domingo, 22 de marzo de 2015

Justificar o no justificar (los textos): Un dislate compartido

A la Duquesa de Corral de Calatrava, Marquesa de Argamasilla de Calatrava, Condesa de Moral de Calatrava, Vizcondesa de Aldea de Rey, Señora de las villas de Miguelturra, Granátula y la muy noble villa de Almagro,

En fe del buen acogimiento y honra que haze Vuestra Excelencia a toda suerte de propuestas, como lacayo tan inclinado a fauorecer las buenas artes, en especial las que por su nobleza se abaten al seruicio y grangerias del vulgo, he exposar cuales son mis certidumbres acerca de lo concernido.

Véase la belleza de lo injustificable:

Amada doncella, toméme el tiempo de ir a la raíz, cuelo que los romanos de antaño osaron decir y con ello dar sentido. Iustificare nombraron al hecho de “fazer justycia”, fazer que ambosdos platos de la balanza pesaran una arroba, cuatro quintales, tres fanegas, un celemín o medio almud. Injustycia
era la desproporción de los platos, la inclinación de los fierros en demasía allá de las algarrobas, aceitunas o la farina. ¡Yustitia! Qué tan bello principio para honrar la rectitud, la palabra ditcha, el buen obrar del noble. Verá usted mi honrada señora –y pardiez no me condene por mi observar- en la iustificatione de la escritura una análoga proeza cuál lo es poner panes y pesos que se miren a los ojos. Más, usted tal vez se haga a valorear lo justo de mi observar allende del esteril y mal cultiuado ingenio mio al no tratarle a vos con más honra y humildad que mi gallardía no permíteme rebajar. Fíjase usted, oh señora, cuan no quiero contrauenir al orden de la naturaleza, errante, díscolo e insometible, salvaje y bello, árboleado y descontrolado y, aún así, reconocible, amado, compartillado y diverso. ¿Véis vos como veo yo la irregularidad en la vid? ¿Veis vos como veo yo la lluvia allende del canal de la Manxa y el calío del sol sobre los desyertos africanos? ¿Véis vos belleza como la veo yo en lo vivo y en lo traspasado, en lo azul y lo
naranja, en lo dulce y en lo salado? Decidme, oh señora, ¿veis lo mismo en la noche que veis en el día, faceis de vuestros sueños seña o admitís por doquier la alegría y la turbación del alma? Veo en su mano la tinta y veo en sus dedos la pluma y no imagino la jaula, los grilletes, la armadura que a vos pudiéranla forzar la justificar su creatividad, su trazo largo volverse enjuto. Dejeme vuesa merced de danzar en el lugar apacible de sus palabras espontaneas como danzo con la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu. Son las palavras en libre albedrío grande parte para que las musas mas esteriles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de marauilla y de contento. Cómo a vos, hija del verbo, visitada por las musas en las cuatro lunas, cómo vos pudiérais convertir vuesos decires bellos  en hermanas de clausura, clarisas, dominicas, todas ellas justificadas en sus conventos. Decid, ¿son vuesas hijas las palavras hermanitas de la penitencia? Es de poder que vos fazais con las palabras aquelo que fazia el buen y gallardo caballero: “Acontece tener vn padre vn hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone vna venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas, y las cuenta a sus amigos por agudezas y donayres.” ¿Faceis tal vez tal uso de vuesas palavras? ¿No halláis en ellas un danzar errante, solitario ed armónico? Ved, ved e aquí el potentado de las hermanas palavras en libertad…

                                    Alborque                                         Abrego

                                                      FRUCHE                                      parva
                                                yantar,
                                                                                     tronería

marzadga

¿Ve usted un danzar bello en la iniustificatione? Ve usted libertad en la belleza? ¿Veis vos mi amada señora la alegría del agua en la fuente?

Descárgome de su reprobación que estando dicho lo dicho mi admiración y honra por vuesa merced es alta y estando hecho desde ahi, y no de otra manera, pueda vos leer el pliego, y sucessiuamente ponga esta nuestra cedula, y la aprouacion, tassa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y prematicas destos nuestros Reynos.

  
      Fecha en San Sadurny del Anoya, a dyez y ochos dias del mes de marzo de dos myl y quince años                                      


Romás de Quintanilla, Conde de Las Tierras Sedimentadas

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En la Villa Real, a 19 de Marzo del año en curso

Respetadísimo Conde de las Tierras de los Sedimentos,

Al hilo de la acalorada discusión mantenida en días pasados acerca de justificar o no los textos, permítame aclararle algunos puntos, pues me cabe la sospecha de que mi postura no quedó completamente entendida.
Si bien estos habituales despachos parécenme altamente constructivos, no puedo por más que estar en desacuerdo con una de sus últimas insinuaciones.
Departíamos sobre el formalismo en la escritura, tema candente en estos tiempos en los que adolecer de gusto por la palabra escrita está tornando a moda. Tampoco, dicho sea de paso, es de ayuda para la recuperación de su dignidad el que los actuales soportes, más inmediatos, consientan la sustitución de nuestro rico patrimonio por esa sucesión de personajes de cara amarilla y grotescos gestos.
Es esta la razón por la cual mi postura en nuestro debate se inclinaba hacia la justificación de los textos, hacia la homogeneidad de la línea… La armonía de los párrafos entendida como una suerte de rebelión pacífica hacia la promoción de la estética frente a la dejadez: la belleza enarbolando la bandera de la simetría de los párrafos en contraposición con el deliberado menosprecio no sólo del acto de la escritura sino de cualquier otro hecho cotidiano.
Y es que no me cabe la menor duda de que este tipo de detalles como lo es la justificación, trascienden la palabra escrita y entrenan con su uso al practicante en el ejercicio de la armonía en cualquier acto. Si me apura, se trataría de un levantamiento  por la recuperación del instante presente: la meticulosidad entendida como antídoto al desasosiego y las mentes dispersas.
No se trata pues, como usted insinuaba, de actitudes conservadoras con las cuales, dicho sea de paso, no me identifico. No es menester, por tanto, confundir mi tesis con encorsetamientos ni acotaciones pues como habitante de una tierra tan vasta y lisa que permite a la vista ser testigo de la unión de la tierra y el cielo, mi alma se alinea con la práctica de una vida ilimitada. No se confundan los términos, mi querido Conde: tratábase únicamente de textos.
Sin más, no sea esta discrepancia óbice para emplazarle a futuros debates de éste y otros asuntos con la presencia de un té de jengibre como testigo. Queda usted invitado.
Afectuosamente,

La Duquesa de las Llanuras Coloreadas (valgan la  confianza y el resumen)

Agradecimientos al coprotagonista de este desvarío. Síganse sus correrías aquí mismo.
Ilustración de magiamania.com

martes, 10 de marzo de 2015

El cuento que quise contarle al Cuentacuentos. Parte II

La primera parte de esta historia está aquí. En ella hay un cuentacuentos, un sueño encerrado, risas, estallidos, gente grande que se deja llevar por la magia y finalmente, un niño que juega con un pequeño globo naranja.

De camino a casa y aunque aún estaba lejos de escribir textos con principio y fin y mucho más aún de publicarlos, comenzó a tejerse la idea de contar un cuento con lo que acababa de ocurrirme en el Pachamama. El final con aquel niño custodiando mi sueño me seducía lo suficiente como para animarme a escribirlo y después enviárselo a Aldo como regalo de despedida. A cada paso que daba iba cavilando las dificultades que podrían presentarse al elaborar mi relato: si escribo un cuento tendrá que llevar moraleja, ¿no? ¿Qué es exactamente un cuento? ¿Lo escribo con lenguaje dirigido a niños? En esas estaba, con la historia fraguándose y yo a dos calles de mi casa cuando en la acera por la que caminaba me encontré otro globo naranja. Pero, ¿será posible? ¿Y esto ahora qué significa? Me pregunté. Cualquier adulto habría pensado que sería casualidad, que habría una fiesta de estudiantes por ahí cerca o si no, trataría de encontrar alguna otra explicación razonada y lógica ante la presencia de ese nuevo globo. Pero yo venía de ver a Aldo y de convertirme en niña por un rato así que opté por la magia y decidí que ahora que mi sueño ya estaba fuera de mí, ésa podría ser la nueva manera de comunicarnos. Mi sueño y yo nos haríamos un guiño cómplice cada vez que un globo naranja me asaltara de forma inesperada. Lógico.
Lo que ahora no sabía era qué hacer con el cuento. Desde luego este otro globo naranja le daba un nuevo giro a la historia. Quizá podría contarla sólo hasta la aparición del niño, qué se yo. Llegué a casa, encendí el ordenador y escribí un borrador para no olvidarme de los detalles de aquella noche. Durante varios días le di muchas vueltas pero el resultado no me gustaba así que la idea de regalarle un cuento al Cuentacuentos fue quedando relegada a un segundo plano. 
Aunque el cuento quedó aparcado, en el tiempo que ha pasado desde entonces volví a ver a mi sueño. Fue sólo una vez en los alrededores del colegio en el que yo estudiaba. Caminaba deprisa por la cuesta por la que tantas veces corrí de pequeña pues no quería llegar tarde a la clase de yoga que me tocaba impartir aquel día. Al final de la calle un globo naranja cruzó de derecha a izquierda, provocándome una risa que sólo yo entendía, sacándole el polvo a la idea de escribir esta historia. Recordándome que mi sueño aún no se había liberado. Me apresuré para intentar atraparlo pero cuando doblé la esquina el globo había desaparecido. No me importó: el mensaje me había quedado claro.
Aldo volvió los dos inviernos que siguieron confirmando que aquella noche de cuentos y globos no fue definitiva en realidad, sólo que desde entonces reparte su vida y sus historias entre dos continentes. Hace unas semanas hubo una nueva sesión de despedida en el Pachamama a la que, por supuesto, asistí. Como siempre, nos emocionamos, reímos, disfrutamos y probamos de nuevo su puchero. Al finalizar nos deseamos suerte y nos dijimos hasta pronto.
Unos días después volvía del trabajo con la bici. Señalicé mi giro a la derecha para apartarme hacia mi casa y allí en la puerta del bloque al lado de un enorme macetero, un globo naranja reposaba tranquilamente en el suelo. Lo miré cómplice sin que se me notara mucho y él me susurró que seguía encerrado. No pasa nada, pensé con paciencia y, mientras que la adulta que soy disimulaba de nuevo una sonrisa, me dispuse a ejecutar la serie de movimientos mecanizados que me permite entrar cada día en casa sujetando bici, bolso y llaves. Abrí la puerta y la sujeté con la cadera, empujé la bici adentro, metí la pierna izquierda, luego la derecha, me volví para cerrar y… ¡PUM! Me sobresalté pues no estaba previsto entre mis automatismos aquel estallido que venía de la calle. El corazón empezó a latirme fuerte. No me hacía falta salir de nuevo para comprobar que ahí al lado del macetero grande habría una goma de color naranja que hasta hace un momento había sido un globo.
Cualquier adulto podría haber pensado que, qué tontería, seguramente algún niño lo pinchó o quizá ese globo estaba ya muy recalentado por el sol; es completamente absurdo que pudiera significar otra cosa… Pero ahí al otro lado del espejo del rellano había una mujer sujetando una bici y por el brillo de sus ojos supe que para explicarse esa explosión, ella había elegido la magia.


Colorín, colorado…



El dibujito estaba aquí: http://www.forovegetariano.org/

lunes, 9 de marzo de 2015

El cuento que quise contarle al Cuentacuentos. Parte I

Desde hace dos inviernos Aldo, Cuentacuentos cubano adoptado en Ciudad Real, reparte su tiempo entre España y Sudamérica. Con mucha gracia nos dice que la culpa de que se vaya la tenemos nosotros, que permitimos que Cospedal saliera presidenta. Y es que Aldo es “Marxista Pop”.
Hace poco, en su nueva despedida, recordó la primera vez que decidió volver a su tierra por tan largo tiempo. A mi no me lo tiene que recordar pues tengo bien presente lo que ocurrió aquella noche. Desde entonces le tengo prometido un relato que se ha ido cociendo a fuego lento. Tan lento como los deliciosos pucheros que nos prepara para cenar después de sus actuaciones.
Aldo, hoy por fín emplato mi cuento. Al final verás por qué.

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La primera vez que Aldo volvió a Sudamérica yo pensé que sería definitivo por eso convencí a unos amigos para que no se perdieran sus últimos cuentos en Ciudad Real.
Recuerdo que el Pachamama estaba especialmente lleno y él especialmente emocionado, con ganas de estar con todos y todos con ganas de abrazarle y desearle buena suerte.
Como siempre en sus sesiones nos trajo la magia de sus relatos y esos monólogos entre cuento y cuento que, con su gracia cubana, consiguen que muchos acabemos llorando de la risa: que si mira este cuerpo cuando habla de sí mismo, que si se liga más o menos en España o en Sudamérica, que si la peineta de Cospedal…
Me gusta cómo consigue que contengamos el aliento cuando se acerca el desenlace de sus historias: en ese momento Aldo se sienta en el taburete que le acompaña en el escenario, baja un poco el volumen de su voz, abre mucho los ojos y con la frase final… se palmea resolutivo las piernas para que los que estamos absortos viajando por los paisajes que dibuja sepamos cuándo tenemos que aplaudir.
Aunque lo sigo desde que estaba en la universidad siempre encuentro alguna sorpresa en sus actuaciones. A veces se pone a cantar o alguien canta con él; otras, nos reta a que escribamos palabras al azar en papelitos que después le sirven para hilvanar un cuento improvisado… Aquella noche que creí que sería la última, nos sorprendió con un juego.
En el descanso, mientras estirábamos las piernas o nos acercábamos a la barra a pedir algo él se fue colando entre los grupos repartiendo globos. - ¿Para qué son, Aldo?–, -Luego os lo digo-. Nos encogimos de hombros aceptando la incógnita y mantuvimos nuestros globos entre los dedos compartiendo espacio con la cerveza. A mi me tocó uno naranja, mi color favorito de niña.
A la vuelta del descanso, más cuentos, más risas, más complicidades con sus amigos del público y al final: -¿Tenéis todos un globooo?- gritó, y todos nos apresuramos a rebuscar entre los bolsillos o en nuestros asientos mientras respondíamos –Siiiiii-. – Bueno, seguía gritando, pues vais a soplar muy fuerte para inflarlos con vuestros sueños-.
Esos adultos que llenábamos la sala sonreímos con la ocurrencia. De sobra sabemos que los globos se inflan con aire pero aquella noche nos volvimos niños por un tiempo y dejamos que la magia no fuera sólo cosa de los cuentos así que, obedientes, hicimos caso a las indicaciones.
Yo me llevé la boquilla de mi globo naranja a los labios y estiré del otro extremo para que así fuera más fácil que mi sueño entrara. No se lo he dicho a nadie pero tengo un sueño desde hace mucho tiempo por eso confieso que me puse un poco nerviosa; menos mal que la sala estaba algo oscura y que todo el mundo andaba ocupado con su propio sueño, así podía ocultar más fácilmente el rubor que ya estaba notando en las mejillas. Por fin vería mi sueño materializado y podría olerlo y tocarlo aunque fuera bajo esa insólita apariencia ovalada y naranja.
Decidida, tomé aliento profundamente, cerré los ojos y soplé fuerte, muy fuerte. Cuando ya no pude soplar más y los abrí no me podía creer que mi sueño, que es tan insistente, que siempre le gusta ser el centro de atención, que me asalta mientras cocino, justo antes de que me venza el sueño, en el trabajo en medio de alguna que otra reunión… fuera aquel pequeño globito que se acomodaba perfectamente en el hueco de mis manos. No sabía yo que en realidad fuese tan tímido y frágil.
La siguiente consigna de Aldo me sacó de mis pensamientos: - Ahora, si ya tenéis los globos inflados, ¡echad vuestros sueños a volar!- Y de nuevo esos hombres y mujeres, ya definitivamente rendidos a la magia, decidieron palmear sueños en vez de globos. Yo lancé lejos el mío y en seguida lo vi perderse en medio de una nube de colores que todos alentábamos haciendo rebotar una y otra vez los sueños propios y ajenos.
Al cabo de un rato de nuevo Aldo nos devolvió al presente, - Ahora vais a coger un globo cuando yo cuente hasta tres. El que agarréis, tenéis que explotarlo para que todos los sueños se liberen y se hagan realidad: uno, dos… y ¡TRES!- En seguida me apoderé de un globo rosa que estaba sobrevolando mi cabeza, lo coloqué en el asiento y me dispuse a explotarlo con el peso de… todo mi cuerpo. No fue fácil: mientras una traca in crescente se apoderaba del Pachamama, yo saltaba una y otra vez sobre aquel sueño que se resistía a salir. Con cada intento fallido me sentía más responsable pues era consciente que si no lo explotaba alguien se quedaría con su sueño sin liberar, así que en mi último salto me levanté del todo y me dejé caer muy fuerte. Que se lo digan si no a mis posaderas. Pero eso sí, el globo rosa había estallado.
Cuando el estruendo terminó, entre aplausos y risas, yo me acordé de mi pequeño y frágil sueño de color naranja. Estaba contenta. Seguramente él también sería libre por fín.
Llegó la hora de irse y justo cuando besaba a Aldo la que yo creía que sería la última vez, algo me rozó la pierna. Bajé la mirada y allí había un niño. Era el único niño de verdad de toda la sala. Andaba correteando entre las piernas de los mayores sin hacer mucho caso a las advertencias de sus padres para que parara. Él estaba entretenido jugando con un pequeño globo naranja. Pequeño y frágil como un sueño tímido.
Terminé de despedirme del Cuentacuentos y de desearle lo mejor en su nueva vida, dije adiós a mis amigos y me fui sonriendo a casa. Mi sueño no se había liberado, no había sido capaz de vencer su timidez pero yo estaba tranquila porque aquel niño inocente me lo guardaría.


Continuará...

Imagen tomada de esta página: www.balaocultura.com.br


miércoles, 25 de febrero de 2015

Alegría y muerte en Pashupatinath

Si soy sincera aquel día tampoco tenía yo muy claro dónde íbamos.
A pesar de contar con el programa desde el principio, llevé muy a gala durante el viaje, y en grado sumo, aquello de dejarme llevar y confiar. Por eso cada mañana la más común de las preguntas solía ser qué íbamos a hacer.
Estábamos en Katmandú y tocaba ir a Pashupatinath caminando en silencio, ejercicio que practicábamos casi a diario y que todos agradecíamos pues nos permitía tomar plena consciencia de los lugares que atravesábamos. A mí me llamaba la atención el trasiego de la vida en la ciudad, con ese germen de occidentalización tras los carteles rudimentarios de coca cola. Pero sobre todo me asaltaban los colores: los que vestían las mujeres, los de las especias expuestas en los tenderetes; los colores en los que se reflejaba el sol de invierno…
Pero aquella mañana íbamos a Pashupatinath y nuestra actitud se impregnó de un aire solemne.
Se trata del templo en el que los hindúes realizan sus ritos funerarios. Aquellos en los que, a la vista de quien quiera y al borde de un río para ellos sagrado, queman a los muertos.
Cuando ahora lo revivo tengo la sensación de que entre la pira ardiente y yo había un cristal. Asistía al hecho como el que mira un documental, y consultaba las dudas en voz baja. Sí, mira, esos que van de blanco son los hijos del muerto; aquí el blanco es el color del luto. Y, ¿ves? Los hijos también se rapan al cero. Ah sí, es verdad, están cortándole ahí el pelo a uno… Aquel niño metido en el río hasta las rodillas pertenece a una de las castas más bajas. Está cribando la arena buscando los objetos de valor que hayan podido caer de la hoguera… A-ha, a-ha... iba yo asintiendo y, una y otra vez, contrastando. En este caso confrontaba la normalidad, el no-drama con que allí se vivía el proceso de la muerte respecto a cómo se vive en nuestra cultura. En aquel espacio se mezclaban los dolientes con los visitantes sin desavenencia alguna. No sobraba nadie. Y los niños correteaban sorteando a los adultos y a ese final ahora tan ajeno.
Aquel día, irremediablemente, todos pensamos en la muerte. En la propia, en las que nos habían tocado de cerca. En las que nos tocarían en el futuro.
Pero, conviviendo con el de la muerte y fiel al juego de los continuos contrastes que me persiguieron en Nepal, hay otro recuerdo que guardo de nuestra visita a Pashupatinath.
Antes de llegar al río donde se practicaban las cremaciones, estuvimos paseando por el recinto. El ajetreo era notable. Varios guardias de seguridad controlaban los accesos e instaban a los hindúes a que se quitaran los zapatos para entrar a una zona sólo accesible para ellos. Nosotros resguardábamos con celo las mochilas y tratábamos de no despistarnos. Decidimos salir poco a poco de aquel tumulto, con paso lento, casi pesado, hasta que llegamos a un asilo de ancianos de las Misioneras de la Caridad: la orden de la Madre Teresa de Calcuta. Un remanso de paz en medio de todo el movimiento una vez que traspasabas su puerta. Era mediodía y el sol apretaba.
La entrada se abría a un gran patio interior de planta cuadrada donde hombres y mujeres charlaban formando corrillos o simplemente permanecían sentados con esa mirada lejana que comparten los abuelos de todas las latitudes cuando están callados. Con ojos de espera sin esperanza, me dio por pensar, parafraseando a Sabina.
Fuimos rodeando el patio en torno a un edificio central con escalinatas. Uno de los abuelos nos había salido al paso ofreciéndose de guía por unas cuantas rupias, por lo que ahora nuestro paseo se aderezaba de las historias que aquel hombre nos contaba sobre el templo, su historia y su simbología, sin que nuestros pasos perturbaran en lo más mínimo el reposo al sol de los habitantes del asilo.
La ropa ya empezaba a sobrar cuando subimos las escaleras que nos llevaban a lo alto del edificio de en medio. La sensación de sala de espera de lo que estaba sucediendo en el río era cada vez más palpable. Allí arriba también había gente reposando. Estando. Esperando.
Y de repente, algo rompió aquel tiempo suspendido.
Sumida en pensamientos y un poco adormecida por el calor, ni siquiera me di cuenta del momento en el que se fracturó la calma; sólo sé que unos metros a mi derecha Elena estaba bailando con uno de los abuelos, que sostenía una radio con un mp3 incrustado. Insólita escena en la antesala de la muerte. En el templo de los ritos funerarios.
Pero así era: a ritmo de bhangra se fueron acercando hasta donde estábamos, perplejos, el resto. Y yo, que tengo cierta querencia por mover el esqueleto, dejé que la música se apoderara de mis huesos y me uní a aquel exótico cuerpo de baile. Fue así como en aquella improvisada discoteca al sol, la alegría alentada por ese hombre que no quería que paráramos de bailar, también tuvo cabida en Pashupatinath.

Combo de fotos de Elena

Eso sí, no duró demasiado. Con la misma prisa con la que vino se despidió con paso sorprendentemente ágil, dejándonos ahí a medio bailar, con el volumen de la música disminuyendo medida que se alejaba de nosotros.
Resultó que alguien les llamaba con alguna señal a la que fuimos ajenos.
En cuestión de pocos minutos el patio quedó desierto.
La hora de comer. Eso era lo que los abuelos estaban esperando.




lunes, 16 de febrero de 2015

La niña del Templo de Changu Narayan

A estas alturas estoy tan sobrecargada de estímulos que no me queda otra que dejar caer mi cuerpo en este batiente frente al templo de Changu Narayan, el más antiguo de Nepal, que me contempla con bastantes más cagadas de paloma que años tiene.
Estímulos, por ponerle un nombre a la lección de generosidad recibida de una familia de campesinos que ha permitido que seis occidentales invadan su casa, dándonos de comer sin pedir nada a cambio, no consintiendo que les ayudáramos ni tan siquiera a fregar nuestro plato; pidiéndonos permiso para también ellos ponerse a comer una vez que nos habían servido. Estímulo como el de perturbar con nuestro caminar el momento del baño de unas muchachas en esa especie de bañera-piscina cavada en el suelo delante de sus casas, y cómo se han reído pudorosas. Cómo ese bebé que no tenía un año observaba tranquilo y quizá un poco asustado que dos extraños le hicieran una foto dentro de su capacho colgado en el porche.

De nuevo, una entrada editada. No me resisto a poner esa carita.

El contraste entre lo humilde de la forma de vida de esta gente y su alegría me tiene desconcertada y le da un manotazo a la idea de pobreza que guardaba en algún recoveco entre mis neuronas. Me pregunto ahora qué será eso de la pobreza. Si es que sólo tiene que ver con lo material o se trata de otra cosa. Termino por ofrecerle a mi mente la distinción entre miseria y pobreza, por si eso fuera el remedio para poder encajar lo que mis ojos y mi corazón se van encontrando.
Y así me encuentro ahora, cuestionándome qué bien le hará al mundo la actividad a la que le dedico más tiempo a la semana y mostrándole mi impotencia a este templo de vigas talladas. Apabullada por el grito silencioso del secreto que se esconde detrás de todos estos animales de cuerpo de madera y ojos redondos. Y sin ápice de voluntad para consultarlo y satisfacer esta curiosidad apagada.
Sólo puedo contemplar rendida y sentir que el mundo no me necesita.
Así que me abandono ante el vuelo súbito de estos cientos de palomas que, azuzadas por el ofrecimiento de un puñado de migas, invade mi espacio vital. Su alteración me abanica la cara. Me revuelve un poco el pelo.
Me dejo hacer por este perro de pelaje parcheado que acerca su hocico a mis pantalones de ropa técnica. Sólo le interesa el calor que emite mi piel. Ni siquiera me resisto y el ruido de las advertencias que desde mi interior tamborilean prudencia, bacterias y sarna suena tan lejano…
La pobreza. El cariño… Éso es de lo que realmente carecemos y lo que constantemente reclamamos. Humanos y animales. Sobre todo los primeros…
Y ahora vienes tú con tu amiga llamándome la atención. Y poco puedo hacer con mi cuerpo de plomo. Los grititos de tu risa y tus pies descalzos se suman a mi lista de contrastes a digerir. La luz de tus ojos grandes y negros eclipsa tu pelo sucio, tu ropa ajada y tus mocos. No sé cuántos años tienes porque con los niños de aquí no acierto. Todos parecéis más pequeños.
Perdona porque a estas alturas, como decía, tengo tantos estímulos descolocados que sólo se me ocurre jugar a echaros en las manos este líquido desinfectante con el que los visitantes pretendemos protegernos de vuestros virus, no vaya a ser que nos contagiemos con vuestra alegría.
Vuelvo a sentarme, un poco avergonzada por responder de esta forma tan tibia a tus juegos. Alargo cansada mi mano a la mochila buscando un pañuelo para interrumpir tu risa al limpiarte la nariz, como tratando así de hacerle una gracia a la existencia.
Me giro para cerrar la cremallera. Sólo son un par de segundos los que te pierdo de vista. Al mirarte de nuevo tus manitas están partiendo en dos el pañuelo para darle la mitad a tu amiga.
Y me rindo del todo. Son ya demasiados estímulos.



sábado, 7 de febrero de 2015

Yo, Senda de Agua

Sé muchas cosas sobre el agua, y no es vanidad.
Químicamente su molécula se describe como H2O. Dos átomos de hidrógeno enlazados con uno de oxígeno. Y sé que eso también lo sabes tú.
Entre sus moléculas existen otros enlaces más débiles que se llaman puentes de hidrógeno. Ellos tienen gran parte de la culpa de que el agua sea como es. No sé si eso lo sabías.
A diario me toca trabajar con ella, por eso sé cómo encontrarle pequeñas cantidades de metales que lleva disueltos.
También sé que si le añado un ácido como el clorhídrico o el sulfúrico la mezcla se calienta.
Sé que es el disolvente universal. No hay otro líquido sobre la Tierra que disuelva más sustancias, por eso no es bueno que te la bebas demasiado pura: te dejaría sin sales, cuidado.
Sé que cuando se convierte en hielo es menos densa que cuando es líquida y que precisamente eso permite la vida bajo los lagos congelados.
…Pero es que además, sé otras cosas.
Sé que es la protagonista de uno de los cinco reinos con los que la tradición china se explica el mundo.
Que en el reino del agua se encuentran el frío, el riñón, la vejiga, los huesos, el invierno, el norte, el color negro, el sabor salado, el miedo… Sí, suena a chino.
Sé que para la misma tradición, el agua se representa por tres rayitas. Dos de ellas están partidas.


Que de alguna forma tienen que ver con el número seis, con un hijo mediano, con un ojo cerrado, con el dolor, algo oscuro, ir al fondo de las cosas. Con el mundo onírico… Chino, ya te lo he dicho.
Siempre tiende a ocupar los lugares más bajos y profundos. Por esto mismo Lao Tse le dedica el octavo poema del Tao Te King*.
Sé que su impulso natural es el movimiento y que en movimiento el agua expresa toda su virtud: permitir la vida.
Pero también sé que cuando se para por un tiempo y no se renueva, la vida en ella se estanca, colapsa. Enferma. Y los lagos se vuelven ciénagas.
Sé que cuando se mueve no necesita más motor que el de la pendiente del terreno que horada y que así va construyendo la senda que la guía desde su nacimiento como arroyo hasta su destino: el mar.
Sé que el ochenta por ciento de mi cuerpo es agua.
Que hay agua entre mis células, en mi sangre, en mi boca… Agua en mis pulmones, en mi espina dorsal y en mi cerebro. Agua en todos mis humores.  El agua de mi orina y la de mi saliva. El agua de mis lágrimas. El agua de mis flujos. El agua en la que floté mientras mi madre me gestaba.
Comprendo entonces que al ser agua también debo ser acuífero y que mi agua más profunda y pura, la de mi pozo, será la que expresen los manantiales de mis sentidos. Que mi agua expresada encontrará su senda saltando en arroyos que surquen mi pecho, para después derramarse como ríos tranquilos dibujando meandros alrededor del centro de mi ombligo. Y finalmente descansar en el hueco de mi vientre: el mar.
Si soy agua mi impulso debe ser el movimiento.
Que entonces mi naturaleza es nómada y si me estanco, enfermo. Que mi ciénaga es la tristeza, la obsesión, la envidia. El miedo.
Pero cuando eso ocurra recordaré otra vez que soy agua y que mi corazón y mis piernas obedecen a la idea de transcurso. Que mi consigna es caminar para empaparme de vida y fluir por los terrenos que me son propicios: los que mantienen mi agua limpia, los que me provocan la risa fácil.
Los que permiten que mis Aguas se extiendan sin otro límite que el de su propia Senda.

Entrada editada para incluir esta maravilla


Parte de este texto se basa en los conocimientos adquiridos en Tian, Escuela Neijing.


(*) VIII
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
Que más desprecia el hombre
Y así, está muy cerca del TAO.
Por eso, la suprema bondad es tal que,
Su lugar es adecuado.
Su corazón es profundo.
Su espíritu es generoso.
Su palabra es veraz.
Su gobierno es justo.
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
Nada se le reprocha.

 ^^^^^^^^
No es la primera vez que saco el tema del agua.
En este caso se trata de un homenaje y acaso una colaboración, con las dos personas que tuvieron la idea de hacernos transcurrir en manada por el lejano Nepal. Sus puntales son el movimiento, la sinceridad, la comunicación, la escucha, el aquí, el ahora… El corazón.
Fruto de esa idea nació un hermoso proyecto. Su nombre es Senda del Agua.

sábado, 24 de enero de 2015

Nepal y la Ley de los Gases Ideales

UBICACIÓN: Sala de Espera de Escritos en Ciernes.
- Venga, a ver a quién le toca ahora, que estamos en racha.
- ¡A mi!
- ¡¿Qué?! NO, NO, NO… Me niego. No más escritos que mezclan ciencia con lo etéreo. ¡NO! Quiero otro que tenga más que ver con lo paisajístico de Nepal.
- Di lo que quieras, me toca a mí. Mira qué gordo estoy: a punto de explotar.
- Que no, que quiero otro así descriptivo que me evoque aquellas tierras.
- Ven y asoma un poco más la cabeza. Mira tus escritos descriptivos: ahí echados a la siesta. Sin embargo, míranos a nosotros: los escritos absurdos y los absurdo-científicos estamos que lo tiramos, peleándonos por salir. Además, yo tengo que ver con Nepal, no me digas que no.
- Eso es verdad… pero entonces, si concedo ¿me dejaréis que escriba otra cosa? ¿Algo diferente? Es que no quiero ser un coñazo.
- ¿Coñazo? A ver, ¿tú para qué estás aquí?
- ¿Aquí? ¿Aquí en la Vida? ¡¡No me digas que lo sabes!!
- Me refiero respecto al blog. Tú estás aquí para desatascar esta sala. Para nada más. Si eres un coñazo, lo eres y punto-pelota. Así que enciende el ordenador y sácame guapo
- Joder con los escritos en ciernes…

Primero un flashback
Ciudad Real, parque del Torreón. Fecha indefinida entre 1998 y 2000. Varios estudiantes de Ingeniería Química están sentados en corro alrededor de un barreño de calimotxo contribuyendo con ello a la distinción y estética de la ciudad. También a la educación de los niños que a esas horas salen del colegio.
Uno de los estudiantes, sexo femenino para más señas, se aprovecha del hermanamiento del momento y del burbujeo con el que el exquisito cóctel cosquillea en sus sienes para  abrir su corazón y, esperando complicidades, preguntar al resto: - ¿Pero de verdad vosotros os veis trabajando en una planta química?-
- Si- contestan casi al unísono la mayoría. Los que no han contestado verbalmente cabecean de arriba abajo.
Sin más, la conversación vira a la práctica de alguno de tantos juegos que suelen acompañar a tal escena etílica. Quizá el Un Limón- Medio Limón. Quizá Los Marcianitos. Qué más da.

A continuación, el tiempo actual
Poco imaginaba yo en mis años de estudiante que lo aprendido en la carrera me iba a influir de esta manera.
El caso es que desde poco después de la apertura de este blog cuando comencé a enrollarme con la Física Cuántica y la Vida, me iba sorprendiendo de cómo la ciencia me sirve para explicarme procesos que aparentemente nada tienen que ver con teoremas o leyes físicas y químicas.
Y no es que esta tendencia sólo me afecte en mi vida cotidiana, no. Es que se ha venido conmigo a Nepal.
Como ya me he comido mucho espacio con la dichosa introducción voy a tratar de ser breve y a ir, sin más dilación, al desarrollo del asalto que la ciencia tuvo a bien obsequiarme por entre las montañas del Valle de Pokhara.

El escrito
Cuando estás en tu rutina te apañas, crees que te conoces. Sabes que, más o menos, después de A, toca B y luego C. Y tu cuerpo se ha hecho a eso. Y tus actos han horadado una senda de costumbre que poco invita a la sorpresa. Existen incomodidades: hay cosas por hacer dentro de ti pero el hábito pesa y mantiene a raya eso que te incomoda, dejando que salga sólo de cuando en cuando. Y así vas manejándote.
Salir de la rutina es excitante pero también tiene sus riesgos. Te imaginas pletórica en todos los momentos que dure el periplo. Pero resulta que allá donde vayas va también tu incomodidad latente. La piedra en el zapato. Los fantasmillas de una que, sin rutina que los cerque, pueden descontrolarse y hacer que te sientas confundida. De repente buscas a esa persona que estás acostumbrada a ser y no la encuentras. Los fantasmas han tomado el poder. Y los quieres espantar pero no sabes ni cómo.
En efecto, mi mochila venía cargada de unos cuantos de esos fantasmillas que me hacen tropezar y cuestionarme cosas profundas de vez en cuando. Me tocó negociar y lidiar con ellos. Llegamos a un consenso incluso. Pero preguntándome a mi misma el porqué de tan inoportuna visita cuando menos lo esperaba, el silencio y la concentración del lluvioso segundo día de senderismo provocó el advenimiento de la revelación que respondió a tal cuestión, dándole mayor empaque a la anterior reflexión sobre la rutina y sus cercos. La respuesta venía envuelta en ciencia y me remitía a La Ley De Los Gases Ideales.
Esta ley viene a decir que cuando la materia está en estado gaseoso su volumen se relaciona directamente con la temperatura e indirectamente, con la presión. Y se acompaña de una ecuación que mi benevolencia ha considerado innecesario transcribir.
Imaginamos un globo, ¿recuerdas lo que te llamaba la atención en tu infancia cuando se hinchaba si lo dejabas al sol? El gas que tiene dentro al aumentar la temperatura, ha expandido su volumen.
El mismo globo al apretarlo, esto es, si aumentamos la presión, no tiene otro remedio que menguar y disminuir su volumen. De igual forma si aflojamos la presión el gas se expande.
La Ley de los Gases Ideales está tirada.
Volvamos a Nepal. Y en concreto a tal día de silencio e introspección.
Mientras caminaba a unos dos mil metros de altitud se me ocurrió que a la inmaterialidad de mis fantasmas les podría aplicar una cualidad gaseosa ya que aunque no pudiera ni tocarlos ni verlos, los sentía. Como le pasa al viento. Los visualicé colándose entre mis intersticios, inmiscuyéndose en mis procesos metabólicos, entorpeciendo mis funciones vitales. Y mis fantasmas se reprodujeron dentro y gestaron emociones, también hechas de gas. Y fue así como parieron un vapor de tristeza que se amarraba a mi válvula mitral; convencieron al miedo para que se hiciera okupa en mis glándulas suprarrenales; giraron muy fuerte para que un huracán de ira succionara la bilis directamente de mi hígado y modelaron bocanadas de obsesiones para que se parapetaran justo en la puerta que daba acceso a mi estómago.
Estaba llena de burbujas.
Si estás llena de burbujas fantasmales y subes por las montañas, ir cada vez más alto significa que gradualmente hay menos atmósfera sobre tu cabeza. Si hay menos cantidad de atmósfera sobre tu cabeza, hay menos presión sobre ti y al haber menos presión sobre tí…los gases ideales y los fantasmas se expanden. Y en concreto, según mis estudios, la expansión de los fantasmas emocionales implica que incluso sobresalgan de tu cuerpo de tal forma que podrás verlos delante de ti. Ahí, desnudos. O en ropa interior roja si es nochevieja.
Pero ¿sabes? Cuando un gas se expande es aun más ligero. Lo mismo le pasa a esos fantasmillas. Y pierden poder. Es entonces el momento en el que tienes que aprovechar para negociar. Para atreverte con ellos. Quizá hasta es posible que intiméis y te cuenten de dónde vienen y qué hacen dentro de ti.
Yo te aconsejo que por más que tus fantasmas te hayan incomodado en tu vida, no seas demasiado duro con ellos. Una vez fuera de ti, dales la mano y haz que te acompañen. Pregúntales lo que se te ocurra. Verás que en el fondo son entidades muy inocentes que estaban un poco confundidas.
Una vez descubierto, ¿qué ocurre con el fantasma? ¿Se va totalmente? No, no se va del todo. Pero dentro de ti, y cuando hayas vuelto a tu estado habitual, se habrá vuelto pudoroso. Quizá hasta un aliado. Y te dará toquecitos suaves cuando vea que lo necesitas para que no te descuides y recuerdes lo que te enseñó.
Pero, un momento, que no hace falta irse a Nepal para ver a tus fantasmas si es que quieres hacerlo. Lo mío ya te digo que fue algo completamente inesperado. Pero aprendí allí que lo que hay que hacer para mirarlos a la cara y dejarlos libres poco a poco es ir disminuyendo la presión que ejercen los prejuicios, las ideas preconcebidas, la autoimagen, el qué dirán. El miedo. Esa será la única manera para que tus fantasmas, igual que los gases ideales en plena expansión, se abran paso y te vayan dejando cada vez más ligero de equipaje.

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También aquel día tuvo banda sonora y, aunque el tam-tam de la lluvia sobre mi capucha podría haberme remitido a ritmos africanos, en mi cabeza resonaba esta canción. Conforme ascendía mi mochila seguía manteniendo su peso pero mi equipaje se iba volviendo más y más ligero.