La primera parte de esta historia está aquí. En ella hay un cuentacuentos, un sueño encerrado, risas, estallidos, gente grande que se deja llevar por la magia y finalmente, un niño que juega con un pequeño globo naranja.
De camino a casa y aunque aún estaba lejos de escribir textos con principio y fin y mucho más aún de publicarlos, comenzó a
tejerse la idea de contar un cuento con lo que acababa de ocurrirme en el Pachamama. El final con aquel niño custodiando mi sueño me seducía lo suficiente como para animarme a escribirlo y después enviárselo a Aldo como regalo de despedida. A cada paso que daba
iba cavilando las dificultades que podrían presentarse al elaborar mi relato: si escribo un cuento tendrá que
llevar moraleja, ¿no? ¿Qué es exactamente un cuento? ¿Lo escribo con lenguaje
dirigido a niños? En esas
estaba, con la historia fraguándose y yo a dos calles de mi casa cuando en la
acera por la que caminaba me encontré otro globo naranja. Pero,
¿será posible? ¿Y esto ahora qué significa? Me pregunté. Cualquier adulto habría pensado que sería casualidad, que habría
una fiesta de estudiantes por ahí cerca o si no, trataría de encontrar alguna
otra explicación razonada y lógica ante la presencia de ese nuevo globo. Pero
yo venía de ver a Aldo y de convertirme en niña por un rato así que opté por la magia y decidí que ahora que mi sueño ya estaba fuera de mí, ésa podría ser la nueva manera de
comunicarnos. Mi sueño y yo nos haríamos un guiño cómplice cada vez que un
globo naranja me asaltara de forma inesperada. Lógico.
Lo que ahora no sabía era qué hacer con el cuento. Desde
luego este otro globo naranja le daba un nuevo giro a la historia. Quizá
podría contarla sólo hasta la aparición del niño, qué se yo. Llegué a casa,
encendí el ordenador y escribí un borrador para no olvidarme de los detalles de
aquella noche. Durante varios días le di muchas vueltas pero el resultado no me
gustaba así que la idea de regalarle un cuento al Cuentacuentos fue quedando
relegada a un segundo plano.
Aunque el cuento quedó aparcado, en el tiempo que ha pasado
desde entonces volví a ver a mi sueño. Fue sólo una vez en los alrededores del
colegio en el que yo estudiaba. Caminaba deprisa por la cuesta por la que
tantas veces corrí de pequeña pues no quería llegar tarde a la clase de yoga
que me tocaba impartir aquel día. Al final de la calle un globo naranja cruzó
de derecha a izquierda, provocándome una risa que sólo yo entendía, sacándole
el polvo a la idea de escribir esta historia. Recordándome que mi sueño aún no
se había liberado. Me apresuré para intentar atraparlo pero cuando doblé la
esquina el globo había desaparecido. No me importó: el mensaje me había quedado claro.
Aldo volvió los dos inviernos que siguieron confirmando que aquella noche de cuentos y globos no fue definitiva en
realidad, sólo que desde entonces reparte su vida y sus historias entre dos
continentes. Hace unas semanas hubo una nueva sesión de despedida en el Pachamama a la que, por supuesto, asistí. Como siempre, nos emocionamos, reímos, disfrutamos y probamos de nuevo su puchero. Al finalizar nos deseamos suerte y nos dijimos hasta
pronto.
Unos días después volvía del trabajo con la bici. Señalicé
mi giro a la derecha para apartarme hacia mi casa y allí en la puerta del
bloque al lado de un enorme macetero, un globo naranja reposaba tranquilamente
en el suelo. Lo miré cómplice sin que se me notara mucho y él me susurró que
seguía encerrado. No pasa nada,
pensé con paciencia y, mientras que la adulta que soy disimulaba de nuevo una sonrisa,
me dispuse a ejecutar la serie de movimientos mecanizados que me permite entrar
cada día en casa sujetando bici, bolso y llaves. Abrí la puerta y la sujeté con la cadera, empujé la bici adentro, metí la
pierna izquierda, luego la derecha, me volví para cerrar y… ¡PUM! Me
sobresalté pues no estaba previsto entre mis automatismos aquel estallido que
venía de la calle. El corazón empezó a latirme fuerte. No me hacía falta salir
de nuevo para comprobar que ahí al lado del macetero grande habría
una goma de color naranja que hasta hace un momento había sido un globo.
Cualquier adulto podría haber pensado que, qué tontería, seguramente algún niño lo pinchó o quizá ese globo estaba
ya muy recalentado por el sol; es completamente absurdo que pudiera significar
otra cosa… Pero ahí al otro lado del espejo del rellano había una mujer sujetando una bici y por el brillo de sus ojos supe que para explicarse esa explosión, ella había elegido la magia.
Colorín, colorado…
El dibujito estaba aquí: http://www.forovegetariano.org/
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