brillante, se dedicó con éxito a la investigación genética. Se casó enamorada de su novio de toda la vida y no tuvo hijos cuando correspondía porque se encontró con su primer bache. Pensé en Laura y la compadecí por todo el camino que tenía por delante hasta que comprendiera que la vida no era una sucesión de hitos; hasta que descubriera que la felicidad no depende de aquello que poseemos o conseguimos, sino que se esconde en la coherencia entre nuestros actos, sentimientos y pensamientos. Por mi parte, me hizo gracia saber que en una vida paralela y exitosa habría llegado exactamente al mismo lugar en el que ahora me encontraba.
 
La otra (inquietante) Laura

Seguimos experimentando en el Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio con Las Figuras Inquietantes.


miércoles, 1 de febrero de 2017

El día más triste del año

Hoy, dieciséis de Enero, es el día más triste del año.
-Ya no saben qué inventar-. Negaba Fermín con la cabeza, mascullando primero para sus adentros y alzando cada vez más la voz después, mientras cerraba el diario digital que visitaba todas las mañanas. - El día más triste del año, dicen…. ¡No te jode! Tú dile a un sirio o al jefe de una tribu del Amazonas que hoy es el día más triste del año. O si no, vete al Congo y se lo cuentas a las mujeres a las que violan una y otra vez por la guerra del coltán, que lo vi en el programa del Évole el otro día, a ver si no te mandan a freír vientos a Fernando-Pó...- En la mesa de enfrente, Conchi lo miraba callada por encima de las gafas. Cuando a Fermín le daba por repudiar a la especie humana y por lanzar consignas desde el púlpito de su mesa de contable, era mejor no replicar demasiado si no quería llegar a la hora del desayuno convertida en la excusa perfecta para que su colega conversara con su propio ego.
Se levantó malhumorado, subiéndose un poco por detrás los pantalones de pinzas y encaminándose hacia el baño, donde encontró un nuevo interlocutor para su monólogo. – Paco, ten cuidado, que hoy va a ser un día muy triste. ¿No lo has visto en el periódico?, menuda gilipollez...- Iba a continuar con la retahíla pero le interrumpió el zumbido del móvil abrochado en el cinturón. Ángela. ¿Ángela? Dime. Un sollozo al otro lado del auricular. Fermín, mi madre…, que ya se ha muerto. Haz el favor de ir luego a por Ricardo al instituto, que duerma hoy en tu casa. Vale, claro, sí, no te preocupes que yo iré a por él. ¿Y cuándo ha sido?, ¿cuándo es el entierro? Esta tarde a las cinco; se murió anoche, de madrugada…
- Joder con el año nuevo, empieza bien-. Se quedó mirando a su hijo, que le sonreía desde el fondo de pantalla del teléfono. Ricardo y su suegra eran dos de las pocas cosas buenas que le habían quedado de su paso por el matrimonio. Siempre se llevó bien con Fernanda y hasta que cayó enferma estuvo yendo a verla al menos una vez al mes. Ella solía guardarle alguna conserva de pisto* o de tomate casero... Dos meses ha tardado en irse. Y eso que dicen que el cáncer va lento en la gente mayor.
Ricardo permanecía en silencio a su lado con las rodillas clavadas en la guantera**. Dieciséis años ajustados a duras penas en el asiento del acompañante - Oye Ricardo, que si no quieres venir al cementerio no hace falta. Tú te quedas en casa, que hay comida, y puedes ir haciendo los deberes o jugando a la Play…- El hijo negó con la cabeza sin mirarle. Era el momento de poner en práctica su apariencia de hombre, por más que por dentro el niño que era temblara de miedo ante su primera experiencia con la muerte. Aparcaron entre dos cipreses, los dos vestidos de negro, y fueron siguiendo el rastro de conocidos que poco a poco se dirigían a las puertas de la capilla donde se encontraban su ex-mujer y sus hermanos. Por suerte hacía tiempo que Fermín no iba por allí y, quizá por no enfrentarse aún a la mirada de Ángela ni al féretro de Fernanda, fue haciendo inventario de los cambios que descubría a medida que avanzaba la fila, como la tremenda efigie que presidía la entrada al recinto, o las hileras de nichos esperando inquilino; también las obras de la capilla, con ese nuevo tejado, esa pintura y ese reloj, a su parecer desproporcionado, sobre las puertas de la entrada.
La fila continuaba y algunos amigos deshacían la línea para acercarse y darles la mano a él y a su hijo. Ricardo balbuceaba un gracias hacia su cuello cada vez que alguien les interrumpía el paso. Conforme avanzaban, Fermín no podía apartar la vista del enorme reloj que, cuanto más nítido, más extraño le parecía. Unos pasos más atrás se había dado cuenta de que sólo tenía una manecilla de color dorado y ahora, a la altura de sus cuñados, observó que se movía en sentido contrario al habitual. Fundido en un abrazo con Carlos y Fernando fue capaz de sentir el engranaje de su tic-tac martilleándole el cerebro. Cuando se separó de ellos, miró hacia los lados y le extrañó que todo el mundo ignorara aparentemente aquel golpeteo ensordecedor. Ángela los esperaba llorosa, primero besó a Ricardo y cogiéndole la mano, se dejó caer sobre los brazos de Fermín sin poder controlar los sollozos. – Mi madre, mi madre…- Fermín la sostenía, ambos bajo el reloj, y si no fuera porque estaba a punto de estallarle la cabeza por el estruendo de aquella manecilla, él también habría llorado. – Ángela, ¿no estaríais mejor dentro de la capilla?- le dijo al oído. Aquí fuera hace frío y no sé cómo podéis aguantar tanto tiempo debajo de este reloj-. - ¿Qué reloj?-, le respondió extrañada separándose un poco de su abrazo y buscando un pañuelo. – ¿Cuál va a ser?, éste que tenemos aquí encima, éste que va hacia atrás-, replicó señalándoselo. –Fermín, yo no veo ningún reloj-, contestó ella muy seria con la mirada fija en sus ojos.

Se alejó lentamente de Ángela, caminando hacia atrás para apartarse lo suficiente y colocarse frente a aquella esfera que descontaba el tiempo y que sólo él veía. Entonces comprendió Fermín por qué hoy, dieciséis de Enero, era el día más triste del año.



* Son manchegos.
** Dedicado a mi hermana Ana. Ella sabe por qué.


Éste es otro de los frutos del Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio.

viernes, 27 de enero de 2017

Vuelo rasante por un pasado no tan remoto

Me invitas a que mire por la ventana y te cuente lo que veo. Seré objetiva: a mi izquierda hay una persiana bajada tras el cristal. Casi siempre escribo de noche. Un bajo de noche con la persiana subida es lo más parecido a un escaparate, y a mí me puede el pudor. Pero mira, este simple gesto me ha servido para darme cuenta que estoy calcando una escena en la que también me sentaba, como ahora, bajo las faldas de una mesa camilla y me giraba hacia la izquierda para mirar por la ventana, pero entonces estudiaba y la mesa ocupaba una esquina de mi cuarto en casa de mis padres. De todas, mi habitación es la que más me gusta de la casa y no porque sea mía, sino por su luz y sobre todo, por la terraza. Todavía hoy, cada vez que voy, me encanta sentarme allí y secarme en pelo al sol.
Hacia mi terraza, las casas aledañas descubren las entrañas de sus patios. Desde ella, he sido la cirujana que explora sus resquicios. Vista generosa, ningún edificio se la nubla y quedan enteros para mí los contornos de la sierra. Mi terraza es silencio, estrellas y grillos en verano, tejados helados en invierno, un toldo que rebota con las ventiscas. El invernadero de mi madre.
Pero también fue melancolía. Cuando en aquellos años me cansaba de estudiar miraba por la ventana y me quedaba absorta mascando el paso del tiempo marcado por mis Eneros, mis Junios y mis Septiembres. A mis ojos, la vida pasaba y allí permanecíamos estáticos los tejados, los patios traseros, la sierra y yo. Sólo demostraba movimiento la llegada cada primavera de los aguiluchos* que anidaban en los tejados rotos de las casas viejas. Acudían siempre puntuales, siempre por sorpresa. Los encontraba de repente justo antes de los exámenes de verano. Entre ecuaciones descubría las grietas donde asomaban sus cabezas los polluelos nuevos, primero tímidamente y después con mucha más algarabía compitiendo por ser destinatarios de la carga que acarreaba su madre en el pico. Encontrar por fin la resolución de uno de mis problemas no era tan emocionante como ser testigo de sus primeras tentativas de vuelo.
Me preguntaba cómo sería mi terraza, la sierra o los patios desde su punto de vista. ¿Y de dónde vendrían? Apoyada en la baranda les imaginaba un origen más exótico, África quizá, que el del pueblo en donde ahora criaban, y era para mí un misterio mucho más complejo que el de la estructura atómica el mecanismo por el que cada año regresaban a esas mismas tejas… La cuestión se me planteaba irresoluble bajo la hipótesis de que los polluelos de hoy fueran los adultos que regresarían la próxima primavera.
Tras el descanso volvía a la silla y repasaba un poco los apuntes para ver dónde me había quedado. La noche se echaba sobre aquella ventana que, por ser alta, no era escaparate. La sierra se vestía de azul oscuro bajo la luz de las lunas de Junio, mientras que los aguiluchos desaparecían lentamente entre los tejados. En Septiembre ya no estaban. Tan discretos como a su llegada, partían sin avisar cuando el vuelo de las crías ya no era tan torpe y de repente un día ya no los encontraba practicando giros sin batir las alas a la altura de la terraza. Coincidía con los primeros frios. Entonces, mis descansos ya no eran tan largos y los tímidos vientos del nuevo otoño me devolvían pronto bajo las faldas de la mesa camilla. Desde allí, los días cada vez más cortos me recordaban que aún quedaban meses para que volvieran a traerme noticias de África.
Esto también pasa en mi terraza
                                                                     
Postdata: De lo de tener una mesa camilla en pleno siglo XXI ya, si quieres, lo hablamos otro día.

(*) Para mí son aguiluchos. Vete tú a saber cuál es su verdadero nombre común.


Con la venia del Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio.

jueves, 19 de enero de 2017

Una cama de más, dos camas de menos

Anisha despierta sabiendo que hoy es un día especial. Es temprano y sus hijos, compañeros de cama, duermen todavía. Pocos días buenos ha habido desde que el terremoto se entrometiera en las grietas de su casa hasta derrumbarla. Ahí comenzó el periplo que finalmente les llevó hasta la pequeña habitación que ahora es su hogar. Toca la frente sudada de Rajiv y se le eriza la piel cuando piensa en lo cerca que estuvo de perderlo. A su lado, el sueño plácido dirige el movimiento de la respiración de Sunita. Suerte que la niña mantuvo el contacto con la española. Quién les hubiera dicho que aquel encuentro casual, -unos turistas que paran a beber agua en casa de los abuelos-, sería hoy su gran esperanza...  Pero no hay tiempo que perder y Anisha abandona sus pensamientos. Es hora de levantar a los niños, adecentar la habitación y transformar en sofá su cama triple.
Ha llegado el día. Elena no termina de creerse que esté nuevamente en Nepal. Varios meses y un temblor de tierra separan la primera aventura caminando por tierras del Himalaya del sendero incierto que ahora transitan. Casi todo es diferente desde la primera vez y debe acostumbrarse cada día a la confusión del idioma, a la cultura y a los ojos con los que ahora la mira Pablo. Si no hubiera sido por el temblor todo habría acabado en el aeropuerto a la vuelta del primer viaje; si la tierra no hubiera temblado nadie les habría empujado a golpe de donación a reparar las fisuras que se abrieron entre sus conocidos nepalíes. Pero la tierra tembló fuerte, muy fuerte… Las primeras luces del amanecer se cuelan en la habitación triple que comparten dejándole ver la silueta de Pablo dormido. Elena suspira mirando la cama vacía que les separa. Ni siquiera un terremoto provoca abismos semejantes.
El cuarto ya está listo. Los niños siguen en la escuela, vendrán un poco después de que lleguen los forasteros. Llueve. Anisha sale al huerto presurosa para recolectar las verduras con las que hoy comerán todos, la dueña de la casa se lo permite a cambio de que le ayude a mantenerlo. Si hoy todo sale como espera, pronto tendrán una casa con huerto para ellos solos y quién sabe si su marido ya no tendrá que trabajar tan lejos para poder pagar el colegio y el alquiler. Con las verduras bajo el brazo vuelve rápido hasta la habitación. Se sacude el agua, se arrodilla y alcanza la cacerola y el hornillo de debajo de la cama para preparar el dhalbat.
No para de llover. Un taxi desvencijado les lleva hasta la dirección que Sunita le envió. Pablo va delante entendiéndose a duras penas con el conductor; Elena, atrás, mastica su impotencia. El muestrario de realidades diversas que han ido encontrando desde que aterrizaron sólo le ha dejado preguntas: en la tierra de la necesidad, ¿quién es quien más lo necesita?, ¿cuál es la verdadera ayuda? Después de visitar el campo de refugiados esa impotencia es un peso extra sobre su mochila… Mientras la carrera de gotas apenas le deja intuir los arrozales tras la ventana, se arrepiente de haber dado falsas esperanzas a la niña, pero aquellos días ella también corría, compitiendo con su anhelo por volver a llamar a la puerta del corazón de Pablo… No sabe qué pasará hoy en la visita pero será crucial para decidir qué hacer con las donaciones.
Es de noche y a Anisha le resulta imposible que Sunita se tranquilice. La niña está excitadísima con los regalos que les ha traído Elena. -¿Nos vamos a comprar una casa nueva, mamá?-. Ella suspira, -no lo sé, hija-. La española estaba mucho más delgada y aunque vengan de mundos distintos, aunque le resultaran incomprensibles los sonidos que emitían entre ellos, hay un lenguaje universal con el que es fácil adivinar la duda, el disimulo, el desamor o la tristeza. Es tarde y mañana los niños tienen que volver a la escuela. Anisha retira el mantel con el que hoy han cubierto su cama. Es hora de dormir.
Apenas han hablado desde que el taxi les dejó en la puerta del hostal. Elena repasa una y otra vez la alegría en los ojos de Sunita cuando se encontraron, la mirada reprobatoria de Pablo cuando le dio los collares; también los silencios de Anisha mientras comían, y su propia angustia cuando discutían si dejarles al menos lo necesario para comprar unos ladrillos. –Elena, esta familia tiene un techo donde dormir y pueden permitirse llevar a los niños al colegio, nada que ver con los refugiados o con la gente atrapada en las montañas-. Y era verdad pero se pregunta sin consuelo quién es ella para repartir justicia y oportunidades. Mientras se coloca el pijama se topa de nuevo con la cama que les sobra y no acierta a adivinar por qué le ha tocado vivir en la cara amable del planeta.
Namasté: Tú estás en mí

En Un Cuarto Propio nos propusieron escribir un relato que girara en torno a la cama. Busqué entre mis camas conocidas y enseguida me asaltó la de una familia nepalí a la que no pudimos (o decidimos) no ayudar. De ahí surge esta semi-ficción que va dedicada a ellos, aunque no lo lean nunca. Es mi manera de homenajearles tanto tiempo después.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Buenas intenciones

¿Dónde estoy? Una nebulosa me separa de la realidad. Parpadeo. ¿Dónde-coño-estoy? Se intuye una ventana sin cortinas al otro lado de la neblina. Ésta no es mi casa y definitivamente, no es mi dormitorio. Allí la ventana está colocada a los pies de nuestra cama, tapada con unas cortinas que me horrorizan, tejidas por la tía-abuela de Paloma. ¿Dónde está Paloma? Aprieto los ojos y estrujo mi cerebro para ver si destilo algún recuerdo. Paloma maquillándose. Paloma colocándose el abrigo largo. Paloma que me apremia para subir al coche. ¿Adónde me lleva? Lo siguiente, un grito: ¡Antonio!
La ventana deja pasar una tenue luz amarillenta, ¿es de noche? Hago ademán de incorporarme para ver mejor pero, hostias, todo se pone a dar vueltas: la ventana, esta cama, las paredes blancas vacías, Paloma y su abrigo, algarabía de gente que no recuerdo, y el grito: ¡Antonio, Antonio! Joder, tengo ganas de vomitar. Vuelvo la cabeza a la almohada y a estas sábanas tan ásperas. En la universidad aprendí que para atenuar el mareo de la borrachera había que apoyar una mano en el suelo. Voy a intentarlo, necesito que todo se quede quieto. El brazo me pesa toneladas. Hago un esfuerzo sobrehumano para mover la mano pero algo tira de ella. ¿Estoy atado? No puede ser, ¡¿pero dónde estoy?! No puedo gritar porque algo que tengo metido en la boca me lo impide. Me han amordazado y atado, joder. ¿Secuestro? Me acojono. ¿Y si es un sueño? Pero qué coño sueño, Antonio, ¿cuándo has tenido tú un sueño así? A ver, voy a serenarme, voy a tratar de recordar lo que ha pasado… Paloma arreglada, vale. Paloma abriendo nuestro coche, vale; algarabía de gente que no identifico, bien; unos paquetes que van y vienen… ¿qué eran? Fundido en negro, no recuerdo más. ¿Y si en medio de esa extraña multitud alguien me capturó? Los gritos de Paloma llamándome tendrían sentido en ese caso. Pero estas nauseas… ¿Me habrán envenenado?
Para colmo estoy empezando a sentir que me escuece el pene. No tengo bastante con la angustia y con sentir el cuerpo como una roca… Trato de tocármelo pero no puedo, claro, había olvidado que también estoy atado. Un momento, ¿no me habrán violado, los cabrones? Violado, atado, amordazado, envenenado. Pero ¿quién habrá querido hacerlo? Si sólo soy un funcionario que cobra tributos, coño! ¿Y si le han pedido rescate a Paloma? Me matarán, estoy seguro. No tenemos ahorros, joder. Me dejarán morir en esta extraña habitación, atado, indefenso y sin poder tocarme la polla.
A punto de la desesperación noto algo raro en la habitación, al otro lado de la cama. Movimiento, roce de tela. Parece que arrastra una silla. ¿Alguien se incorpora? No me quiero mover mucho, a ver si me van a dar el tiro de gracia. Pero por otro lado, quiero ver la cara de mis captores. Soy consciente de mis limitaciones pero tengo que intentarlo aunque sea lo último que haga en la vida. Por Paloma. Por mí. Tomo todo el aire que puedo aunque me lo dificulta mucho la mordaza, trato de recordar qué músculos necesito para darme la vuelta, me sale un gemido, comienzo a rodar, ¡lo estoy consiguiendo!... Pero de repente, algo sobre mi hombro me frena, - Señor Gómez, no se mueva por favor, tiene muy tenso el respirador y podrían soltarse la sonda y la vía. Quédese quieto, llamaré a sus familiares-. Unos pasos suaves se alejan, oigo un chirrido de goznes a mis espaldas. ¿Qué ha dicho?, ¿sonda?, ¿vía? No me jodas, que estoy en el hospital… Súbitamente la puerta vuelve a abrirse, murmullos, ruido de tacones apresurados, es Paloma, reconocería sus pasos hasta en la luna. Entre el rumor que se acerca se alza una voz: -Cuñado, menos mal. Vaya Nochebuena que nos has dado, joder. No tenía ni idea que eras alérgico al anisakis. Se va a tragar Paco la cesta de mariscos que me vendió, con lazo y todo… Puto Paco. Puto amigo invisible-.

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino. 
La foto es de aquí: https://es.pinterest.com/pin/141019032061913276/

lunes, 19 de diciembre de 2016

La mala hierba

-¡Laura! ¿Eres tú?
-¡Hola Marta! Qué sorpresa.
-No te conocía con ese corte de pelo. ¿Qué haces por aquí? Te creía en Cádiz.
-Y allí sigo pero aprovechando las navidades he venido a poner otra reclamación a Unión Fenosa. ¿Te lo puedes creer? Un año después y siguen cobrándome la factura de la luz. Los nuevos inquilinos deben estar tan contentos.
-Oye, ¡pero qué alegría me da verte! ¿Tienes prisa? Podríamos seguir hablando con una cerveza delante. No hace falta ni que nos movamos de calle, entremos aquí mismo en el Yantar.
-De acuerdo, me encantaba este bar. Venía a tomar café, cañas, a cenar, a comer… Ya me conoces, cuando me da por algo no paro hasta que me harto.
-Sí, y además parece que hay sitio.
-Qué recuerdos, tienen la misma decoración y han aumentado los días de menú vegetariano, qué bien, Ciudad Real se sigue modernizando… Uy, espera Marta, no sigas, los de la mesa del fondo son mis antiguos compañeros de trabajo y la verdad es que no me apetece mucho saludarlos ahora.
-Vale, si quieres nos vamos a otro sitio.
-No, no importa, aquí se está bien pero no vayamos más adentro. Es que no tengo ganas de aparentar una alegría que no siento.
-Pero ¿qué te pasó?, ¿tan mal estabas allí?
-No tan mal, pero mi despacho terminaba siendo el confesionario de la mayoría y estaba ya cansada de la falsedad de todos.
-Qué mal rollo, ¿no?
-Y tanto aunque, déjame ver… No me puedo creer que Charo y Antón estén tan risueños, ¡si casi no podían estar juntos! Siempre me tocaba mediar en sus disputas y míralos ahora.
-Bueno, lo habrán arreglado…
-Y espera, ¿qué me dices de Sonia y Roberto? Parece que ya han superado su crisis. ¡Pero si está embarazada! Hace un año, cuando le dije a mi jefe que ya no podía más, estaban a punto de separarse. De hecho Roberto no paraba de tontear conmigo y se buscaba cualquier excusa para entrar en mi despacho.
-¿Ése fue el Roberto del que me hablabas tanto?
-Si, ése. Al final tuvimos un pequeño affaire después de que Gonzalo y yo lo dejáramos. No me encontraba muy bien en aquella época. Pero no llegó a más, ¿eh? La pena es que Sonia se enteró y se lió muy gorda en la oficina.
-Uf, qué tensión.
-Ni te lo imaginas... Qué extraño me parece verlos ahí. En mis años de trabajo nunca fuimos a comer todos juntos. ¡Si hasta está el jefe! No me había dado cuenta. Antes, las pocas reuniones que hacíamos eran a sus espaldas. Nuestro trato era correcto pero en realidad no nos tragábamos. Aparte de todo el trabajo que ya tenía pretendía que actuara como su intermediaria. Como no me pagó lo que le pedí me dediqué a transmitir sus órdenes a mi manera, ya sabes… Lástima del embrollo que se montó cuando al final se destapó que lo de las subidas de sueldo no era del todo cierto…
-Bueno, olvídalo, eso ya es el pasado. Cuéntame, ¿cómo te va en tu nuevo trabajo?
-Pues la verdad es que muy bien. De nuevo vuelvo a estar al frente de los contratos, pero toco también algo de marketing. Al ser un entorno más creativo estoy más contenta. Una pena que el ambiente entre los compañeros no sea tan bueno como me contaron en la entrevista.

Ni harta de vino me acerco yo a esa gente



Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino. Tema: El Diálogo.

domingo, 27 de noviembre de 2016

La escritura y yo. Autocarta

Querida Laura,
Un poco raro, esto de escribirte una carta. Aunque, no mientas, lo llevas haciendo tanto tiempo… Desde tu primera escritura original en el diario que te regalaron el día de la comunión de tus hermanos o cuando ese mismo diario, con letra ya diestra, empezó a recibir tus historias de adolescente. Eran simples relatos de tus días cargados con la emoción de las primeras veces; si ahora lo abrieras seguro que se escucharían risitas incontenibles en esas páginas teñidas con el color de nuestro rubor.
La transición a tu otro diario, el que tu hermana no llegó a utilizar, fue más oscura: párrafos en los que comenzaron a aparecer los primeros porqués. No recuerdo si terminaste ese segundo diario, pero sí sé que ya no hubo un tercero. Ya no tenías tanto tiempo y sí mucho que estudiar. Además, lo del diario era algo tan infantil… A nuestra escritura nunca le dimos demasiada importancia pero tampoco en esa época faltaban hojas sueltas que rellenar ni márgenes de apuntes en los que dejar que el bolígrafo trazara curvas con despecho frente a la rigidez de tantas ecuaciones, teoremas y gráficos. Los tiraste todos no hace tanto, solo se salvó la bolsa en la que guardabas las hojas sueltas en donde tu bolígrafo voló, diferenciando, ahora sí, lo que era realmente importante de lo que no.
Las hojas sueltas dieron paso a cuadernos que, destinados a los cursos que apoyaban los primeros compases laborales, terminaban siendo testigos de aquello que sentías, de aquello que atenazaba y frustraba. Encontrar hoy el orden cronológico de tantos escritos ocultos sería tarea propia de arqueólogos.
Poco después te volviste ordenada y la escritura medicinal comenzó a rellenar archivos de word con fecha incrustada. Todavía se trataba de escritura clandestina que atesorabas con celo, centinela de tus desdichas. Inocente o soberbia, decídelo tú, te creías única depositaria de tanta negrura, y había días en los que corrías a casa con el único objetivo de desahogarte sobre el ordenador. Comer, dormir y escribir eran tus funciones vitales.
Un día te descubriste con sorpresa poniendo flores a una de aquellas reflexiones. Al cabo te provocó una risotada la ocurrencia que había salido de tus propias teclas… Lo que antes atenazaba, ahora se transformaba en risa tras traducirse a letras… Y decidiste compartirlo y llamarlo Escritura Curativa. Muchos se sorprendieron de que escribieras, tú misma te excusabas y hasta creías tus propios sonidos al afirmar que llevabas practicando poco tiempo, que eso no era escribir… escribir era una palabra muy seria de la que sólo eran dignos unos cuantos.
Poco tardaste en sentir que tu escritura expuesta se había transformado en tu revolución. Mostrarte te hacía más fuerte a la vez que se llevaba por delante caparazones de supuesta perfección y exigencia. Te sentías a gusto en medio de la vulnerabilidad de juicios que nunca llegaron.
Y así hasta hoy. Ya no niegas la importancia que tienen las palabras para ti. Ni la eternidad que acompaña al momento en que ruedan sin obstáculo desde algún lugar incomprensible hasta la pantalla en la que las vas leyendo. Ahora simplemente escribes porque es inevitable. Porque, haciéndolo, sabes que eres libre.
Me despido ya hasta la próxima historia. No sé si será un cuento, una reflexión u otra carta. En cualquier caso, directa o indirectamente hablaremos de nosotras. La escritura siempre ha sido la vía en la que tú y yo nos encontramos.
Con infinito amor,
Laura

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino.

lunes, 21 de noviembre de 2016

La singular destreza de Facundo

Imagino que él habría empezado a hacer sus cábalas mucho antes de que yo ni tan siquiera sospechara, pero para mí la historia comenzó en el momento en que le compré aquellas galletitas de colores que prometían resultados deslumbrantes en el pelaje de mi Facundo. Las coloqué en su comedero, expectante ante la sorpresa que se llevaría cuando volviera de su ruta libre por los tejados vecinos y encontrara el primer cambio de menú en meses, pero me perdí ese momento, entretenida como estaba en labores hogareñas acumuladas. Un rato más tarde, colada bajo el brazo, a la hora en que Facu disfrutaba de su segunda excursión diaria, crucé hacia la terraza por delante del rincón que representaba sus dominios y entonces fui yo la sorprendida al encontrarme las galletitas dispuestas de forma desigual en cinco hileras perfectas. ¿Aquello no se parecía un poco a un ábaco? Poco recordaba del uso de tal chisme pero juraría que la disposición de las galletas daba como resultado… ¡ciento setenta y tres! En un instante pasaron por mi cabeza imágenes de mi misma ataviada en pieles, deslumbrada por cientos de flashes al paso de Don Facundo y mío… - Pero ¿qué estoy pensando?- me dije sacudiendo la cabeza. Aunque no podía negar ni dejar de enorgullecerme del desarrollo de la psicomotricidad fina de mi gato, tampoco aquella destreza prometía réditos del calibre que infería mi imaginación.
Olvidado aquel episodio y viendo que a Facundo le gustó mucho su nueva comida, por no hablar de lo brillante que lucía su lomo, seguí visitando en el súper la estantería de mascotas gourmet, casi el único lujo que nos permitíamos. Pero las rarezas continuaban y, aunque aún no había encontrado el hilo invisible que las unía, no me pasaba desapercibido que a Facundo algunos días le daba por comerse sólo las galletas rojas, otros, las azules, algunas veces sólo dejaba en el cuenco las amarillas o de repente aparecían todas las verdes esparcidas por el suelo de la cocina… hoy sé que aquellas eran sus prácticas con la Teoría de Conjuntos y yo, pobre de mí, me movía en la incertidumbre del conjunto vacío.
Lo más extraño es que nunca le pillaba perpetrando sus peculiares fechorías. Cuando estábamos los dos en casa le miraba de reojo pero su comportamiento siempre me parecía el de un gato basicote: de repente se lavaba sus patitas, o levantaba la cabeza con algún ruido súbito, al cabo se entretenía jugando con una mosca o ronroneaba como una moto vieja cuando recibía su dosis diaria de caricias… un gato de perfil normal, vaya. Pero cada vez que salía, a la vuelta me topaba con el resultado de sus extraños juegos con la comida: a veces las galletas se amontonaban en grupos de diez, de cinco, de siete… otras, aparecían conformando secuencias de progresión ascendente e incluso exponencial. El día en que no entendí el jeroglífico que Facundo había planteado decidí que tenía que desentrañar el misterio así que preparé un plan, nada del otro mundo, por cierto.
Facundo pretendía dormir en su cesto y digo pretendía porque un rato antes le había escuchado caminando por el pasillo. Yo me coloqué el uniforme como de costumbre, abrí la puerta de casa y cerré de golpe sin salir. Me quité los zapatos y, todo lo sigilosamente que pude, me aproximé a la puerta de la cocina. A través del cristal translúcido pude observar la silueta distorsionada de mi gato saliendo de su cesta y acercándose al cacharro de las galletas. Esperé un poco, el corazón latiendo en mis sienes, y abrí con cuidado, muy, muy despacio, rezando para que los goznes no chillaran esta vez. Cuando entré encontré a Facu delante de un montoncito de galletas azules señalándose con la uña de la patita derecha cada una de las almohadillas de la patita izquierda mientras movía la boca como una beata. No podía creerlo, ¡las estaba contando! Al descubrirme paró en seco pero lejos de amedrentarse me miró muy serio sin que le temblaran los bigotes y, desafiante, continuó contando con las zarpas sin romper nuestro contacto visual. Lo más impactante de todo no fue descubrir que Facundo aprendía matemáticas por su cuenta sino el sonido de aquella voz inclasificable y metálica que por primera vez escuchaba salir de su boquita, reprochándome: -¿Qué quieres, Laura? Es que eres un desastre con las cuentas-. No pude rebatirle, pues razón no le faltaba.
Hoy es él quien lleva la contabilidad de la casa.
Y nos va mucho mejor.
Hipotético Facundo a la caza de hipótesis

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino.

martes, 11 de octubre de 2016

La foto de La Masa

Siempre me causó extrañeza el resultado de aquella foto que me hizo nuestro padre. Incluso ahora. Una foto que es ejemplo de la diferencia que existe entre lo que se ve desde fuera y lo que se vive desde dentro.
Debía ser otoño, lo digo por mi vestido rojo de punto finito que tanto me gustaba. Y por tus pantalones de pana tan de moda en los ochenta. También por la luz rosada, típica de nuestros Octubres. Aunque puede que ese color sólo venga del revelado de la vieja cámara de papa… Cuando se colocó delante de nosotros y nos invitó a posar, los niños más guapos del mundo nos levantamos del batiente donde estábamos sentados, supongo que jugando o chinchándonos. Tú, decidido, estiraste los brazos, apretaste los puños y soltaste un rugido. Eras La Masa, lo de Hulk llegaría lustros más tarde. Aquellos días La Masa y Diego el Pelusa eran los protagonistas indiscutibles de tus dibujos.
A un lado, me fijaba muy atenta en tu pose, pendiente como siempre de lo que hacías, aprendiendo de tus pasos más experimentados que los míos. Sabías tantas cosas… Pero yo también hacía mis progresos: cada día me salía mejor mi propio dibujo de La Masa y la imitación de vuestros gestos, vuestra forma de hablar, de correr o incluso de dirigiros a nuestros padres ya me iba pareciendo pan comido. Por cierto, ¿dónde estaba Ana el día de esta foto? Es raro que no apareciera porque siempre andábamos juntos los tres, compartiendo aquellas tardes en las que podían transcurrir cien vidas antes de que se pusiera el sol. Vaya pandilla... Os recuerdo siempre enfurruñados, provocándoos quizá para conquistar el territorio que el otro había ganado. Yo observaba desde la segura distancia que da la retaguardia, temerosa porque en cualquier momento se podía producir una explosión, cuidadosa para no activar ninguna mina enterrada. Me gustaban las treguas porque así aprovechaba para jugar con los dos. A veces con uno, a veces con el otro. A veces canicas, a veces muñecas. A veces futbolista o tenista, a veces peluquera o actriz… Lo mejor era cuando jugábamos los tres al escondite por toda la casa, así nos convertíamos en cómplices ante el verdadero enemigo, ellos, nuestros padres. Lo peor era cuando os poníais los dos en mi contra, cuando vuestro enemigo era yo. ¿De qué os reíais aquel día debajo de la mesa? No podía soportarlo, no lo entendía. Y ¿qué podía hacer sin armas ni aliados? Imagino que correr a llorar bajo las faldas de nuestra madre tras haber probado una vez más el gusto amargo del rechazo. Nadie se cree ya que la infancia sea la época más feliz.
- Venga Laura, que ahora te toca a ti- me dijo papa. Era mi turno para la foto. Podría haber elegido una sonrisa, o apoyar la pierna doblada en la pared como también hacían los mayores. Pero en esos pocos pasitos que me separaban del tiro de la cámara decidí demostrarte lo grande que ya era. Así que, tal y como te había visto hacer, estiré mis brazos, apreté los puños y solté un rugido terrible, muy, muy feroz… ¿Ves? No era tan difícil. Tu respeto estaba asegurado.
Pero papa debió haber enfocado mal, o quizá fue que la luz rosada de nuestros otoños aportaba matices extraños a mi personaje porque en esa foto mis garras sólo eran unos pequeños puños hacia arriba, mi cuerpo verde y musculoso iba cubierto con un vestidito rojo y zapatos con hebilla, mi terrorífica mirada sólo era una sonrisa inocente buscando aprobación… Y por ningún lado aparecía la brutalidad de La Masa ni el ímpetu de esa niña de dos o tres años que quería sentirse una igual ante su hermano mayor. 


Este escrito es el resultado de un ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio de Escritura. Sesión I: La memoria y la Experiencia. No me resisto a ir colgando mis experimentos por aquí.