viernes, 29 de abril de 2016

Semana Santa 2016 (Parte II). Una compañía indeseable.

La vida va demasiado deprisa
para mi ritmo de escritura
L.S.

Si a mi me dicen que alguien se va a una casita tranquilamente a pasar unos días a un entorno idílico acompañado por sus libros y por las ganas justas de darle a las teclas del ordenador, lanzaría un suspiro anhelante diciendo para mis adentros ¡me lo pido! Y me pondría a soñar con una escena en la que el ser en cuestión yacería en un sofá con manta de cuadros encima, iluminado a medias por el resplandor de la chimenea y por la luz bajita de una lámpara de mesa, leyendo muy concentrado mientras el canto de los grillos compitiera afuera con el crepitar del fuego adentro…
Cuando el transcurrir de los acontecimientos conducía de forma inexorable hacia la materialización de esa imagen conmigo en el papel protagonista, me veía así, en posición horizontal sobre un sofá ajeno, degustando libro, café calentito y calor de lumbre, sin más incomodidad que la que me provocaran de vez en cuando mis esfínteres… Pero lo que no preví fue que esa escena sólo se habría dado en el caso hipotético de estar sola de verdad y es que, optimista de mí, por un momento olvidé que no soy una sino habitáculo de entidades de personalidad libre y máxima inoportunidad a las que les encanta complicar la belleza de lo simple. He aquí la narración de los hechos que me llevaron a descubrir al indeseable polizón que quiso perturbar mis santos días.
Todo comenzó en ese momento, ya con el maletero cargado, en el que hice una parada técnica en el centro comercial justo antes de enfilar la carretera. Enganché un par de paquetes de pan, una caja de leche y vuelta al coche. Al sentarme frente al volante algo no encajaba, me sentía incómoda. Sin ser yo la princesa del guisante, noté que algo pasaba bajo mis nalgas, ¿se habría desajustado el asiento? ¿Qué extraña perturbación, escurridiza a mis ojos, se había materializado en el otrora mullido relleno? ¿Acaso tratábase de un kleenex tamaño foulard olvidado en los bolsillos del pantalón? Una escueta palpación de mi culo fue suficiente para echar al traste esta hipótesis con lo que archivé momentáneamente el caso y arranqué el coche.
A los pocos minutos el paisaje tornaba casi sin transiciones a un verde brillante. Mi corazón hizo inocentes amagos de regocijarse pero algo contundente e invisible se lo impedía. Continué con la estrategia de hacer caso semi-omiso a este otro raro acontecer pero, al mismo tiempo, en mi cabeza comenzaban a resonar ecos de un disco muy antiguo, de ritmo pegadizo y letra cambiante según fase vital. El hit actual sonaba tal que así:
Vamos que irte sola en semana santa… Todo el mundo deseando juntarse con los suyos, ¿y tú? Si al menos estuvieras haciendo algo más acorde a tu edad…criando hijos, por ejemplo.
Maldita sea, no puede ser. Subí la radio, que ya empezaba a dar visos de pérdida de señal, y traté de engañarme a mi misma desviando la atención hacia pequeños regalos para la vista que me iba ofreciendo el paisaje, como la composición de ocres de aquellas rocas en la ladera del bajo monte, o esa otra planicie que siempre me sobrecoge y me transporta a muchos, muchos kilómetros de aquí, o de repente, ese río de caudal inaudito para lo que llueve por esta tierra, o las encinas esparcidas a muy pocos metros de donde ya me tocaba aparcar.
Mi benefactora y su marido se acercaron sonrientes cuando me vieron salir del coche. Yo tardé en reconocerlos, aturdida como iba por las curvas y el regomello que ya llevaba encima. Me dieron las llaves, las últimas indicaciones y se despidieron, pues ellos tampoco se quedarían en el pueblo. Es decir que iba a estar sola, sola. O eso creía yo…
Mientras me instalaba e intercambiaba mensajes de visita finalmente frustrada con mis amigas, el zumbido interno continuaba, ahora ya con evidente persistencia: Cuando termines, ¿qué vas a hacer? Deberías salir a dar un paseo un rato. No te irás a quedar aquí dentro con el día que hace…
Claro, es verdad, tenía que salir sin demora. Mira qué tarde tan buena. Comí las lentejas casi sin darme cuenta, movida por la prisa del tamborileo mental y salí presto a satisfacer sus órdenes esperando que la naturaleza ayudara a que el vacío fuera encontrando hueco en mí. Contraída y contrariada por el inesperado runrún, fue el miedo el que finalmente encontró la vía libre: ¿y si me sale un perrazo de la nada y me devora? ¿Y si me pica algún bicho venenoso y me quedo aquí tirada en el camino? No me he traído el DNI, ¿cómo van a identificarme (y cuándo) los lugareños? ¿Se habrá desintegrado mucho mi cuerpo hasta que mi familia pueda venir al levantamiento del cadáver? Al menos terminaré mis días en un lugar bonito…
Pero la principal fuente de parloteo seguía inasequible al desaliento. ¿Hasta cuándo piensas estar andando? ¿No deberías ya estar de vuelta para ponerte a hacer un poco de yoga?
Se jodió el paseo...
Se jodió el paseo...

Uy sí, el yoga… Lo que podría haber sido un paseo placentero con margaritas, vacas y encinas por doquier, se transformó en un ansia por llegar a la casa. A ver si con el yoga encontraba la calma… Y me puse a ello. Y cuando más concentración necesitaba, el ente volvió con una nueva consigna: En lugar de esta serie deberías haber hecho una buena meditación, ahora que tienes tiempo…Y cuando me disponía a meditar… Además de la serie, ¿también vas a meditar? ¿No va a ser mucho tiempo ya? Deberías cenar, ¿no tienes hambre?
Parece fácil darse cuenta que uno está poseído por algo, pero no lo es. Además, la criatura ya había mermado mis energías lo suficiente como para ni siquiera sospechar de su compañía. Sólo me quedaba combustible para seguir obedeciendo los mandatos de mi verdugo: Deberías escribir un poco, que tienes muchos escritos retrasados. Deberías tener ya tu propia familia. Deberías acostarte, es muy tarde. Mañana deberías salir temprano a ver el mesto
Qué pesadilla, yo no había venido a esto. Qué lejos estaba la nada que yo buscaba. ¿Por qué teniéndolo todo a mi favor, no me sentía libre? ¿A qué se debía esa ansia inesperada por llenar todos los huecos? Harta, decidí aplicarme la medicina que últimamente utilizo cuando el mal mental tiende inexorablemente a lo terminal o a lo mortal: el bailoteo loco. Y cual yonqui, busqué entre mis carpetas la canción necesaria, la que se cuela por mis huesos sin permiso, la que me contorsiona sin importarle coordinación o estética motora, la que, eones atrás, escuché por primera vez de la mano de Priscila, reina del desierto:

Mucho más tranquila tras el frenesí, tocaba, por fín, ración de lectura. Retomaría Walden. Me cercioré de que el decorado estuviera a punto: la chimenea encendida y con suficientes troncos como para aguantar un buen rato, el sofá enfrente en perfecto ángulo, la mantita suave a mis pies, la cena en el estómago, la cocina recogida… Sólo faltaba la salida a escena de la protagonista, yo, para que empezara a proyectarse la película que había planeado semanas antes. Me tumbé, me tapé, abrí Walden y sin haber acabado la primera página…
- Deberías estar leyendo los libros chinos, mira qué buen momento
- Pero…
- …O a Thich Nhat Hanh, a ver si te enseña cosas de la nada
- No puede ser…
- O Un Mundo Feliz, anda que no te quedan clásicos por leer
- ¿Cómo no me había percatado antes?...
- Porque el Thoreau este te va a volver más ermitaña y lo que tú deberías hacer es ponerte a criar hijos ya mism…
- ¡DEBERÍA!, ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO AQUÍ? ¡HAZ EL FAVOR DE SUBIR AL CONSCIENTE AHORA MISMO, QUE VAMOS A TENER UNA BUENA CONVERSACIÓN TÚ Y YO!
- ¡Ups!

lunes, 11 de abril de 2016

Semana Santa 2016 (Parte I). Carta abierta a cualquiera de mis seres queridos

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. […] Vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos y, si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo.
Henry David Thoreau, Walden


Cuando unos días después leí este fragmento de Walden, le dí un beso al libro pues tocó la médula de la causa invisible que me llevó de nuevo a retirarme, de una forma muy modesta, a pocos kilómetros de donde vivo. Una causa que es prima hermana de la tendencia a crear espacios vacíos que me persigue desde hace tiempo. Pero yo no llegué a tanto como Thoreau y si me ciño a lo concreto, mi pretensión esta semana santa era dedicarme al no hacer o, mejor dicho, a no tener ninguna obligación. Ver qué ocurre conmigo cuando llevo mi libertad a una expresión más radical que la experimentada a diario.
Surgió todo de sopetón. Un plan A, familiar, que se torció y un pensamiento: “Si me soy sincera, me iría al campo, sola, sin hacer nada y para no hacer nada, como mucho leer, escribir, caminar…” A continuación, la duda: “Anda, pues para eso me quedo en mi casa”. Y luego la valentía: “¿Y por qué no al campo de verdad?” Y una llamada: “No, Laura, lo tengo todo ocupado, pero espera que llame a un amigo que…”. Y otra llamada: “que dice mi amigo que sí, que si quieres tienes la casa para ti sola”. Y entonces, el apuro: “Mujer, si él no suele alquilarla me da cosica”. Y por fin, la coherencia: “¿Pero no es lo que buscabas? Pues vamos allá”.
Si quería no hacer nada allí, en aquel pueblo de cien habitantes en temporada alta, antes tenía que hacerlo todo, o casi todo, incluidas las comidas. Unas lentejas para dos días, un bizcocho casero, un sofrito de champiñones y remolacha al que añadiría un arroz que cocería, eso sí, en pleno retiro, una tarta de verduras… Y también, preparar lo que podría llenar mi tiempo: la esterilla de yoga y unos manuales por si me daba por ensayar unos talleres pendientes; y si me apeteciera leer, Walden1, que siempre viene conmigo cuando me da la vena ermitaña, Un Mundo Feliz, uno de Thich Nhat Han y mis inseparables libros chinos de los que tengo en mente explicar por aquí unas cuantas cosas. Muchas letras para un lector al uso y sólo una semana santa, la dosis normal si eres, como yo, una lectora picoteadora. También vino el ordenador a cumplir dos funciones básicas: la de máquina de escribir escritos atascados y la de reproductor de música por si se me antojara bailar hasta descoyuntarme o cantar mantras de una forma muy devota.
En efecto, llevaba el maletero demasiado lleno para una intención de no hacer nada, pero es que no sabía cómo iba a ser yo en aquel contexto. Además, y por supuesto, mantenía muy presente la posibilidad de no tocar nada de lo acarreado y dedicarme a todo lo no tenido en cuenta.
¿Pero, vas sola? ¿Estás bien Laura? Podríamos ir a verte, dar un paseo, tomar un café… Parecidos a éstos me llegaron varios mensajes y, aparte de que no fueron posibles las visitas, a todos respondí que sí, sí, todo bien, porque, ¿cómo trato de explicarte que aunque viva sola yo también necesito estar sola? Y no es la soledad por la soledad: es salir de mi estructura, del camino marcado por mis horarios fijos, por mis acostumbrados ademanes, mis pensamientos recurrentes, mis coletillas al hablar… Quedarme pelada y mondada. Sin guión ni argumento. Ser y conocer a lo más parecido a mi yo absoluto y alejarme de mi yo relativo. Una completa ilusión pues siempre somos en relación a algo o a alguien y en este caso sería yo manejándome en relación a un pueblo pequeño; o yo en relación a una casa vacía con partes de ella sin amueblar y sin rematar… Pero ya te digo que esto lo pienso ahora, inspirada por las palabras de Thoreau. Insisto en que yo lo que quería era irme a no hacer nada, ni siquiera el esfuerzo por convivir con mi camada; responder sólo a mis impulsos primitivos: comer cuando tuviera hambre, dormir cuando me entrara el sueño, despertarme, esperaba, con la luz de la mañana y, eso sí, darme al lujo de uno de mis máximos placeres: volver a la cama después de desayunar temprano. Eso sí lo tenía planeado.
Sirva pues ésta mi experiencia para descargar de responsabilidad a todo aquel o aquella que comparta paredes contigo y a quien en los momentos críticos culpas de tus ataduras y desdichas. Mi experiencia es el caso vivo de que lo que perseguimos cuando fantaseamos con una isla desierta es romper nuestra habitual forma, ésa que, intuyo, hace que perdamos la brújula que nos lleva hasta nuestra esencia verdadera.
Dos semanas mas tarde, pues aparte de lectora picoteadora soy escritora pausada, aun paladeo con regocijo las consecuencias sin nombre del hecho; las de los recuerdos de un paisaje sencillo reventando de verde; las de la sensación del cansancio en mis piernas tras largas caminatas sin brújula ni reloj; las del entrenamiento en la libertad basado en la obediencia al primer impulso en cada pequeña decisión; las del avance de los trámites de divorcio entre mis pensamientos y yo después de haber escuchado en estéreo su absurdo ruido en un escenario tan mudo.
La dictadura de mis biorritmos fue desarrollándose de tal manera que cualquier actividad pensada de antemano terminó por parecerme una falta de respeto hacia mí, por eso, al no sentir allí la escritura como una necesidad, decidí que nada escribiría. La verdad de la naturaleza fue tan contagiosa que cualquier palabra usada para describirla sólo serviría para mancillarla, así que tampoco relataría nada en mis textos y la experiencia quedaría sólo para mí.
Pero ocurrió que en mi último paseo, cuando fui a despedirme de los campos de cereal tierno y en la casa ya me aguardaba el equipaje empaquetado, sentí que me acompañabas y la tranquila alegría de los días anteriores se transformó en euforia cuando me imaginé mostrándote los lugares que había descubierto: la subida a la pequeña loma desde la que se dominaban todas las encinas, el vuelo tan cercano de un sinfín de cigüeñas, el bosque de alcornoques y romero, el mesto…
Por eso me he animado a contarte algo de lo que allí viví. La alegría, ya se sabe, es más intensa cuando se comparte. En cualquier caso no será mucho pues la nada es tan humilde que no requiere protagonismo alguno, quizá un par de escritos más, no sé. Pero además es que quería aprovechar para confesarte lo que descubrí de mí ya que, aunque como te digo, no estaba entre mis planes el encontrarme a mi misma, cuando uno no busca es cuando encuentra. No es que me sienta orgullosa pero allí observé atónita, desde la distancia que otorga la sorpresa y en el transcurso de ese último paseo, cómo el éxtasis se iba traduciendo a palabras malsonantes, tacos y expresiones toscas cuando atravesaba mis cuerdas vocales. Así, entre los campos verdes, miré a los ojos de la belleza con expresiones tales como “ost*a p*ta, pero qué cosa más bonita” o “la m*dre que me p*rió, qué precioso es esto”. Incluso, acaso bajo la influencia de los santos días que transcurrieron, osé dirigirme a lo eterno en términos como: “J*der, Dios mío, cómo puedo agradecer yo todo esto” y otras que no me atrevo ni a camuflar…
Es ésta, pues, la verdadera y última razón de mi carta abierta, amiga, amigo, familiar, ser querido en general. Ni entre tantas horas de yoga y meditación, ni entre los renglones de tanta mística lectura pude nunca descubrir como aquí que quien soy verdaderamente es una choni adolescente. Estoy aprendiendo a vivir con ello pero aquí y así quería advertírtelo. Dejo pues en tus manos, y con razón, si quieres que sigamos compartiendo nuestros caminos.


NOTA IMPORTANTE: Aunque he dicho que seguiría contando en un par de posts cómo me fue por el pueblo, no sé si intercalaré escritos diferentes o ni siquiera si llegaré a escribirlos. Todo va a depender, concretamente, de lo que me salga del pot*rr*2.

1 Llevaba más de un año tonteando con Walden y más tiempo aún desde que lo compré. Lo volví a empezar en semana santa, al lado de la chimenea, pensado por lo bajini lo pedante que me parecía Thoreau. A día de hoy me tiene enamorada.
2 Iba incluso a escribir c*ñ*, pero dos semanas de pulido parece que van apaciguando a la choni que llevo dentro. Disculpa la insolencia y la malsonancia.

jueves, 31 de marzo de 2016

Sin salir por la puerta se conoce el mundo (II)

 Sin salir por la puerta
se conoce el mundo.
Sin mirar por la ventana
se ve el camino del cielo.
Cuanto más lejos se va,
menos se aprende.
Así, el sabio,
no da un paso y llega,
no mira y conoce,
no actúa y cumple*

Valle de Katmandú, Nepal. Diciembre de 2014


Valle del Guadiana, Ciudad Real. Marzo de 2016


Cuando leo este poema y estoy lúcida siento que mis pies avanzan por un camino con sentido, aunque no sepa cuál es.
Cuando estoy oscura y leo este poema dudo y pienso si no me estaré conformando demasiado o si no estaré cayendo en la pasividad. Entonces me entran las prisas por encontrar el sentido de mi camino, aunque bien sé que ése es el primer paso para perderme.


* Poema 47 del TAO TE KING


viernes, 18 de marzo de 2016

El atajo que me llevó a un cielo como el de los Simpsons

La semana pasada a la salida del trabajo había nubes de los Simpsons: pequeñas, compactas, mullidas, salpicando uniformemente un cielo azul sin matices. Cuando el cielo se pone así, como el de los Simpsons, siempre me acuerdo de algo que me pasó hace tiempo y que nunca antes había contado.

Más o menos así

Era un día de primavera y yo salía del trabajo encarando la rampa del aparcamiento a golpe de pedalada a medida que reducía las velocidades de la bici: cinco, cuatro, tres, dos, uno… como un cohete espacial pero propulsado por mis piernas. Siempre es lo mismo: ascenso con curva a la izquierda y en el tramo final, un último empujón porque ahí el desnivel aumenta. Igual que en el Tourmalet. Una vez que el suelo se aplana devuelvo la cadena al piñón en el que estaba: dos, tres, cuatro, cinco… Es justo en ese momento cuando mi atención por fin se mueve desde el esfuerzo hacia el entorno.
Aquel día me recibieron al final de la rampa la intensa luz de las tres de la tarde de un Junio novato, el campo inmenso lleno ya de gramíneas y más arriba, un cielo sin matices sembrado de nubes pequeñas, compactas y mullidas distribuidas uniformemente hasta donde me alcanzaba la vista. Era lo que me faltaba: por aquella época yo vivía bajo la resaca de un amor fugaz, inesperado y sorprendente. Un Himalaya en mi cardiograma vital que rompía con sus habituales valles y mesetas. Ese escenario a la salida del trabajo sólo venía a refrendar los saltos mortales que algo parecido a la felicidad provocaba en todas mis vísceras, principalmente el corazón. En ese estado, ya sabes, toda impresión es una certeza y todo pensamiento se convierte en una máxima. De repente el universo se muestra ante ti sin tapujos y yo, en ese momento, era una con las gramíneas, con las nubes y con aquella luz deslumbrante.
Fundida con el Todo como estaba, no me había dado cuenta del ímpetu con el que pedaleaba ni tampoco de lo que pasaba por debajo de mis ruedas. Sólo cuando noté que circulaba a la altura de las copas de los árboles, bajé la vista para comprobar que el suelo había quedado tres metros por debajo de mí. Me asusté un poco, titubeé, pero mi instinto me decía que no dejara de pedalear por aquello de que el equilibrio sólo se consigue en movimiento. ¿Cómo era posible? ¡Estaba volando! La última vez que vi algo parecido yo tenía cinco o seis años, estaba en el cine de verano de mi pueblo y en la pantalla, Eliot transportaba a E.T. con un solazo recortado al fondo. Pero claro, yo no era Eliot, ni eso era el cine y en la cesta, mi bolso difícilmente podía pasar por un extraterrestre arrugado color patata.
Lo que más apuro me dio al principio fue que alguien me viera en el aire, ¿cómo podría explicarlo si ni yo misma sabía por qué estaba ahí? Pero para mi sorpresa, los pocos transeúntes con los que me crucé no parecían percatarse de mi vuelo rasante. Traté de acordarme desde las alturas de si en el periódico local habían mencionado algo acerca de la proliferación de ciclistas voladores y si no sería yo la única en toda la ciudad que aún no se había enterado de esta nueva forma de transporte, todo para explicarme la indiferencia de la gente con la que me encontraba. Pero no, no podía recordar nada parecido. ¿Sería que aparte de volar me había vuelto invisible? A tenor de mi sombra proyectada en el suelo no parecía ser esa la respuesta.
¿Y qué más da? Me relajé entonces, la oportunidad estaba para disfrutarla. Poco a poco me fui manejando por la baja atmósfera y me puse a copiar el arte de los pájaros, a distinguir la sutileza de las corrientes, a colocarme a su favor, a ser más aerodinámica. Me atreví incluso a dar unas cuantas volteretas, que sólo abandoné cuando empezó el mareo. Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo y mi corazón… ¿era esto un corazón henchido?
Qué fácil es todo, me dije abandonando las cabriolas y retomando la mesura en mi pilotaje. En realidad todo lo que necesitamos está al alcance de nuestra mano pero no siempre tenemos el corazón dispuesto a verlo así de claro. Comenzaba a darme cuenta que muy probablemente esa apertura de corazón y esa lucidez podían tener como causa común cierta historia reciente de amor fugaz, inesperado y sorprendente. Un atajo, concluí. Y me dí la razón pues si el enamoramiento nos lleva a acceder a estados más plenos pero que ya existen, los objetos de ese amor son precisamente los atajos que nos permiten llegar a ellos. Pero ellos, esos estados más plenos, siempre están ahí, al alcance de nuestra mano, estemos o no enamorados. Es cuestión de dejar libre al corazón.
Ensimismada como iba en mis razonamientos, tampoco esta vez noté que había ido perdiendo altura hasta que trastabillé contra el suelo y me vi obligada a aplicarme de nuevo con los pedales para competir con el rozamiento del asfalto. Al principio me dio pena, ¡se estaba tan bien ahí arriba! y tuve un par de arranques rabiosos de pedaleo fuerte para provocar otro ascenso, pero al cabo de un rato desistí porque comprendí que mi legítimo camino estaba en el suelo y que podría ser muy peligroso pretender mantenerme siempre entre las nubes. Entendí que mi camino, a veces costoso, necesitaba de cada uno de mis pasos, experiencias e incluso de los atajos, que bienvenidos sean todas las veces. Pero un atajo es sólo un atajo: un by-pass en medio del trayecto, una senda que alivia y recuerda lo que podría ser caminar siempre con el corazón abierto.
Así que en ese momento decidí que no tendría miedo a tomar atajos, aceptar ese vértigo, esa curva con peralte, saborear de vez en cuando lo que es volar en medio de nubes de los Simpsons, pero que mientras tanto no olvidaría mirar de reojo a mi propio sendero para no perderme.
Unos años después admito que casi nunca lo consigo. ¡Se está tan bien ahí arriba!


domingo, 6 de marzo de 2016

Nada (escena segunda)


Una pulsión me lleva a coger el boli para ver qué tengo que decirme.
Estoy bien aquí. Sábado por la mañana, yoga, buen desayuno y vuelvo a la cama. No necesito ninguna excusa para hacerlo. Me duele el pie pero no lo suficiente como para quedarme en reposo. Tampoco estoy demasiado cansada, ayer trasnoché pero no fue para tanto. Simplemente decido quedarme entre las sábanas de invierno. Hoy no quiero ir a comprar, ni limpiar, ni cocinar, ni planear... Me quedo aquí, así, inmóvil, mirando de reojo el cielo azul y la luz nueva que atraviesa la persiana.
La felicidad es girarme sobre el costado izquierdo, alcanzar uno de los cuadernos, mi bolígrafo favorito y responder a esta pulsión, a este acto animal de escritura... sin tener nada que contarme.


jueves, 25 de febrero de 2016

La llamada

Me llamas una y otra vez a la quietud pero yo no me fío y mira: me pongo a volar buscando satisfacciones efímeras. Apósitos que sólo tapan sin curar esta llaga infinita.
No me conforman las maravillas que me regalas pero a veces, en medio de atisbos de lucidez indecisa, sé que debería rendirme a tus pies.
Y dejarme quemar por la luz del sol de invierno.
Consentir que el viento me lleve donde quieras.
Calarme hasta los huesos sin buscar refugio.
Pero no confío, ésa es la verdad, por eso corro empeñándome en imponer mi voluntad rebelde.
Tú me sigues llamando, paciente... Y es justo cuando el desconsuelo se abre paso que yo me abandono.
Entonces mis oídos se vuelven sensibles a tus susurros.




martes, 23 de febrero de 2016

Ocho céntimos

Porque siempre nos queda algo de cada historia



En lo externo este día no se diferencia mucho de cualquier otro, pero para mí es especial. Por eso, y a pesar de que mi atuendo va a pasar desapercibido bajo la bata blanca, saco del armario el vestido verde de punto. Empieza así mi íntimo ritual de celebración.
Aunque amenaza lluvia me arriesgo y cojo la bici para ir al trabajo. Por si acaso, ato al transportín el paraguas transparente, practicidad y elegancia en un mismo artilugio.
Lo tengo todo planeado: ayer dejé las muestras preparadas para hoy sólo tener que lanzar el análisis. Las circunstancias se van poniendo de mi parte regalándome una jornada sin incidencias y así, casi sin enterarme, llega la hora. Me retoco el pintalabios en el baño, cambio bata por abrigo, agarro mi elegante paraguas y me dirijo con paso firme al centro de la ciudad. Mi objetivo, la sucursal de Liberbank, antigua Caja Castilla - La Mancha.
De camino reflexiono inspirada por las miradas furtivas de unos obreros que están agujereando la calle: ¿Nos paramos a pensar adónde se dirigen las personas con las que nos cruzamos a diario? ¿Se podrán imaginar estos hombres lo que me traigo entre manos? ¿Adónde va esta mujer que me adelanta y qué lleva en esa extraña maleta? De repente siento curiosidad y respeto por mis congéneres. ¿Qué historias extraordinarias guardarán bajo el abrigo?
Pero no me quiero despistar, el tiempo apremia. Aprieto un poco el paso y el bolso. Ahí llevo todo lo que necesito: la libreta de ahorro, mis tarjetas y el móvil, mi señor.
Mi cómplice, Luis, trabaja en la oficina a la que me dirijo. Hace unas semanas ya hicimos la prueba de la operación y todo pintaba que saldría bien, así que nada tiene por qué fallar. Desde aquel intento ha sido un tiempo de espera, de confirmación de noticias, de toma de decisiones, de más espera si cabe… y es que, si algo hemos amasado con esta experiencia ha sido sin lugar a dudas la paciencia. Hemos, claro. Aquí hay más gente y no se trata de Luis, él es sólo un secundario necesario en la escena final pero si alguien ha estado conmigo en todos y cada uno de los pasos de éste recorrido, ése ha sido mi compañero de aventuras. Y con nosotros, los que nos empujaron sin pretenderlo. Y también nuestros contactos asiáticos, por supuesto.
Justo en la puerta de la sucursal se interpone en mi camino la escalera de unos electricistas que están arreglando el cableado de la calle. Emoción hasta el último momento, me río por dentro, pero sin titubear paso con garbo por debajo desafiando así el mal fario. Irónicamente, unos cascotes caen desde lo alto y no me dan por un pelo. Lo tomo como un buen presagio. O como la permanente vena cómica que gasta el universo cuando te pilla tan lúcida como para darte cuenta.
Entro y sólo hay un cliente que ya se está yendo. Apura una animada charla con Luis acerca de la corrupción. - Siéntate, siéntate, que yo ya he terminado-, me dice el paisano. Lo hago y ya delante de la ventanilla digo que vengo a terminar con lo mío. Él ya sabe a lo que me refiero. - Ah si, lo de la transferencia. Ya lo hicimos la otra vez, ¿no?-  No- , le corrijo comprensiva, pues por allí han pasado muchos días y mucha gente, - lo otro fue sólo un intento-.
Saco el teléfono y la cartilla mientras Luis busca la pantalla de las transferencias internacionales. - A ver, pásame los datos-, me dice. En mi móvil tengo escrita una nota con todo lo necesario para facilitar en lo posible la operación. Teclea. - ¿Cuánto vas a mandar?- Todo-, respondo con tono de corredor de bolsa.
Mientras sigue atento a la pantalla, pasan por mi cabeza a velocidad de vértigo algunos de los momentos ocurridos desde que abrí esta cuenta en Mayo pasado. Recuerdo que aquel día hacía una mañana espléndida y me invadía la premura por poner aparte todo ese dinero que goteaba sin cesar desde que unas semanas antes Nepal y nosotros fuéramos sacudidos en un terremoto del que aún sentimos sus réplicas. Casualmente, a la salida de la oficina me llamó mi compañero de aventuras, como una de tantas señales que nos han ido animando en todos estos meses. Le conté que acababa de poner el dinero a salvo y él me explicó el argumento de la novela que quería escribir. Es curioso cómo ha quedado impresa esa conversación en la esquina de la sucursal.
Luis cabecea preocupado pues la aplicación le juega malas pasadas con los datos que introduce. Yo sigo tranquila porque sé que al final todo saldrá bien. Mantengo esa certeza como también lo hice en el momento en que decidimos ir a Nepal o cuando sacamos los billetes del vuelo. Esa confianza latía hasta en los momentos más inciertos y me permitió presenciar la magia de verme transportada a través de una aventura insólita que me iba envolviendo más allá de mi propia voluntad. Nos volvimos de allí con el compromiso de seguir ayudando a los monjes con los que finalmente nos enrolamos, y por eso estoy hoy aquí: para enviarles la recaudación que nos quedó pendiente. En las montañas hay familias que necesitan sustento, educación y la rehabilitación de sus casas y colegio.
- Mira, ya está-, de nuevo Luis me saca de mí misma, - Pero no había caído en que el banco cobra también por la transferencia. Tenemos que ajustar el dinero que mandas para que incluya esa comisión-. Bueno-, suspiro resignada. Si hubiéramos sido una ONG de verdad y no una improvisada quizá el banco habría tenido más detalles con nosotros. La cola de clientes va creciendo a mi espalda por eso Luis se afana en encontrar rápido la cifra. Tras varios intentos me muestra una con la que sobran ocho céntimos en la cuenta. - Vale, déjalo así-. Él se desespera porque el programa no le hace caso cuando trata de ejecutar el proceso. Habría que empezar de nuevo a introducir datos así que quedamos en que se hará cargo más tarde, cuando se vuelva a despejar la oficina. Yo volveré a mi trabajo y me llamará cuando haya realizado el envío.
Ocho céntimos, pienso sonriendo mientras me levanto de la silla. No hay manera de desprenderse totalmente de Nepal. Ocho céntimos que representan el temblor latente de un nuevo comienzo. La semilla de lo que vendrá a continuación, pues cada historia que se construye mama de lo vivido anteriormente.
En el camino que me lleva de vuelta al laboratorio me entran ganas de celebrarlo. La ocasión lo merece. A pocos metros del banco hay una churrería y aún es buena hora para el desayuno del funcionario. Qué mejor que un chocolate con churros para festejarlo. Entro y allí un vendedor de la ONCE me ofrece un cupón. Se lo compro imbuida de la magia del momento. Que me tocara hoy la lotería sería un bonito final para esta historia de película.

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Mira que he estado tentada a dejar el escrito así con ese final tan épico, tan chim-pón… pero me apetece confesar que la celebración en la churrería me dejó un halo a fritanga del que no pude desprenderme en todo el día; que el chocolate estaba tan caliente que me quemé el esófago y la lengua; que, por supuesto, no me tocó la lotería y que cuando al día siguiente volví al banco a liquidar los ocho céntimos de la cuenta para evitar futuras comisiones, me cobraron otros cuarenta y cinco por el cierre. ¿Quién quiere, pues, finales de película si la vida nos ofrece una continua trama con mucho más sentido del humor?
Como el humor que gasta un viaje de una hora en el techo de un autobús nepalí