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martes, 11 de abril de 2017

El capitalismo y Marc Márquez

Hace unos meses me pedía una y otra vez algo que yo llamaba la nada. La nada era la ausencia de pretensiones, parar las búsquedas suicidas, dejar de escapar de lo que me rodeaba, mirar mi entorno en toda su fealdad o en toda su grandeza.
Algo así era la nada para mí.
Ese afán ha derivado de forma transitoria en un modo de vida que yo denominaría de jubilada si no fuera porque tengo que ir a trabajar. Habito un periodo de vacación vital en el que me dedico a lo básico y lo adorno con todo aquello que me apetece. No me dejo cabos sueltos en lo que a transitar por los senderos que me gustan se refiere.
Pedaleaba un día de éstos por mi trayecto habitual de vuelta del trabajo. No se escatima ni en verde ni en azul por estos lares, es la mejor época sin duda para andar sobre la bici. Mientras avanzaba iba precisamente pensando en mi nuevo estado jubiloso, tratando de no poner demasiado empeño en organizarme la tarde, cuando de repente me topé con un cartel de Marc Márquez anunciando relojes en una marquesina de autobús.
A la velocidad de la luz mis pensamientos generaron un encuentro con el muchacho. Hey, hola Marc, ¿algún plan para hoy? Pues sí, mira, tengo que entrenar dos horas en el gimnasio, después una hora de bici sobre rodillo y luego me reuniré con mi entrenador para estudiar los progresos de la semana.
Los progresos de la semana…, maldita sea, menudo estrés. ¿Qué le podría decir yo del tiempo que tenía por delante?: Pues yo después de comer igual me voy un poquito a dar un paseo, luego a comprar y hacer la comida de mañana. Creo que terminaré con un rato de yoga, escritura o lectura, no sé. Y si quedo con alguien lo mismo voy y me tomo un vino... Esa soy yo en la actualidad. Menos mal que estudié mucho una gran parte de mi vida.
Pero, seguí reflexionando no ajena a lo que estaba sucediendo, si hubiere alguna esquirla de autocrítica en mi actual actitud se debe al capitalismo que llevo inserto en mi ánima, pues no creamos que el capitalismo es cosa concerniente sólo a números, mercado y monedas. El capitalismo introduce el término rentabilidad en todos los aspectos de la vida, no sólo los materiales. Ya escribí sobre esto y no le voy a dar más vueltas pero, ¿adónde creemos que vamos con lo de sacarnos provecho? Cubrir todas las horas del día para sentir que generamos ganancias, menuda desazón. Estamos más entrenados en éso que en dejar que las cosas pasen o que lleguen a su debido momento.
Cuando me quise dar cuenta enfilaba mi calle. Me había perdido toda mi soleada ruta mascullando para mis adentros razones por las que preferir mi actual estado al de Marc Márquez. Señal de que aún no soy la jubilada que pretendo. Señal de que el capitalismo me infecta con un suave pero claro sentimiento de culpabilidad. Tendré que continuar entrenando para perfeccionar este estado de ralentí.
De todas formas, concluí, algo nos une a Marc Márquez y a mí con mayor o menor aprovechamiento: darle prioridad a lo que nos gusta de verdad. El rédito que cada uno obtengamos con nuestros haceres depende de dónde el capitalismo ponga sus ávidos ojos.
Emanciparme de la prisa me trajo la impresionante salida de la luna (ahí al fondo)


Y aquí una canción muy bonica y disfrutable, para estados de jubilación precoz y/o legítima.

lunes, 10 de abril de 2017

Apuntes II

Como en yin que tiene el yang dentro y viceversa, en la certeza habita la duda y el germen del movimiento en medio de la quietud. Se disipa cuando todo ha pasado, así se resuelve si se difuminó o si fue regado hasta que dio frutos.
No es natural la quietud permanente. Me pregunto si esta desgana lo es; si el no inmiscuirme demasiado en casi nada, estará bien. Mis pasiones ahora no me soliviantan. Soy firme defensora de mí.
La duda me pregunta si no echo de menos el movimiento.
En medio del movimiento, todo mi ser anhelaba quietud.


Y aunque no tiene nada que ver (o sí), mira que canción más bonita.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Llegar al escenario

La foto es de este artista

-  Morir es volver-, nos dijo Lee en un momento de su charla sobre medicina china. - ¿Morir es qué?- Preguntó Carlos a mi lado. El estruendo de la lluvia sobre la carpa ahogaba las palabras del coreano. - Morir es volver-, le repetí en voz baja.
Tumbada en el sofá, descansando de una semana inolvidable, paladeo la batería de recuerdos que me asaltan: las clases de teatro, aparcar mi propia importancia y reírme de mí misma; la valentía de mis compañeros al exponerse, tantos ojos en los que me reflejé, bailar sin pautas y sin juicios. Jugar… Pero mi memoria selectiva se ha detenido en las palabras de Lee. Quizá porque me quedó pendiente decirle a Carlos que uno de los poemas del Tao Te King comienza con esta frase: Vivir es llegar y morir es volver*. El apunte no venía al caso.
Al regresar de mis ensoñaciones el silencio de casa no es tan quedo. Miro despacio a un lado, a otro… no hay nada pero yo siento que me observa una inmensa multitud. Acaso la inmensa multitud que ya volvió. La quietud se me antoja ahora plagada de vida potencial aguardando en el patio de butacas de un gran teatro. Y yo, como si aún no me hubiera bajado de las tablas, me siento la protagonista de una trama en la que nadie me ha dado el guión. De repente improvisar ante ellos me vuelve vulnerable. ¿Qué toca ahora? ¿Les estaré defraudando? ¿Debería hacer algo más espectacular para complacerles? No les veo, como si el motivo fueran unos focos imaginarios orientados hacia mi escenario. Pero percibo sus sonrisas alentándome, expectantes ante lo que presencian. Soy una actriz representando esta obra que es mi vida.
Por un momento la idea me parece tan coherente que tengo la certeza de haber descubierto el mayor misterio del universo. Salir a vivir, llegar, sería como atreverse a salir voluntaria en clase de teatro, exponerse y participar en la trama de quienes ya estaban ahí antes que tú. Morir es volver al anonimato del lugar seguro adonde antes aguardaba mi turno; allí adonde ahora ríen y esperan ellos. Desde ahí qué fácil parece resolver cada escena, imaginar cien ingeniosas respuestas diferentes ante un mismo entuerto.
Pero todo cambia cuando estás frente al público. Sobre el escenario, sobre la vida, no hay tiempo para pensar, hay miedo a defraudar, hay inseguridad ante el no gustar. ¿Dónde, dónde está el maldito guión? Desnuda y vulnerable delante de tantos ojos que reflejan tus propios juicios, sin saber lo que se espera de ti, tratas de resguardarte pero ¿adónde? Nadie pasa desapercibido sobre las tablas, tampoco en la vida. Desarmada, intentas imitar a otros que sí te han gustado, pero no te sirve: el público no se emociona y tú te sientes perdida.
Hasta que descubres que no hay mejor resguardo que uno mismo. Que ni sobre el escenario ni sobre la vida tienes que esforzarte en hacer nada. Que no hay nada que demostrar puesto que es evidente que ya estás ahí: en la vida o en el escenario. Nadie te pide nada, sólo escuchar y observar con calma para poder dar las respuestas que sólo pueden darse a través de ti. Sólo así, mediante esa verdad esencial, se consigue transmitir la magia necesaria para lograr que desde el patio de butacas se escuche un fervoroso ¡SÍ, SÍ, SÍ!
Un día nos preguntaron qué haríamos antes de morir. Yo fui una de las pocas que no se expusieron ante el resto; en ese momento no recordaba nada concreto que yo anhelara antes de mi muerte. Hoy tampoco. Pero si vivir es llegar y morir es volver, yo quiero ser consciente cada día de que mi llegada es efímera, y saberme por eso afortunada de estar aquí. Sentir que es ahora y sólo ahora el momento justo para representar este papel que es el mío. No perder de vista que la trama, sea alegre o triste, sólo es la excusa necesaria para dar las respuestas que sólo yo puedo dar. Jugar… jugar todo lo posible para que así, cuando me toque volver, me despoje orgullosa de este traje, ajado por haber vivido intensamente cada uno de los actos. Y volver a sentarme en el patio de butacas satisfecha por haber tenido la osadía de representarme a mí misma.



*POEMA L
Vivir es llegar y morir es volver.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la vida.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la muerte.
Tres hombres de cada diez mueren en el ansia de vivir.
¿Cómo puede sobrevivir el décimo hombre?
He oído decir que quien sabe cuidarse
Viaja sin temor al rinoceronte,
Ni al tigre,
Y va desarmado al combate.
El rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
Ni el tigre donde clavarle su garra,
Ni el arma donde hundir su filo,
¿Por qué?
Porque en él nada puede morir. 

sábado, 6 de agosto de 2016

Crear el vacío. Escribir nada

Me pregunto qué ocurriría si me olvidara de escribir sobre el hecho de que no escribo. No merece la pena hablar de ello. Es como si hubiera escrito cada día. Como si no hubiera escrito hasta ahora. Me sorprende que piense tanto en ello, pues en mi caso no escribir es lo más parecido a escribir sobre todo aquello que conozco.
H.D. Thoreau a Blake en
Cartas a un buscador de sí mismo

De vez en cuando Silvia nos atemoriza a sus lectores con algún escrito en el que nos confiesa lo difícil que le resulta encontrar algún tema de lo que escribir. Nadie lo diría: su prosa fluye entre los resquicios de lo cotidiano con una facilidad lúbrica. El mismo día Bubo hablaba de algo parecido.
Aunque suene redundante, es así, cuando uno se pone a escribir necesita hablar sobre algo. Estamos acostumbrados a algos, a las cosas, a llenarnos de emociones, a acumular experiencias, a almacenar anécdotas… Parece que sólo le diéramos valor a la suma. En el caso del binomio escritura-lectura ocurre igual: hace falta algo para que nazca un escrito y qué poco nos atraería un escrito que no hablara de nada.
Precisamente me hallaba yo estos días reflexionando sobre eso: ¿cómo hablar de la nada? O mejor dicho, ¿podría expresarse la nada a través de la escritura? El vacío me obsesiona de un tiempo a esta parte y ya es paradójico que la nada me provoque una emoción que llena tanto.
¿De qué forma expresar el vacío? Para qué especular si el Tao Te King habla de ello*:

Treinta radios convergen
En el centro de la rueda,
Pero es su vacío
El que hace útil al carro.
Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
Pero de su vacío
Depende el uso de la vasija.
Se abren puertas y ventanas
En los muros de una casa,
Y es el vacío
Lo que permite habitarla.
En el ser centramos nuestro interés,
Pero del no-ser depende la utilidad.
Haciendo caso al sabio, para expresar la nada con la escritura o con cualquier otro medio sólo podemos limitarnos a crear el contexto que la permita.
¿Podría mi escrito expresar la nada si cuento dónde la encuentro? Probemos. Siento que el vacío está en la ausencia de intervención, en el ahorro de estrategias; en un agradecido dejarse llevar; en el no pretender nada para uno mismo –nada más y nada menos que lo que le corresponda legítimamente-. La nada la imagino en el agua que fluye sin descanso, inagotable. Sólo para físicos o químicos: en el estado estacionario (me apetecería hablar de esto algún día aunque pierda un alto porcentaje de lectores y el cariño de parte de mi familia, o toda). También en el imperfecto silencio de las noches de verano. En el oscuro abismo de ese mismo cielo. En el instante siguiente al paso de una estrella fugaz.
Siento que manifiesto nada cuando me alío con el silencio y camino sigilosa en mi propia casa, como si fuera a despertar a alguien aunque sea de día; al adaptarme al hueco que exista y no empeñarme en abrir a codazos para mí un espacio inexistente. Cuando me doy cuenta de mi propio cuerpo, incluso si estoy hablando contigo. Cuando, desafiando el ansia por rellenar mi tiempo, decido parar. Al imprimir deliberada parsimonia a cualquier actividad que desarrollo. En los movimientos intencionadamente lentos, casi quietos, incluidas las caricias.
La nada, tal y como yo la entiendo, es permitir, no querer. No confundir con consentir.
La nada es rebelde, entonces. Anticapitalista, también. La nada se opone al discurrir del ego, que sólo quiere para sí. Se escapa de la sobrevalorada persecución de los sueños, como dice mi amiga Mariana. La nada es orientarse hacia algo, pero no perseguirlo, sólo esperarlo. Es deshacer lo que uno cree que es. Se acerca cuando nos atrevemos a romper nuestra forma. Es potencial, es creatividad latente.
Pero por más que trate de explicármela, sigo sin quedarme satisfecha, ¿ves?: pretender la nada crea un efecto llamada sobre el todo que no la sacia. Eso es lo que significa: si lo quieres todo pon tu empeño en deshacerte de lo que tienes. Coloca la intención en lo contrario de los deseos. Haz el vacío el la pajita para beberte el zumo. Fabrica muros para ubicarte en el espacio que creas. Es delirante.
Volviendo al motivo de mis reflexiones, no es competencia del que escribe o del que crea escribir sobre la nada, sino provocarla y dejar después que todo ocurra. A un nivel práctico, actuar –escribir- con aplastante sinceridad si quieres que llegue algo y si no llega nada, no es el momento. No es buscar, es, como escuché hace poco, convertirse en canal. Dejar que nos desborde lo que pugna por salir a través de nosotros ya seamos escritores, cocineros, saltimbanquis, herreros, amos de nuestra casa…
Y de esta forma, al crear vacíos, creamos y nos vaciamos. El vacío, paradójicamente, lo crea para sí el que crea mientras crea. Y lo gestado en ese vacío, crea en el que recibe lo creado.
Un delirio.
El secarral provoca agradecidos oasis y éstos, aguas que crean tramas


* Poema XI 

lunes, 20 de junio de 2016

Vivir (II). Barriendo se alcanza el TAO


De entre todas las labores posibles decido que hoy barreré hojitas otra vez. Aun así, antes de empezar doy un repaso a mis apetencias, no vaya a ser que subrepticiamente sólo lo haga por agradar cuando en realidad quisiera dedicarme a otras actividades más lucidas y lúdicas que ofrece la casa. Tras breve autoanálisis admito que no: todo mi ser se inclina hacia la retirada de las hojas secas, flores y semillas que se desprenden incansables de este árbol que aún tiene mucho trabajo que dar, según indica su copa. Así que me dirijo como cada día al rincón donde se amontonan las escobas y busco mi cepillo favorito de exteriores y otro de cerdas más suaves. Hoy me voy a atrever con una zona complicada en la que la tierra del suelo está más suelta.
Hace unos años, cuando vine aquí por vez primera me ofendió un comentario de la dueña que aseguraba que nadie sabía barrer. Y me lo decía a , que llevaba barriendo casi desde que tenía uso de razón. Al preguntarle, molesta, cómo habría de hacerlo, ella, de una forma muy pedagógica, me contó que durante muchos años se dedicó a limpiar colegios para ganarse el sustento suyo y de sus hijos cuando la vida se le volvió un poco más difícil. Ahí comprendió el arte del cepillo. Me desveló que lejos de la costumbre generalizada de extender la basura y pasearla por todo el suelo para hacer un único montón, era mucho más eficaz ir acumulando pequeños montones y retirarlos poco a poco. De esta manera, un verdadero experto del barrido, y mucho más si hablamos de exteriores, debe saber que tendrá que hacerlo sin soltar el recogedor, avanzando pasito a pasito mientras va dedicándole prácticamente un exclusivo golpe de escoba y recolección a cada cosa que perturbe la integridad higiénica del suelo…
… Y así me hallo yo ahora, imitando al experto, con la cabeza gacha concentrada en cada hoja, en cada florecilla y en cada roce del cepillo con la tierra cuando comienzan a sonar en mi cabeza los primeros versos de uno de los poemas que más me gustan del Tao Te King:
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO…
Sonrío para mis adentros reconociendo a aquel que vierte los versos en mi mente y es que uno de los principales efectos secundarios de estar en armonía es que mi Ego no solo se conforma con subirse al carro donde, como romeros, nos balanceamos con gracia mi Bienestar y yo, sino que además lanza flores a nuestro paso y se deshace en vítores, alharacas y olés. Hoy, en su sencillez, me coloca en el pedestal de la Virtud dedicándome el poema por haber elegido este trabajo tan poco atractivo e insinuándome que gracias a eso terminaré, esta vez sí, por alcanzar el nirvana y la plena realización personal.
Pero bueno, tampoco quiero hacerle mucho caso pues qué vano es luchar contra un ente tan complejo como el Ego. Le dejo hacer mientras mi atención se centra en darle vida al suelo, como me dijo también mi maestra, en una distinción bastante gráfica entre las labores que se realizan con amor de las que no.
… Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre…
Trabajar con el TAO de banda sonora tampoco es desagradable, me admito mientras la actividad comienza a transformarse en una cuasi-meditación: no mirar más allá de la siguiente hojita y fijar la vista sólo en medio metro cuadrado me ordena la mente ¿Qué extraños misterios se esconden detrás de la dedicación, del abandono de la prisa, del vivir ajeno a metas ni recompensas?
… y así está más cerca del TAO…
Bueno, por supuesto que mi ego tiene la respuesta. A estas alturas ya me ha alzado al nivel de Mesías en la escala evolutiva humana... Como siga así voy a tener que atarle en corto.
En medio de la incipiente pugna por mi control emocional observo que barrer este lugar es lo más parecido a barrer directamente el campo y eso me hermana con una vecina que vivía en mi barrio cuando yo era niña y que en sus últimos años perdió la cabeza. En esa época era fácil verla enfrascada con su escoba en el cauce seco del río que atravesábamos para ir al colegio. Los niños y no tan niños, crueles, nos reíamos de ella por lo bajini pero hoy, bajo este sol que ya empieza a picar, me pregunto si acaso su independencia emocional no sería tan grande que poco le importaban las burlas y mucho el hacer lo que su confuso corazón le dictara…
…Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO…
Pues por hoy ya está. Levanto por fin la vista y no sé si estaré más cerca del TAO, pero al menos el patio se ve más bonito. Recojo mis herramientas y al ir a colocarlas en su sitio me sobresalta una voz a mi espalda. -Perdona, has sido tú quien ha barrido allí debajo del árbol-. Era la jefa. Maldita sea, me digo esperando bronca, ya he vuelto a esparcir demasiado la tierra - Sí, contesto con voz trémula - Es que está muy bien. Cuando lo he visto he pensado que por fin hay alguien que barre como yo. - Gracias-, respondo aliviada. -Sólo apliqué lo que un día me enseñaste…
…Y mientras la conversación se desarrollaba, en un universo paralelo un ego desbordado restregaba en los morros de su habitáculo manchego, y de carrerilla, un poema enterito del Tao Te King...
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO.
Por esto, la suprema bondad es tal que,
su lugar es adecuado
Su corazón es profundo
Su espíritu es generoso
Su palabra es veraz
Su gobierno es justo
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
nada se le reprocha.

Algo me dice que hoy no hay hojitas suficientes en todo el planeta Tierra para que ese ego llegue a comprender lo que de verdad significa este poema.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Caminando por la Senda del TAO

Si algo he hecho este verano ha sido caminar por la Senda del TAO, y no es una metáfora:
 
 Ahí en el cartel de la la izquierda, pone TAO 
(no hacer caso a la letra pequeña: Taller de Arquitectura y Obras)

Me dio la risa cuando, enfrascada como estaba en la lectura de textos taoístas, caí en la cuenta de la presencia del cartelón en el camino que casi a diario he tomado para escapar, en las horas oportunas, del calor plomizo que ha caído sobre esta tierra.
En seguida me vino a la cabeza un esqueleto de relato en el que hablaría en parábola sobre el camino físico pero refiriéndome a las enseñanzas que yo, ilusa, he tratado de desgranar en todo este tiempo… Pero cómo es esta filosofía que cada vez que he empezado a escribirlo mis manos se volvían cemento y ninguna de las líneas que me mostraba la pantalla me convencían: todas me parecían pretenciosas. Sin perder mi atrevido afán de interpretar mis realidades podría decir que es que, para el TAO, o eres de verdad o no eres. O utilizas la sinceridad o invocas el castigo, que no es más que el malestar que provoca la apariencia; el desgaste que se aviene cuando uno se empeña en disfrazarse de lo que no es, aunque sea en hechos tan irrelevantes como éste.
Por eso permito hoy que mis manos se deslicen sobre el teclado sin más pretensión que la de contar que efectivamente ese camino, la Senda del TAO, ha sido un consuelo este verano. Está muy cerca de mi casa pero no la conocía. Dejé un día que mis pies caminaran solos y me llevaron primero a lugares familiares para enseguida aventurarse a esa otra senda paralela que comenzaba a pocos metros de allí. Un camino más abierto, prácticamente recto, con árboles equidistantes que lo custodian en un vano intento de provocar algo de sombra. Un camino de tierra prensada, que es la que delimita el trayecto y alrededor, una ilusión de campo donde, sin embargo, la naturaleza se evidencia por más que la mano del hombre haya querido domesticarla arañándole unos surcos.
Es larga la Senda del TAO. Yo no me he atrevido a recorrerla entera pues es demasiado, no para mis piernas sino para mi tiempo y para mi miedo a caminar bajo las sombras de la noche. Pero encontré el límite que a mi me servía y cada vez que lo alcanzaba me daba la vuelta y volvía a casa. A veces canturreando, a veces pensativa, a veces preocupada, a veces tratando de vaciar con respiración pausada emociones encajadas en la boca del estómago, pues si hay algo allí que he observado ha sido mi naturaleza cambiante y nada como esta rutina para hacerla evidente. No me sorprende, pues la naturaleza también lo es y no era difícil darse cuenta que cada día también la Senda del TAO era diferente.
No era yo la única que la recorría, claro; en mis caminatas a veces me dedicaba a preguntarme qué relación tendrían los otros caminantes con la Senda. Los había que la recorrían deprisa, corriendo y midiendo sus tiempos y pulsos, compitiendo con quienes habían sido el día anterior y con quienes serían al siguiente día. Otros iban en bici, quizá atravesando la Senda sólo como puente hacia otros caminos seguramente más atractivos; algunos iban acompañados y en animada conversación; otros solos, quizá también como yo, despejándose y estirando el músculo. Lo más raro que vi fue a una señora mayor caminando de espaldas, me pareció muy valiente y así se lo dije cuando llegó a mi altura. Resultó que nos conocíamos y eso le dio pie para decirme que por qué iba a ser valiente por éso. Lo hacía, según me dijo sin perder el paso, para no acostumbrar al cerebro a actuar siempre de la misma manera. Nos separamos y yo aquel día terminé de recorrer la Senda con una sonrisa, constatando lo cuerda que es la locura. Y también, que cada uno es libre de transcurrir como quiera.
No siempre he transitado la Senda sola, qué va. Mujeres con las que voy creciendo me han acompañado. Mujeres, amigas, con las que comparto reflexiones, risas, anécdotas, intimidades… Mujeres que quieren serlo, siendo serlo el ser consecuentes con sus sentires. Mujeres que afrontan sus retos con dudas, con miedo, con valentía, con aprendizaje. Mujeres que transitan su propio camino y con el que el mío, por suerte, confluyen.
La Senda del TAO ha sido la excusa para ponerme en movimiento en un verano aparentemente quieto en el que quise parar. Un verano en el que, con este afán mío de interpretar mi realidad, más de una vez me he preguntado si no estaría tomando fuerzas para aventurarme con otras realidades. Quién sabe si para pisar, transitar... recorrer otros caminos.


viernes, 28 de agosto de 2015

El zig-zag de LO CREATIVO

Así, sin paños calientes ni introducción, propongo echar una ojeada al funcionamiento del mundo. He aquí unos básicos ejemplos en diferentes escalas1:
Escala celular: Este nivel me gusta aunque debería estudiar un poco antes de seguir aventurándome con él. En lugar de eso voy a tirar de memoria para decir que existen un montón de procesos químicos interrelacionados dentro de una célula: lo que se genera en un proceso se aprovecha en otro y así sucesivamente. Se trata de reacciones químicas encadenadas que permiten que la célula sea lo que es. Es decir, que dentro de la célula, como en casa de mis padres, no se tira nada. Todo se aprovecha.
Escala orgánico-funcional humana: Para que nuestro aparato digestivo funcione como debe tenemos dentro del intestino una miríada2 de bacterias que nos ayudan a digerir algunos alimentos. También en este nivel observamos que existe interrelación, en este caso, entre dos especies: las bacterias transforman lo que no podemos asimilar en algo asimilable por nuestro organismo y ellas a su vez se nutren. Todos colaboramos, todos nos beneficiamos.
Escala animal/natural: Hay un montón de ejemplos en esta escala pero me quedo con el de la polinización: las flores producen néctar que atrae a las abejas a las que se les pega el polen en las patitas y así fecundan a otra flor que dará lugar a una semilla que dará lugar a otra planta... El néctar le sirve a la abeja como alimento y para después producir jalea real y otras sustancias con las que también fabrica la colmena. A los humanos y a otros seres como el oso Yogui cuando no comía emparedados, nos encanta la miel y nos podemos beneficiar de sus múltiples propiedades curativas y gustativas… Así pues en unas pocas líneas ha quedado resumido un proceso complejo en el que se ven involucradas directamente varias especies y, de nuevo, todo aprovechado, todo entrelazado y todos contentos.
Ya basta de ejemplos, pues queda claro que la naturaleza se compone de este tipo de procesos entrelazados en los que todas las partes se ven beneficiadas. Lo curioso es que en ninguno de los casos se observa que haya algo o alguien que se encargue de organizarlo todo: ningún jefe o, más actual, ningún emprendedor que dirija la orquesta. Más bien pareciera que todas las partes saben lo que tienen que hacer, como si albergaran dentro la información de cómo han de comportarse y cuál es su cometido dentro del entramado del que forman parte. Volviendo a la escala celular ¿acaso tienes que ir tú como dueño de tu cuerpo, célula a célula avisándoles de cuándo tienen que sintetizar las proteínas?… ¿No es más razonable considerar que quizá sea esa información, ese chip implantado en cada ser, el algo que activa y comanda todos los procesos?
A ese algo mis libros chinos lo llaman LO CREATIVO o TAO y además dicen que su movimiento es zigzagueante. Traducido significa que para ejecutar cualquier acción que tenga lugar en la naturaleza necesita involucrar o sincronizar a múltiples especies, sistemas, organismos, orgánulos, reacciones químicas... Así podríamos afirmar que todo lo que existe, para LO CREATIVO, es como el gorrino para el carnívoro: todo lo aprovecha.
¿Y el hombre? ¿También LO CREATIVO lo tendrá en cuenta para perpetrar sus sincronías? Obvio que sí, como seres de la naturaleza que somos. Lo que ocurre es que el hombre tiene otro algo, un algo en minúsculas que no tiene ninguna especie de este vasto juego: su mente y lo que su mente ha generado: una autoimagen o ego. El ego entorpece la acción de LO CREATIVO porque inocula al hombre una falsa creencia de individualidad. El ego nos pone una venda en los ojos que impide que nos demos cuenta y seamos consecuentes con el hecho de que en realidad somos los elementos de una red creativa más grande y que, también en nuestro comportamiento, estamos sometidos a sus continuos y misteriosos zig-zags.
No seré yo la que se ponga a menospreciar ni a la mente ni al ego pues es lo que nos caracteriza. La mente es una herramienta poderosísima capaz de codificar, interpretar, ingeniar, de crear cosas nuevas… Sí: la mente es como LO CREATIVO pero en minúsculas. Es un LO CREATIVO comprado en un Todo a Cien y el defectillo que trae de serie es la creencia de que nuestras acciones sólo dependen de nosotros mismos y que todo podemos moverlo a voluntad de una forma lineal (acción y reacción). Por eso cuando el hombre, comandado por su mente, tiene que acometer una acción, al contrario que en el zig-zag de LO CREATIVO, lo hace de una forma directa. Un ejemplo basicote que a todos nos ha pasado (o a algún/a amigo/a): me mola fulanito/a; voy a tramar el plan X para que caiga rendido/a a mis pies. Cuando te pones a tramar el dichoso plan X lo más probable es que te lleves un batacazo y que no salga como quieres.
Y si el plan en el que te empeñas no sale, sufres. Cuando tratas de arreglarlo por tus propios medios ingeniando de nuevo con tu mente, con tu Lo Creativo Lineal del Todo a Cien, es casi seguro que vuelva a salir todo regular tirando a mal… y así sucesivamente entrando en bucles o samsaras de los que los humanos nos quejamos amargamente con discursos que ponen de manifiesto nuestra dudosa madurez: yo es que siempre doy con tíos de talocualforma; yo es que siempre doy más de lo que se me devuelve; a mi es que los amigos siempre me dan de lado; las tías son todas iguales… y otras tantas lindezas.
Mis libros chinos insisten hasta la extenuación en que controlemos esas ganas de hacer algo y de empeñarse que tienen nuestra mente y nuestro ego, por una razón muy comprensible: porque utilizan una estrategia lineal de acción que sólo pretende beneficiar a uno mismo caiga quien caiga, mientras que en la naturaleza de la que formamos parte todo funciona de una forma zigzagueante y generosa que tiene muchísimas más cosas en cuenta que la satisfacción directa de nuestros deseos individuales. Sí, en las acciones humanas, como en la polinización, se necesitan muchos individuos y sucesos para que algo o todo ocurra.
¿Cuántos zig-zags habrán tenido que darse en diferentes escalas para que nazca este niño?


Por eso mis libros chinos hablan de humildad: para reconocer que hay algo poderoso instalado en nosotros que comanda con mucha más eficacia y sentido todos nuestros actos. Por eso lo de la perseverancia: porque en lugar de planear estrategias de cara al futuro orientadas a satisfacer nuestros deseos individuales, realmente sólo podemos dedicarnos a hacer aquello que tenemos delante con intención de mejorarnos y pulirnos. Por eso lo de la paciencia: para esperar el momento en que LO CREATIVO necesite echar mano de nosotros, si es que no lo está haciendo ya para asuntos que no comprendemos. Por eso lo de tratar nuestros “problemas” de forma indirecta, de soslayo: porque hacerlo directamente supone de nuevo sucumbir a la consecución lineal de nuestros deseos, violando con nuestra voluntad la ley zigzagueante del movimiento que todo lo comanda.
Y por eso, en definitiva, lo del Wu Wei: el no empeñarnos, el no-hacer. Porque, como dice la canción, “no soy yo el que navega, el que me lleva es el mar”.



1: Que el lector quede advertido del sesgo de los ejemplos, elegidos y acotados para lo que después tratará de explicarse. La naturaleza es más vasta, más compleja, más ingobernable y menos comprensible por la mente humana que lo que los ejemplos reflejan.
2: Año y pico de blog esperando poner esta palabra. El post es sólo la excusa.


sábado, 22 de agosto de 2015

Surfistas Taoístas

Cuando una mete en su maleta un bikini al lado de una chaqueta, unas sandalias al lado de calzado cerrado y el protector solar junto a un pañuelo para el cuello, sabe que se encamina hacia un mar de cielo caprichoso y que, por tanto, ha de incluir también una buena dosis de resignación o de aceptación, en su acepción más positiva.
Pero bendito sea el frío para estas carnes que han sudado este verano lo que su memoria no recuerda. Y bendita sea mi suerte y la alternativa al baño playero si consiste en disfrutar de este balcón desde donde, cual halcón, se precian mis ojos de recibir estampas como esta:
La estampa, el balancín en el que me siento, el movimiento de las olas, el estómago satisfecho, el viento que amaina, mis pensamientos en suspenso, mis ojos que se cierran y el ruido del mar distorsionando las escenas que me trae el sueño… Me encantan las siestas ligeras porque estás pero no; sabes que duermes pero te abandonas conscientemente a la inconsciencia. Eres espectadora de tus sueños pero, aún así, los vives con intensidad fugaz…
Despierto un rato después con pena por haber abandonado mis paisajes oníricos. El ruido y la presencia del mar persisten, para mi regocijo. Sin haberse activado aún todas mis funciones vitales me quedo observando a los surfistas desde mi atalaya. ¿Cuánto tiempo llevarán sobre la tabla? El vaivén de mi balancín se acopla con el vaivén de las olas. Todo a mi alrededor encaja en perfecta comunión. También mis pensamientos comulgan y se entretejen en estos momentos de almíbar y así concluyo que esa gente debe saber de taoísmo cosa mala. Sigo enganchada a la no-lectura de mis fieles libros chinos1 de este verano que tanto me están enseñando, por eso su sapiencia actúa sobre mi realidad como el filtro de unas gafas con cristales coloreados.
En mis libros se dice que la perseverancia y la paciencia son dos de las cualidades virtuosas que caracterizan al noble. Bajo esa definición, no puedo más que calificar ahora mismo de perseverantes y pacientes a estos nobles personajes de neopreno que tengo delante.
La perseverancia requiere la presencia de un objetivo: La Ola. Pero recuerde el lector que no debe incumplir la ley del soslayo de hace algunos posts: no nos imaginaremos a un surfista yendo como loco a la captura de una ola, obcecado con su objetivo, no; deberá permanecer en su sitio, esperando, preparándose y sabiendo disfrutar y aprovechar todos los pasos que componen el proceso: la espera, el entrenamiento sobre la arena, las tentativas fallidas sobre las olas que no eran las adecuadas, compartir la experiencia con el resto… Ésa es la perseverancia. Si no es así, si desdeñamos los momentos que no son aquellos en los que estamos en la cresta de la ola, dejamos la puerta abierta a la frustración, al desaliento y al desgaste.
¿Y la paciencia? ¿Te imaginas a un surfista subiéndose a la tabla antes de que llegue la ola y arreando a ésta como si su voluntad fuera suficiente para acelerar el movimiento de todo un océano? La paciencia implica la humildad de asumir que cualquier asunto, por más que te prepares, requiere su justo momento.
Pero yo estoy en una latitud distinta a la mía y la presión atmosférica sobre mi cabeza es mayor de lo normal; mi balancín no se ha dejado de mover y los ojos vuelven a pesarme. Antes de perder la consciencia de nuevo me asalta otra cualidad que debe adornar al noble surfista: la retirada. Y es que bueno es prepararse y esperar el momento adecuado para alcanzar el objetivo pero también es importante echarle un ojo al entorno y reconocer si las condiciones van a ser propicias para ello. Así, un mar demasiado calmo o demasiado bravo puede hacerle perder a un surfista una tarde preciosa que podría invertir en cualquier otra cosa. Acaso en darse cuenta que el surf no es lo suyo, quien sabe. La retirada también implica la humildad de reconocer que hay cosas que no te corresponden.
Me lo debería aplicar porque ¿qué hago yo aquí divagando sobre surf y taoísmo si no tengo ni idea ni de lo uno ni de lo otro? Me retiro, por tanto, pensando que ojalá y todas las retiradas fueran tan dulces como la que perpetro. Que abandonar una idea que te obsesiona y que no te corresponde fuera igual de fácil como abandonarse a los brazos de Morfeo sobre este balancín y ante este escenario al que tengo la suerte de acudir cada año.

1.: Publicaré la bibliografía próximamente por si a alguien que por aquí pase le interesa.


lunes, 17 de agosto de 2015

De lo que pasó cuando me topé con aquel libro de Ortografía Hebrea

Ocurrió en una Feria de Libro Viejo de una distinguida ciudad del norte.
Yo merodeaba entre las casetas por una cuestión de mero postureo; también porque iba acompañando a mi madre y porque, qué demonios, aún mantengo la esperanza de que llegue el día en que los libros vuelvan a abalanzarse sobre mí. Me entremezclo entre ellos como el que persigue el nirvana… pero nada: los libros pasan tanto de mí como yo de ellos. Quizá se deba a que el llanto silencioso de mis libros comprados y no leídos pesa sobre mi conciencia cual menhir sobre la espalda de Obélix1,2. Quizá entre la información aún no desvelada de nuestro ADN exista, al igual que ocurre con el color de los ojos, un cupo de libros por leer y yo ya haya sobrepasado el mío. Quizá todo esto no sean más que excusas para justificar mi involución lectora.
Pero, decía, echaba yo el ojo a los puestos de la feria y ante ésa mi frustrante actual vida lectora, me imaginaba a mi misma en el mismo escenario, olisqueando curiosa como perro sabueso entre millones de páginas mohosas la presencia de libros sobre… Ortografía Hebrea, por ejemplo, que fue el título con el que se toparon mis ojos. ¡Santo cielo, sí! Ser una friki de Ortografía Hebrea, morir por encontrar un texto nuevo, soltar grititos de satisfacción cuando encontrara algún ejemplar de algún autor sólo conocido por mí… Sin embargo allí estábamos mi parsimonia, mi cuasi-indiferencia y yo esquivando la mirada de todos y cada uno de los libreros, adoptando una pose de interés cuando por dentro bostezaba con todo lo que me abarcaban las fauces, y canturreando alguna canción simplona que, básicamente, es a lo que se dedica mi mente cuando está distraída.
Bien poco me duró el lamento por mi falta de entusiasmo ante ningún tema; bastante menos que escribir la anterior parrafada, pues un impulso interno que lleva un tiempo cobrando enorme fuerza propinó tremendo puñetazo sobre la mesa de mi control mental exclamando que hombreyá, pero qué es esto, pero que si siempre vamos a estar así, queriendo ser otra cosa distinta de la que somos.

Talmente como en la película Del Revés, lo que pasa que los de Pixar se quedaron cortos de personajillos internos.

No le hizo falta insistir demasiado al tal impulso, la verdad, pues la pretensión de ser otra cosa, acaso una Laura 2.0 más dinámica, dicharachera, más a la moda, más deportista, más friki de temas poco populares en librerías de viejo…, es una tendencia que va quedando obsoleta en mi interior, pero claro, se ve que quiere morir matando.
Un día antes, precisamente, hablaba con mi hermano de lo que admiro a la gente que aplica la coherencia entre sus pensamientos y sus actos; aquella a la que no le distorsiona en lo más mínimo el hecho de que sus gustos e ideas vayan en un sentido diferente al de su entorno. Mucha gente lo verá fácil, yo no, quizá porque la presencia en mi vida de esa pretensión de ser otra cosa diferente a la que era ha hecho que siguiera mis impulsos a regañadientes. La coherencia con uno mismo es la puerta hacia la verdadera felicidad: una felicidad sin fuegos artificiales, una felicidad pachorrona que se contenta con lo que le rodea y que si no le gusta lo que le rodea, cambia el rumbo con esa misma parsimonia y sin dramas.
Y pienso que ésa es la Laura 2.0 a la que verdaderamente quisiera encaminarme si es que no me estoy encaminando ya. Una Laura 2.0 que, como reclamó ante las casetas mi impulso interno, se reivindique a sí misma; que cada vez que vea un libro de Ortografía Hebrea o sucedáneos, cada vez que se coréen las últimas tendencias en moda, cada vez que se descuide y se deje llevar por aquello que se supone que hay que hacer…, recuerde que nada de eso es comparable a las mieles que ha de saborear cuando, al alcanzar la coherencia, experimente una buena dosis de felicidad pachorra3.



1: Es que lo de “pesar como una losa” está muy visto.
2: Aunque, ahora que lo pienso a Obélix no le pesaba nada el menhir… quizá a mi me pase lo mismo, no sé.
3: Se trata de una adaptación personal de lo que mis libros chinos distinguen como felicidad amarilla: sosegada, sin grandes alardes, ligada al alma, duradera y real frente a la felicidad blanca: la entusiasta, ligada a las emociones y a la satisfacción del ego; explosiva pero puntual y efímera.



martes, 4 de agosto de 2015

La humildad me la enseñas tú

De nuevo ocupo el asiento de copiloto en este trayecto que tan bien conocemos. Mi coche pasará unos días en el taller y, cómo no, te has ofrecido a llevarme. Así me entretengo un rato, me has dicho. Yo me he dejado querer.
No sé ni cómo iniciamos una conversación que te lleva a hacerme una pregunta que nunca antes te has atrevido a formular, de tan discreto. Ni ésta ni cualquiera que cuestione la forma en la que vivo. ¿Y tú, con lo de tener hijos, qué piensas?
Te contesto descuidada, con un discurso que no es la primera vez que utilizo, que me encantan los niños desde siempre, bien lo sabes. Incluso cuando yo era niña ya me gustaban. Me sentí afortunada por tener una hermana a tanta distancia y poder ocuparme de ella como lo hice en la parte que me tocaba, pero ahora... Si alguna vez me veo en la situación real de tenerlos imagino que me lo plantearía de verdad, continúo,  sin embargo, en mi situación, desde luego que no los tendría. Además, añado, a veces me da por pensar que se tienen los hijos de una forma muy inconsciente, como el que tiene un coche o se compra una casa: sólo porque ya va tocando… Cuando digo esto siento un clic interno como si me avisaran de haber violado con mis palabras algo muy puro. Como si hubiera franqueado un portón en el que pone Prohibido el Paso.
Y eso es sólo porque te lo estoy diciendo a ti, que ya andas respondiendo que sí, que es verdad,  que así también vosotros teníais antes los hijos: en cuanto os casabais y porque era lo que tocaba hacer. Con esa humildad, sin haberme llevado tampoco en esto la contraria, llega tu respuesta al desangelado recibidor que había tras esa puerta que me he atrevido a cruzar. Ahí me encuentro: estática, sin argumentos, avergonzada… porque cuando hablas de hijos estás hablando, entre otros, de mí.
Y porque hago un repaso somero y ya he contado mil ocasiones en las que siempre has estado cada vez que cualquiera de tus hijos te lo ha pedido. Esos mismos hijos que, según tú, tuviste de una forma tan inconsciente. Nunca ha sido ni es inconsciente tu papel ni tu responsabilidad. No lo es. Con toda esa inconsciencia no recuerdo ni un solo momento en que te hubieras puesto el primero en tu lista de prioridades. Tus prioridades siempre han sido las nuestras.
Por eso me callo. Porque mis palabras iban rematadas de la soberbia del que ve siempre los toros desde la barrera, y mi pose se perfumaba con la arrogancia del que cree que sabe. No tengo ni idea de lo que hablo y tú, encima, vas y me das la razón.
Dicen mis libros chinos que la máxima virtud es la humildad. Cuando aquel que no es humilde lee estas palabras, suele relamerse de gusto vislumbrando que en próximas ediciones ilustrarán ese párrafo con su foto. También dicen que no hay que irse muy lejos nunca para aprender lo que es la humildad porque cada día la vida te regala situaciones de sobra en las que te podrás topar con ella. Pero hay que estar alerta porque es tan pura que se te escurre de las manos con facilidad.
Sólo puedo darles la razón a mis libros chinos. Estos días casualmente ha surgido más de una ocasión para hablar de humildad propia o ajena y yo en todos los casos me he acordado de ti, que me das el ejemplo en cada momento que compartimos.

A mi padre


La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
Que más desprecia el hombre
Y así, está muy cerca del TAO.
Por eso, la suprema bondad es tal que,
Su lugar es adecuado.
Su corazón es profundo.
Su espíritu es generoso.
Su palabra es veraz.
Su gobierno es justo.
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
Nada se le reprocha.
(Poema VIII del Tao Te King. Lo pondré en este blog tantas veces como haga falta)


Y esto es por tu gusto por el flamenco

miércoles, 22 de julio de 2015

¡¡ASÍ NO, DE SOSLAYO!!

Mi padre siempre cuenta que, en lo que a ir de aceituna se refiere, le sentaba fatal que mi abuelo le gritara la frase que titula el post.
Pongámonos en la situación de mi padre: ir de aceituna significaba que no le quedaba más remedio que levantarse muy temprano los fines de semana de enero para ir a recolectar el susodicho fruto de los olivos de mi abuelo, su suegro. En ese entorno hostil, el yerno ha de ser sumiso y acatar lo que el más longevo y experimentado de los dos tenga a bien indicarle, máxime si es el padre de su joven y flamante mujer. Máxime si es el dueño de los olivos.
Obsérvese a ese padre mío, antes de que yo fuera, tratando de agradar al suegro yendo, vara en mano, a atacar al primer olivo. Atiza el primer golpe, supongo que consciente de la mirada en su cogote de mi abuelo y, lejos de obtener aplauso, escucha desde dos direcciones, la trasera y la del eco que le devuelve la sierra, la sentencia antedicha:
¡¡¡¡ASI NO, DE SOSLAYO!!!!
Por más que la víscera me empuje a defender a mi padre que entonces no era, no tengo más remedio que darle la razón a mi abuelo.
Se entiende fácilmente: mi padre iba directo al olivo, empuñando la vara y soltándola en lo que podría definirse, una trayectoria perpendicular a la copa. Los más experimentados, como mi abuelo, bien sabían de la poca eficacia recolectora de la tal maniobra que además conllevaba un efecto dañino sobre el árbol. Por otro lado, impactando de soslayo, en una trayectoria que podría definirse como tangencial a la copa del olivo, el rendimiento en aceituna se aproximaba al cien por cien repercutiendo mínimamente en la integridad del frutal.
Sé que no hacía falta explicarlo pero me he visto obligada, pues no es la pretensión de este texto el instruir a la próxima cuadrilla de aceituneros, altivos o no, en la colecta de olivas sino la de explicarme un concepto taoísta que asocio a esta vieja y pequeña historia familiar*.
Al contrario de lo contado dos post antes acerca del Wu Wei o el arte de la no-acción, en este caso el concepto se refiere al modo correcto en que debe producirse la acción: nunca de forma directa.
Pero hay que matizar: si el asunto que nos ocupa es el de ir a por el pan, la acción ha de ser directa, es decir, voy a la panadería a comprar el pan y punto-pelota; no me voy indirectamente a la frutería de al lado porque por más que me empeñe, el chorizo lo quiero metido entre panes y no entre las dos mitades de un boniato. Cuando los textos orientales hablan de la forma indirecta en que hay que ocuparse de los asuntos, no se refieren a asuntos así de tangibles y cotidianos, sino a aquellos en los que al sujeto se le presentan deseos, anhelos, miedos y otras cuestiones más internas, universales e intangibles.
Imagina entonces ese asunto que hace que se despierten todos tus miedos y anhelos; ese asunto en el que siempre te atrancas; ese asunto que te vuelve torpe y asustadizo; ese asunto que no eres capaz de resolver.
Pongamos por caso que ese asunto es una relación tormentosa con un miembro de tu familia. Esta relación pone a prueba tu ego, te hace sentir ira, frustración, te lleva la contraria… Seguramente habrás intentado resolverlo muchas veces, esperando un resultado y obteniendo otro bien diferente; es probable que después de estos intentos el asunto se haya enrevesado aún más. ¿Cuál es la razón? Pues según el taoísmo, lo que te ha movido al atacar el asunto directamente y si eres sincero, ha sido la satisfacción que imaginabas al pretender que tu movimiento iba a obtener el resultado que querías. Seguramente tu deseo oculto era que tu familiar te diera la razón, traértelo a tu terreno… así el asunto estaría resuelto para ti de una forma directa. Acción y reacción.
Mis libros chinos, sin embargo, instan una y otra vez a la paciencia y no hablan de soluciones rápidas y directas. Invitan a que tengas en cuenta que en este tablero hay muchos más jugadores y a que ese asunto es la excusa que ha de servirte para que aprendas cuáles son tus carencias: todas ellas, dicho sea de paso, relacionadas con el mantenimiento de la autoimagen y con la satisfacción de nuestro ansioso e impaciente ego. Las resoluciones que propone el taoísmo indican que hay que avanzar con sutileza pero sin perder de vista tu objetivo, haciéndole comprender al ego que el único que sufre es él. Implican la corrección y el pulido de uno mismo lo que, indirectamente, repercutirá en el bien de todos los implicados y, por ende, en la resolución indirecta de ese asunto.
En resumen, que el asunto es la excusa para desarrollar la paciencia, el desapego, para ablandar los efectos del ego…y tu atención tiene que centrarse más en esa excusa que en el asunto en sí. Dicho de otro modo: lo que hay que hacer es abordar ese asunto de soslayo.
Volviendo a mis ancestros, mi padre pasó de varear los olivos de mala gana y de frente sólo por contentar a la familia política, cosa  que sólo provocaba daños en el árbol y en sí mismo -véase la bronca mi abuelo-, a abordar al olivo de forma indirecta, a darse cuenta que quizá tenía que modificar la forma en que agarraba la vara, a observar que su atención comenzaba a dirigirse al cuidado del árbol, a aprender a golpear de forma más eficaz, no brusca y sin importarle lo que dijera el suegro que, dicho sea de paso, comenzó a respetar de esta forma el trabajo de mi padre.
Y es así que, unas décadas más tarde, comprendo que mi abuelo, sin ser chino, nos dio a mi padre y a mí una buena lección de taoísmo aplicado.

Con un matiz: nosotros somos manchegos

En recuerdo de mi abuelo Heliodoro.

 *Es lo que ocurre si no tienes vacaciones y te pasas las siestas de este inhóspito verano leyendo las enseñanzas de la sabiduría oriental.

lunes, 13 de julio de 2015

La enseñanza que escondía mi pirindola

Pirindola es una palabra viejuna, tan viejuna como el objeto al que representa. Sencilla hasta la vergüencita si la comparamos con las tablets con las que se entretienen los niños hoy en día.

La mía era roja y blanca pero no aparece en google

De muy pequeña yo tenía una pirindola. Creo que aún no sabía ni leer. Era roja y blanca con dibujos en negro por todo el canto. Me acuerdo de su tacto, me encantaban sus bordes redondeados y suaves y aparte de la alegría por hacerla bailar, me gustaba precisamente pasar las horas muertas explorando sus contornos.
Pero mi pirindola era un poco traviesa y se me perdía con mucha facilidad. Recuerdo de forma muy viva una imagen de mi misma, arrodillada delante del cajón donde solía guardarla, poniendo patas arriba el metro de costurera de mi madre, el papel blanco y fino con el que recortaba los patrones, las tijeras, una regla grande de madera donde a mis hermanos y a mí nos gustaba dibujar… pero la pirindola caprichosa, cuando estaba por esconderse, no había manera de encontrarla. Ante mi impaciencia mi madre me propuso que dijera “ya saldrá” cada vez que se perdiera y ese ya saldrá se convirtió así en mi particular manera de invocar a la pirindola ausente.
Pronto descubrí que esas palabras eran mágicas pues funcionaban de dos maneras diferentes: si decía ya saldrá y me olvidaba de verdad de la pirindola poniéndome a jugar a otra cosa, de repente aparecía en el lugar más insospechado y cuando menos lo esperaba. La sorpresa y alegría eran mayúsculas en ese caso. Si por el contrario pronunciaba el ya saldrá con fervor, con pasión, con angustia ante la posibilidad de que no apareciera, mi pirindola, efectivamente, no aparecía. Ya saldrá me repetía revolviendo una y otra vez en el cajón; ya saldrá; mirando debajo del mueble de la salita; ya saldrá, si seguía buscando en la mesilla de mi habitación… Pero nada. Cuando en este caso volvía a recuperar la pirindola no me hacía tanta ilusión como en la situación primera, por el contrario surgía el miedo ante una nueva pérdida y la codicia me impedía prestársela a mis hermanos.
Esa historia y ese ya saldrá, ha sido una de esas anécdotas vitales que siempre he recordado con cariño e indulgencia de parte de la adulta que soy ahora a la niña que entonces era.
Pero hete aquí que últimamente leo mucho en chino y cada vez estoy más convencida de que los antiguos sabios orientales eran conocedores del arte de vivir. El Wu Wei del Taoísmo es el arte de la no acción, entendido no como quedarte tipo ameba a verlas venir, sino como el ahorro del empeño, el prescindir de la obcecación por la búsqueda de la consecución de los deseos; la práctica de la aceptación de cada acontecimiento que llega a tu vida; la humildad al reconocer que todo lo que nos pasa es necesario para el desarrollo de nuestro potencial. No caer en la tentación de recorrer el camino directo y de rápida resolución hacia el que siempre nos quiere llevar nuestra mente y permitir, como dicen mis libros en chino, que tenga lugar el movimiento zigzagueante del que Lo Creativo se sirve para resolver cada cosa que sucede. Desapegarse de esa resolución que queremos que ocurra y confiar en que lo que venga por sí mismo será lo mejor para nosotros. Todo un arte. Nada fácil para seres cuyo ego es fundamental, por definición, para la vida.
Leyendo esos pasajes yo me acuerdo de mi pirindola y de las dos posibilidades de afrontar su pérdida. La primera de ellas, confiada, desprendida, humilde… aceptando sinceramente los hechos sin permitir que el resto de mis actos y juegos estuviesen condicionados por la pérdida y el afán de búsqueda. Puro Wu Wei.
La otra posibilidad, cargada del anhelo por encontrarla, me llevaba al sufrimiento y al llanto, a revolver por revolver en los cajones, desesperada por hacer algo para que apareciera. En definitiva, a no desprenderme de su ausencia, a no disfrutar de otros juegos mientras tanto. Actitud anti Wu Wei.
Es ésta una enseñanza que me ronda desde hace un tiempo y me doy cuenta que algunas de las últimas entradas de este blog están relacionadas con ella. Debe ser que es algo que tengo que aprender ahora pero que necesito abordarlo desde múltiples perspectivas para que lo asimile cada una de mis células. Quién sabe.
Mientras la enseñanza me cala de verdad o no, yo intento jugar con lo que tengo delante y saborear las situaciones que me llegan. Y si algún anhelo entra en mi mente, si me invade el ansia por llegar pronto a una meta inexistente, respiro, confío, llamo a la paciencia y muy bajito me digo: ya saldrá.

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