Todo comenzó
aquel día en mi patio, sentada sin hacer nada. Era por la tarde. Miré a mi
derecha, al rincón donde amontono la basura que no entra ni en el contenedor de
vidrio ni en el de envases ni en el de papel; aquella cuyo único destino es el
punto limpio. Y me vino a la cabeza que siempre hay algo inclasificable cuando
nos empeñamos en ordenar. ¿Quién no tiene un hueco en la cocina en el que
guarda lo que no son cubiertos ni servilletas ni cacerolas ni platos ni
vasos? ¿Acaso nadie abre en su ordenador una carpeta “Varios” para almacenar lo
que no entra en la de “Música”, “Fotos” o “Escritos”? O cuando tratas de archivar
tus libros en una caja cual tetris, ¿no te queda siempre un espacio muerto?
¿Eres incapaz como yo de que el cajón de las bragas quede impoluto, separadas
ellas por colores y formas? Por más que nos obcequemos en ordenar siempre quedará
algo fuera de toda categoría. Dentro de cualquier pretendido orden siempre hay
un espacio para el caos. Pero, ¿por qué surge el caos?, me pregunté…
Y fue entonces
cuando irremediablemente pensé en π.
Al día siguiente
fui al supermercado que tengo enfrente de casa. La compra me costó 3,14 euros. En
la misma semana, un amigo me mandó esto:
Y supe que no
tenía otra alternativa que hablar de π.
Los efluvios de mi
inclasificable basura trajeron a mi mente imágenes de matemáticos de todo el
mundo, años ha, buscando una fórmula para calcular la longitud de una
circunferencia1,2. Los supuse frustrados tratando de encontrar una
ecuación “limpia”, una relación sencillita. En su defecto, cualquier intento de
cálculo les llevaba a la aparición de una constante, π, que además no era en
absoluto constante. π es una constante infinita. Es la infinita evidencia de
que nunca, nunca, podrían obtener la longitud exacta de esa circunferencia
perfecta que habían trazado. Podrían obtener muy buenas aproximaciones, claro.
Esas aproximaciones eran más que suficientes para diseñar ruedas, reactores
nucleares, el contorno de un cohete espacial… por supuesto, pero si su
pretensión era calcular exactamente la longitud de la circunferencia… con π
habían topado. Y π es mucho π: ahí sigue pariendo decimales, restregándonos en
la cara lo alejados que estamos de alcanzar el ideal.
Ay π… π, π, π…
π, como mi
indefinible basura, representa lo ingobernable, lo indómito, el propio caos.
Pero, insisto, ¿por qué surge π? ¿Qué ha provocado su existencia? ¿Es π lo que
está fastidiando a los matemáticos más pulcros? En la ráfaga de pensamientos que
emitía mi cerebro al albur de mis desechos, no era π la barrera que separaba a
los científicos del conocimiento pleno de la circunferencia ideal sino que lo
que estorbaba en esta ecuación era la propia representación de la
circunferencia ideal. En el camino del conocimiento, las alarmas en forma de π y
otras constantes surgen cuando lo que se pretende conocer, atrapar, clasificar,
no existe en la naturaleza. Es sólo una idea, un ideal. No es real. Y la
circunferencia perfecta que el hombre dibuja con un compás es eso, sólo un
ideal.
Lo que quiero
decir es que cualquier acto de simplificación, explicación y clasificación por
parte del hombre lleva implícito un error, un fallito, algo que no termina de
encajar con la verdad. Y la evidencia de esa maniobra de aproximación que
fabrica el hombre o de esa chapucilla, es π en el caso de las circunferencias,
es la basura que no se acopla a ningún contenedor, es el año bisiesto que surge
para ajustar el despropósito de dividir el giro de la tierra en doce meses. Y
la culpa no es del año bisiesto ni de la basura ni de las circunferencias, sino
de los modelos en los que el hombre quiere encajonarlo todo.
La naturaleza,
lo real, es algo mucho más perfecto por salvaje y por tanto, inasible completamente
por el hombre. El planeta Tierra no es redondito por más que así lo pintemos en
los mapas; la órbita terrestre no es una elipse ideal, aunque se parece; las
ondas en el agua cuando tiras una piedra no se pueden dibujar con un compás; ni
siquiera el rayo traza estelas puramente lineales, ni el canto que rueda queda
finalmente esferoidal… Y sin embargo son perfectos en tanto que reales.
Pero la cuestión
es que al final toda construcción del hombre sigue la misma pauta: generar una
simplificación, una idea, un ideal, con el que tratar de explicarse el mundo;
encontrar una ecuación que, aproximadamente, englobe el mayor número de casos.
Y lo grave es que terminamos adoptando la simplificación como lo real. Ahora me
refiero a que el hombre, en su afán, también ha diseñado una vida ideal, una
ecuación de vida. Y todos los individuos, habiendo asumido el ideal como real y no
como una circunstancia aproximada y aleatoria, terminamos por medirnos y
juzgarnos respecto a esa idea. Así, una vez nos dijeron que las medidas ideales
para la mujer eran 90-60-90, o que en la vida había que tener amigos-tener
estudios-trabajo-pareja-hijos para ser felices y nosotros nos lo creímos, por
eso sufrimos cuando nuestras medidas no se ajustan al canon o cuando alguno de
los ítems vitales falla… pero ese sufrimiento es sólo nuestra particular
manifestación de π. Si en nuestra vida no nos midiéramos según el ideal, segura
estoy que el estado más común de los mortales sería la plenitud.
Hagamos caso a
nuestra frustración, a nuestra rebeldía, a nuestro caos. Sirvámonos de ellos
para poner en duda el modelo de vida en lugar de nuestra propia vida. Siguiendo
el camino que marcan los malestares y nuestro caos personal y confiando en que
albergamos más verdad que el modelo de vida que perseguimos, quizá nos topemos
de bruces con el bienestar que pretendíamos cuando íbamos tras los hitos marcados
por ese ideal de vida.
O como decía Luz
Casal, si tienes un hondo penar, piensa
en π; si tienes ganas de llorar, piensa en π… Piensa en π cuando sufras, cuando
llores también piensa en π…
1: Todo el
párrafo que sigue es inventado. El escrito en su conjunto está lleno de absurdo y vacío
de datos contrastados.
2: Longitud de
una circunferencia = 2 · π · radio.
NOTA: A día de
hoy la basura (no perecedera, conste) no ha sido transportada aún al punto
limpio. Que la rebeldía de π tampoco te lleve a la dejadez.
Imagina que una
parte de tu vida está gobernada por el regomello y que, aunque supuestamente
vas siguiendo el curso normal de los aconteceres, dicho regomello te impide
vivirlos de frente y con plenitud.
Imagínate que un
día te hartas y decides enfrentarte a aquella cosa. ¿Te suena?
¡¿Cómo no te va
a sonar?! Lo llevas leyendo varios meses en este espacio del cibermundo. Y sí,
de nuevo hace falta casi la misma introducción que en los anteriores posts de
esta serie para encontrar paralelismos con otro aspecto de la Cuántica.
Siento el
cansinismo.
Sin demorarme de
nuevo en historias que ya te he contado, sólo apunto que el yoga fue bálsamo
para mí pero que no se trata sólo de yoga… Aquí de lo que se trata(ba) era de
desfacer un nudo en mi propia persona y por tanto, comprender qué estaba
pasando y por qué. En medio de todo esto llegó el yoga y blablabla.
Sin más,
discutamos acerca de esa búsqueda a través del...
PRINCIPIO
DE INCERTIDUMBRE
Sigue imaginando.
En este caso ponte en la piel de un tal Heisenberg. Eres físico. En la
comunidad científica de la que formas parte hay un bulle-bulle tremendo debido
a que estáis gestando lo que posteriormente (o quizá ya) se llame Física
Cuántica. Habéis llegado muy lejos. O muy profundo. Estáis a punto de tocar el
cielo con las manos o más bien, lo cercano. Lo cercano y lo pequeño. Lo íntimo.
Tenéis ya suficientes datos y suficientes experimentos como para enfrentaros a
aquello de lo que estamos hechos. Queréis saberlo todo acerca del átomo y de
los electrones, esas particulitas móviles dentro del propio átomo. Si lo
descubrís estaréis cada vez más cerca de encontrar una teoría que lo englobe
todo: el micromundo, el mundo y el macromundo. Queréis saber de qué parámetros
se valió Dios en su Creación.
Esta tarde vas
especialmente entusiasmado al trabajo. No le has dicho a casi nadie lo que
estás tramando pero sabes que hoy es un día crucial porque como seas capaz de
averiguar la posición del electrón en un momento determinado y su velocidad de
giro puede que hoy sea el último día del mundo tal y como lo conoce el hombre.
Mañana será el futuro. Mañana será otra Era. La épica se dibuja en tu sonrisa.
Cruzas la puerta
de la facultad. Aun faltan décadas para que los acordes de The Eye Of The Tiger se compongan pero, quizá debido al plegamiento
del tiempo, una parte de tu cerebro reptiliano es capaz de captar a través de
los tiempos la determinación que inoculan sus ondas sonoras. Ahí estás. No
sabes porqué pero aprietas el paso. Tienes prisa por llegar a tu despacho. En
tu mente, sólo dos conceptos: velocidad y posición. Te lo repites muchas veces:
velocidad y posición, velocidad y posición. Ya enfilas tu pasillo. Ya enfocas
la vista en tu puerta. Velocidad y posición. Sólo estás a un metro. Velocidad y
posición. Abres con ímpetu. Velocidad y posición. Hoy es tu día.
Como el que se
deja el chocolate para lo último, habías dejado adrede la ecuación definitiva a
medias con el fin de recrearte esa tarde en su resolución. Qué pájaro. Coges un
folio nuevo y tu pluma favorita. Mojas la punta en la tinta y vas llenando la
hoja de constantes y simbología griega mientras piensas por cuánto se subastará
ese mismo papel dentro de unos años. Te vuelves a centrar. Despejas la
velocidad de giro del electrón. Ya la tienes. Una nueva hoja para encontrar su
posición. La llenas de algoritmos pero… ¿qué ocurre? No encuentras solución
alguna. Repasas. Seguro que con el entusiasmo te has equivocado en alguna
constante. No, parece que está bien. ¿Seguro? Repasas de nuevo. Nada. No hay
certeza en la posición.
No pasa nada.
Comienzas de nuevo el trabajo. Esta vez vas a empezar por la posición del
electrón. Ecuaciones por doquier, flechas y símbolos. ¡Aquí está, claro! ¿Pero
qué te ha podido pasar antes? Y ahora, con esa posición, te pones a calcular la
velocidad del giro. Estás más tranquilo a medida que vas resolviendo. Ya estás
cerca. Pero, ¿y esto? ¡¿Cómo que no hay solución ahora para la velocidad?! Y
vuelves a intentarlo. Y confirmas que cuando tienes la posición, no tienes la
velocidad. Y cuando resuelves la velocidad, la posición del electrón es una
completa incógnita. El jodido electrón es verdaderamente escurridizo.
Tiempo después,
algo avergonzado expones tus conclusiones en un simposium ante toda la
comunidad científica. Más tiempo después, otros colegas concluyen en lo mismo
que tú. No tenéis más remedio, si no queréis tirar todo el trabajo previo por
la borda, que ser humildes y comprender que no se puede tener acceso al completo
conocimiento de todo. Siempre va a haber algún poso de duda. Es probable que
nunca la teoría cuántica devenga en certeza. Y bautizáis al inconveniente:
Principio de incertidumbre. Dios os la había jugado.
.........
Volvamos al presente
tras esta recreación muy personal de cómo acaecieron estos hechos ubicados en
el primer cuarto del siglo XX.
¿Verdad que ya
sólo con el título del post y con lo que llevamos, barruntas la conclusión?
Para que luego nos digan que la física cuántica es difícil.
Descomponer el
regomello. Que abandonara su cualidad pastosa y amorfa y darle claridad.
Descubrir qué era y por qué estaba ahí. Autoconocimiento. Esa era la zanahoria
que, cual terca mula, me dispuse a perseguir. Una persona inteligente y en su
sano juicio se habría dedicado a vivir sin darle mayor importancia a la negrura,
y los aconteceres probablemente habrían disipado las nubes. Yo podría haber
sido esa persona inteligente, pasar olímpicamente y hacer como que estaba todo
chupi-guay1 pero es probable que también en mi caso The eye of the
Tiger resonara de alguna manera entre mis neuronas cuando decidí enfrentarme a
ese Miura. Lo que ocurre es que una es menos impetuosa que los marca-paquete
del video anterior (ahora sí le vas a dar al play, ¿eh?) Una es, más bien, moderada
y elegantemente aguerrida, si se me permite.
Parecido muy razonable con el dibujito del primer plano
Ya te he contado
que me empapé de todos los libros que caían en mis manos. Que con el Kundalini
Yoga accedí a una nueva experiencia de mí. Descubrí que mis límites eran
barreras imaginarias que podía mover hasta donde yo quisiera. Cada
descubrimiento era digno de celebración y estaba acompañado por un iluso “¡sí,
esto era, ya lo tengo!” o “claro, ahora todo encaja como un enorme puzzle sideral2”.
Pero ahí, acechando a la vuelta de la esquina de mis vivencias, estaba la
experiencia para confrontar la resolución de mis ecuaciones. Y el resultado
solía ser una enorme indeterminación. "¿Pero cómo ha podido pasar de nuevo si yo
ya pensaba que había resuelto este entuerto?"
Y vuelta a
empezar. Me voy aplicando mi propia medicina en forma de meditaciones o series
de yoga y a la par, pruebo toda suerte de “terapias” en forma de seminarios,
cursos y lo que se tercie. Todos ellos me aporta algo. A todos les pongo la
etiqueta de “definitivo” y todas las veces la euforia inicial vuelve a toparse
con la realidad pura y dura. De nuevo llegan las dudas. La resolución está
cerca, la sientes, pero no llega.
¿Y qué pasa,
pues?
Pues pasa, alma
mía, que te has topado nada más y nada menos que con el Principio de
Incertidumbre,que viene a sentenciar sí, aquí también, que es imposible que
desentrañes con certeza todas las incógnitas de tu vida. Precisamente porque es
TU vida y se trata de un área tan íntima y tan cercana que no tienes acceso a
su completa resolución. Los mayores enigmas se suelen esconder en el mejor
sitio: delante de tus narices.
Acercarte
demasiado a ti mismo, igual que acercarse demasiado a los electrones, hace que
las variables se disparen. Como cuando acercas tanto la vista a algo que al
final el objeto que enfocas termina por desenfocarse… (¿O soy sólo yo y mi leve
estrabismo?)
Visto lo visto,
¿está todo perdido? ¿Tiramos la toalla? ¿Nos damos al beber?
No hombre, no.
Qué habría sido de la física si Heisenberg y sus colegas se hubieran deprimido
destilando trigo en alambiques clandestinos. Pues aquí tampoco. Como ellos, hay
que echar mano de la humildad y continuar la vida asumiendo esa
indeterminación.
Además, si lo
piensas bien, el Principio de Incertidumbre lleva implícitas dos características bien
interesantes con las que vamos a ir concluyendo el capítulo de hoy.
Por un lado, que
no seas cien por cien cognoscible por ti mismo te da un margen para que pruebes
otras opciones de ti a las que no te tienes acostumbrado. Invita a que te
experimentes en otras situaciones que a priori no habrías ni considerado. Paradójicamente,
esos otros múltiples TUS te ayudarán a acercarte mucho más a saber quién eres
en realidad.
Por otro lado, implica
perspectiva. El Principio de Incertidumbre se hace más notable cuanto menor es
la distancia entre un problema y el sujeto que lo resuelve. Así, te será más
fácil resolver desde el sofá de tu salón los tejemanejes que tienen que ver con
la crisis y la corrupción o el por qué a tu primo le va mal en su negocio, que
el problema que tienes en casa o contigo mismo. Por ese mismo motivo, no
rechaces de plano la opinión que te dé alguien acerca de ti y tus cuitas. Quizá no dé completamente en el clavo, pero puede
ser más que interesante su punto de vista.
Pero mira, entre tú y yo, no hay que irse tanto por las ramas para explicar todo esto. Una se puede empapar de teorías físicas, indagar en sí misma... y luego resulta que el
acerbo popular ya postuló hace muchísimos años, mucho antes del primer cuarto
del siglo XX, este Principio de Incertidumbre que hoy nos ha ocupado. No tienes más que acordarte de que Se ve mejor la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.
Que no te vengan a ti a decir que la Física Cuántica
es difícil.
(1)Me he criado en los ochenta, ¿qué pasa?
(2)Cristina, esta frase es tuya y a ti me recuerda.
Mesa, despejada
de posibles estímulos: adiós, libros de yoga; adiós, cuadernos con anotaciones
de relatos en cuarentena que no sé si alguna vez se desarrollarán, a este paso.
Ventanas,
cerradas a cal y canto para que ninguna entidad con cuerpo o sin él venga a
entorpecer este escrito.
Compromiso,
atrincherado entre mi silla y la puerta de la habitación. Por cierto que sigue
conservando la imagen de señora mayor regordeta y con mandil que tanto me
recuerda a mi abuela. Está sentada en una mecedora desde donde me mira ceñuda
por encima de las gafas. Además está haciendo ganchillo y si sigo el recorrido
desde su aguja inquieta hasta el final de la labor, me encuentro con que la
cadeneta es en realidad un nudo que amarra mi tobillo a la pata de la mesa. Con
tres vueltas.
Hoy no me
escapo.
Y es que ha sido
duro para las dos tomar conciencia de que fue en Julio, ¡EN JULIO!, cuando empecé
esta serie. No vale de nada decir eso de que el tiempo pasa muy rápido, que
estuvieron las vacaciones de por medio y que blablabla… Tres meses como tres
soles.
Tampoco sirve
excusarse en las resacas post-Post. Algunos me dejan un poco exhausta y más si
he sido poseída por Fuerzas Pululantes de la Creación (en adelante,
FPC).
A propósito de
fuerzas extrañas y poseedoras, por fin pude leer lo que la del otro día
escribió en mi espacio y bueno… discrepo un poco en algunas cosas.
Para ellas debe
ser muy fácil explicarse el propósito de nuestra vida con esas perspectivas que
tienen; me refiero a lo que decía sobre tener la conciencia de esa especie de
carrera en pos del crecimiento personal. Si nosotros lo supiéramos… Si los
anuncios de Lancôme o de Coca Cola o las radios a todas horas o paneles
publicitarios gigantes al lado de los de Decathlon nos lo estuvieran recordando
día tras día; si lo escucháramos en el hilo musical del Mercadona, si se
hablara de ello en el portal de casa, en los corrillos vecinales, mientras se
espera a los niños en la puerta del colegio… otro gallo nos cantaría y nos
ocuparíamos, confiados, de nuestro propósito vital: nuestra evolución, al
tiempo que atenderíamos el quehacer diario. O acaso transformaríamos el quehacer en
excusa para la evolución.
Pero la realidad
occidental es que uno no se levanta un día, se calza el pantalón, sonríe
satisfecho y dice “Ala, voy a aprovechar
este, mi día, en seguir desarrollando mi conciencia. Así, voy a ver si consigo
darle un abrazo a mi compañero de trabajo, ese que me cae como el culo. Será el
paso necesario en mi actual crecimiento personal”.
Discrepo, la
verdad. Más bien uno cuando se levanta, si lo hace con buen talante, como mucho
se propondrá pasar el día lo mejor que pueda, hacer las cosas lo mejor posible,
no agobiarse con las ocupaciones o las no-ocupaciones, por desgracia. Y si en
todo este proceso consigue crecer como persona, se dará cuenta a posteriori.
Con los años.
Señoras FPC,
aquí en el planeta Tierra el camino de cada cual sólo puede comprenderse al
mirar hacia atrás. Y nos daremos con enormes cantos en los dientes si
conseguimos aprender algo de lo que nos haya pasado en el recorrido.
Pero está bien,
aprecio que nos dé su punto de vista. Y si es verdad que estamos aquí para
crecer y sortear las pequeñas o grandes piedras que encontramos en nuestro
caminar, no me parece mal punto de partida para trabajarse el bienestar diario.
…Pero yo he
venido aquí a hablar de mi libro. Y
mi Compromiso-Señora en mecedora ya está balanceándose impaciente, haciéndome
saber que una vez más me estoy yendo por las ramas.
Le digo con la
mano que tranquila, mujer, que toda esta introducción me sirve para hablar de
lo que quiero porque sí, he de reconocer que la interrupción de la FPC el otro día me viene muy
bien para lo que hoy voy a contar y que es lo siguiente:
Antes de la
posesión pululante yo estaba escribiendo sobre los efectos que iba provocando
el yoga en mí cuando empecé a practicarlo. No sé si a todo el mundo le pasará
igual. Tampoco termino de comprender muy bien la alquimia por la cual el
adoptar determinadas posturas y movimientos, respirar de tal o cual forma y
cantar mantras puede ir consiguiendo que una persona se conozca mejor; que
aprenda a quererse, a perdonarse cuando ha sido torpe, a no fustigarse si algo
sale regular… pero así fue. Así va siendo. Y ante la evidencia de la
experiencia, poco puede decir la teoría o la incredulidad. O eso, o que me
pilló en época de ir madurando y al final había que hacerlo y quererse sí o sí…
por seguir alimentando algún tipo de absurda duda.
Lo que más
valoraba y valoro yo del yoga es que te da autonomía, es decir, que te
demuestra que tu bienestar es únicamente patria potestad tuya y no depende de
estímulos externos que, dicho sea de paso, si vienen son gratamente celebrados.
Pero esa autonomía no es gratuita. Conlleva un trabajo constante a muchos
niveles hasta el momento en que ya lo integras en tus costumbres. Investigas
sobre ello y descubres, lees y experimentas que estar bien implica que tu
cuerpo esté sano y que tus relaciones lo estén; que esa persona que tan mal te
cae, posiblemente te esté mandando un mensaje de mejora que sólo tú puedes
descifrar… y claro, eso no es bonito. Ahondar en tu mundo inevitablemente deriva
en el descubrimiento de partes de ti que no aceptas o que no te gustan… Deriva
en que tú también sufras una Revolución Copernicana y descubras que no eres el
centro del universo…pero esto es cosa de otro post.
Cuando descubres
una herramienta que te sirve para tu bienestar (y aquí si quieres, pon la tuya
porque da lo mismo) sientes euforia. Una euforia muy
grande y el sentimiento iluso de que nunca más vas a encontrarte mal. Es
imposible… Hasta que ocurre. Y mira, aquí me viene bien recordar lo que decía la FPC en el anterior post: sería
el equivalente a que te zarandeen la escalera y caigas de nuevo al suelo,
adonde está aquello con lo que tienes que lidiar.
Cuando le
consultábamos a Jose, nuestro profesor/gurú, este tipo de cosas, nos establecía
un símil con un tornillo. Si fueras de un tamaño tal que pudieras situarte
sobre la muesca de uno que está siendo apretado, a veces estarás arriba y
otras, abajo. Pero en el proceso, seguro habrás avanzado.
Yo entendía el símil perfectamente pero mi química mente, a su vez, establecía su propia
comparación con… EL SALTO CUÁNTICO ELECTRÓNICO DENTRO DE UN ÁTOMO.
Y para
explicarlo, primero tengo que explicarte en qué consiste la CUANTIFICACIÓN DE LA ENERGÍAque es lo que le
da el sentido a eso de lo que tanto se habla por las esquinas y que es la Física Cuántica.
Muy simple, de
verdad.
Imagínate que
estás escribiendo un post absurdo sólo destinado a eliminar carga-informativa-innecesaria
de tu cabeza. Esta semana han cambiado la hora, se aproximan las seis de la
tarde y ya vas necesitando la luz del flexo para no escribir más tonterías de las
que la OMS
recomienda como mínimo diario. Aguantas un poco por aquello del cambio
climático y el ahorro energético, pero cuando caes en la cuenta de que estás
tecleando encima de la merienda, enciendes el flexo susodicho.
Tal vez te
preguntes cuando mires a la lámpara, si no se te ocurre nada coherente que
escribir o no hay nada más productivo en lo que pensar, que qué es la luz. Como
diría Manolito (sí, es mi referente), científicos de todo el mundo se hicieron
la misma pregunta años ha y pusiéronse a investigar sobre el tema.
Una de las
conclusiones a las que llegaron fue la siguiente. Imagínate que, sentado como
estás, escribiendo con el flexo a un lado, menguas tu tamaño. No, así no.
Más todavía. Ahora eres del tamaño de una hormiga justo debajo del haz de luz.
Bueno, pues no es suficiente. Redúcete mucho más, pero no te
muevas de debajo del flexo. Vale, así está bien. Ahora eres del tamaño de un
átomo, esos pequeños ladrillitos de los que está constituida toda la materia. Si
vuelves tu minúscula carita hacia la bombilla, lo que veías como un haz cuando
eras grande, ahora se ha transformado en pequeños globitos de
luz de diferentes tamaños. Resulta que la luz va embolsada en particulitas
cuando estudiamos su contacto con la materia. Y cuanto más grande es cada
bolsita de luz, más energía tiene dentro.
Esas partículas
o globitos de luz, son los denominados quantums.
De ahí lo del nombre de la FísicaCuántica. Es la parte
de la física que estudia el contacto entre la materia y la energía a esa escala
tan, tan pequeñita.
Y te preguntarás
que qué tienen que ver los cojones con comer trigo cuál es la bendita
asociación entre este hecho físico y lo que te contaba al principio del post.
Un poco de
paciencia, sé que no soy la más amena de la blogosfera. Pero todo tiene su
relación, por lo menos en mi mente.
Estas bolsitas
de luz son muy importantes para los electrones aventureros. ¿Que no tienes muy
claro qué es un electrón? Pues aquí estoy yo para resolver esa duda.
Ya te dije en
otro post que los átomos no pueden verse y sólo hay teorías para tratar de
entender cómo pueden ser. Una de estas teorías dibuja al átomo de la siguiente
manera:
El átomo, según un señor apellidado Bohr
Su núcleo en el
centro, ejerciendo una fuerza
de atracción sobre los electrones, que orbitan alrededor de él en diferentes
capas. Como el mismísimo sistema solar, con la diferencia con éste en que los
electrones podrían viajar en diferentes órbitas del átomo, aunque fuera por muy
poquito tiempo, si se les da la energía suficiente.
¿Qué para qué
van a querer los átomos viajar a otras órbitas que no son la suya? Pues porque
es el primer paso para combinarse con otros átomos, por ejemplo. O, dicho de otra
forma, para evolucionar a otra cosa. Y así, unión atómica tras unión atómica,
ir dando lugar primero a pequeñas asociaciones o moléculas y después a
construir toda la materia tal y como la ves delante de tus ojos.
Así que los
electrones, para saltar hacia las órbitas que tienen por encima necesitan
energía. Necesitan luz. Necesitan bolsitas o quantums de luz. Pero no les vale con cualquier bolsita. Tiene que
se JUSTO la bolsita que le dé la energía suficiente para saltar. Tú ya puedes
estar dándole energía/luz repleta de bolsitas, que si no son del tamaño que él
quiere, no se va a mover. A lo sumo darán un saltito mínimo sólo para volver a
caer donde estaban, porque no es suficiente. Pero dales la bolsita con tamaño
adecuado… los tendrás presto en el siguiente escalón y dispuestos para que su
átomo evolucione.
Y ahora viene la
batidora de mi cerebro a mezclarlo todo.
En esos
comienzos de práctica yoguil (y también ahora) yo me aplicaba el modelo atómico de Bohr en el estudio de mi persona y así, me veía orbitando alrededor de mi propio
ombligo aunque con ganas de evolucionar hacia otra cosa; intuyendo posibles
estados u órbitas por encima de mi cabeza a las que saltar. Eran otras capas que
prometían una visión diferente, otro estado de más energía/alegría… pero necesitaba
la bolsita, la chispa adecuada.
Cada bajón yo me
lo explicaba así: en mi “carrera” hacia mi evolución aún no había llegado a mi
siguiente nivel cuántico, a la órbita siguiente. Para saltar hacia ella, cual
pantalla de videojuego, tendría que “trabajarme” los desafíos que en el actual
estado cuántico se me presentaban. Y todo esto por buscarle una teoría al
asunto porque realmente no había nada que me dijera qué era lo que me iba a
hacer crecer pero sí que gracias a la visualización de ese modelo comencé a tratar
cada dificultad como una oportunidad para saltar y hacerme cada vez más libre.
Para deshacerme poco a poco de la fuerza que sobre mí ejercía mi propio núcleo
atómico. U ombligo.
Mis símiles no
son perfectos, ya que para dar el salto en la escala de la vida, no hay bolsita
energética que valga. Es una pequeña licencia que me he tomado en espera de dar
con otra teoría que se ajuste más a mi realidad. En mi propio modelo cuántico
de desarrollo personal, ese trabajo en cada “órbita” me haría girar y girar
cada vez más rápido, cogería carrerilla hasta que… ¡hop!... de repente me
viera, habiendo resuelto mis trabajos pendientes, mucho más ligera de equipaje,
con menos ataduras; tendría otra perspectiva y el firme convencimiento de que
los “problemas” superados ya no iban a ser tales.
Y así hasta
ahora. Por eso, cada vez que el ánimo decae, me visualizo entre dos estados
posibles de mí, en algo así como una especie de transición entre dos órbitas.
Y entonces me insto a tener paciencia y seguir trabajando y disfrutando de la capa
o etapa vital que tenga entre manos. Para sacarle jugo y así, sin darme cuenta,
tomar carrerilla y ¡voilá! aterrizar
en la siguiente pantalla.
Fin del Post de hoy
He estado a
punto de no poner algo de música debido a lo entretenido y ameno de este post…
Es broma, soy consciente de los ladrillos con los que te voy obsequiando y
mucho más si tenemos en cuenta que en estos tiempos prima la rapidez y la
concreción en las exposiciones de uno.
Iba a poner un
mantra pero mira tú que se ha colado una canción de Héroes del Silencio en
medio del post. Aquí la tienes. Además va dedicada a los fanses del grupo que hay entre los lectores.
Por cierto que,
¿te está gustado la serie? ¿Te sirve? ¿Tú también ves la realidad
cuánticamente? Si te apetece, me encantaría saber tus propias visualizaciones
vitales. Me ayudaría saber que no estoy tan loca.
Me percato de
que extraños fenómenos acaecen cuando a uno le da por escribir y publicar lo
escrito.
Resulta que me
senté yo muy ufana el otro día a comenzar un nuevo post en el cual, por fin,
iba a desarrollar a mi manera el fenómeno de la cuantificación de la energía. En
esto que de repente se interpone entre mis teclas una Fuerza Suprema que impide
la transmisión de mis pensamientos a mis dedos.
Me muerdo la
lengua sobresaliente por un lado de la boca representando con ello el tesón que
le pongo al encauzamiento de la idea original. Una gotita de sudor me cae por la
frente apoyando la imagen anterior. Con tremendo esfuerzo consigo escribir “cuantificación de la energ…” pero hasta
ahí. Ya no puedo continuar más. Me separo del ordenador y me apoyo contra el
respaldo de la silla… Ya estamos… Al volver a fijar la vista en la pantalla,
esta Fuerza Suprema ha borrado todo lo anterior y está escribiendo nosequé de
un laberinto.
Me restriego los
ojos… no puede ser. ¡Otra vez! ¡Pero no eran las ideas de la Física Cuántica y la Vida las más cabezonas que yo poseía!
Un poco
avergonzada por la amenaza de volver a traicionar a mi propio Compromiso, que
ya me mira cabeceando y con los brazos en jarras, trato de reconducir la
situación. Como disimulando, reescribo el título: La
Física Cuántica y
la vida. La cuantificación de la energía. Yoga y Desarrollo Personal. Laberintos.
Pero no cuela. No cuela en absoluto. Demasiado título y demasiado sé que de
física cuántica aquí no se va a hablar…
Mi compromiso me
da la espalda. Tiene la imagen de una señora mayor, regordeta y con mandil. Ni
idea de por qué. Se va despacio. Se aleja más… Y yo me quedo con esta Fuerza Suprema
a la que no soy capaz de ponerle cara pero que ya se ha enfundado mis manos
como si de unos guantes se tratara. Me dejo hacer. ¿Qué me queda? Me abandono,
me recuesto. Miro al techo. Ojos en blanco…
Cuando vuelvo a
mi ser y miro la pantalla, observo que la Fuerza Suprema se ha preciado
de cambiar el color de la letra y todo, la tía.
Aquí está lo que
dejó escrito. No me hagas responsable:
…
Hola, ¿qué tal? Me presento. Soy una Fuerza de
la Creación
que pulula por el ambiente y se dedica a susurrarte ideas luminosas por detrás
de la oreja cuando menos te lo esperas. Por ejemplo, vas andando por la calle y
yo soy la que te digo Has venido a este mundo para amar. Sé libre. Sonríe. Abre
tu mente. Explora nuevas formas de actuar… y cosas así. Vamos, que me dedico a
que abras los ojos para que veas más allá de tu propio ombligo. Lo que pasa es que
tengo que convivir con demasiada cháchara que tienes en tu cabeza y mis sabios
consejos se ven amortiguados por pensamientos del tipo: Cuando vaya para la
frutería voy a pasarme primero a sacar dinero, que luego quiero ir al Carrefour
a por los Dodotis; o esto otro: Hay que ver qué gorda se ha puesto la Mari desde que la vi por
última vez… Hándicaps a los que nos exponemos las entidades supra-terrenales en
los momentos de transmisión del Saber Universal.
Resulta
que estaba haciendo la ronda por Ciudad Real cuando me he encontrado con esta
mujer y he echado un ojillo por encima de su hombro para ver qué estaba
escribiendo. Aparte de alguna que otra tontería, trataba de contar algo sobre
el crecimiento personal y el yoga pero a mi entender, no estaba quedando
demasiado claro. Y mira, había poco que hacer por ahí afuera… y es que la gente
anda muy dispersa estos días ocupando sus mentes con nosequé tarjetas negras,
nosequé señora Pantoja, algo de una enfermedad contagiosa… y con este panorama
es que no se puede trabajar. Así que he decidido aprovecharme de ella, para que
así por lo menos a alguien le llegue mi Sabiduría.
Normalmente soy más discreta en mis impulsos,
que conste. Ya te digo que me dedico a susurrar pensamientos sabios por doquier
que, dicho sea de paso, en la mayoría de los casos sólo son captados por esquizofrénicos,
borrachos y enajenados mentales… Nos dimos cuenta a posteriori, las Fuerzas
Pululantes de la Creación
(en adelante FPC), de que no eran las fuentes de propagación de Saber Universal
con más credibilidad pero oye, por algún sitio había que empezar.
Total,
que quiero aprovechar la ocasión antes de que esta muchacha se despegue del
ordenador. Por suerte tengo la capacidad de comprimir el tiempo cuando poseo
cuerpos y así, a ella le parecerán quince segundos de enajenación pero en
realidad, y haciendo la equivalencia con el tiempo terrestre, vendrá a ser una horita y media
la que me dedique realmente a contarte lo que quiero, teniendo en cuenta
borradores y correcciones… que yo seré FPC, pero no soy perfecta cuando
materializo por escrito mi Sabiduría.
Bueno,
basta de preámbulos y al lío.
El
ser humano no deja nunca de crecer y desarrollarse.
Cuando
es pequeño es obvio que el protagonismo de su desarrollo se lo llevan su cuerpo
y su mente. Así, en muy poco tiempo y de forma casi mágica para los que le
rodean, es capaz de descifrar variopintos códigos de sonido y sus significados,
imitar gestos y comportamientos; doblar, triplicar, cuadriplicar su tamaño;
cambiar, cambiar y cambiar casi cada día.
Y así
hasta los veinte años terrestres, por poner una edad redonda de crecimiento de
vuestros cuerpos físicos.
Después
esa persona con cuerpo desarrollado y con todas sus capacidades físicas recién
estrenadas tiene que, lo que vosotros llamáis,madurar. Oasentarse. Otiene que entrar Dios en él…
Expresiones terrestres que
me he ido anotando y con las que luego otras FPC y yo nos partimos la caja en
las reuniones de Control Periódico del Desarrollo de los Humanos.
Todas
esas expresiones, si sois sinceros, para vosotros significan que las personas
sigan el cauce establecido por los sistemas de convivencia que
convencionalmente habéis creado. Vamos, que no queréis que la gente haga
demasiado ruido ni se haga notar. Eso es madurar según vosotros.
Para
nosotros madurar es otra cosa. Es aprovechar y ser consecuente con los recursos
que uno tiene: tanto los físicos, los intelectuales, los artísticos... Es la
única manera de que una persona se sienta plena. Esto, sin más remedio, deriva
en elDesarrollo dela
ConcienciaHumana.Ése es el verdadero
crecimiento a lo largo de toda tu vida. Ése es el crecimiento que debe suceder
en la edad adulta. El crecimiento personal te lleva a un desarrollo de tu
conciencia. Y puedes resistirte a él pero ¡ay de ti si lo haces!
¿Pero
qué es esto del Desarrollo de la Conciencia Humana?
Hace
muchísimos años terrestres mi maestro se lo explicó a un tal Platón que cogió
muy bien la idea y que luego creo que escribió un libro que se llamaba “El mito
dela
Caverna” o algo así. Los tiempos han cambiado y en nuestros
planes de estudio actuales, a las FPC nos lo explican mediante la imagen del
Laberinto.
Desarrollar
la conciencia es como encontrar la salida de un laberinto desde dentro.
Imagínate
que vives en una de esas películas victorianas que se desarrollan en amplios y
rancios palacetes. Todo rancio palacete de película victoriana cuenta con un
laberinto en el jardín donde sucede el flirteo entre los jóvenes mancebos del
filme… Cinéfila que es una.
Ahora
vamos a centrarnos en el laberinto. Imagínate que has nacido dentro de él. Toda
la vida has estado allí, tanto tú como tu familia, como tus amigos… todo lo que
necesitas, lo tienes. Ni siquiera te has dado cuenta de que estás dentro de un
laberinto y que tus movimientos son limitados. Sin tratar de ponerme a
clasificar, ni mucho menos y sólo para que ordenemos el escrito, le vamos a
llamar a la conciencia de esta situación, Conciencia A.
Vuelve
a poner en marcha tu imaginación. Ahora resulta que te ha dado por caminar un
poco más allá del lugar en el que siempre has estado. Te alejas de tu hogar.
Exploras. Miras hacia los lados y te das cuenta de que hay unas paredes verdes
que te rodean. El camino no es recto sino que hay recovecos. Te mosqueas un
poco. La realidad que conocías en tu pueblo, con los tuyos, no es como tú la
habías imaginado. Hay algo más y estás descubriendo lo que es. Pero no tienes
ni idea. Sólo caminas perdido y con miedo pero ya no puedes volver a tu pueblo
y ser quien antes eras porque hay algo que quieres resolver. En este caso,
estamos hablando de una Conciencia B.
En un
tercer caso ya te has dado cuenta de que las paredes no son infinitas y con la
mano puedes alcanzar el tope de su altura. Quieres saltar y ver qué hay más
allá. Conciencia C. Ya no puedes parar. Buscas espacios más abiertos.
De repente encuentras una
escalera. Corres hacia ella. Desde el último peldaño sobresales de cintura para
arriba. Euforia. Respiras profundamente. ¡Lo sabías! Sabías que algo pasaba y
ahora lo tienes delante de tus narices. Tienes perspectiva. Desde donde estás
localizas algo allí a lo lejos. Algo ausente de setos. Un espacio más abierto.
Quieres alcanzarlo pero no puedes volar. Para llegar a él tienes que volver
abajo donde no se ve bien y encontrar la salida. Abajo está todo más oscuro
pero tú sabes que son las consecuencias de estar dentro del laberinto porque de
hecho, todo afuera es claridad. Conciencia D.
Stop.
Inciso. ¿Lo vas entendiendo? Aumentar la conciencia es tomar perspectiva sobre tu
propia vida. Indagar. Explorar. Enredarte. Salir de donde sueles estar… para
ver mejor. Desarrollar la conciencia, crecer como adulto, significa ver desde
arriba, como si fueras un pájaro planeando sobre el jardín victoriano.
Sobrevolando el laberinto. Así:
Así
sí que se ve bien la entrada, la salida, los obstáculos… ¿verdad?
Para
salir del laberinto, para aumentar la conciencia, no sólo vale con tomar
perspectiva. Desarrollar la conciencia consiste en utilizar las vistas
privilegiadas que has experimentado para resolver los obstáculos que te separan
de la salida del laberinto. Nadie escapa de él sin haberlo dejado bien limpio
de impedimentos.
Obstáculosson esa relación tan tormentosa con tu
padre, por ejemplo. O cuando dices que siempre das con el mismo tipo de persona
en tus relaciones amorosas… casos con los que me topo a diario. Y yo tratando
de decirte que mires desde arriba para verlo mejor y que resuelvas. Que eso es
lo que te va a hacer crecer.No
evites el obstáculo. Resuélvelo… Pero nada. Casi siempre los esquivas
porque duele enfrentarse a ellos. O implica reconocer que tú también te
equivocas. Y no sabes que evitándolos pierdes la oportunidad de acercarte a la
salida del laberinto.
Al principio te he dicho que me ha llamado
la atención que esta mujer, a la que ya mismo voy a tener que devolverle su
cuerpo, hablara de yoga y crecimiento personal. Mira, el yoga o el Tai Chi o el
Chi Kung y, en general, todas estas disciplinas que sirven para que uno esté
con uno mismo, son las escaleras que te decía en el caso de la Conciencia D. Se trata de herramientas
que ayudan a tomar perspectiva. Pero con ellas no resuelves el problema del
laberinto.
Es
que me tengo que reír porque me he encontrado con tanta gente obnubilada por
las vistas que observa desde su escalera que con eso creen que ya lo tienen
todo hecho. Son mis preferidos, porque a las otras FPC y a mi nos encanta
menearles un poco desde los peldaños inferiores para que se peguen un buen
porrazo. Hay que escarmentarlos bien porque amigo mío, hay que bajar al
laberinto y currar. Súbete de vez en cuando a la escalera para saber por dónde
andas, pero baja de nuevo y ponte a amar a tu padre, por ejemplo. O ponte a
amarte a ti y deja esas relaciones tan perniciosas.
También
los hay que por el hecho de estar subidos a la escalera piensan que son mejores
que los que están abajo trabajándose el laberinto por otras vías que no
implican subir por escaleras. Ego espiritual, he oído que lo llaman porla
Tierra. Ilusos.
Uff,
se me está haciendo tardísimo y no quiero que la muchacha empiece a
convulsionar. Otro día si quieres, y ella se deja, te cuento más historias
sobre el laberinto y las escaleras. Ya sabes: yogas, taichises, chikunes…y la
risa que nos da a las FPC cuando vemos que hay gente que compite con ellas.
Sois la monda.
También
te hablaré, si puedo, de lo que pasa cuando sales del laberinto… ¿crees que
habrías terminado de crecer? Ja.
Un
abrazo cósmico, intrigante y pululante.
…
Nada, que cerré
los ojos unos segundos y la bendita Fuerza me ocupó todo el post.
Aún no me ha
dado tiempo a leerlo entero pero me temo que te soltó un buen rollazo. También
vi que había puesto fotos y todo. Qué jodía.
Bueno pues yo ya
seguiré otro día con lo mío. Espero poder hacerlo con La Física Cuántica y la Vida pero no prometo nada.
Por si acaso te
has aburrido mucho te voy a contar algo jacarandoso que sí que me posee de
verdad. Se trata de una canción. Lleva años conmigo. No me la puedo despegar.
Aparece en los momentos más insospechados. Pone en evidencia mi gusto musical.
No sé ni como justificarlo. Tampoco quiero hacerlo. Es parte de mí.
Lo de la vida B
fue una broma tonta con un amigo al que en un momento dado me hubiera gustado
llamar de otra manera. En realidad, autoasignarse una vida B es casi tan
absurdo como autodefinirse metrosexual pues se trata de una definición o
explicación que provendría de ojos ajenos, de ahí lo de la broma.
Está claro que
vida, como madre, no hay más que una y los pasos que uno da en ella los da por
interés, afinidad, gusto o vete tú a saber qué razón. Pero sí que es cierto que
la vida B se aleja lo suficiente de la vida A como para que en algún momento
cause extrañeza o sorpresa cuando se le explica a otros y sobre todo a los
Otros que conoces y te conocen de toda la vida, pues no hay un lazo rápido y
aparente entre las actividades a las que dedicas a partes iguales tu tiempo y
así, puedes ser abogado y campeón de kick boxing, o médico y reinona de la
noche, o química y profesora de yoga.
Por supuesto, no
todo el mundo tiene y/o necesita una vida B. Rozando lo cansino en mis
exposiciones, probablemente aquel que viva pleno en su quehacer diario haga de
su vida una vida con todo el abecedario como coletilla. El que no, el
insatisfecho, el permanente buscador de algo que no alcanza a poner nombre,
puede que desarrolle una vida con denominación B o C o D, inclusive.
¿Pero es el
buscador de ALGO más hábil, más sagaz que el que no, como parece destilarse de
la anterior sentencia? En absoluto. Ha sido un torpe. No ha sabido escucharse y
por eso comienza a hacer, digamos, cosas raras a ojos de los demás, aunque quizá
para él sea el momento del advenimiento de cierta coherencia entre lo que piensa,
lo que siente y lo que hace.
En mi caso cuando
hablo de vida B hablo, aunque no completamente, de yoga.
Pero no
adelantemos conclusiones ni acontecimientos y, como diría Manolito Gafotas,
comencemos a explicar el surgimiento de esta vida desde el principio de los
tiempos.
En una determinada
época yo soñaba con ser Yola Berrocal... Soy consciente
de que esta afirmación requiere una explicación y, como relatante de esta
historia que soy, te la voy a dar.
Harta de ir con la lanza a cargar contra
molinos invisibles, harta de no poder ponerle nombre al fantasma que me encogía
el corazón, yo imploraba el tener un “problema” concretito, tangible… y resulta
que en aquellos días, la inquietud que para sí ella se preciaba de extender por
platós televisivos y otros medios a su alcance era la de tener las tetas más
grandes. Así de simple. Si A, entonces B. Dos más dos, cuatro. Sencillo. Quiero
tetas, me pongo tetas.
En mi caso no
era así. Mi cosa más bien era como ese juego de niños en el que alguien viene
por atrás, te tapa los ojos y te dice ¿Quién soy? Y no valía desprenderme de
las manos inoportunas que me cegaban y limitaban mis movimientos para resolver
el enigma. (Esto me ha dado la idea de que más
pronto que tarde, voy a tener que conversar internamente con esta entidad
emocional).
Ya sabes por otros
capítulos de esta serie que comencé para hablar de física y espiritualidad pero
que se está convirtiendo en una exposición de mi persona, que esa ceguera provocaba
una sensación cansina de tristeza que, llegado el día, me puse a querer
erradicar de mi ser, por más que voces cercanas me invitaran a la resignación
apelando a mi perfeccionismo, a que a todo el mundo le pasa parecido y a que la
vida era así.
Para iniciar la
vida B la tristeza cansina de serie no basta. También hace falta, o al menos así
fue mi caso, tropezar bien fuerte debido a la falta de visión para comenzar a
darme cuenta que algo estaba pasando. Además, y permítaseme sentenciar, te diré
que para tener una vida B tienes que seguir a tu instinto. Pero no te
preocupes, que mientras eso esté pasando no vas a saber qué narices es lo que
persigues.
Como los ríos en
su indeterminado inicio, varios hechos podría considerar como principios de mi
actual vida paralela y no sabría decirte cual de ellos fue el primero porque en
mi recuerdo se amalgaman. Arroyos de vida B fueron una pseudo-relación que dejó
mi estima propia viviendo en el segundo sótano de un rascacielos ocupado en el
piso cincuenta por el betún, y otro fue la muerte de una persona conocida de
casi mi edad con la que me vincula alguien muy especial. No sé por qué me
afectó tanto aquella muerte. El caso es que esperando al tren que me devolvía a
mi casa desde el lugar del velatorio, necesité una lectura que me alegrara el
alma y buscando la revista El Jueves en la librería de la estación, un libro que
había visto hace unos meses se tiró en plancha hacia mí, dando sentido a la
típica frase esa de que hay libros que te eligen. ¿Se trataba de El Ensayo sobre la Lucidez? ¿Acaso de La Insoportable Levedad del Ser? Frío.
Era Ya no sufro por Amor, de Lucía
Etxebarría. (¿Qué pasa?)
Resultó que ese
libro era justo lo que yo necesitaba leer en ese momento para que ocurriera una
de las epifanías más importantes de mi vida, sólo a la altura de aquella otra
en la que varios años antes, en un delirio de hiperrealidad, me levanté de un
brinco de la cama exclamando en silencio: “¡Dios mío, que YA voy a COU!”. Pues
bien, en este caso, no fue tan reveladora la epifanía, pero de nuevo en la
cama, otro brinco y mi mente comprendió: “¡Pero si yo no tengo culpa de nada!”
Es curioso lo de
los libros en esta etapa. Con ellos tuve la sensación de ir avanzando como una Tarzana
atravesando mi inhóspita selva mental no de liana en liana, sino de libro en
libro. Este libro me llevó a otro recomendado por una amiga y después vino otro
y otro más… En las librerías ya me iba directa a la sección de Autoayuda
/Espiritualidad en la que los títulos, ahora sin cortarse un pelo, se me
tiraban a degüello. Y ya sé que todos podrían ubicarse bajo la etiqueta de Dudosa Calidad Literaria pero para mi
alma maltrecha estaban plagados de alimento. Mi mente iba comprendiendo. Mi
alma iba reconociendo. Y yo sentía que allí estaban escritas cosas que pensaba.
Que podrían ser leídas con mi propia voz.
También se
combinó esta etapa con sesiones de psicología, ya que me pongo a contártelo
todo de pe a pa. Me vino bien para desahogarme, pero la mujer me decía que yo
estaba bien. De aquí, me acuerdo de una pregunta suya: “Si este lápiz fuera lo
que te falta, ¿en qué lo convertirías?” Mi respuesta: “Yo no quiero nada. Yo lo
que quiero es tener paz interior”. Así de difuso era todo.
Como ves, varios
arroyitos iniciales, todos ellos orientados a la resolución de una inquietud. A
la búsqueda de esa anhelada paz.
Cuando ya lo de
los libros flojeaba y pasó el efecto de la psicología, un nuevo nubarrón volvía
a llegar a mi cabeza. Ahora no tenía ningún arma conocida. Y fue entonces cuando
llegó Él (o Ella):
"Hola, me llamo yoga y te voy a cambiar la vida", dice la sombra
Bueno, no es que
apareciera de la nada. Llegó de la mano de María a la que algo después le
dije en broma varias veces que había creado un monstruo conmigo.
María ha estado
en mi vida desde la época de la universidad, aunque nuestro contacto haya ido
cambiando a lo largo de todos estos años. También estuvimos trabajando juntas
durante un tiempo y, en muchas ocasiones coincidiendo con la etapa que te
cuento, de camino al trabajo tras mis habituales cinco minutos de retraso
respecto a la hora en la que habíamos quedado, María me decía que me vendría
bien practicar yoga. Ella se había apuntado en algún Centro de la Mujer o
similar. De forma automática yo siempre le respondía que no sin pensar ni nada. No me
atraía. Además, mi cuerpo estaba diseñado para no poder sentarme con las
piernas cruzadas, tal y como lo demostraba un esguince de rodilla que me hice
poco tiempo antes por tomar esa postura mientras hablaba por teléfono. Así que,
de eso nada. Y además me preciaba de hacer el gestito de burla de juntar los
dedos, modo meditación, y emitir el OOOOOOMMMMM que tantas veces me han hecho
después.
Un día en el que
María ya no trabajaba conmigo y nos juntamos a tomar un café para ponernos al
día y contarnos las penas, me dijo una frase parecida a esta: “Laura, me he
apuntado a un yoga nuevo. Lo da una pareja que acaba de venir a Ciudad Real. Yo
voy esta tarde a las siete. Te dejan probar gratis una clase”.
Poco más me
dijo. La diferencia es que en esa ocasión dije que sí sin pensármelo. De camino
a casa me pasé por el centro de yoga a preguntar si podía ir esa misma tarde a
la clase de María para probar. Conocí a Nuria y a Jose, los profesores,
personas cruciales en toda esta vida B. La conversación inicial con Nuria se
alargó tanto que sólo me quedó tiempo para comprarme unos calcetines blancos,
el color corporativo de este yoga, combinándolo así a la perfección con la única
ropa de deporte que tenía, toda de color negro.
Y así, con este
look Michaeljacksonesco tuve mi
primer contacto con el Yoga Kundalini, palabro con el que me familiaricé
enseguida.
De aquella
primera clase me llamó la atención la ausencia de competición, los mensajes que
hacían que, en medio del esfuerzo, en lugar de fustigarte te comprendieras; la
atmósfera inigualable que conseguía la música de fondo... Ni siquiera me
resultaron chirriantes los cánticos de mantras y pude soportar estoicamente,
con apoyo de cojines eso sí, la temida posición de piernas cruzadas.
No
alcancé el nirvana ni la comprensión de mis males. Pero se había plantado una
semilla de curiosidad.
No
sabía lo que era eso del Kundalini Yoga pero yo iba a averiguarlo.
Continuará (irremediablemente)...
Vaya chapa, ¿no?
Pido perdón por evadirme tanto del tema inicial pero me parece que se ha
abierto un buen melón cargado de confesiones y exposición propia. Precisamente
me encontraba acabando este post cuando he asistido a una charla de Almudena
Grandes que, preguntada por si tenía interés en escribir su autobiografía ha
dicho que no está interesada en eso. Que no le sale a cuenta ser tan sincera.
Me he tenido que reír para mis adentros.
Mientras escribía todo esto se me ha venido a la mente todo el tiempo la
música que escuchaba justo antes de empezar con el yoga y que los mantras
fueran casi mi única banda sonora. En esos momentos en que rayitos de luz
comenzaban a romper mis sombras mentales yo iba de camino al trabajo escuchando
las canciones buenrrollistas de Facto Delafé y las Flores Azules. Ahí te lo
dejo:
Tiene un poco de
traca anunciar a bombo y platillo el tema de la física cuántica y no sólo darle
tantas largas a la pobre sino, encima, comenzar con un término ingenieril cuando
además, si has ido siguiendo esta saga (risas enlatadas por esta palabra) ya
sabrás que lo que yo sentía por la ingeniería nunca habría podido definirse
bajo los términos de la pasión.
Si en algún
momento he hecho algo parecido a un esquema de lo que iba a contar en esta
irregular y no sé si entretenida serie, es que lo de la fuerza impulsora iba a ser un post un poco así como bonus track,
sin embargo me he dado cuenta de que es fundamental y paso previo para contar
la, cacareada, vida B.
Como me pongo a
escribir sin pensar mucho en el resultado porque, como ya te he dicho otras
veces, soy ejecutora de un algo más
fuerte que yo en esto de la escritura, no sé si al final hoy me meteré de
lleno en la vida B o me quedaré en la antesala, porque parece que a este algo más fuerte que me sostiene y me
obliga a estar escribiendo aunque me muera de sueño, quiere que exponga mis
cosas sin dejarse cabito sin atar. ¡Cómo son las fuerzas desconocidas!
Bueno, pues
resulta que he estado buscando en Internet una definición del término fuerza impulsora que me dejara
satisfecha, pero no ha sido tal el caso ya que yo necesito una definición
orientada a lo que después quiero contarte. Con lo cual, allá va una definición
muy personal:
Fuerza
Impulsora: es aquello que hace
que un sistema se mueva hacia un estado más estable. Cuanto mayor sea la
separación entre el dicho sistema y ese estado suyo más estable, mayor va a ser
la fuerza impulsora, es decir, se van a notar más los efectos de la fuerza.
Que no te den
miedo las palabras sistema ni estable ni el párrafo en general.
Ilustremos la definición con algunos ejemplos caseros.
Ejemplo Uno:
Imagínate en
invierno con tu casa bien calentita y afuera, un frío que pela. De repente
alguien abre una puerta. En este momento pasarán dos cosas: a) que
indefectiblemente se escuchará la consabida frase “cierra, que se va el gato” y
b) que justo en el espacio que antes ocupaba la puerta se ponen en contacto dos
atmósferas: una gélida y otra calentita. La unión de esas atmósferas es,
digamos, un sistema no estable porque ¿qué ocurre a continuación? Pues que
rápidamente, y tanto más rápidamente cuanto más diferencia de temperatura haya
entre la calle y tu casa, se va a producir una mezcla entre ambas masas de aire
para igualar sus temperaturas. De hecho, será notable el “chorrode airefríoqueentradelacalle,cierrayalapuertaMaripuriydéjatedeexperimentosfísicos”.
La fuerza impulsora en este primer ejemplo es la diferencia de temperaturas entre ambas estancias.
A modo de
petulante insistencia, si a la calle y al interior de tu casa les separa sólo
un grado centígrado, no habrá una mezcla de atmósferas tan brutal. Será algo
más sosegado. La fuerza impulsora con una diferencia de un grado, no será tan
grande como en el primer caso. No se notará tanto el chorro que viene de fuera.
Ejemplo Dos:
Imagina que vas
de okupa al minipiso de un amigo y no tiene más remedio que ponerte un colchón Restform.
Todo correcto hasta ahí. No nos importa tu dolor lumbar a la mañana siguiente. Lo
que nos importa es que, cuando te vayas, y si eres un buen amigo, ayudarás a
recoger la casa y, por tanto, a desinflar el colchón. El aire dentro está
comprimido, os ha costado meterlo dentro, ¿no es así?, sobre todo cuando ya
casi, casi estaba hinchado. Ahora quitas la válvula y ¿qué ocurre? Que el aire
sale hacia fuera a modo de chorrazo, one more time. Y es que, en ese momento, existe
una fuerza impulsora, la diferencia de
presión entre el aire fuera y dentro de la colchoneta que provoca que el
aire de adentro no tenga más remedio que salir disparado. Pero a medida que el
colchón se va vaciando, la velocidad con la que sale es menor, ¿por qué? Pues
porque con el paso del tiempo de vaciado ya no hay tanta diferencia entre la
presión de fuera y la de dentro del colchón. La fuerza impulsora ha ido, pues,
disminuyendo a medida que las dos presiones se igualan.
La naturaleza,
como ves, está tendiendo todo el rato al mantenimiento de los equilibrios
perdidos. A suavizar diferencias. A, ya de una forma más científica, llevarlo
todo hacia un estado de menor energía, mayor reposo. Menor tensión.
¡RECOMPENSA YA!,
parece que resuena en mis oídos. Esto ha sido un poco duro, así que aquí va el
regalo antes de terminar la entrada. Hoy juego a caballo ganador. Quédate un
rato con Elvis que ahora volvemos.
¿Que qué diantre
quiero contarte? ¿Qué a qué viene este coñazo de post?
Pues que pasados
unos años desde entonces, hoy puedo explicar una parte de mi vida como poseída
por la existencia de una fuerza impulsora.
Como en los
ejemplos que te he contado antes, si uno ve el fenómeno desde afuera sólo aprecia
el movimiento. Movimiento de gases en ambos ejemplos, pero ¿habrá sentido algo
el aire que estaba dentro del colchón en el momento de la apertura de la
válvula? Él estaba tan a gustito, presionado pero a gusto. Su medio era así.
Pero ¿no habrá sentido vértigo, siguiendo con la fantasía de un aire animado? ¿No
habrá sentido cierta angustia, cierta inquietud o regomello que sin saber ni
como, le empujaba a abandonar el estado en el que estaba para acceder a otro
completamente desconocido (el minipiso de tu amigo)?
Trasladando
estos fenómenos físicos a las personas humanas, podríamos decir que quien sea
presa de una fuerza impulsora, lo es porque no está en su lugar o situación más
estable. No está, digamos, donde le corresponde estar o ser. Además,
conscientemente, esa persona no sabe qué pasa, sólo sabe que algo pasa. La
naturaleza, o vete tu a saber Quién, se encarga de hacérselo saber de las
formas más variopintas y generalmente, no demasiado agradables.
Oh cielos, sí. Durante
muchos años fui presa de una fuerza impulsora.
Y no sabía qué
pasaba.
La forma en que
la naturaleza me lo decía era a través de la tristeza. Eso era lo único que yo
sabía: que estaba triste, más que triste, a veces. Y, bueno, eso no me impidió
salir (mucho), ni divertirme, ni estudiar, ni encontrar trabajo, ni conocer más
gente, ni querer a gente, ni encontrar muchas amistades… ni nada de eso. Pero
todo, todo, quedaba impregnado por ese poso marrón de tristeza. Por ese “si,
pero…”
Lo que la
naturaleza, en mi caso, trataba de compensar, suavizar, equilibrar, era también
una diferencia. La que existía entre lo que yo creía que era, manifestado por
mis actos, mis ideas, mis propias creencias de entonces… que implicaba un
estado poco estable, y lo que yo era o soy en realidad, el estado estable hacia
el que tiendo.
Siguiendo con el
desarrollo, se podría inferir que a mayor tristeza, mayor es la distancia que
te separa de tu estado más estable, pleno. Del ser tú mismo.
A mayor
satisfacción, alegría, plenitud, más cerca estás de ser tu mismo. Si has vivido
siempre ahí, supongo que este post te parecerá escrito en chino.
Con la tristeza,
la fuerza impulsora trataba de empujarme hacia mí. Trataba de decirme que por
ahí no iba bien, con esa forma de pensar, esa forma de actuar, esa forma de
creer.
Y, ¿no te parece
que de aquí se desprende una idea de determinismo, de algo parecido al destino
de cada cual? Mientras escribo, se me ha ocurrido que quizá eso sea lo que te
cuente a modo de bonus track de toda esta historia.
¿Me dejas que me
ponga consejera? Haz caso a tu tristeza o a cualquier estado de ánimo que no
sea el pleno, el alegre, la risa fácil, pues probablemente ese estado te esté
animando al movimiento, a la búsqueda. A ti.
Como ves, y según estás teorías mías basadas en nada, las fuerzas impulsoras provocan movimiento y ese movimiento en lo que
derivó en mi es en lo que ahora llamo, vida B. Pero eso te lo cuento en el próximo
post.
PD.: ¿Te has aburrido? Esta entrada ha sido escrita en varios días y al
final no sé si ha quedado medio clara. Lo siento mucho. Espero, al menos, que
hayas disfrutado con Elvis.
PD2.: El dibujito de los imanes lo he cogido prestado de aquí: http://profesoranelitavenegas.blogspot.com.es/
No creo que este
escrito esté tampoco plagado de ecuaciones ni de teoremas, para disgusto de los
físicos nucleares que me leen con un cuchillo entre los dientes.
Más bien lo que
me apetece es contar el cómo accedí a este tipo de conocimientos, que es lo
mismo que explicar cómo llegué a elegir los estudios que elegí y que
posteriormente se convertirían en, lo que de broma denomino, mi vida A.
Pues la cosa fue
más o menos así: ¿Qué carreras de ciencias hay en
Ciudad Real? Mmmm ésta, ésta, esta otra… Pfff, ésta parece poca cosa, ésta no
me apetece, ésta no me convence…¿Y Químicas? Total, he acabado el instituto con
más moral que el Alcoyano y química ha sido una de las asignaturas que más me
ha costado. Voy a demostrarme a mi misma que puedo con ella. Venga pues ala,
hago Químicas, mismo.
Unas semanas
después, un amigo de mi padre:
- Laura, ¿qué vas a estudiar?-, - Químicas-. -¿Y cómo no
haces la ingeniería, que tiene más salidas?-
- Papa, un ingeniero, ¿qué es exactamente?- Pues es el que más sabe de su área- . -¿A ver las asignaturas de Ingeniería Química? ¿Qué será
esto? Me suena a chino aunque digo yo que con los cursos ya me iré
familiarizando con estos temas. Bueno, pues si tiene más salidas… hago Ingeniería
Química-.
Por aquella
época, Madurez aún era un pequeño embrión bicelular e Instinto, apenas una
entidad acorpórea que vagaba por el limbo neuronal no consciente. Con lo que
Mente Práctica y Orgullo, en todo su apogeo, fueron los artífices de que una
chica sin clara vocación y con buen expediente forjara de esa manera su futuro.
O su vida A.
¿Sería esta y
otras decisiones tomadas de la misma manera las que influyeran en el desarrollo
de otra, en ese momento inimaginable, vida? ¿La vida B?
Ni idea. El caso
es que acceder a Ingeniería Química, suponía en los dos primeros años,
compartir el currículo con licenciatura y, por tanto, estudiar química teórica
sin aplicación ingenieril… un bálsamo para mi ser, del que yo no era consciente
en ese momento.
Voy a centrarme
en la física cuántica antes de que los mensajes entre líneas que están ahí como
martillo pilón queriendo que confiese que soy una ingeniera sin gusto por la
ingeniería, tomen posesión de este post y se pongan a ocupar directamente las
líneas.
Segundo año de
carrera. Ya he estudiado Química Física, Química Física II y ahora toca
Ampliación de Química Física. Las dos primeras fueron una tortura y con la Ampliación no sabía lo
que me esperaba. Lo que me encontré fue a un profesor mayor que se limitaba a
ponernos diapositivas que teníamos que copiar sin más. Y, como ya estarás
suponiendo, bajo ese título tan sin sal, de lo que realmente se trataba era de
física cuántica.
Obviamente, el hecho de “enseñar” de esa manera no daba lugar
a preguntas porque, entre otras cosas, lo que copiábamos así de forma general
era simbología griega combinada para tratar de dar alguna explicación a
fenómenos sólo intuidos por el ser humano hasta ese momento. Tratar de
encontrar una fórmula para predecir el comportamiento de cosas que no se ven.
Pero en este
caso no fue una tortura. Tenía la asignatura la suficiente o toda abstracción
como para que se activaran partes de mi cerebro que disfrutan con la visión
espacial o con la visualización de lo abstracto. Ni idea. Es la primera vez que
llamo así a todo esto. Visualización de
lo abstracto, de ideas ajenas. Qué cosas.
Más que por el
rollazo de las clases o por los apuntes limpísimos encuadernados por mi padre
que se generaron, esta asignatura la tengo asociada a noches de verano.
Ya no recuerdo
si la suspendí en Junio o si me la dejé para Septiembre, pero el caso es que el
verano de segundo a tercero me lo pasé a la luz de la terraza, estudiando de
noche porque La Mancha, Verano y Estudiar a plena Luz del Día son términos que jamás el ser humano
ha podido unir en oración alguna.
Sin buscarle más
poesía de la que tiene y como la gran mayoría de los mortales, me gustan las
noches de verano. Me gustan mucho. Desde que tengo uso de razón. ¿Para ir de
terracitas? Si. ¿Para quedarte hasta altas horas escuchando a las vecinas en el
corrillo de la calle si eres una niña de pueblo? Por supuesto. ¿Para no hacer
nada más que mirar el cielo y las estrellas en el silencio del respiro que el
horno manchego te da a esas horas? Para lo que más.
Y así, con ese
entorno tan evocador, tan de silencio, y con la mesa de camping apoyada en la
pila de la terraza, aquel verano me dediqué a hacer girar electrones en mi
cabeza; a colocarlos en sus respectivas cajitas energéticas; a romper con la
idea de pequeñas particulitas y transformarlo en nubes de probabilidad… A
subrayar de colores teorías que me hablaban de que nunca, nunca, llegaríamos a
conocer con total seguridad lo que ocurre en esos pequeños universos que no
vemos… Porque, por si no lo sabes, el átomo aún no se ha “visto”.
Y todo eso, en
mi imaginación, se dibujaba sobre el fondo oscuro de lo misterioso. Y sobre mi
cabeza, otro fondo igual de oscuro e igual de misterioso, me alumbraba con
constelaciones y planetas. Sin tener aún plena conciencia de que yo y el
espacio que ocupaba, éramos el eje de simetría sobre el que se desdoblaban el
universo infinito y el universo infinitesimal.
¿Soy átomo o Planeta?
De la forma más
absurda me enteré que en Septiembre había vuelto a suspender la asignatura.
Estaba claro que el profesor no había percibido el toque de poesía que yo le
había encontrado al asunto y se empeñaba en los exámenes en ponernos complejos
problemas en los que yo no era capaz de establecer la conexión entre ese arte
que se escondía entre partículas y los endiablados experimentos que ese hombre quería
que reprodujéramos en papel.
Al final reclamé, aprobé y no volví a tocar nada
de física cuántica. Pero esos apuntes limpísimos ocupan en mis estanterías
actuales un hueco no compartido por otros apuntes más útiles que esperan en cajas su particular noche de San Juan.
---------
Tiras del hilo y
se cuela tu vida en cada tema que quieres tocar… Al releer lo anterior, a mi me
viene un sentimiento revestido de algo de nostalgia. Pero no de querer volver
a ese época sino más bien de miedos e incertidumbres, de angustia y presión
por los exámenes…No fue una época mala, pero tampoco fue la mejor. Revisando
recuerdos, suena en mi cabeza una canción de R.E.M. que me tocaba la fibra en
la época de la universidad. Escucharla, me trae sentimientos parecidos a los
que te cuento. Aquí la tienes: