Primera
vez que amanezco en mi piso. He dormido muy bien. Me levanto temprano y hago un
poco de yoga. Desayuno, friego con cuidado para no gastar mucha agua. El truco
está en echar primero el agua en la taza e ir mojando ahí el estropajo. Además
es conveniente no utilizar mucho lavaplatos para que después el aclarado sea
más liviano. Ingeniería del fregoteo. Me aplicaré estos principios cuando
vuelva a la civilización.
Mientras
ordeno el dormitorio recibo llamada paterna. Están de limpieza en las cocheras
y se me requiere para ver qué hacer con el ingente número de cajas con libros
que allí almacenamos mis hermanos y yo. Recibo de mala gana la noticia pues soy
una ermitaña que ya está saliendo demasiado de su ermita, pero rápidamente
cambio el talante y me decanto por la flexibilidad. Al fin y al cabo retirarse
no es empecinarse, sino adaptarse a las cosas tal cual vengan1.
Cuando
me planto delante de la primera caja de apuntes que guarda cientos de folios
con mi letra de hace quince años (o más), el primer impulso es el de posponer la
masacre. Pero sólo tardo dos respiraciones en darme cuenta de que se trata de
un nuevo reto que me plantea mi ansia de Nada. Si aspiro a Ella, esta es una oportunidad
más para crear espacios vacíos, en este caso, físicos. Es el reconocimiento de
que hay cosas que ya no tiene sentido conservar. Es así como de nuevo pongo en
práctica en el mundo material aquello para lo que me entreno en lo intangible y
sin ápice de misericordia voy volcando en el maletero del coche kilos y kilos
de sabiduría ingenieril; horas y más horas de culo sentado en la silla de mi
habitación, en la de la residencia, las de las salas de estudio, las de las
aulas de la facultad… y no me tiembla el pulso. Sólo salvo el proyecto fin de
carrera y poco más.
Descargamos
la mercancía en el punto limpio. Allí se encuentran los bomberos sofocando un
pequeño incendio en uno de los contenedores. No siendo esto el colmo de lo
raro, observo con divertimento la situación con algo de perspectiva: yo
llevando a la práctica un experimento poco común y viviendo igualmente situaciones
nada rutinarias como ésta. Debido al humo no podemos acceder al contenedor que
nos toca y yo no puedo controlar la risa ante el cabreo momentáneo de mi padre.
A la
vuelta, más ligeros, más ligera, me vuelvo a mi retiro donde me doy a la
escritura sin miramientos.
Paro
para comerme la ensalada de lombarda y un poco de tabuleh. Pongo de nuevo en
práctica la ingeniería del fregoteo que va perfeccionándose en cada nueva tentativa
y me tumbo a sestear con Walden bajo
el brazo.
No leo: picoteo
Confieso
que me da pudor publicar sobre mí por eso prefiero referirme a mis pensamientos
o reflexiones pero Thoureau, en la primera página de Walden, escribe lo
siguiente: […] empezaré disculpándome con
los lectores que no estén particularmente interesados en mí […] en la mayoría
de los libros el Yo o la primera persona se omite; en éste se conservará […] en
general olvidamos que, al fin y al cabo, es siempre la primera persona la que
habla. No hablaría tanto sobre mi mismo
si hubiera otra persona a quien conociera tan bien.
Me
siento, pues, legitimada en la distancia física y temporal por este pensador
acerca de la redacción de mi experimento y de sacar a la luz estas cosas que
yo considero tan íntimas. Es en este momento cuando decido que voy a publicar en
el blog esta serie, aunque sea en diferido.
Me
descabezo un poco tras la friolera de dos o tres páginas de Walden, haciendo así gala de mi poca
avidez lectora. Al levantarme persisten mis ganas de escribir así que me doy
a las teclas. Por la noche he quedado a cenar con mi hermana. Definitivamente
la adaptación a los hechos que me rodean ha vencido al empecinamiento del
encierro. No soy yo, son las circunstancias las que comienzan a marcar la
diferencia entre este retiro y su
concepción inicial como semi-enclaustramiento.
Ya que
nuevamente tengo que salir del piso, me dirijo, empanada bajo el brazo, a darme
una ducha a casa de mis padres. De ahí, la empanada y yo emprendemos rumbo a
casa de mi hermana. Cena agradable y opípara pero sin carne esta vez.
Al
regreso entro en mi casa, cual ladrona, con una linterna que me ha dejado mi
padre. Me da por pensar que quizá los vecinos del bloque de enfrente se
mosqueen al ver la luz móvil a través de las ventanas por eso trato de ser
discreta. Lo mismo me pasa, lo que son las cosas, cada vez que voy al baño con
la garrafa de agua. ¿Se asustarán mis vecinos? ¿Me llamaría mi vecina en plan: Oye Laura, algo pasa en tu piso, se oyen
ruidos? Yo, claro está, contestaría bajito para no delatarme a través de
las paredes… Qué poco dicen estos gestos de mi libertad interior. Qué lejos
estoy aun de haber salvado la opinión de los otros, reflexiono antes de irme a
la cama.
Leo un
rato bajo la luz de la linterna, que apoyo en mi hombro como si estuviera
fisgando entre mis páginas. Pero observo que ser ermitaña es agotador y me vence
el sueño enseguida.
1 Adaptación
no es sumisión, pero no estamos aquí para hablar de eso.
Pues voy a mirar más bajo la falda del blog..
ResponderEliminarQueda permitida la indiscreción.
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