lunes, 20 de junio de 2016

Vivir (II). Barriendo se alcanza el TAO


De entre todas las labores posibles decido que hoy barreré hojitas otra vez. Aun así, antes de empezar doy un repaso a mis apetencias, no vaya a ser que subrepticiamente sólo lo haga por agradar cuando en realidad quisiera dedicarme a otras actividades más lucidas y lúdicas que ofrece la casa. Tras breve autoanálisis admito que no: todo mi ser se inclina hacia la retirada de las hojas secas, flores y semillas que se desprenden incansables de este árbol que aún tiene mucho trabajo que dar, según indica su copa. Así que me dirijo como cada día al rincón donde se amontonan las escobas y busco mi cepillo favorito de exteriores y otro de cerdas más suaves. Hoy me voy a atrever con una zona complicada en la que la tierra del suelo está más suelta.
Hace unos años, cuando vine aquí por vez primera me ofendió un comentario de la dueña que aseguraba que nadie sabía barrer. Y me lo decía a , que llevaba barriendo casi desde que tenía uso de razón. Al preguntarle, molesta, cómo habría de hacerlo, ella, de una forma muy pedagógica, me contó que durante muchos años se dedicó a limpiar colegios para ganarse el sustento suyo y de sus hijos cuando la vida se le volvió un poco más difícil. Ahí comprendió el arte del cepillo. Me desveló que lejos de la costumbre generalizada de extender la basura y pasearla por todo el suelo para hacer un único montón, era mucho más eficaz ir acumulando pequeños montones y retirarlos poco a poco. De esta manera, un verdadero experto del barrido, y mucho más si hablamos de exteriores, debe saber que tendrá que hacerlo sin soltar el recogedor, avanzando pasito a pasito mientras va dedicándole prácticamente un exclusivo golpe de escoba y recolección a cada cosa que perturbe la integridad higiénica del suelo…
… Y así me hallo yo ahora, imitando al experto, con la cabeza gacha concentrada en cada hoja, en cada florecilla y en cada roce del cepillo con la tierra cuando comienzan a sonar en mi cabeza los primeros versos de uno de los poemas que más me gustan del Tao Te King:
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO…
Sonrío para mis adentros reconociendo a aquel que vierte los versos en mi mente y es que uno de los principales efectos secundarios de estar en armonía es que mi Ego no solo se conforma con subirse al carro donde, como romeros, nos balanceamos con gracia mi Bienestar y yo, sino que además lanza flores a nuestro paso y se deshace en vítores, alharacas y olés. Hoy, en su sencillez, me coloca en el pedestal de la Virtud dedicándome el poema por haber elegido este trabajo tan poco atractivo e insinuándome que gracias a eso terminaré, esta vez sí, por alcanzar el nirvana y la plena realización personal.
Pero bueno, tampoco quiero hacerle mucho caso pues qué vano es luchar contra un ente tan complejo como el Ego. Le dejo hacer mientras mi atención se centra en darle vida al suelo, como me dijo también mi maestra, en una distinción bastante gráfica entre las labores que se realizan con amor de las que no.
… Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre…
Trabajar con el TAO de banda sonora tampoco es desagradable, me admito mientras la actividad comienza a transformarse en una cuasi-meditación: no mirar más allá de la siguiente hojita y fijar la vista sólo en medio metro cuadrado me ordena la mente ¿Qué extraños misterios se esconden detrás de la dedicación, del abandono de la prisa, del vivir ajeno a metas ni recompensas?
… y así está más cerca del TAO…
Bueno, por supuesto que mi ego tiene la respuesta. A estas alturas ya me ha alzado al nivel de Mesías en la escala evolutiva humana... Como siga así voy a tener que atarle en corto.
En medio de la incipiente pugna por mi control emocional observo que barrer este lugar es lo más parecido a barrer directamente el campo y eso me hermana con una vecina que vivía en mi barrio cuando yo era niña y que en sus últimos años perdió la cabeza. En esa época era fácil verla enfrascada con su escoba en el cauce seco del río que atravesábamos para ir al colegio. Los niños y no tan niños, crueles, nos reíamos de ella por lo bajini pero hoy, bajo este sol que ya empieza a picar, me pregunto si acaso su independencia emocional no sería tan grande que poco le importaban las burlas y mucho el hacer lo que su confuso corazón le dictara…
…Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO…
Pues por hoy ya está. Levanto por fin la vista y no sé si estaré más cerca del TAO, pero al menos el patio se ve más bonito. Recojo mis herramientas y al ir a colocarlas en su sitio me sobresalta una voz a mi espalda. -Perdona, has sido tú quien ha barrido allí debajo del árbol-. Era la jefa. Maldita sea, me digo esperando bronca, ya he vuelto a esparcir demasiado la tierra - Sí, contesto con voz trémula - Es que está muy bien. Cuando lo he visto he pensado que por fin hay alguien que barre como yo. - Gracias-, respondo aliviada. -Sólo apliqué lo que un día me enseñaste…
…Y mientras la conversación se desarrollaba, en un universo paralelo un ego desbordado restregaba en los morros de su habitáculo manchego, y de carrerilla, un poema enterito del Tao Te King...
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO.
Por esto, la suprema bondad es tal que,
su lugar es adecuado
Su corazón es profundo
Su espíritu es generoso
Su palabra es veraz
Su gobierno es justo
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
nada se le reprocha.

Algo me dice que hoy no hay hojitas suficientes en todo el planeta Tierra para que ese ego llegue a comprender lo que de verdad significa este poema.

jueves, 16 de junio de 2016

Vivir (I)

Me despierto cuando entra la luz a través de las cañas con que está construida mi cabaña y como aún queda un buen rato para la hora de la meditación, decido que me voy a caminar. Así que me cambio mínimamente pues cuando viajo en este plan hago apenas distinción entre la ropa con la que duermo y con la que salgo… y me gusta.
Me muevo con sigilo, en el resto de las habitaciones de la cabaña la gente duerme, y salgo al exterior procurando no descargar del todo mi peso sobre la grava. No quiero que la mañana se asuste. Al llegar al lavabo el espejo me devuelve una cara sonriente y salvaje, quizá ayuda que mi pelo se vuelve rebelde cuando me acerco a playa alguna. El chorro de agua del grifo se une a la explosión latente de ruidos que trae consigo el amanecer. Sólo los pájaros y mis pisadas pondrán la banda sonora a mi paseo.
Qué bueno no saber hacia dónde ir. Me dejo llevar por mis piernas que deciden ignorar el desvío que me llevaría al pie del lago salado. Parece que hoy toca ir hasta los acantilados. Un poco más adelante el camino se bifurca y soy guiada hacia el lado de la derecha. Aunque en un principio pensaba que no llegaría muy lejos, me sorprende que no sea así y que finalmente haya encontrado el sendero por el que puedo bordear completamente el lago. Desemboco en un lugar en el que los acantilados no son más que playa rocosa. Me siento un rato, agradecida porque no pase nada, y contemplo la avidez de las pequeñas olas que como buitres carroñeros muerden incansables la base de una roca. Cuando levanto la vista me cuesta creer que este mar sea al mismo tiempo escenario de vida y motor de destrucción pero eso me pasa por seguir sosteniendo interpretaciones que asocian bondad con creación y maldad con destrucción. Qué sabré yo de mecanismos universales.
Vuelvo sobre mis pasos persiguiendo con curiosidad las huellas de mis zapatillas de semi-trekking, sintiendo absurda ternura por la que fui hace unos minutos y por su ápice de inexperiencia respecto a quien soy ahora. Poco después llego al punto donde de nuevo mi camino confluye con ese otro que me va acercando a la casa donde vivo por unos días. A pocos metros de la entrada, en la parcela colindante, la vecina octogenaria hoy está arrancando unas malas hierbas. Hace unos días la saludé mientras preparaba un surco con su azada, ayer barría el porche. Me pregunto qué pensará esta mujer cuando llegue la noche, si se lamentará por una vida atada al ingrato trabajo del campo o si por el contrario vivirá su quehacer con alegría… Si, a fuerza de escuchar día tras día el susurro de la tierra que labra, hace tiempo que comprendió todos los secretos del universo.
Cuando la pierdo de vista acude a mis pensamientos Paris Hilton en un giro al que mis mecanismos cerebrales ya me tienen acostumbrada. Me contaron que es habitante ocasional de la isla así que el requiebro mental tampoco es tan dramático. Pero no me viene a la cabeza por eso sino como antítesis de la vecina octogenaria pues en su caso, con una vida dedicada a experimentar el catálogo de actividades que el hombre ha dado por llamar placenteras, la imagino torciendo el gesto cada vez que se viera obligada a llevar a cabo labores que supongan algún tipo de esfuerzo, trabajo o incomodidad.
Casi a punto de alcanzar mi destino, infiero de mi ensalada mental que de la misma forma que no hay vida sin muerte ni creación sin destrucción, es importante mantener el equilibrio entre trabajo y ocio, entre dedicación y placer pues la inclinación de nuestras vidas en uno u otro sentido nos puede volver desgraciados o mezquinos.
Al final de mi andadura vuelvo a la imagen de la anciana, ¿se dará también sus pequeños homenajes? ¿Cómo serán? Y mientras la imagino cada noche destinando el rato antes de dormir al visionado de películas de Sarita Montiel, me aplico el ejemplo. Ojalá y yo nunca me olvide de bailar.




lunes, 23 de mayo de 2016

Mapa físico, mapa político

- Cádiz, Cádiz, que no me quiten Cádiz-, murmuraba temblorosa tratando de disimular el pánico escénico. Desde mi pupitre, la lista de niños que me precedía se me hacía interminable mientras observaba atenta cómo, con una resolución digna de admirar, se iban levantando según el orden indicado por la señorita e iban cantando provincias antes de señalar su ubicación en el mapa político.
Por cuestiones rocambolescas cursé parte de primaria con los niños justo un año mayores que yo, y el recuerdo de mi primer día en aquel aula llena de extraños lo tengo presente como si fuera hoy. Ellos quizá llevaban ya días manejándose con el mapa pues salían a la pizarra con una seguridad envidiable ante un ejercicio que a mi se me antojaba reto jeroglífico. Así que, para resolver el asunto, eché mano de mi recién estrenada capacidad lectora y de la agudeza visual que Dios me dio para localizar a la altura de mis ojos ese trocito de tierra bautizado como “Cádiz”. Algún otro que también distinguí ya había sido escogido, por eso cuando llegó mi turno y Cádiz seguía intacta canté con fuerza y alivio su nombre y me levanté muy ufana para, con manita temblorosa, enseñárselo a mis nuevos compañeros. Desde entonces nunca he olvidado dónde queda Cádiz.
La presencia del mapa físico o del político sobre la pizarra de la clase era una constante en mis primeros años de escuela. Y yo iba aprendiendo de ambos como si se tratara de dos entes distintos sin más puntos en común que la silueta de aquella cabeza de mujer con cara portuguesa. Mi preferido era el mapa político por la posibilidad de pintar de colores diferentes las distintas comunidades autónomas. En mi inocencia, la importancia de cada región radicaba en su tamaño por eso me sentía especialmente orgullosa de que Castilla-La Mancha fuera de las más grandes y que Ciudad Real fuera la tercera, sí, la ter-ce-ra provincia más grande de todas las de España. Con el tiempo me fui dando cuenta de que el otro mapa, aquel en el que venían representados ríos y cordilleras que después había que memorizar, era el que más se ajustaba a lo que la realidad es. Muchos años después caí en la cuenta de cómo unas líneas ficticias y aleatorias colocadas por el capricho del hombre para parir un mapa político separan a los pueblos con mucha más eficacia que la cordillera más alta de cualquier mapa físico. Así que cambié de preferencia.
Si lo pienso un poco, esa tendencia mía a cambiar mis afectos desde lo establecido por convenio a lo natural-esencial se ha convertido en pauta a medida que me voy desarrollando como adulta. Se da el caso, además, que tanto lo establecido como lo natural-esencial siguen conviviendo en el mismo soporte de una forma casi inevitable. Y no sólo me refiero a territorios. Yo misma soy el compendio entre un mapa político y uno físico. En el primer caso, sujeto a convenios inventados por el hombre y atendiendo a mi contexto sociocultural, mi silueta sobre el plano representaría regiones de nombres tales como clase trabajadora, edad productiva, raza blanca, manchega, química... En el otro caso, esa misma silueta pero carente de fronteras daría lugar al mapa de un ser completo y sin limitaciones que vive gracias a la relación con sus semejantes, con otras especies y con, en definitiva, el planeta y el universo que ocupa*. De nuevo, el mapa personal político es más proclive a la separación, segregación, diferenciación, distinción… mientras que el físico, natural o esencial aúna, congrega y nos permite ser testigos de que nuestra presencia encaja perfectamente en el engranaje del propósito universal, cualquiera que éste sea. Queda así justificado que también en este sentido mis afinidades se inclinaran con los años hacia la búsqueda de la parte esencial de mí misma más que a incidir en mis definiciones convencionales-sociales.
Pero ambos aspectos son necesarios mientras vivamos como lo hacemos y mientras que a nivel global se le dé más importancia a nuestra definición según nivel económico, raza, etnia u origen. Creo que, además de ser bueno para saber a quién votar, ser consciente de tal definición y del estrato social que ocupamos en nuestro mapa político nos va a permitir primero relativizar sobre ello y, a continuación, poder dedicarnos a estudiar y desarrollar con tranquilidad nuestro mapa o yo esencial.
Conceptos, ya ves, cuajados de dualidades inseparables y complementarias contenidas en el mío y en el resto de cuerpos humanos. La virtud por todos conocida será encontrar el término medio y sacar buen partido de ambos mapas. Pero ojalá y yo pudiera hallar tal punto medio pues últimamente vivo en el rechazo de lo ficticio de una manera tal que a veces temo que alcanzaré mi plena coherencia el día que sobreviva de los frutos que me ofrezcan las plantas silvestres, del momento en que observe el cielo como mi único techo y de que mi vestimenta sea la que yo misma me proporcione sin intermediarios. Una loca, ya me lo han dicho.
Pero cómo son las cosas... hace pocos días la naturaleza misma me mostró de una forma muy evidente una puerta abierta al término medio, a la convivencia y equidistancia entre lo natural y lo acordado por el hombre. Rumiando mis inclinaciones radicales hacia lo verdadero, paseaba acompañada de mi padre por las inmediaciones del pueblo observando la siembra de cereales que en pocas semanas virará sin remedio hacia el amarillo, convirtiendo así esta tierra en un verdadero secarral. En esos momentos reflexionaba yo acerca del empeño del hombre en hacer suya cualquier parcela y manipularla a su antojo: ¿cómo sería mi tierra sin tanta intervención humana? ¿Estaría también esta llanura cuajada de jaras, tomillo y romero como en el monte?... Y de repente ahí, entre los tallos de avena, una pequeña muestra de la verdad asomaba atrevida en las zonas donde no arraigó grano dando lugar a ramilletes salteados de gramíneas, amapolas y cardos con flor morada en una secuencia casi programada. Un poco más adelante los cardos eran sustituidos en la secuencia por otras flores, moradas también. Amapolas, gramíneas y cardos; flores moradas, gramíneas y amapolas; rojo, amarillo y morado; morado, amarillo y rojo… y entonces, la epifanía. El campo que me vio crecer me estaba mostrando un ejemplo de mi tan buscada confluencia entre los sistemas políticos adoptados por el hombre y lo esencial de la vida; entre el mapa físico y el mapa político de este país. La naturaleza me hablaba y me decía claramente que ¡era republicana! Y yo, a partir de ese momento, ya no sé si me gustan más los mapas físicos o los políticos, pero lo que sí sé es que a la naturaleza siempre hay que tenerla en cuenta.
Y aquí, la prueba

(*) Me lo acabo de inventar.

PD.: Cuando se estaba gestando este escrito, los Reyes que no son ni Melchor ni Gaspar ni Baltasar hicieron una visita a Ciudad Real. Mientras la gente agitaba banderitas rojigualdas a su paso, ¿se percatarían de lo que clamaba el campo unos metros más allá?

lunes, 9 de mayo de 2016

Semana Santa 2016 (Parte III). Debería y yo

No era la primera vez que me tocaba vérmelas con Debería pero nunca antes habíamos hablado a solas, pues acostumbra a acompañarse de personajes como su inseparable Presión Social. Suerte la mía porque juntos son unos gamberros... Sospecho que Debería es el cabecilla de una panda de entidades emocionales que lo consideran su guía, un Moisés de lo inconsciente con su tabla de Los Diez Mandatos grabadas a fuego en las paredes donde deben estar escritas mis creencias.
Mientras Debería recorría el arduo camino hacia el consciente, yo esperaba más cabreada que una mona, no sólo porque me había fastidiado las primeras horas de retiro, también porque a estas alturas seguía dejándome llevar por sus insinuaciones. Sus constantes órdenes continuaban activando la falsa creencia de que nunca hago nada bien, y cuando mis obras se desvían de sus preceptos es mucho peor pues la perorata sigue siendo tan repetitiva y el cacareo de su pandilla de acólitos tan estridente, que sólo el puño firme de la consciencia y la voz suave del corazón pueden hacerle frente.
Pero en ese lapso también me dio tiempo a reconocer que sólo se trata un ente obsoleto que trabaja en automático. Como un viejo juguete de cuerda que sólo hace una cosa. El malote de la pandilla siempre alza la voz para esconder su enorme vulnerabilidad... Así, despacito volví a enfundar las armas que había preparado para la contienda, sabedora que Debería y todos los demás también aportan a la construcción de todo esto que soy; a su manera sólo quieren protegerme. Por mi parte admito que muchas veces me valgo de ellos para refugiarme y desoír las llamadas de una libertad tan anhelada como insondable y abismal.
- Ya estoy aquí, ¿qué quieres?- Muy cerca de mi cara, una entidad de asustados ojos grandes y bracitos en jarras se mostraba con una actitud de infantil desafío.
- Hola Debería, ¿cómo estás?- Traía un tic en el ojo, estaba incómodo. Él esperaba pelea y el saludo le pilló a contrapié. Aún así, con la boca chica, activó su disco rallado:
- Yo bien… pero tú, ¿qué haces, ejem, aquí sola?
- Debería, gracias por querer ayudarme.
- Esto… ¿no crees que… mmm… deberías estar haciendo… otras cosas?
- Tranquilo que no tienes que seguir por ahí.
- ¿Qué quieres de mí entonces?
- Pues ya, nada. En este enorme silencio tu voz ha sonado más fuerte que nunca y me he dado cuenta de que tan absurdo es que no me dejes leer tranquila como que me sugieras que no vivo como tú crees que tendría que hacerlo.
Contrariado, se desencaramó de mi pecho y se sentó cabizbajo en el sofá. Puesto que no tiene como atributo el razonamiento ni la lógica sino la repetición mecánica de preceptos socioculturales, estaba confuso y, sorprendentemente, un poco avergonzado mientras relataba cual beata: date prisa si no quieres que se te pase el arroz…, adecenta tu piso de una vez…, alquilar es tirar el dinero… Pero yo ya lo miraba con ternura y aunque supe que siempre estaría dentro de mí, verlo así fue como atarle unas pesas en sus piernecitas invisibles: seguiría irremediablemente tratando de armar bulla por mi psique pero mucho más despacio que antes.
Entonces, ya sí, el día siguiente amaneció luminoso y yo me fui a pasear sin el peso de su presencia mientras él se quedaba rezagado, caminando con las manos enlazadas en su espalda y mirándome con una mezcla de pena, resignación y enfado. Aliviada, en los días que siguieron fui familiarizándome con mi instinto, y la curiosidad y el afán de aventura salieron de su letargo. No quería dejarme nada sin pisar, sin sentir, sin tocar. Quería llevarme a casa cada rincón, cada piedra, cada horizonte. Me convertí en una ávida cazadora de colores y en mis oídos ya sólo resonaba el canto de los pájaros y el crujir de mis pisadas.
A ver si encuentro una página menos choni para hacer los montajes

Empaticé con los animales y, ante el ladrido de los perros, me mostraba inofensiva; ante el voraz apetito de las ovejas, sólo les ofrecí silencio; ante el miedo de las vacas hacia mi especie, mantuve las distancias. Mi estrategia era el respeto por ese juego de equilibrios engarzados que es la naturaleza y evitar al máximo que mi presencia lo perturbara.
Cruces de miradas diez veces menos intensas han acabado en apasionados besos
Y después, ya te lo conté, la alegría se apoderó de mis huesos y ya no había música más deliciosa que la del silencio, manjares más ricos que mis lentejas ni meditación más poderosa que mantener la lumbre encendida. Tras más de un mes soy un poco más libre que antes de irme a aquel pueblo. Sin duda lo más importante que allí me ocurrió fue encontrarme Debería. Desde entonces ha vuelto varias veces pero ya no reacciono con tanta frustración ni corro deprisa para atender sus mandatos. Ahora, cuando su letanía comienza, mi recuerdo vuelve a aquel sofá frente al fuego en el que prendió una luz sobre la figura de Debería.




viernes, 29 de abril de 2016

Semana Santa 2016 (Parte II). Una compañía indeseable.

La vida va demasiado deprisa
para mi ritmo de escritura
L.S.

Si a mi me dicen que alguien se va a una casita tranquilamente a pasar unos días a un entorno idílico acompañado por sus libros y por las ganas justas de darle a las teclas del ordenador, lanzaría un suspiro anhelante diciendo para mis adentros ¡me lo pido! Y me pondría a soñar con una escena en la que el ser en cuestión yacería en un sofá con manta de cuadros encima, iluminado a medias por el resplandor de la chimenea y por la luz bajita de una lámpara de mesa, leyendo muy concentrado mientras el canto de los grillos compitiera afuera con el crepitar del fuego adentro…
Cuando el transcurrir de los acontecimientos conducía de forma inexorable hacia la materialización de esa imagen conmigo en el papel protagonista, me veía así, en posición horizontal sobre un sofá ajeno, degustando libro, café calentito y calor de lumbre, sin más incomodidad que la que me provocaran de vez en cuando mis esfínteres… Pero lo que no preví fue que esa escena sólo se habría dado en el caso hipotético de estar sola de verdad y es que, optimista de mí, por un momento olvidé que no soy una sino habitáculo de entidades de personalidad libre y máxima inoportunidad a las que les encanta complicar la belleza de lo simple. He aquí la narración de los hechos que me llevaron a descubrir al indeseable polizón que quiso perturbar mis santos días.
Todo comenzó en ese momento, ya con el maletero cargado, en el que hice una parada técnica en el centro comercial justo antes de enfilar la carretera. Enganché un par de paquetes de pan, una caja de leche y vuelta al coche. Al sentarme frente al volante algo no encajaba, me sentía incómoda. Sin ser yo la princesa del guisante, noté que algo pasaba bajo mis nalgas, ¿se habría desajustado el asiento? ¿Qué extraña perturbación, escurridiza a mis ojos, se había materializado en el otrora mullido relleno? ¿Acaso tratábase de un kleenex tamaño foulard olvidado en los bolsillos del pantalón? Una escueta palpación de mi culo fue suficiente para echar al traste esta hipótesis con lo que archivé momentáneamente el caso y arranqué el coche.
A los pocos minutos el paisaje tornaba casi sin transiciones a un verde brillante. Mi corazón hizo inocentes amagos de regocijarse pero algo contundente e invisible se lo impedía. Continué con la estrategia de hacer caso semi-omiso a este otro raro acontecer pero, al mismo tiempo, en mi cabeza comenzaban a resonar ecos de un disco muy antiguo, de ritmo pegadizo y letra cambiante según fase vital. El hit actual sonaba tal que así:
Vamos que irte sola en semana santa… Todo el mundo deseando juntarse con los suyos, ¿y tú? Si al menos estuvieras haciendo algo más acorde a tu edad…criando hijos, por ejemplo.
Maldita sea, no puede ser. Subí la radio, que ya empezaba a dar visos de pérdida de señal, y traté de engañarme a mi misma desviando la atención hacia pequeños regalos para la vista que me iba ofreciendo el paisaje, como la composición de ocres de aquellas rocas en la ladera del bajo monte, o esa otra planicie que siempre me sobrecoge y me transporta a muchos, muchos kilómetros de aquí, o de repente, ese río de caudal inaudito para lo que llueve por esta tierra, o las encinas esparcidas a muy pocos metros de donde ya me tocaba aparcar.
Mi benefactora y su marido se acercaron sonrientes cuando me vieron salir del coche. Yo tardé en reconocerlos, aturdida como iba por las curvas y el regomello que ya llevaba encima. Me dieron las llaves, las últimas indicaciones y se despidieron, pues ellos tampoco se quedarían en el pueblo. Es decir que iba a estar sola, sola. O eso creía yo…
Mientras me instalaba e intercambiaba mensajes de visita finalmente frustrada con mis amigas, el zumbido interno continuaba, ahora ya con evidente persistencia: Cuando termines, ¿qué vas a hacer? Deberías salir a dar un paseo un rato. No te irás a quedar aquí dentro con el día que hace…
Claro, es verdad, tenía que salir sin demora. Mira qué tarde tan buena. Comí las lentejas casi sin darme cuenta, movida por la prisa del tamborileo mental y salí presto a satisfacer sus órdenes esperando que la naturaleza ayudara a que el vacío fuera encontrando hueco en mí. Contraída y contrariada por el inesperado runrún, fue el miedo el que finalmente encontró la vía libre: ¿y si me sale un perrazo de la nada y me devora? ¿Y si me pica algún bicho venenoso y me quedo aquí tirada en el camino? No me he traído el DNI, ¿cómo van a identificarme (y cuándo) los lugareños? ¿Se habrá desintegrado mucho mi cuerpo hasta que mi familia pueda venir al levantamiento del cadáver? Al menos terminaré mis días en un lugar bonito…
Pero la principal fuente de parloteo seguía inasequible al desaliento. ¿Hasta cuándo piensas estar andando? ¿No deberías ya estar de vuelta para ponerte a hacer un poco de yoga?
Se jodió el paseo...
Se jodió el paseo...

Uy sí, el yoga… Lo que podría haber sido un paseo placentero con margaritas, vacas y encinas por doquier, se transformó en un ansia por llegar a la casa. A ver si con el yoga encontraba la calma… Y me puse a ello. Y cuando más concentración necesitaba, el ente volvió con una nueva consigna: En lugar de esta serie deberías haber hecho una buena meditación, ahora que tienes tiempo…Y cuando me disponía a meditar… Además de la serie, ¿también vas a meditar? ¿No va a ser mucho tiempo ya? Deberías cenar, ¿no tienes hambre?
Parece fácil darse cuenta que uno está poseído por algo, pero no lo es. Además, la criatura ya había mermado mis energías lo suficiente como para ni siquiera sospechar de su compañía. Sólo me quedaba combustible para seguir obedeciendo los mandatos de mi verdugo: Deberías escribir un poco, que tienes muchos escritos retrasados. Deberías tener ya tu propia familia. Deberías acostarte, es muy tarde. Mañana deberías salir temprano a ver el mesto
Qué pesadilla, yo no había venido a esto. Qué lejos estaba la nada que yo buscaba. ¿Por qué teniéndolo todo a mi favor, no me sentía libre? ¿A qué se debía esa ansia inesperada por llenar todos los huecos? Harta, decidí aplicarme la medicina que últimamente utilizo cuando el mal mental tiende inexorablemente a lo terminal o a lo mortal: el bailoteo loco. Y cual yonqui, busqué entre mis carpetas la canción necesaria, la que se cuela por mis huesos sin permiso, la que me contorsiona sin importarle coordinación o estética motora, la que, eones atrás, escuché por primera vez de la mano de Priscila, reina del desierto:

Mucho más tranquila tras el frenesí, tocaba, por fín, ración de lectura. Retomaría Walden. Me cercioré de que el decorado estuviera a punto: la chimenea encendida y con suficientes troncos como para aguantar un buen rato, el sofá enfrente en perfecto ángulo, la mantita suave a mis pies, la cena en el estómago, la cocina recogida… Sólo faltaba la salida a escena de la protagonista, yo, para que empezara a proyectarse la película que había planeado semanas antes. Me tumbé, me tapé, abrí Walden y sin haber acabado la primera página…
- Deberías estar leyendo los libros chinos, mira qué buen momento
- Pero…
- …O a Thich Nhat Hanh, a ver si te enseña cosas de la nada
- No puede ser…
- O Un Mundo Feliz, anda que no te quedan clásicos por leer
- ¿Cómo no me había percatado antes?...
- Porque el Thoreau este te va a volver más ermitaña y lo que tú deberías hacer es ponerte a criar hijos ya mism…
- ¡DEBERÍA!, ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO AQUÍ? ¡HAZ EL FAVOR DE SUBIR AL CONSCIENTE AHORA MISMO, QUE VAMOS A TENER UNA BUENA CONVERSACIÓN TÚ Y YO!
- ¡Ups!

lunes, 11 de abril de 2016

Semana Santa 2016 (Parte I). Carta abierta a cualquiera de mis seres queridos

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. […] Vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos y, si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo.
Henry David Thoreau, Walden


Cuando unos días después leí este fragmento de Walden, le dí un beso al libro pues tocó la médula de la causa invisible que me llevó de nuevo a retirarme, de una forma muy modesta, a pocos kilómetros de donde vivo. Una causa que es prima hermana de la tendencia a crear espacios vacíos que me persigue desde hace tiempo. Pero yo no llegué a tanto como Thoreau y si me ciño a lo concreto, mi pretensión esta semana santa era dedicarme al no hacer o, mejor dicho, a no tener ninguna obligación. Ver qué ocurre conmigo cuando llevo mi libertad a una expresión más radical que la experimentada a diario.
Surgió todo de sopetón. Un plan A, familiar, que se torció y un pensamiento: “Si me soy sincera, me iría al campo, sola, sin hacer nada y para no hacer nada, como mucho leer, escribir, caminar…” A continuación, la duda: “Anda, pues para eso me quedo en mi casa”. Y luego la valentía: “¿Y por qué no al campo de verdad?” Y una llamada: “No, Laura, lo tengo todo ocupado, pero espera que llame a un amigo que…”. Y otra llamada: “que dice mi amigo que sí, que si quieres tienes la casa para ti sola”. Y entonces, el apuro: “Mujer, si él no suele alquilarla me da cosica”. Y por fin, la coherencia: “¿Pero no es lo que buscabas? Pues vamos allá”.
Si quería no hacer nada allí, en aquel pueblo de cien habitantes en temporada alta, antes tenía que hacerlo todo, o casi todo, incluidas las comidas. Unas lentejas para dos días, un bizcocho casero, un sofrito de champiñones y remolacha al que añadiría un arroz que cocería, eso sí, en pleno retiro, una tarta de verduras… Y también, preparar lo que podría llenar mi tiempo: la esterilla de yoga y unos manuales por si me daba por ensayar unos talleres pendientes; y si me apeteciera leer, Walden1, que siempre viene conmigo cuando me da la vena ermitaña, Un Mundo Feliz, uno de Thich Nhat Han y mis inseparables libros chinos de los que tengo en mente explicar por aquí unas cuantas cosas. Muchas letras para un lector al uso y sólo una semana santa, la dosis normal si eres, como yo, una lectora picoteadora. También vino el ordenador a cumplir dos funciones básicas: la de máquina de escribir escritos atascados y la de reproductor de música por si se me antojara bailar hasta descoyuntarme o cantar mantras de una forma muy devota.
En efecto, llevaba el maletero demasiado lleno para una intención de no hacer nada, pero es que no sabía cómo iba a ser yo en aquel contexto. Además, y por supuesto, mantenía muy presente la posibilidad de no tocar nada de lo acarreado y dedicarme a todo lo no tenido en cuenta.
¿Pero, vas sola? ¿Estás bien Laura? Podríamos ir a verte, dar un paseo, tomar un café… Parecidos a éstos me llegaron varios mensajes y, aparte de que no fueron posibles las visitas, a todos respondí que sí, sí, todo bien, porque, ¿cómo trato de explicarte que aunque viva sola yo también necesito estar sola? Y no es la soledad por la soledad: es salir de mi estructura, del camino marcado por mis horarios fijos, por mis acostumbrados ademanes, mis pensamientos recurrentes, mis coletillas al hablar… Quedarme pelada y mondada. Sin guión ni argumento. Ser y conocer a lo más parecido a mi yo absoluto y alejarme de mi yo relativo. Una completa ilusión pues siempre somos en relación a algo o a alguien y en este caso sería yo manejándome en relación a un pueblo pequeño; o yo en relación a una casa vacía con partes de ella sin amueblar y sin rematar… Pero ya te digo que esto lo pienso ahora, inspirada por las palabras de Thoreau. Insisto en que yo lo que quería era irme a no hacer nada, ni siquiera el esfuerzo por convivir con mi camada; responder sólo a mis impulsos primitivos: comer cuando tuviera hambre, dormir cuando me entrara el sueño, despertarme, esperaba, con la luz de la mañana y, eso sí, darme al lujo de uno de mis máximos placeres: volver a la cama después de desayunar temprano. Eso sí lo tenía planeado.
Sirva pues ésta mi experiencia para descargar de responsabilidad a todo aquel o aquella que comparta paredes contigo y a quien en los momentos críticos culpas de tus ataduras y desdichas. Mi experiencia es el caso vivo de que lo que perseguimos cuando fantaseamos con una isla desierta es romper nuestra habitual forma, ésa que, intuyo, hace que perdamos la brújula que nos lleva hasta nuestra esencia verdadera.
Dos semanas mas tarde, pues aparte de lectora picoteadora soy escritora pausada, aun paladeo con regocijo las consecuencias sin nombre del hecho; las de los recuerdos de un paisaje sencillo reventando de verde; las de la sensación del cansancio en mis piernas tras largas caminatas sin brújula ni reloj; las del entrenamiento en la libertad basado en la obediencia al primer impulso en cada pequeña decisión; las del avance de los trámites de divorcio entre mis pensamientos y yo después de haber escuchado en estéreo su absurdo ruido en un escenario tan mudo.
La dictadura de mis biorritmos fue desarrollándose de tal manera que cualquier actividad pensada de antemano terminó por parecerme una falta de respeto hacia mí, por eso, al no sentir allí la escritura como una necesidad, decidí que nada escribiría. La verdad de la naturaleza fue tan contagiosa que cualquier palabra usada para describirla sólo serviría para mancillarla, así que tampoco relataría nada en mis textos y la experiencia quedaría sólo para mí.
Pero ocurrió que en mi último paseo, cuando fui a despedirme de los campos de cereal tierno y en la casa ya me aguardaba el equipaje empaquetado, sentí que me acompañabas y la tranquila alegría de los días anteriores se transformó en euforia cuando me imaginé mostrándote los lugares que había descubierto: la subida a la pequeña loma desde la que se dominaban todas las encinas, el vuelo tan cercano de un sinfín de cigüeñas, el bosque de alcornoques y romero, el mesto…
Por eso me he animado a contarte algo de lo que allí viví. La alegría, ya se sabe, es más intensa cuando se comparte. En cualquier caso no será mucho pues la nada es tan humilde que no requiere protagonismo alguno, quizá un par de escritos más, no sé. Pero además es que quería aprovechar para confesarte lo que descubrí de mí ya que, aunque como te digo, no estaba entre mis planes el encontrarme a mi misma, cuando uno no busca es cuando encuentra. No es que me sienta orgullosa pero allí observé atónita, desde la distancia que otorga la sorpresa y en el transcurso de ese último paseo, cómo el éxtasis se iba traduciendo a palabras malsonantes, tacos y expresiones toscas cuando atravesaba mis cuerdas vocales. Así, entre los campos verdes, miré a los ojos de la belleza con expresiones tales como “ost*a p*ta, pero qué cosa más bonita” o “la m*dre que me p*rió, qué precioso es esto”. Incluso, acaso bajo la influencia de los santos días que transcurrieron, osé dirigirme a lo eterno en términos como: “J*der, Dios mío, cómo puedo agradecer yo todo esto” y otras que no me atrevo ni a camuflar…
Es ésta, pues, la verdadera y última razón de mi carta abierta, amiga, amigo, familiar, ser querido en general. Ni entre tantas horas de yoga y meditación, ni entre los renglones de tanta mística lectura pude nunca descubrir como aquí que quien soy verdaderamente es una choni adolescente. Estoy aprendiendo a vivir con ello pero aquí y así quería advertírtelo. Dejo pues en tus manos, y con razón, si quieres que sigamos compartiendo nuestros caminos.


NOTA IMPORTANTE: Aunque he dicho que seguiría contando en un par de posts cómo me fue por el pueblo, no sé si intercalaré escritos diferentes o ni siquiera si llegaré a escribirlos. Todo va a depender, concretamente, de lo que me salga del pot*rr*2.

1 Llevaba más de un año tonteando con Walden y más tiempo aún desde que lo compré. Lo volví a empezar en semana santa, al lado de la chimenea, pensado por lo bajini lo pedante que me parecía Thoreau. A día de hoy me tiene enamorada.
2 Iba incluso a escribir c*ñ*, pero dos semanas de pulido parece que van apaciguando a la choni que llevo dentro. Disculpa la insolencia y la malsonancia.

jueves, 31 de marzo de 2016

Sin salir por la puerta se conoce el mundo (II)

 Sin salir por la puerta
se conoce el mundo.
Sin mirar por la ventana
se ve el camino del cielo.
Cuanto más lejos se va,
menos se aprende.
Así, el sabio,
no da un paso y llega,
no mira y conoce,
no actúa y cumple*

Valle de Katmandú, Nepal. Diciembre de 2014


Valle del Guadiana, Ciudad Real. Marzo de 2016


Cuando leo este poema y estoy lúcida siento que mis pies avanzan por un camino con sentido, aunque no sepa cuál es.
Cuando estoy oscura y leo este poema dudo y pienso si no me estaré conformando demasiado o si no estaré cayendo en la pasividad. Entonces me entran las prisas por encontrar el sentido de mi camino, aunque bien sé que ése es el primer paso para perderme.


* Poema 47 del TAO TE KING