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martes, 10 de marzo de 2015

El cuento que quise contarle al Cuentacuentos. Parte II

La primera parte de esta historia está aquí. En ella hay un cuentacuentos, un sueño encerrado, risas, estallidos, gente grande que se deja llevar por la magia y finalmente, un niño que juega con un pequeño globo naranja.

De camino a casa y aunque aún estaba lejos de escribir textos con principio y fin y mucho más aún de publicarlos, comenzó a tejerse la idea de contar un cuento con lo que acababa de ocurrirme en el Pachamama. El final con aquel niño custodiando mi sueño me seducía lo suficiente como para animarme a escribirlo y después enviárselo a Aldo como regalo de despedida. A cada paso que daba iba cavilando las dificultades que podrían presentarse al elaborar mi relato: si escribo un cuento tendrá que llevar moraleja, ¿no? ¿Qué es exactamente un cuento? ¿Lo escribo con lenguaje dirigido a niños? En esas estaba, con la historia fraguándose y yo a dos calles de mi casa cuando en la acera por la que caminaba me encontré otro globo naranja. Pero, ¿será posible? ¿Y esto ahora qué significa? Me pregunté. Cualquier adulto habría pensado que sería casualidad, que habría una fiesta de estudiantes por ahí cerca o si no, trataría de encontrar alguna otra explicación razonada y lógica ante la presencia de ese nuevo globo. Pero yo venía de ver a Aldo y de convertirme en niña por un rato así que opté por la magia y decidí que ahora que mi sueño ya estaba fuera de mí, ésa podría ser la nueva manera de comunicarnos. Mi sueño y yo nos haríamos un guiño cómplice cada vez que un globo naranja me asaltara de forma inesperada. Lógico.
Lo que ahora no sabía era qué hacer con el cuento. Desde luego este otro globo naranja le daba un nuevo giro a la historia. Quizá podría contarla sólo hasta la aparición del niño, qué se yo. Llegué a casa, encendí el ordenador y escribí un borrador para no olvidarme de los detalles de aquella noche. Durante varios días le di muchas vueltas pero el resultado no me gustaba así que la idea de regalarle un cuento al Cuentacuentos fue quedando relegada a un segundo plano. 
Aunque el cuento quedó aparcado, en el tiempo que ha pasado desde entonces volví a ver a mi sueño. Fue sólo una vez en los alrededores del colegio en el que yo estudiaba. Caminaba deprisa por la cuesta por la que tantas veces corrí de pequeña pues no quería llegar tarde a la clase de yoga que me tocaba impartir aquel día. Al final de la calle un globo naranja cruzó de derecha a izquierda, provocándome una risa que sólo yo entendía, sacándole el polvo a la idea de escribir esta historia. Recordándome que mi sueño aún no se había liberado. Me apresuré para intentar atraparlo pero cuando doblé la esquina el globo había desaparecido. No me importó: el mensaje me había quedado claro.
Aldo volvió los dos inviernos que siguieron confirmando que aquella noche de cuentos y globos no fue definitiva en realidad, sólo que desde entonces reparte su vida y sus historias entre dos continentes. Hace unas semanas hubo una nueva sesión de despedida en el Pachamama a la que, por supuesto, asistí. Como siempre, nos emocionamos, reímos, disfrutamos y probamos de nuevo su puchero. Al finalizar nos deseamos suerte y nos dijimos hasta pronto.
Unos días después volvía del trabajo con la bici. Señalicé mi giro a la derecha para apartarme hacia mi casa y allí en la puerta del bloque al lado de un enorme macetero, un globo naranja reposaba tranquilamente en el suelo. Lo miré cómplice sin que se me notara mucho y él me susurró que seguía encerrado. No pasa nada, pensé con paciencia y, mientras que la adulta que soy disimulaba de nuevo una sonrisa, me dispuse a ejecutar la serie de movimientos mecanizados que me permite entrar cada día en casa sujetando bici, bolso y llaves. Abrí la puerta y la sujeté con la cadera, empujé la bici adentro, metí la pierna izquierda, luego la derecha, me volví para cerrar y… ¡PUM! Me sobresalté pues no estaba previsto entre mis automatismos aquel estallido que venía de la calle. El corazón empezó a latirme fuerte. No me hacía falta salir de nuevo para comprobar que ahí al lado del macetero grande habría una goma de color naranja que hasta hace un momento había sido un globo.
Cualquier adulto podría haber pensado que, qué tontería, seguramente algún niño lo pinchó o quizá ese globo estaba ya muy recalentado por el sol; es completamente absurdo que pudiera significar otra cosa… Pero ahí al otro lado del espejo del rellano había una mujer sujetando una bici y por el brillo de sus ojos supe que para explicarse esa explosión, ella había elegido la magia.


Colorín, colorado…



El dibujito estaba aquí: http://www.forovegetariano.org/

lunes, 9 de marzo de 2015

El cuento que quise contarle al Cuentacuentos. Parte I

Desde hace dos inviernos Aldo, Cuentacuentos cubano adoptado en Ciudad Real, reparte su tiempo entre España y Sudamérica. Con mucha gracia nos dice que la culpa de que se vaya la tenemos nosotros, que permitimos que Cospedal saliera presidenta. Y es que Aldo es “Marxista Pop”.
Hace poco, en su nueva despedida, recordó la primera vez que decidió volver a su tierra por tan largo tiempo. A mi no me lo tiene que recordar pues tengo bien presente lo que ocurrió aquella noche. Desde entonces le tengo prometido un relato que se ha ido cociendo a fuego lento. Tan lento como los deliciosos pucheros que nos prepara para cenar después de sus actuaciones.
Aldo, hoy por fín emplato mi cuento. Al final verás por qué.

^^^^^^^^

La primera vez que Aldo volvió a Sudamérica yo pensé que sería definitivo por eso convencí a unos amigos para que no se perdieran sus últimos cuentos en Ciudad Real.
Recuerdo que el Pachamama estaba especialmente lleno y él especialmente emocionado, con ganas de estar con todos y todos con ganas de abrazarle y desearle buena suerte.
Como siempre en sus sesiones nos trajo la magia de sus relatos y esos monólogos entre cuento y cuento que, con su gracia cubana, consiguen que muchos acabemos llorando de la risa: que si mira este cuerpo cuando habla de sí mismo, que si se liga más o menos en España o en Sudamérica, que si la peineta de Cospedal…
Me gusta cómo consigue que contengamos el aliento cuando se acerca el desenlace de sus historias: en ese momento Aldo se sienta en el taburete que le acompaña en el escenario, baja un poco el volumen de su voz, abre mucho los ojos y con la frase final… se palmea resolutivo las piernas para que los que estamos absortos viajando por los paisajes que dibuja sepamos cuándo tenemos que aplaudir.
Aunque lo sigo desde que estaba en la universidad siempre encuentro alguna sorpresa en sus actuaciones. A veces se pone a cantar o alguien canta con él; otras, nos reta a que escribamos palabras al azar en papelitos que después le sirven para hilvanar un cuento improvisado… Aquella noche que creí que sería la última, nos sorprendió con un juego.
En el descanso, mientras estirábamos las piernas o nos acercábamos a la barra a pedir algo él se fue colando entre los grupos repartiendo globos. - ¿Para qué son, Aldo?–, -Luego os lo digo-. Nos encogimos de hombros aceptando la incógnita y mantuvimos nuestros globos entre los dedos compartiendo espacio con la cerveza. A mi me tocó uno naranja, mi color favorito de niña.
A la vuelta del descanso, más cuentos, más risas, más complicidades con sus amigos del público y al final: -¿Tenéis todos un globooo?- gritó, y todos nos apresuramos a rebuscar entre los bolsillos o en nuestros asientos mientras respondíamos –Siiiiii-. – Bueno, seguía gritando, pues vais a soplar muy fuerte para inflarlos con vuestros sueños-.
Esos adultos que llenábamos la sala sonreímos con la ocurrencia. De sobra sabemos que los globos se inflan con aire pero aquella noche nos volvimos niños por un tiempo y dejamos que la magia no fuera sólo cosa de los cuentos así que, obedientes, hicimos caso a las indicaciones.
Yo me llevé la boquilla de mi globo naranja a los labios y estiré del otro extremo para que así fuera más fácil que mi sueño entrara. No se lo he dicho a nadie pero tengo un sueño desde hace mucho tiempo por eso confieso que me puse un poco nerviosa; menos mal que la sala estaba algo oscura y que todo el mundo andaba ocupado con su propio sueño, así podía ocultar más fácilmente el rubor que ya estaba notando en las mejillas. Por fin vería mi sueño materializado y podría olerlo y tocarlo aunque fuera bajo esa insólita apariencia ovalada y naranja.
Decidida, tomé aliento profundamente, cerré los ojos y soplé fuerte, muy fuerte. Cuando ya no pude soplar más y los abrí no me podía creer que mi sueño, que es tan insistente, que siempre le gusta ser el centro de atención, que me asalta mientras cocino, justo antes de que me venza el sueño, en el trabajo en medio de alguna que otra reunión… fuera aquel pequeño globito que se acomodaba perfectamente en el hueco de mis manos. No sabía yo que en realidad fuese tan tímido y frágil.
La siguiente consigna de Aldo me sacó de mis pensamientos: - Ahora, si ya tenéis los globos inflados, ¡echad vuestros sueños a volar!- Y de nuevo esos hombres y mujeres, ya definitivamente rendidos a la magia, decidieron palmear sueños en vez de globos. Yo lancé lejos el mío y en seguida lo vi perderse en medio de una nube de colores que todos alentábamos haciendo rebotar una y otra vez los sueños propios y ajenos.
Al cabo de un rato de nuevo Aldo nos devolvió al presente, - Ahora vais a coger un globo cuando yo cuente hasta tres. El que agarréis, tenéis que explotarlo para que todos los sueños se liberen y se hagan realidad: uno, dos… y ¡TRES!- En seguida me apoderé de un globo rosa que estaba sobrevolando mi cabeza, lo coloqué en el asiento y me dispuse a explotarlo con el peso de… todo mi cuerpo. No fue fácil: mientras una traca in crescente se apoderaba del Pachamama, yo saltaba una y otra vez sobre aquel sueño que se resistía a salir. Con cada intento fallido me sentía más responsable pues era consciente que si no lo explotaba alguien se quedaría con su sueño sin liberar, así que en mi último salto me levanté del todo y me dejé caer muy fuerte. Que se lo digan si no a mis posaderas. Pero eso sí, el globo rosa había estallado.
Cuando el estruendo terminó, entre aplausos y risas, yo me acordé de mi pequeño y frágil sueño de color naranja. Estaba contenta. Seguramente él también sería libre por fín.
Llegó la hora de irse y justo cuando besaba a Aldo la que yo creía que sería la última vez, algo me rozó la pierna. Bajé la mirada y allí había un niño. Era el único niño de verdad de toda la sala. Andaba correteando entre las piernas de los mayores sin hacer mucho caso a las advertencias de sus padres para que parara. Él estaba entretenido jugando con un pequeño globo naranja. Pequeño y frágil como un sueño tímido.
Terminé de despedirme del Cuentacuentos y de desearle lo mejor en su nueva vida, dije adiós a mis amigos y me fui sonriendo a casa. Mi sueño no se había liberado, no había sido capaz de vencer su timidez pero yo estaba tranquila porque aquel niño inocente me lo guardaría.


Continuará...

Imagen tomada de esta página: www.balaocultura.com.br


miércoles, 2 de abril de 2014

Génesis

Definitivamente le había quedado grande. Demasiado grande. Desde el momento en que los árboles se secaban nada más hacerse de día; desde que esas criaturas novatas en el arte de la vida se escondían en sus madrigueras en cuanto asomaba el primer rayo de luz, estaba claro que el sol era desproporcionado.
Pero, ¿cómo hacerlo?. Seis días de creación eran muchos días. Había sido duro conseguir que todos los ciclos universales se engarzaran al milímetro como para tirarlo todo por la borda.
A ver, a ver, pensó en su infinita sabiduría, y recordó que el ciclo del agua le había quedado bastante bien…. bueno, quizá mejoraría un poco cuando consiguiera ajustar el sol, pues los océanos quedaban reducidos a charcos nada más despuntar el alba y los peces boqueaban clamando el respiro que les daba la noche. Pero sí, el ciclo del agua le gustaba: el agua pasa a nube, que guarda el agua y que la descarga cuando ya no la puede mantener más. Se sentía orgulloso de su ocurrencia, por qué no admitirlo.
A lo mejor se podría hacer algo parecido con la luz del sol, pero claro, la luz era taaan escurridiza que iba a necesitar algo más consistente que una nube para retenerla. Necesitaba algo con más…, con más cuerpo.
Todo esto iba pensando mientras sus divinos dedos jugueteaban descuidados en el lecho de lo que hasta hace un momento había sido un caudaloso río y, justo en el preciso instante en que su mente quedó en suspenso, saltó la chispa y… - ¡ya lo tengo!-. El movimiento descuidado empezó a cobrar intención y poco a poco de sus manos fue apareciendo lo que sería el albergue de un pedacito de luz…
Imagino que no hace falta que te diga lo que se puso a modelar con el barro del lecho, aunque sí te puedo desvelar que sus dedos, entrenados durante esos días en crear cientos de especies, prefirieron para su nueva obra copiarse de los árboles. Así, sin tener aún decidido cómo iba a llamar a lo que de sus manos salía, comenzó a darle forma a esas nuevas raíces desenterradas que serían las piernas: móviles como la luz viajera que acogerían; a un nuevo tronco recto pero flexible y a unas ramas que prefirió dejar caer a los lados para ayudar a que su nueva obra fuera elegante en su caminar.
Lo que más le costó fue la cabeza. Tenía claro que debía ser más compacta que las copas de los árboles para evitar que la luz se escapara fácilmente, pero al mismo tiempo tendría que tomar la precaución de dejar abiertas en ella al menos un par de ventanas para que pudieran escapar algunos rayos cuando la luz interior fuera demasiado intensa.
Un rato después se apartó ceñudo para mirar con otra perspectiva. Retocó un poco aquí y allá, y fue alisando el barro de su nueva creación.
Ya sólo quedaba poner dentro la luz así que moldeó con delicadeza un hueco en la parte central del pecho y mientras que con dos dedos de una mano lo mantenía abierto, alcanzó con la otra un trozo de sol, lo acomodó despacio en la abertura, volvió a cerrarla con barro y esperó a que se secara...

Lo que viene después es muy largo de contar. Tanto que en el camino se han perdido detalles de la historia… de una historia de la que muchos han sacado partido.
Ahora esa historia ya no cuenta que cada hombre hace que el sol se mantenga a raya.
Ni tampoco que cada hombre pone su grano de arena en el equilibrio del universo.
Ni que, mientras que el hombre es tierra, almacena un trozo de luz en el corazón, que a veces brilla tanto que tiene que reflejarla a través de los ojos para no fundirse.

Escrito para el curso de Escritura Creativa de Un Cuarto Propio en Marzo de 2013. Tuneado y actualizado en estos días.

viernes, 7 de marzo de 2014

Conversaciones Internas. Liberando a Cari (I)

- Pssst, pssst, oye Cari venga despierta, ya puedes salir-.
- ¿Qué?, ¿cómo?, ¿“Cari”?,…¿yo?-.
- Si, si, tú. Anda, ve saliendo que ya llevas mucho tiempo ahí-.
- Pero ¿dónde estoy?-.
- No te asustes, tranquila. Estás ahí, en mi mente… bueno, más bien emparedada en mi mente-.
- ¡No te veo!, ¡no sé quién me habla!. ¿De dónde tengo que salir?...y ¿cómo salgo?-.
- Vale te dejo un tiempito de adaptación. Es normal: llevas mucho tiempo sin hablar con nadie y sin que nadie te hable. Tranquila, ya te iré contando. Mientras tanto voy a ir levantando este pliegue y ya verás como ves pronto la luz. Ten cuidado y abre los ojos despacito, no sea que te vayas a cegar (o lo que quiera que os pase a las entidades acorpóreas)-.
- ¡Pero es que estoy pegada, me cuesta trabajo moverme!-.
- No te preocupes, iremos poco a poco. Es que estás en un sitio de difícil acceso. Mira, normalmente las entidades mentales pasáis por un habitáculo a veces resbaladizo y a veces no, dependiendo de las circunstancias. Es algo parecido a un tubo o por lo menos así me lo imagino yo. Pues bien, podría decirte que estás incrustada dentro de las paredes de tubo, al que yo llamo “mente”-.
- Ah ¿si?-.
- Claro, y ahí no llega bien la luz por eso te quedaste dormida y llevas tanto tiempo sin moverte. Digamos que…estabas estancada-.
- Y ¿como he llegado hasta aquí?-.
- El cómo no lo sé, pero fue hace mucho tiempo, de eso estoy segura-.
- Bueno, por lo menos aquí no habré molestado a nadie, ¿no?-.
- Esto… ejem, si estuvieras donde yo estoy te reirías cuando te dijera que la has liado parda pero, para entendernos, te puedo adelantar que por estar emparedada cambiaste la estructura del habitáculo y digamos que no dejabas muy bien que cada idea se colocara en su sitio: algunas no podían ni pasar; otras, nada más entrar, se ponían patas arriba y me daban una información completamente contraria a la que traían, a veces chocaban entre ellas impidiéndose el paso y algunas, mucho más pegajosas y oscuras, se iban hacinando apoyadas en la deformidad que provocabas haciendo que el habitáculo o, bueno, mi mente no estuviera demasiado clara…, por contarte algunos ejemplos-.
- ¡Ostras!, ¿todo eso?. ¿Y por qué no me has avisado antes?, yo…yo estaba dormida, no me daba cuenta-.
- Bueno, no creas que era fácil avisarte. Ni siquiera era fácil saber que estabas. Las ideas se han ido acostumbrando a su habitáculo-tubo-mente y se las han arreglado con todas esas dificultades. Ahora sabemos que había caos y que eso sólo creaba confusión pero pensábamos que era cosa de la mente: que era así. Últimamente las paredes se han ido ablandando, te has movido sin querer y unas cuantas ideas avispadas que ya llevaban tiempo advirtiendo en voz bajita que algo pasaba, me dieron la pista de que tendrías que estar ahí, como así ha sido…¿Qué tal?, ¿ya vas saliendo?-.
- Uf…si, cuesta un poco, se me ha quedado enganchada una imagen del pasado y con la atrofia que arrastro, no tengo mucha movilidad pero el paradigma de consecuencias ya está casi fuera-.
- Muy bien, quizá hoy no podamos sacarte del todo pero estamos dando un buen paso. Ahora tenemos que alisar poco a poco el hueco que vas dejando. Eso sí, te pediría el favor que salieras entera, que no dejaras ningún resto entre las paredes-.
- Si, si, no te preocupes. Es lo menos que podía hacer después de tanto destrozo-.
- Muchas gracias-.
- Una cosilla más: quería decirte que lo siento mucho-.
- Estás disculpada pero gracias por decírmelo… Además, fue cosa mía no tener bien consolidada la estructura ni rematar bien los pliegues antes de que llegaras-.

viernes, 28 de febrero de 2014

Pedro y Mefisto

- Mamá, ¿cómo conociste a papa? -. La pregunta me pilló desprevenida, más que nada porque no me había dado cuenta de que los niños estaban detrás de mí, quizá ya un poco hartos de tanta lluvia y peleas.
Con esos automatismos que tiene la mente, me vino a la cabeza una serie que se emitía más o menos por la época en que preguntaban, en la que el protagonista les explicaba a sus hijos invisibles cómo conoció a su madre. Y quizá en homenaje a esa serie que tanta coba le dio al encuentro, quizá porque yo también estaba aburrida de las pocas actividades que la lluvia permitía, ignoré la respuesta corta y, ¿por qué no?. - ¿Queréis un chocolate y os lo cuento?-,
- ¡¡Síííí!!-. Ante tal entusiasmo, fui trayendo al primer plano de mi mente aquellos recuerdos oxidados, al mismo ritmo con que añadía cucharadas de chocolate en polvo a la leche hirviendo.
- Bueno, chicos, sentaos que empiezo: ¿Os acordáis de Miguel?-,
- ¿Él os presentó?-, preguntaron ansiosos. - No, espera un momento… Conocí a Miguel hace mucho tiempo, cuando a los dos nos entró la fiebre del crecimiento personal y compartíamos lecturas y conversaciones tan pretenciosas que a veces pensábamos que habíamos resuelto el enigma del engranaje que hace que el mundo funcione -.
(Me había metido ya tanto en la historia que no me daba cuenta de si el lenguaje era demasiado literario para mis hijos).
- …Nos apuntábamos a todos los talleres, asistíamos a todas las charlas y, sin darnos cuenta, empezamos a pensar que caminábamos dos palmos por encima del suelo que pisaba el resto del vecindario.
Uno de aquellos días me dijo Miguel, “Bea, ¿has visto al chico nuevo que ha venido al centro de yoga?, es bastante majo y tiene tu edad, más o menos…”. “Pues no, no sé quien es”, dije mientras intentaba colocar la cara más neutra de las de mi repertorio -.
- ¿Era papá?, ¿era papá?...-, - Espeeera… Al día siguiente, cuando fui al centro de yoga, me encontré con él. Estaba en un segundo plano, apartado del resto y ya preparado para la clase, con ropa demasiado ancha para ese cuerpo tan delgado. Claro que en él, hasta unas mallas resultaban holgadas. Me presenté: “hola soy Bea”, “yo, Pedro”…-,
- ¡Pero mamá!, papá no se llama…-,
- Espeeera, hijo, no te impacientes…; aquel chico miraba de una manera muy especial, como si pudiera adivinar tus pensamientos.
Al terminar la clase, volví a encontrarme con esos ojos, a los que acompañaba una cara amable y absolutamente incompatible con la mentira. “¿Qué te ha parecido la clase?”, me dijo-.
-Jo mamá, vaya rollo. ¿Y cuando sale papá?-.
-Ya pronto…-, (me reía yo de la paciencia de los niños de la serie de televisión). -¿Sabéis que Pedro tenía un perro?-, -¿sííí?-, exclamaron, y es que pensé que como siguiera con interpretaciones personales, me quedaría sin público. -Bueno, mirad, una tarde pasó una cosa un poco extraña. Tras la clase, cuando terminé de cambiarme y salí del vestuario, encontré a una señora hablando con Pedro. Teníais que haber visto la cara de la señora. Me pareció hasta exagerado cómo se dirigía a él, cómo le abrazaba. Y él, tan tímido, recibía aquellas muestras con, lo que yo presuponía, un poco de incomodidad.
Cuando me acerqué a ellos, aquella mujer le preguntó algo así como que cuándo podrían volver a tener otra consulta o que cuándo podrían volver a quedar. “¿Tienes una consulta?”, le pregunté en nuestro ya habitual rato de conversación después de clase. “Bueno, no exactamente”, me respondió con un gesto que trataba de ocultar una sonrisa. No pude seguir preguntándole porque en ese momento apareció casi de la nada un perrazo pastor alemán que, mansamente, se colocó a su lado. “Hola Mefisto, ¡ya estás aquí!”. Yo aún conservaba una parte de recelo hacia los perros, residuo del inmenso pánico que tenía cuando era una niña, por eso me lo pensé un poco cuando aquella tarde Pedro me invitó a dar un paseo con ellos. “¿Con ellos?”, me repetí. “Trata al perro como un colega”. Y “¿Mefisto?, ¿pero qué nombre es ese?”.
Reconozco que la otra razón por la que me pensé lo del paseo es porque me daba un poco de vergüenza ir con ellos por la calle, porque que teníais que haber visto el aspecto de los dos: Mefisto parecía un perro vagabundo. No es que estuviera sucio, pero su pelo seguro que había vivido otros momentos más esplendorosos. Era raro porque tampoco parecía viejo: sus movimientos eran ágiles y tenía una expresión un poco burlona. Y Pedro, bueno… Pedro parecía que se ponía lo primero que encontraba en el armario, estuviera sucio o no, estuviera roto o no.
-Jo, mamá, ¡qué rollazo de historia!. Llevas ya mil horas y papá todavía no ha salido. Nos vamos a la calle, que ha salido el sol. Otro día nos lo terminas de contar…-.
Me vino bien que se fueran. Tenía que haber elegido la respuesta corta a su pregunta, porque lo siguiente sería confesar que me enganché a los paseos con Mefisto y Pedro. Siempre que nos encontrábamos tenía que superar la resistencia primera a que me vieran con ellos porque no era capaz de obviar las miradas de la gente cuando nos cruzaban, pero una vez superado este miedo, cualquier cosa podía suceder. Había ocasiones en las que si me alejaba un poco, podía verlos frente a frente, como si hablaran en un lenguaje que sólo ellos conocían. Incluso una de las veces que esto ocurrió, me pareció oír a Pedro preguntarle a Mefisto, “¿tú crees que eso servirá?”... tras aquella especie de conversación privada, no era raro que Pedro propusiera algún juego como tumbarnos en la hierba y tratar de sentir al mismo tiempo todos los estímulos: el césped fresco bajo el cuerpo solapado con el canto de los pájaros y la brisa de los atardeceres del verano… no sé si llegaba a hacerlo del todo bien, pero cuando terminaba me sentía vacía y capaz de ser receptáculo de todo a lo que antes me había negado. Era sentir algo así como… libertad.
Y es que eso era lo que ellos eran, libres.
Por eso, a medida que nuestros encuentros se sucedían, yo, que no lo era, me los quise apropiar y cambiarlos. Empecé a sentirlos como algo mío y mis reticencias por su aspecto, que no se iban, empezaron a apropiarse de mi lenguaje corporal.
Aunque no llegué a decirles nada yo también empecé a notar que las bromas de Pedro eran cada vez menos frecuentes cuando estaba conmigo y que Mefisto ya no corría contento a recibirme cuando me veía. Por eso mi sorpresa tuvo un atisbo de apariencia la tarde en que Pedro me dijo que pronto se irían de la ciudad.
“Deja que se vayan de tu vida”, me decía una voz mucho más sabia que yo. Y, a fuerza de que pasara el tiempo, el desgarro del orgullo dolía menos. Cuando ya ese desgarro fue prácticamente una caricia, pude comprender que Pedro y Mefisto me acercaron un poco más al descubrimiento de quién era yo y lo lejos que estaba todavía de ser la persona que hasta ese momento creía que era. Bajé a la Tierra, dejé de caminar dos palmos por encima del suelo y empecé a aceptarme, aceptando el lugar imperfecto que ocupaba en el mundo.
Toda esta historia era la que tenía preparada para mi amiga Cristina aquella tarde de café. Pero mira por donde vino acompañada de varios amigos de su trabajo. A uno de ellos, Mario, enseguida lo reconocí como ese tipo de personas que comparten contigo la misma parte imperfecta del mundo.

(Ejercicio del curso Escritura Creativa organizado por Un Cuarto Propio. Escribir una historia combinando dos personajes de los propuestos por los alumnos. Escrito en Marzo de 2013. Editado: hoy).

lunes, 24 de febrero de 2014

Diógenes

Señor agente, no sé cómo pudo pasar esto, lo prometo. Ni cuándo. Creo que más o menos coincidió con el momento en que empezó aquel pequeño dolor en el pecho. Digo mal, no era un dolor sino más bien la ausencia de dolor. Un sumidero patológico. Un vacío.

Me gusta leer, a la vista está, pero reconozco que no me daba mucho tiempo: demasiado trabajo, demasiados asuntos de los que ocuparme, ya sabe: hay que sacar al perro a sus horas, prepararle su comida, ver qué hago con el dichoso cajón de la cómoda que no cierra bien… Pero me gusta leer, que conste: me anoto todas las referencias de los suplementos de literatura, no me pierdo ninguna charla sobre libros y por supuesto, me encanta pasear por la biblioteca. También puedo pasarme una tarde entera merodeando entre las estanterías de las librerías de viejo; ¿qué me dice del olor de los libros usados?. A veces uno es capaz de saber quien ha sido el último usuario sólo con acercar la nariz al lomo.

Bueno, que me pierdo: realmente sólo me daba tiempo a leer antes de dormir, por eso era fácil que acumulara más de diez libros en la mesilla de noche, pero claro, tampoco leía mucho porque caía rendido después de un día de tanto trabajo. Ya sabe: arreglar las macetas, dar de comer a los pájaros, ¿quién les iba a dar si no?, ya se habían acostumbrado a que fuera yo el que les ponía las migas de pan en la esquina de la calle.

Pues eso, y poco más. Ah si, que de vez en cuando, si la pila de libros llevaba demasiado tiempo en la mesilla, el vacío de mi pecho volvía a la carga. No me pregunte por qué pero me hacía buscar y buscar…y lo más gracioso es que no sabía qué tenía que buscar. Lo único que sí sabía era que cuando me perdía en las librerías, sentía menos ese hueco y me olvidaba un poco… ¿le gusta cómo huelen los libros nuevos?. A mi me encanta. Huelen a  promesa, me digo a veces.

Y hasta hoy. Pero claro, mire usted, no me ha dado tiempo a leerlos. Yo quería llevarlos poco a poco a una biblioteca social al lado de mi casa pero no los voy a dejar ahí sin leer: ¿y si me estoy perdiendo una historia realmente imprescindible?. Pero claro, no me da tiempo. Tengo demasiadas cosas que hacer, ya sabe.

viernes, 21 de febrero de 2014

Conversaciones Internas. Part Two

Probablemente el camino de vuelta del trabajo no parezca, a priori, el mejor sitio para una epifanía, sin embargo la bici que iba sola, la brisa tan agradable en mi cara y la luz del día que merecería ser descrita por alguien más experto en literatura que yo, fueron suficientes para que se diera esa repentina calma mental y después… LA LUZ: La Idea que hacía que todo cobrara sentido. Por fin asía el cabo que me iba a permitir desmadejarme.
Pedaleo más rápido… que no se vaya, que no se vaya, la tengo que escribir… Llego sudando a casa, salto de la bici, subo las escaleras del piso dando tumbos y mientras sujeto las llaves con la boca, enciendo el ordenador con la mano que me queda libre porque la otra trata de liberarse del abrigo y la chaqueta.
El ordenador tarda más que nunca en emitir su NI NI NI NÍN de inicio. Por fin abro el Word y… la idea se ha esfumado.
O quizá siga ahí, pero estará en el centro de mi cabeza, palpitando asustada por la magnificencia de esas otras ideas grandotas que ahora la tapan. - No nos moverás -, le estarán diciendo a la pobre. - Llevamos aquí tanto tiempo que Laura ya no sabe lo que es vivir sin nosotras, mua ha ha ha há -.
Mi pequeña idea de luz se habrá acobardado, -yo soy una simple idea, no venía a quitar a nadie-, parece que le oigo decir. – Si, si, eso decís todas, pero después de las que son como tú, vienen muchas más. Que os reproducís como conejos-.
Pobre mía, algo gordo habrá querido desentrañar porque hasta su llegada, todas las demás llevaban un día bastante agitado. Las noto rebeldes, esta vez me va a costar que se vayan y hay que ser tajante. Manos a la obra:
- A ver, ¿qué queréis?, ¿de dónde venís?. Sé que en el fondo traéis un mensaje bueno. Tú misma, ¿qué te pasa?
- Nada, yo sólo represento lo que quieres y no haces
- Y ¿por qué te pareces a al fantasmita gordo de Casper, pero en feo?
- Eso dímelo tú. Yo sólo soy una entidad sin forma. Eres tú la que para representarme necesitas ponerme este aspecto. ¿Es que no te gusto?, ¿tanto te molesto que por eso me imaginas así de fea?
- (Es lista, la cabrona…)
- Oye, ¿qué pasa?, ¡que aquí ha llegado un pensamiento insultante!… ¡que me estoy enterando!
- Vale, perdona. Venga, dime por qué hoy estás tan grande y hermosa que no me dejas ver nada más
- Bueno, hoy has hecho un montón de cosas que van en contra de… esto, los jefes, ya sabes, tus Principios. Me han mandado a mí para que proteste.
- Oye, pues no es para tanto. Tampoco he hecho hoy tantas cosas como dices…
- Hombre, si te parece poco alimentar un sistema en el que no crees, aparentar interés por algo que te da igual, hablar con gente cercana utilizando frases hechas… ¡pues ya me dirás tú!
- Ya… bueno, reconozco que tienes razón. Lo que no pensaba es que eso iba a afectar tanto a mis Principios
- Pues se han enfadado, si
- Oye, y ya que estás ahí, ¿sabes cuándo va a aparecer El Pensamiento que me diga cuál es el siguiente paso?, ¿qué es lo próximo que toca?, ¿cómo lo abordo?.
- Pues eso creo que ya te lo hemos dicho mil veces: cuando seas totalmente coherente los Principios estarán calmados, yo descansaré, tú descansarás… y ahí es cuando vendrán las buenas ideas. Ya las veo de vez en cuando, que conste, pero es que hoy nos has puesto a todos de una mala leche que las pobres ni se acercan por aquí
- Bueno vale. Pero ya sabes que es difícil…
- ¿Tienes piernas?,
- Si
- ¿Tienes manos?,
- Esto…sí, ¿adónde quieres llegar?
- Pues que no veo ningún impedimento para la coherencia
- Ya pero mira, hay que tener los pies en la tierra y a veces hay que hacer cosas que a uno no le gus…
- Pues nada, ya sabes lo que toca, que es lo mismo que ha tocado desde que te diste cuenta de nuestra existencia
- Venga vale, me vas convenciendo. Tened paciencia. Es que tengo un poco de miedito.
- Ya te hemos dicho cien veces que lo que te mete miedo son unas ideas reptantes que no nos llegan ni a la suela de los zapatos. Vale que son pastosas, y que tardan en irse, pero son muy, muy pequeñas, que te lo digo yo
- Y…, la verdad es que tú también me pones un poquito nerviosa
- Para eso estoy, hija mía
- Bueno, pues nada, ¿cortamos?
- Sabes que no lo hacemos nunca
- Entonces, dejo ya de escribirlo, ¿no?
- Si, eso sí.

martes, 18 de febrero de 2014

Conversaciones Internas. Part One

- Hola-

- Hola, ¿quién eres?-

- Autocrítica, me llamas-

- Jodeeeeeerrrr, ¿y qué quieres?-

- Ya lo sabes-

- Sí, lo sé todo, pero dímelo, anda, que entre tantos como estáis ahí de parloteo ya ni me aclaro-

- Que… ya te has dado cuenta, ¿no?...-

- Si, si, ya me he dado cuenta-

- …no hace falta que te lo recuerde-

- ¿Que ya soy libre?, te refieres a eso, ¿no?-

- Claro, joer-

- Vale, pues ya lo tengo claro. ¿Y ahora que hay que hacer?-

- Pues limpiar esto un poco, a ver si nos echas una mano porque está todo manga por hombro-

- ¿Pero limpiar qué?-

- Pues hija mía, te cuento: todas esas ideas de aprisionamiento, de cámaras de hierro blindadas en las que te veías como si estuvieras en un capullito… todo eso se ha desinflado y ahora tenemos por aquí unos charcos gelatinosos pudriéndose que echan un olor que no me veas…-

- Venga vale, lo que pasa que no sé como hacer eso todavía…¿medito un poco?-

- Pues ni idea: yo solo te critico todo lo que puedo-

- Y oye, espera, no te vayas. ¿Tú sabes por qué vinieron esas ideas?, ¿mi terreno era propicio acaso?, ¿alguien lo puso ahí?-

- No me voy a reír todavía de esa falsa retórica filosófica, pero mira, te vas a responder tú sola: sabes quién soy yo, ¿verdad?, AAAAUTO… y lo que sigue-

- Vale, vale, que he sido yo, no sigas-

- Pues eso mismo… Así que nada, ponte a ver cómo limpias esto o me quedo otro rato-

- Venga sí, ya voy, pero no seas muy dura mientras encuentro la forma de hacerlo-