lunes, 27 de abril de 2015

OM MANI PADME HUM



Imagino a los habitantes de Kathmandú haciendo girar con más devoción que nunca los cilindros de la estupa de Boudhanath en el tiempo que les quede libre tras haber ayudado a sus vecinos o tras dejarse ayudar por ellos.
A los monjes de Kopan levantándose antes del alba, más serios que de costumbre, para comenzar a entonar la retahíla de cada día mientras se balancean como tratando de empujar sus voces cavernosas a través de la garganta.
OM MANI PADME HUM
A los pequeños monjes del monasterio de Namobuddha mirando de reojo a sus mayores, imitando sus gestos. Hoy no sonríen ni se gastan bromas entre ellos. Hoy, mantener la disciplina es algo más fácil de hacer. Quizá hoy el tiempo para el rezo sea mayor que de costumbre.
OM MANI PADME HUM
Imagino millones de banderas de colores ondeando mantras a través de una atmósfera llena de polvo y del humo constante que viene de Pashupatinath.
OM MANI PADME HUM
En un día en que las tripas alzan la voz clamando por la ausencia de Dios, no paro de pensar que precisamente encomendarse a sus creencias es lo único que le quedará a tanta gente en Nepal.
De nada sirve humanizar los fenómenos naturales. Son desde antes que el hombre existiera. Es lo que al final modela o recorta nuestros paisajes, en este caso, creando montañas gigantescas. Pero a este nivel, en esta cota que habitamos, los biorritmos de la tierra pueden transformarse en desgracias humanas por eso hoy me acuerdo de Binay, de Maya y Cheeza, del señor Purna, de toda la familia Dahal, de Dipendra, de los dueños de las casas donde nos alojamos…
Me los imagino con gesto preocupado. Serios... Pero los imagino a todos a salvo en el querido, querido Nepal.


  

Primeras horas tras la noticia del terremoto en Nepal

Escrito unas horas después de enterarme del terremoto. Entonces las cifras hablaban de unos seiscientos muertos. Más tarde, ya sí, hubo más información. Y la información era cada vez más espeluznante.

Última foto que tomé de los techos de Kathmandú

Sé de sobra que mi mundo no es el mundo, por eso hago un gran esfuerzo delante de la tele intentando no pecar de ingenua ni de caer en la queja fácil ante la escasez de noticias del terremoto que hace unas horas ha ocurrido en Nepal. Mi mundo no es el mundo, mis prioridades no son LAS prioridades de nadie, continúo a modo de retahíla mental de la misma forma que si estuviese rezando el rosario.
Aun así me dan ganas de poner una reclamación como el que se queja en la seguridad social: para una vez que la necesito…¡¿en esto invierten mis impuestos?! En lugar del terremoto me topo en la pantalla con Alejandro Sanz aparentando que le importan mucho los concursantes de la Voz; con un programa en el que unas norteamericanas eligen vestido de novia; con dos periodistas haciendo que el fútbol parezca más importante de lo que es; con el famoseo que ya casi ni reconozco vendiendo la moto de una vida superfeliz… Paciencia, me digo tratando de apaciguar la vergüenza ajena, sólo quedan cinco minutos para las tres, seguro que el telediario abre con la noticia del terremoto…
Esta mañana me desperté muy temprano, eran algo más de las seis. Un fastidio esto de tener la hora cogida. O será que los yoguis no necesitamos muchas horas de sueño… los pensamientos tontos también madrugan. Dormito un poco más, leo un rato el libro que compré ayer, hago mi serie de yoga, me pongo a desayunar… En mi móvil nuevo recibo un mensaje: terremoto en Nepal. El grupo de whatsapp de los que allí fuimos también se sacude.
No se sabe casi nada. En la radio no dan muchos detalles. Mando dos mensajes: a Unishma y a Binay, con los que sigo en contacto. ¿Cómo estás? Me he enterado que ha habido un terremoto en Nepal.
La mañana pasa rara, plomiza como el cielo que amenaza lluvia. Ando torpe en mis decisiones acerca de cómo rellenarla hasta que a mediodía vaya a la ceremonia de la boda de unos amigos. Mis pensamientos habituales dudan entre si salir a escena o quedarse aletargados, dándose cuenta de su insignificancia. Me acompaña el mismo sentimiento obtuso que cuando estaba sentada delante del templo de Changu Narayan: inmóvil. Al final los quehaceres me entretienen hasta la hora en la que salgo en dirección a la iglesia.
A la vuelta ya sé más cosas. La información más veraz me la ofrecen las pocas pulgadas de la pantalla del teléfono. En el whatsapp están colgando enlaces a periódicos y Unishma ha respondido: su casa se ha derrumbado, las grietas de las que hace unas semanas me hablaba preocupada no han aguantado semejante embate. Ella y su familia se han salvado de milagro. Respiro: sólo falta saber algo de Binay.
Por eso ahora aquí, delante de una sopa humeante, sigo aguardando a que lleguen las tres. Mi mundo no es EL mundo, insisto mientras trato de engullir junto con cada cucharada la sarta de gilipolleces que, en mi mundo, emite la televisión. Empieza el telediario. Hace poco hablaba con nosequién sobre los informativos, argumentando con muy poca pasión, en este tipo de conversaciones perezosas cuya pretensión probablemente sólo sea la de rellenar el hueco temporal, que cómo nos manipulan los telediarios, que incluso los de los fines de semana son peores todavía, y eso que se supone que los ve más gente porque también se supone que paramos más en casa. Me viene esa conversación a la cabeza porque efectivamente, la noticia del terremoto no es la primera, al menos en el telediario que he escogido. ¿Será porque son pobres? Me pregunto sin pagar el copyright de la cuestión. No, calla Laura, tu mundo no es el mundo del que decide la escaleta. Para él es bastante más importante la noticia de esta mujer a la que han liberado de las garras de la todopoderosa justicia norteamericana, un pequeño país como el nuestro debe presumir de eso: ¡Toma pedrada a Goliat!… y un poquito más de paciencia, hombre. Estará en las noticias internacionales. Aún me trago con otra cucharada una noticia más hasta que por fin sale la del terremoto. Un minuto aproximadamente, con imágenes de los primeros rescates. Bueno, quizá no haya dado tiempo para que sobrevuelen helicópteros mostrándonos la zona como cuando hay inundaciones o incendios en occidente. Será eso. Enlazan la noticia con el derrumbamiento de un edificio en el Cairo… cómo les gusta engarzar las noticias tratando de buscar en ellas el hilo conductor del relato con el que nos cuentan lo que pasa ahí afuera. Después sigue la cosa con algo muy importante que ha sucedido en la política, pero ya ha sido suficiente para mi mundo y no me quiero cabrear más, que luego la que vive en mi mundo soy yo. ¿Y qué querías Laura? ¿Qué más noticias querías? Pues no sé, ¿algo relacionado con que si las ONG’s ya se están movilizando, por ejemplo? ¿Algún llamamiento a la colaboración? ¿Algo que nos haga recordar que somos humanos?
En la pequeña pantalla de mi móvil las noticias bullen aunque sólo sirvan para mantenernos unidos en la preocupación, recordándonos, precisamente, ese sentimiento tan cateto y poco útil de humanidad. No sabemos nada de Binay, nuestro encantador porteador veinteañero. El que parecía un fotógrafo newyorkino. El que no perdía ápice de elegancia mientras nosotros sudábamos la gota gorda en las subidas. El messenger dice que hace más de quince horas que se conectó la última vez. Paciencia, las conexiones andarán fatal.
Como consuelo, enciendo el ordenador sintiéndome obligada vete tú a saber por qué y vuelvo a abrir el documento en Word en el que guardo los relatos sobre Nepal: los ya publicados en sus diversas versiones antes del parto final; los que quedaron como abortos; las historias que sentí obsoletas cuando el cuerpo me empezaba a pedir escribir de otras cosas... Quiero mantener la temática del archivo y enlazar ahí esta nueva composición de palabras sin saber aún si la colocaré en el blog. Un gesto de pulcritud y orden en contraposición con el caos que ahora debe haber por las tierras que pisé hace cuatro meses ya.
Y me percato así de que yo también engarzo mis escritos tratando de encontrar un hilo conductor que le de un sentido al sinsentido de los acontecimientos que ocurren en mi mundo. No soy pues, muy diferente al que coloca las noticias en la escaleta.




sábado, 18 de abril de 2015

Lo que los caballos me susurraron al oído

El que de niña me gustaran los caballos como lo hacían, sin razón aparente y sin haber tenido contacto con ellos, sólo me lo explico si considero que por debajo de la línea del tiempo en la que vivimos existiera otra más compleja en la que todas las Lauras posibles, las pasadas, las presentes y las futuras convivieran simultáneamente en infinitos multiversos paralelos, como ocurre en la película Interestellar.
Aplicando los principios de esta película a mi propia experiencia, la Laura actual estaría comunicándose con la Laura de cinco o seis años contándole todo lo que aprendió hace unos días de los caballos. A su vez, fruto de esta comunicación aconsciente e interdimensional, la Laura de cinco o seis años desarrollaría entre otras cosas una simpatía y una empatía tal por estos animales que le haría imposible, casi como si de una profanación se tratara, el montar en los caballitos-pony de la feria debido quizá a que también la Laura de la actualidad le habría inculcado que los caballos no necesitan ser domesticados por el hombre y que ellos lo único que quieren es vivir en paz, comer, regurgitar, rumiar, orientarse hacia los lugares que les resultan más cómodos y en definitiva, ser y estar. Sin más pretensión.
Las Lauras que siguieron a aquella Laura de cinco o seis años conservaron esa afinidad por lo equino de una forma lo suficientemente intensa como para que la Laura de hace un mes se decidiera a pasar unos días en el campo, tras semanas de atosigante trabajo dentro y fuera del plano laboral, en compañía de caballos y de gente querida para tratar así de darle cuerpo y entidad a aquella simpatía infantil por estos animales, cerrando y dejando atrás con ello un ciclo de comunicación inter-Lauras que, a su vez, continúa girando de forma infinita hasta el fin de los días en alguna dimensión paralela de la cual espero salir pronto.
La rimbombancia de los párrafos que acabas de leer solo puede explicarse si nos atenemos a que gran parte de citoplasma de mis neuronas está plagado de corpúsculos de lo absurdo y a que no sé sintetizar ni simplificar cuando abordo ciertos asuntos muy personales y profundos. Pido disculpas por la petulancia y me dirijo a lo concreto.
Uno de los recuerdos más agradables y vívidos de ésta, mi reciente experiencia con caballos, está fundido en blanco: el blanco del pelo de una de las yeguas a la que observé tan de cerca que mis ojos parecían condenados a no fijarse más allá de su cuello. La teoría que nos fueron explicando acerca del comportamiento de estos animales se volvía insignificante ante la presencia de ese cuerpo tan enorme y pacífico: son animales de presa… defienden su espacio vital…viven en el presente pues deben estar alerta… en estado salvaje se mueven en manada y siguiendo al que más sabe…Y todo eso es verdad pero no deja de quedarse corto al lado de la presencia neutra del animal, que se prestaba tranquilo a cepillados, caricias y silencio.

Parte de la manada*
(y yo sigo sin saber cómo se ponen comentarios en las fotografías)

Fuimos a experimentar que los caballos nos sirven como espejos para observar la forma en que nos relacionamos. Parece rebuscado pero no lo es. Alguna vez ya he escrito por aquí que cuando uno está por aprender o buscar algo lo encuentra en casi cualquier cosa que observe: los posos del café, por ejemplo. Pero frente a los posos del café, el reflejo del caballo presenta el salto cualitativo que ofrece su cuerpo vivo perfectamente sustentado por el presente. Es como estar delante de ti mismo pero en tu versión más pura y sincera. Frente a ese espejo, tus pensamientos rebotan intactos hacia ti para que los escuches por una vía diferente a la que sueles hacerlo y así, el caballo se convierte en un maestro compasivo y paciente. Es la única forma en que puedo explicármelo, ahora que tras varios días a mi mente le ha dado tiempo a generar las palabras que pueden aproximarse a describir la experiencia. Mientras todo sucedía, sin embargo, me quedé muda. Algo más fuerte que yo sabía que cualquier cosa dicha solo serviría para mancillar el momento.
El espejo funciona. Ya sólo con aproximarte a la manada es posible que algún pensamiento jactancioso del tipo lo van a flipar estos caballos en cuanto llegue yo y sientan mi presencia comience a darte pistas de la basurilla que escondes debajo de tus alfombras. En la respuesta del caballo puedes experimentar algo que ya sabías como concepto: que no eres el centro del universo, con lo que sólo si quieres tener contacto, y siempre que ellos te permitan acceder a su espacio vital, serás tú el que humildemente tendrás que acercarte y aceptar el rechazo si es que este se produce. Aprenderás entonces, volviendo a sacarte del centro de la creación, que el que el animal se vaya significa que: el animal se va, sin más, quizá porque estará mejor a un metro de distancia de donde ahora se encuentra, por ejemplo. Y eso no tiene que ver contigo, de verdad.
Dejando a un lado los ejemplos personales expresados a modo de generalidad, los caballos me han demostrado cosas que ya conocía: del respeto por su espacio vital, me reafirmo en que es mejor no ser invasiva y darme cuenta de cuando lo estoy siendo, pero también en que es importante que me respete cada vez que quiera o no quiera hacer algo: expresarlo en el momento. De su forma de vivir en manada verifico el hermanamiento y otra vez el respeto, en este caso, por el que más sabe y dejarse llevar por él; de su estado de alerta, el estar presente…
Pero, como ellos, y quizá porque soy caballo según el horóscopo chino, también soy rumiante y el verdadero alimento de aquellos días ha venido después, tras haber regurgitado algo que observé en el comportamiento de uno de los caballos. Un gesto en principio inocuo. Habíamos dejado de lado los mimos y el cepillado y nos fuimos al paddock para caminar con él. Enganchados en una cuerda, teníamos que guiarlo y darnos un garbeo los dos juntos. Así nos entrenábamos en el concepto de liderazgo. Al principio no estaba muy interesada en la actividad, aún narcotizada por el sobo que le había dado a la yegua, pero un compañero me animó y, primero a desgana, accedí. Parecía fácil, sólo tenía que dirigirme sin dudar a un lugar, al que sea. El caballo, confiado, me seguiría puesto que me considera el líder; sólo hacía falta que yo le diera unos toquecitos a la cuerda que nos unía. Al principio, bien. Paseo hacia el otro lado del paddock. El caballo para cuando yo lo hago. Fácil. Toca dar la vuelta, me pongo frente a él, le doy los toquecitos y el caballo se queda inmóvil. Tiro un poco más fuerte y nada. Me doy cuenta que lo quiero forzar a mi voluntad y desisto. Entonces caigo en la cuenta de que no he marcado ningún rumbo, que sólo estoy frente a él queriendo que se venga conmigo, pero a ningún lugar en concreto. Vuelvo a centrarme, me pongo a su lado, miro al frente, otra vez le doy un suave toque a la cuerda y allí estamos los dos otra vez, caminando uno al lado del otro. Sin ninguna resistencia.

De nuevo iniciando el camino juntos*
Ahora que lo escribo, sin pretenderlo de antemano, me sale una nueva conclusión aplicable a la vida en pareja o a actitudes perniciosas que pueden aparecer cuando uno se enamora o se fija en alguien (ponle el nombre que quieras), con ganas de atrapar al otro sólo por… ¿orgullo? Cómo son los caballos, reflejando a tope aunque una no quiera.
En realidad lo que he estado rumiando estos días ha sido otra cosa y tiene que ver con la dirección, con el rumbo. En efecto, cuando consulté lo que me había pasado con el caballo, la respuesta fue que si él no tiene claro adónde quieres ir, mejor se queda quieto. Muy bien. Una vez en casa, entre otras imágenes, se me repite una y otra vez la de ese caballo quieto, mirándome y yo empeñada en traerlo hacia mí. El rumbo, mi rumbo… Y por primera vez veo que llevo muchos años orientando mi rumbo hacia objetivos de humo y que cuando he clamado por un sentido cuando me he sentido falta de él, en realidad todo mi ser me reclamaba para que sintiera en suelo bajo mis zapatos. Mis ojos se abren entonces atónitos al admitir que en muchos aspectos me he dedicado a alimentar fantasías que me han sacado del presente. Que, fruto de eso, he vivido más intensamente dentro que fuera de mi imaginación. Que he mirado muchas veces con desdén mi realidad y por tanto a quien en ella habitara, dándole más peso a esa otra vida que estaba por aparecer y que era tan cambiante como el interés que en cada momento tuviera. Un rumbo cambiante y efímero, eso es lo que me ha tenido revoloteando como una moscarda aturdida al final del invierno.
No trata, pues, tu compañero Anhelo de encontrar un rumbo, lo que seguiría suponiendo una huída hacia delante, me sigue diciendo mi maestro caballo desde su calma, sino de encontrarlo mirando a los ojos a lo que te acompaña; agradeciendo aquello a lo que te dedicas; sentir cómo crujen las hojas que pisas; amar a quien te rodea. Enraizarte en tu propia realidad y darle la solidez que tú misma le has quitado. Sentir que no hay que llegar a ningún lado. Era fácil pero cuántos niveles de comprensión hay en un mismo concepto. Esto mismo hoy lo saboreo con otro gusto.
Ese caballo inmóvil me sigue diciendo que sólo se puede saltar si el impulso lo tomas sobre un suelo firme por eso ahora aprendo a cuidar con mimo mis espacios, abrillantando las veces en que los consideré simples lugares de transición. Me dan ganas, entonces, de pedir perdón por las veces que me he ensimismado mientras hablaba contigo, contigo y también contigo; por las veces en que me he quejado por nada; por haberle dejado sitio a la frustración en el banco desde donde me siento de vez en cuando a contemplar la vida.
No es un lamento, todo esto que hoy cuento, en realidad estoy muy contenta. Es bueno el jugo que saqué de la experiencia y es que no todos los buenos jugos tienen que ser dulces.
Ya es hora de ir terminando mi escrito. Además es que siento que tengo que hacer un viaje. Desplazarme a otra dimensión y decirle a la Laura de cinco o seis años que no le pierda nunca el rastro a los caballos, que son seres hermosos, que son maestros. Es la única pista que de momento puedo decirle a esta pequeña Laura que está empezando a pensar, vete tú a saber por qué, que la fantasía es mucho más hermosa que la realidad.


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No me hacen falta los caballos para saber cuándo soy harto cansina por eso termino con esta canción de El Kanka, porque se os nota en la cara que estáis deseando que acabe para... para hincharos de... aplaudiiiir.


* Esta entrada ha sido editada porque después de publicar, me mandaron estas fotos.

miércoles, 1 de abril de 2015

Diego (o devaneos con el presente en un rato cualquiera)

No lo tenía previsto pero al final me ha convenido quedarme a trabajar esta tarde para completar el horario semanal. Eso trastoca un poco el plan inicial de irme a casa a comer y dedicarme a mis cosas el resto de la tarde. No me importa mucho: el día está para no desperdiciarlo así que comeré en el parque que hay detrás de mi trabajo.
No sé si se debe al mediodía o que precisamente coincide con que mucha gente ya estará de vacaciones, pero se respira una calma nítida en el camino a pie hasta el bar del centro comercial donde voy a pedirme un bocadillo. Tal vez el que hayan cambiado la hora también hace que esta luz y este cielo no sean los que acostumbro a ver en la transición de mi jornada partida. Tiene este momento una dosis de extrañeza suficiente como para que los sentidos se alineen con el silencio que se esconde entre el ruido de los coches esporádicos y mis propios pasos.
Llego al centro comercial y a mi mente le da por inspirarse en dos extraños con los que me cruzo para volcarme una idea: mira esos cuerpos, nuestros cuerpos, son el habitáculo temporal de un trozo de la vida. Y de repente sus risas compartidas carecen de sentido y yo sólo veo materia amontonada y móvil por la gracia de esa chispa que es la nos lleva y nos trae, nos mueve y juega colocándonos ante situaciones más o menos difíciles. Un juego para ella, claro. Pequeños-grandes dramas para nosotros.
Me siento lúcida y en el trayecto que me queda hasta la barra del bar los artículos expuestos en las tiendas aledañas palpitan queriéndome decir algo muy grande. Me siento, maldita sea, casi a punto de fundirme con el todo. Pero no es momento para experimentar la vacuidad y si tengo que iluminarme quiero que sea en un lugar más íntimo.
Llego al bar y dudo un rato ante la oferta de bocatas. Al final, aun a riesgo de tener que beberme toda el agua que hay pendiente de analizar esta tarde, elijo anchoas con tomate. Para llevar, por favor.
La suerte de estar a la afueras es que hay despilfarro de espacio y todo es ancho. El parque al que me dirijo, también. Llego un poco acalorada y me siento en un banco. Enfrente hay unos árboles sin bautizar para mí, como casi todos salvo el olivo, la encina y el ciprés. Lo que sé de éstos es que ahora, en la primavera, huelen igual que dos muñecas que mis tíos de Madrid me regalaron de pequeña. En ésta época le salen una especie de pimientos de los de secar y colgar debajo de unos ramilletes de flores blancas. Así que así los denomino en mi interior: los árboles de los pimientos que huelen a mis muñecas. Me vale.

Si alguien sabe su nombre, que lo diga

El bocadillo va menguando entre mis manos y yo me recreo en este silencio. No tengo nada más que hacer y me maravillo con permitirlo, tan acostumbrada como estoy a que mis espacios estén completos. O yo a completarlos.
Al lado del parque hay una residencia de ancianos. Desde ahí se va acercando uno de ellos, un hombre, con su andador. Viene despacito. Sé que su trayectoria va a pasar muy cerca del banco en el que estoy… no me hace falta la física para inferirlo: estoy sola hasta donde veo del parque y suelo ser carne de cañón para interpretar el papel de interlocutora con la gente ajena de la tercera edad. Así es. Cuando me ve comiendo me dice: - Ahí, haciendo por la vida, ¿eh?- Me lo tiene que repetir tres veces porque el hombre no vocaliza muy bien y yo no sé qué me quiere decir. – Ah, claro-, miro el bocadillo. -Haciendo por la vida, sí-. Me río. Dice adiós con un gesto y se aleja.
Observo el habitáculo de su cuerpo aún poseída por la revelación de hace quince minutos. ¿Qué hacemos con el cuerpo que nos toca? Puede ser nuestra cruz o nuestro templo. Mira el de ese hombre: al final se le ha torcido la columna. Quizá sus esfínteres ya no retengan lo que hace unos años. Desde luego que somos responsables de hacer que la inevitable degeneración del cuerpo sea lo más digna posible. Sigo observando su espalda, que se aleja lentamente y la idea de la separación cuerpo-vida-o alma me ayuda para quitarle hierro a los sufrimientos que nos asignamos. Total, es temporal. Total, pertenecen a este tiempo efímero en que vamos a habitar este cuerpo. Están asociados a él, a las células que lo componen y como él, degeneran, se van pudriendo poco a poco. Y su hedor se propaga. Nos atormentan. Y luego, se esfuman.
Respiro y vuelvo la vista a los árboles de pimientos colgantes. Pienso engañosamente en el presente. Qué bien se está en el presente. ¿Estoy en el presente? Que va, ilusa. Desde el momento en que estás viendo la realidad que te rodea en forma de escrito, ya no estás en el presente. Y es que llevo todo este rato observando a través de las frases con que me gustaría describir este trozo de tiempo, ésa es la verdad. Y eso ya no es el presente. Escríbelo si quieres pero luego no aparentes lo que no es. A veces soy muy dura conmigo, sobre todo cuando me pongo un poco chulita.
Fin del bocadillo de anchoas. Echo el primero de muchos tragos de agua. Me quedaré un rato más aquí, aún me sobra tiempo antes del volver al trabajo. Experimento la temperatura perfecta, me adormece el canto de los pájaros; todos los tópicos de la primavera se concentran en este espacio y gracias a que no tengo alergia puedo disfrutarlos. Se lo tengo que agradecer a este cuerpo que me ha tocado, vaya que sí. O quizá a la gestión que llevo a cabo con él me vanaglorio, muy absurda.
El abuelo vuelve por mi derecha y ya sé las intenciones que trae. Sólo pido que no sea demasiado cansino. En efecto, se sienta conmigo en el banco. Espero a que comience con una perorata sobre su vida, pero no. Se queda callado a mi lado. Le saco un poco la conversación de qué buena tarde hace y otras generalidades de ascensor. Utilizo un tono que me exaspera a mi misma, como si le hablara a un niño. Después, frente a la máquina de café pienso que si llego a vieja y me encuentro lúcida, voy a escribir un manual cargado de ironía y mala baba que se llame “Cómo hablarle a un viejo” para cantarles las cuarenta a esos soberbios en la edad adulto-productiva que se creen los reyes del mambo.
Tras otro silencio un poco incómodo para mí a tenor de que no sé qué hacer con mis manos ni con mis piernas, le pregunto el nombre. – Diego-, me responde. - Anda, como un primo mío-, le replico aún con ese tonillo infantiloide. Su respuesta es una mirada callada directa a mis ojos. Se la mantengo un poco de tiempo, no sé por qué. Ahora es él el que pregunta y las suyas son más directas que mis frases hechas. Que qué hago aquí; que donde trabajo. Que si soy joven. – Bueno-, le confieso mi edad sin miramientos, -éso ya depende de quién lo vea-. - Ah, ya vas p´alante-, responde. Me río. - Pues sí-. - ¿Estás casada?- Sin paliativos. Me encanta la gente mayor. - No, no estoy casada-. Y le voy con otra generalidad: que eso ya no se lleva. - Pues claro-, me responde. - A ver para qué te quieres casar-… y farfulla algo más pero no le entiendo.
- Bueno, Diego, pues me tengo que ir, que el deber me llama-. Al levantarme noto que la bota me ha rozado un poco. Será el calor. - Adiós guapa. Mañana será otro día-. Esta obviedad me suena a invitación.
Conforme me separo sé con certeza que hoy me va a apetecer escribir sobre estos escasos cuarenta y cinco minutos. Ya completamente fuera del presente trato de imaginarme un final tipo chim-pun, como me suele gustar que terminen los post: una idea cierra y da sentido a todo lo anterior. Le daré más boato a la frase final de Diego; me haré un poco la mojigata como preguntándome si no me habrá pedido una cita a su modo.
Pero qué pereza me da hoy terminar así. Las historias, como los cuerpos, sólo empiezan y terminan para nosotros. El tiempo que las contiene y soporta, como la vida, son eternos. Sólo que nosotros aún no lo hemos terminado de comprender.



domingo, 22 de marzo de 2015

Justificar o no justificar (los textos): Un dislate compartido

A la Duquesa de Corral de Calatrava, Marquesa de Argamasilla de Calatrava, Condesa de Moral de Calatrava, Vizcondesa de Aldea de Rey, Señora de las villas de Miguelturra, Granátula y la muy noble villa de Almagro,

En fe del buen acogimiento y honra que haze Vuestra Excelencia a toda suerte de propuestas, como lacayo tan inclinado a fauorecer las buenas artes, en especial las que por su nobleza se abaten al seruicio y grangerias del vulgo, he exposar cuales son mis certidumbres acerca de lo concernido.

Véase la belleza de lo injustificable:

Amada doncella, toméme el tiempo de ir a la raíz, cuelo que los romanos de antaño osaron decir y con ello dar sentido. Iustificare nombraron al hecho de “fazer justycia”, fazer que ambosdos platos de la balanza pesaran una arroba, cuatro quintales, tres fanegas, un celemín o medio almud. Injustycia
era la desproporción de los platos, la inclinación de los fierros en demasía allá de las algarrobas, aceitunas o la farina. ¡Yustitia! Qué tan bello principio para honrar la rectitud, la palabra ditcha, el buen obrar del noble. Verá usted mi honrada señora –y pardiez no me condene por mi observar- en la iustificatione de la escritura una análoga proeza cuál lo es poner panes y pesos que se miren a los ojos. Más, usted tal vez se haga a valorear lo justo de mi observar allende del esteril y mal cultiuado ingenio mio al no tratarle a vos con más honra y humildad que mi gallardía no permíteme rebajar. Fíjase usted, oh señora, cuan no quiero contrauenir al orden de la naturaleza, errante, díscolo e insometible, salvaje y bello, árboleado y descontrolado y, aún así, reconocible, amado, compartillado y diverso. ¿Véis vos como veo yo la irregularidad en la vid? ¿Veis vos como veo yo la lluvia allende del canal de la Manxa y el calío del sol sobre los desyertos africanos? ¿Véis vos belleza como la veo yo en lo vivo y en lo traspasado, en lo azul y lo
naranja, en lo dulce y en lo salado? Decidme, oh señora, ¿veis lo mismo en la noche que veis en el día, faceis de vuestros sueños seña o admitís por doquier la alegría y la turbación del alma? Veo en su mano la tinta y veo en sus dedos la pluma y no imagino la jaula, los grilletes, la armadura que a vos pudiéranla forzar la justificar su creatividad, su trazo largo volverse enjuto. Dejeme vuesa merced de danzar en el lugar apacible de sus palabras espontaneas como danzo con la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu. Son las palavras en libre albedrío grande parte para que las musas mas esteriles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de marauilla y de contento. Cómo a vos, hija del verbo, visitada por las musas en las cuatro lunas, cómo vos pudiérais convertir vuesos decires bellos  en hermanas de clausura, clarisas, dominicas, todas ellas justificadas en sus conventos. Decid, ¿son vuesas hijas las palavras hermanitas de la penitencia? Es de poder que vos fazais con las palabras aquelo que fazia el buen y gallardo caballero: “Acontece tener vn padre vn hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone vna venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas, y las cuenta a sus amigos por agudezas y donayres.” ¿Faceis tal vez tal uso de vuesas palavras? ¿No halláis en ellas un danzar errante, solitario ed armónico? Ved, ved e aquí el potentado de las hermanas palavras en libertad…

                                    Alborque                                         Abrego

                                                      FRUCHE                                      parva
                                                yantar,
                                                                                     tronería

marzadga

¿Ve usted un danzar bello en la iniustificatione? Ve usted libertad en la belleza? ¿Veis vos mi amada señora la alegría del agua en la fuente?

Descárgome de su reprobación que estando dicho lo dicho mi admiración y honra por vuesa merced es alta y estando hecho desde ahi, y no de otra manera, pueda vos leer el pliego, y sucessiuamente ponga esta nuestra cedula, y la aprouacion, tassa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y prematicas destos nuestros Reynos.

  
      Fecha en San Sadurny del Anoya, a dyez y ochos dias del mes de marzo de dos myl y quince años                                      


Romás de Quintanilla, Conde de Las Tierras Sedimentadas

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En la Villa Real, a 19 de Marzo del año en curso

Respetadísimo Conde de las Tierras de los Sedimentos,

Al hilo de la acalorada discusión mantenida en días pasados acerca de justificar o no los textos, permítame aclararle algunos puntos, pues me cabe la sospecha de que mi postura no quedó completamente entendida.
Si bien estos habituales despachos parécenme altamente constructivos, no puedo por más que estar en desacuerdo con una de sus últimas insinuaciones.
Departíamos sobre el formalismo en la escritura, tema candente en estos tiempos en los que adolecer de gusto por la palabra escrita está tornando a moda. Tampoco, dicho sea de paso, es de ayuda para la recuperación de su dignidad el que los actuales soportes, más inmediatos, consientan la sustitución de nuestro rico patrimonio por esa sucesión de personajes de cara amarilla y grotescos gestos.
Es esta la razón por la cual mi postura en nuestro debate se inclinaba hacia la justificación de los textos, hacia la homogeneidad de la línea… La armonía de los párrafos entendida como una suerte de rebelión pacífica hacia la promoción de la estética frente a la dejadez: la belleza enarbolando la bandera de la simetría de los párrafos en contraposición con el deliberado menosprecio no sólo del acto de la escritura sino de cualquier otro hecho cotidiano.
Y es que no me cabe la menor duda de que este tipo de detalles como lo es la justificación, trascienden la palabra escrita y entrenan con su uso al practicante en el ejercicio de la armonía en cualquier acto. Si me apura, se trataría de un levantamiento  por la recuperación del instante presente: la meticulosidad entendida como antídoto al desasosiego y las mentes dispersas.
No se trata pues, como usted insinuaba, de actitudes conservadoras con las cuales, dicho sea de paso, no me identifico. No es menester, por tanto, confundir mi tesis con encorsetamientos ni acotaciones pues como habitante de una tierra tan vasta y lisa que permite a la vista ser testigo de la unión de la tierra y el cielo, mi alma se alinea con la práctica de una vida ilimitada. No se confundan los términos, mi querido Conde: tratábase únicamente de textos.
Sin más, no sea esta discrepancia óbice para emplazarle a futuros debates de éste y otros asuntos con la presencia de un té de jengibre como testigo. Queda usted invitado.
Afectuosamente,

La Duquesa de las Llanuras Coloreadas (valgan la  confianza y el resumen)

Agradecimientos al coprotagonista de este desvarío. Síganse sus correrías aquí mismo.
Ilustración de magiamania.com

martes, 10 de marzo de 2015

El cuento que quise contarle al Cuentacuentos. Parte II

La primera parte de esta historia está aquí. En ella hay un cuentacuentos, un sueño encerrado, risas, estallidos, gente grande que se deja llevar por la magia y finalmente, un niño que juega con un pequeño globo naranja.

De camino a casa y aunque aún estaba lejos de escribir textos con principio y fin y mucho más aún de publicarlos, comenzó a tejerse la idea de contar un cuento con lo que acababa de ocurrirme en el Pachamama. El final con aquel niño custodiando mi sueño me seducía lo suficiente como para animarme a escribirlo y después enviárselo a Aldo como regalo de despedida. A cada paso que daba iba cavilando las dificultades que podrían presentarse al elaborar mi relato: si escribo un cuento tendrá que llevar moraleja, ¿no? ¿Qué es exactamente un cuento? ¿Lo escribo con lenguaje dirigido a niños? En esas estaba, con la historia fraguándose y yo a dos calles de mi casa cuando en la acera por la que caminaba me encontré otro globo naranja. Pero, ¿será posible? ¿Y esto ahora qué significa? Me pregunté. Cualquier adulto habría pensado que sería casualidad, que habría una fiesta de estudiantes por ahí cerca o si no, trataría de encontrar alguna otra explicación razonada y lógica ante la presencia de ese nuevo globo. Pero yo venía de ver a Aldo y de convertirme en niña por un rato así que opté por la magia y decidí que ahora que mi sueño ya estaba fuera de mí, ésa podría ser la nueva manera de comunicarnos. Mi sueño y yo nos haríamos un guiño cómplice cada vez que un globo naranja me asaltara de forma inesperada. Lógico.
Lo que ahora no sabía era qué hacer con el cuento. Desde luego este otro globo naranja le daba un nuevo giro a la historia. Quizá podría contarla sólo hasta la aparición del niño, qué se yo. Llegué a casa, encendí el ordenador y escribí un borrador para no olvidarme de los detalles de aquella noche. Durante varios días le di muchas vueltas pero el resultado no me gustaba así que la idea de regalarle un cuento al Cuentacuentos fue quedando relegada a un segundo plano. 
Aunque el cuento quedó aparcado, en el tiempo que ha pasado desde entonces volví a ver a mi sueño. Fue sólo una vez en los alrededores del colegio en el que yo estudiaba. Caminaba deprisa por la cuesta por la que tantas veces corrí de pequeña pues no quería llegar tarde a la clase de yoga que me tocaba impartir aquel día. Al final de la calle un globo naranja cruzó de derecha a izquierda, provocándome una risa que sólo yo entendía, sacándole el polvo a la idea de escribir esta historia. Recordándome que mi sueño aún no se había liberado. Me apresuré para intentar atraparlo pero cuando doblé la esquina el globo había desaparecido. No me importó: el mensaje me había quedado claro.
Aldo volvió los dos inviernos que siguieron confirmando que aquella noche de cuentos y globos no fue definitiva en realidad, sólo que desde entonces reparte su vida y sus historias entre dos continentes. Hace unas semanas hubo una nueva sesión de despedida en el Pachamama a la que, por supuesto, asistí. Como siempre, nos emocionamos, reímos, disfrutamos y probamos de nuevo su puchero. Al finalizar nos deseamos suerte y nos dijimos hasta pronto.
Unos días después volvía del trabajo con la bici. Señalicé mi giro a la derecha para apartarme hacia mi casa y allí en la puerta del bloque al lado de un enorme macetero, un globo naranja reposaba tranquilamente en el suelo. Lo miré cómplice sin que se me notara mucho y él me susurró que seguía encerrado. No pasa nada, pensé con paciencia y, mientras que la adulta que soy disimulaba de nuevo una sonrisa, me dispuse a ejecutar la serie de movimientos mecanizados que me permite entrar cada día en casa sujetando bici, bolso y llaves. Abrí la puerta y la sujeté con la cadera, empujé la bici adentro, metí la pierna izquierda, luego la derecha, me volví para cerrar y… ¡PUM! Me sobresalté pues no estaba previsto entre mis automatismos aquel estallido que venía de la calle. El corazón empezó a latirme fuerte. No me hacía falta salir de nuevo para comprobar que ahí al lado del macetero grande habría una goma de color naranja que hasta hace un momento había sido un globo.
Cualquier adulto podría haber pensado que, qué tontería, seguramente algún niño lo pinchó o quizá ese globo estaba ya muy recalentado por el sol; es completamente absurdo que pudiera significar otra cosa… Pero ahí al otro lado del espejo del rellano había una mujer sujetando una bici y por el brillo de sus ojos supe que para explicarse esa explosión, ella había elegido la magia.


Colorín, colorado…



El dibujito estaba aquí: http://www.forovegetariano.org/

lunes, 9 de marzo de 2015

El cuento que quise contarle al Cuentacuentos. Parte I

Desde hace dos inviernos Aldo, Cuentacuentos cubano adoptado en Ciudad Real, reparte su tiempo entre España y Sudamérica. Con mucha gracia nos dice que la culpa de que se vaya la tenemos nosotros, que permitimos que Cospedal saliera presidenta. Y es que Aldo es “Marxista Pop”.
Hace poco, en su nueva despedida, recordó la primera vez que decidió volver a su tierra por tan largo tiempo. A mi no me lo tiene que recordar pues tengo bien presente lo que ocurrió aquella noche. Desde entonces le tengo prometido un relato que se ha ido cociendo a fuego lento. Tan lento como los deliciosos pucheros que nos prepara para cenar después de sus actuaciones.
Aldo, hoy por fín emplato mi cuento. Al final verás por qué.

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La primera vez que Aldo volvió a Sudamérica yo pensé que sería definitivo por eso convencí a unos amigos para que no se perdieran sus últimos cuentos en Ciudad Real.
Recuerdo que el Pachamama estaba especialmente lleno y él especialmente emocionado, con ganas de estar con todos y todos con ganas de abrazarle y desearle buena suerte.
Como siempre en sus sesiones nos trajo la magia de sus relatos y esos monólogos entre cuento y cuento que, con su gracia cubana, consiguen que muchos acabemos llorando de la risa: que si mira este cuerpo cuando habla de sí mismo, que si se liga más o menos en España o en Sudamérica, que si la peineta de Cospedal…
Me gusta cómo consigue que contengamos el aliento cuando se acerca el desenlace de sus historias: en ese momento Aldo se sienta en el taburete que le acompaña en el escenario, baja un poco el volumen de su voz, abre mucho los ojos y con la frase final… se palmea resolutivo las piernas para que los que estamos absortos viajando por los paisajes que dibuja sepamos cuándo tenemos que aplaudir.
Aunque lo sigo desde que estaba en la universidad siempre encuentro alguna sorpresa en sus actuaciones. A veces se pone a cantar o alguien canta con él; otras, nos reta a que escribamos palabras al azar en papelitos que después le sirven para hilvanar un cuento improvisado… Aquella noche que creí que sería la última, nos sorprendió con un juego.
En el descanso, mientras estirábamos las piernas o nos acercábamos a la barra a pedir algo él se fue colando entre los grupos repartiendo globos. - ¿Para qué son, Aldo?–, -Luego os lo digo-. Nos encogimos de hombros aceptando la incógnita y mantuvimos nuestros globos entre los dedos compartiendo espacio con la cerveza. A mi me tocó uno naranja, mi color favorito de niña.
A la vuelta del descanso, más cuentos, más risas, más complicidades con sus amigos del público y al final: -¿Tenéis todos un globooo?- gritó, y todos nos apresuramos a rebuscar entre los bolsillos o en nuestros asientos mientras respondíamos –Siiiiii-. – Bueno, seguía gritando, pues vais a soplar muy fuerte para inflarlos con vuestros sueños-.
Esos adultos que llenábamos la sala sonreímos con la ocurrencia. De sobra sabemos que los globos se inflan con aire pero aquella noche nos volvimos niños por un tiempo y dejamos que la magia no fuera sólo cosa de los cuentos así que, obedientes, hicimos caso a las indicaciones.
Yo me llevé la boquilla de mi globo naranja a los labios y estiré del otro extremo para que así fuera más fácil que mi sueño entrara. No se lo he dicho a nadie pero tengo un sueño desde hace mucho tiempo por eso confieso que me puse un poco nerviosa; menos mal que la sala estaba algo oscura y que todo el mundo andaba ocupado con su propio sueño, así podía ocultar más fácilmente el rubor que ya estaba notando en las mejillas. Por fin vería mi sueño materializado y podría olerlo y tocarlo aunque fuera bajo esa insólita apariencia ovalada y naranja.
Decidida, tomé aliento profundamente, cerré los ojos y soplé fuerte, muy fuerte. Cuando ya no pude soplar más y los abrí no me podía creer que mi sueño, que es tan insistente, que siempre le gusta ser el centro de atención, que me asalta mientras cocino, justo antes de que me venza el sueño, en el trabajo en medio de alguna que otra reunión… fuera aquel pequeño globito que se acomodaba perfectamente en el hueco de mis manos. No sabía yo que en realidad fuese tan tímido y frágil.
La siguiente consigna de Aldo me sacó de mis pensamientos: - Ahora, si ya tenéis los globos inflados, ¡echad vuestros sueños a volar!- Y de nuevo esos hombres y mujeres, ya definitivamente rendidos a la magia, decidieron palmear sueños en vez de globos. Yo lancé lejos el mío y en seguida lo vi perderse en medio de una nube de colores que todos alentábamos haciendo rebotar una y otra vez los sueños propios y ajenos.
Al cabo de un rato de nuevo Aldo nos devolvió al presente, - Ahora vais a coger un globo cuando yo cuente hasta tres. El que agarréis, tenéis que explotarlo para que todos los sueños se liberen y se hagan realidad: uno, dos… y ¡TRES!- En seguida me apoderé de un globo rosa que estaba sobrevolando mi cabeza, lo coloqué en el asiento y me dispuse a explotarlo con el peso de… todo mi cuerpo. No fue fácil: mientras una traca in crescente se apoderaba del Pachamama, yo saltaba una y otra vez sobre aquel sueño que se resistía a salir. Con cada intento fallido me sentía más responsable pues era consciente que si no lo explotaba alguien se quedaría con su sueño sin liberar, así que en mi último salto me levanté del todo y me dejé caer muy fuerte. Que se lo digan si no a mis posaderas. Pero eso sí, el globo rosa había estallado.
Cuando el estruendo terminó, entre aplausos y risas, yo me acordé de mi pequeño y frágil sueño de color naranja. Estaba contenta. Seguramente él también sería libre por fín.
Llegó la hora de irse y justo cuando besaba a Aldo la que yo creía que sería la última vez, algo me rozó la pierna. Bajé la mirada y allí había un niño. Era el único niño de verdad de toda la sala. Andaba correteando entre las piernas de los mayores sin hacer mucho caso a las advertencias de sus padres para que parara. Él estaba entretenido jugando con un pequeño globo naranja. Pequeño y frágil como un sueño tímido.
Terminé de despedirme del Cuentacuentos y de desearle lo mejor en su nueva vida, dije adiós a mis amigos y me fui sonriendo a casa. Mi sueño no se había liberado, no había sido capaz de vencer su timidez pero yo estaba tranquila porque aquel niño inocente me lo guardaría.


Continuará...

Imagen tomada de esta página: www.balaocultura.com.br