Abre la
ventana cuando muera. Si no, ¿cómo voy a salir?
M.B.
Sería a finales de Septiembre del año pasado o quizá
ya había empezado Octubre. Caminaba por una calle que me lleva de camino a
todos lados. Un día cualquiera, una ráfaga de pensamientos cualquiera y uno que
atrapa mi atención: ¿cómo debe ser que se
muera un amigo? Deseché rápidamente las respuestas que a la velocidad de la
luz comenzaban a dibujarse en mi mente. Demasiado doloroso.
Algo después, de vuelta de la biblioteca, me encontré
con la madre de Mariana. Caminaba como si su cuerpo fuera de plomo. No tenía
buen aspecto y a mi pregunta, acertó a decirme entre lágrimas que los resultados
de los análisis no eran buenos.
Echo la vista atrás, ahora que los días son copia de
aquéllos, y nos imagino entes que navegan suspendidos en la malla del tiempo y
el tiempo, como océano, nos mece y arrastra de unas situaciones a otras, y da
bandazos que crean y destruyen a la vez. Marejadas que resultan en rupturas e
idilios, pérdidas y encuentros, en que fantasees con la muerte de un amigo y
que en tu amiga se esté fraguando un cáncer. Hechos aparentemente inconexos
cabalgando en la misma cresta. Sumas y restas con resultante cero.
Tal vez
aquel día del pasado otoño empezaba ya a sentirse la resaca de la ola que vendría
y yo sólo pude olfatear como un cachorro recién nacido, ciego todavía.
Los meses anteriores fueron raros. Me pasaba el día
estudiando y coincidíamos menos. Además Mariana rehuía casi todas las
propuestas para quedar pero a mí no terminaba de extrañarme, mujer
independiente y necesitada de temporadas casi exclusivas para sus amados Schopenhauer,
Zizek o Macedonio Fernández. Estoy
cansada, no me encuentro bien, era la excusa recurrente. Yo creía, en mis
momentos más acomplejados, que igual se había cansado de mí y del resto, con
todas las de perder frente al calor de su casa, sus gatos y sus plantas; otros,
pensaba que estaría preocupada por el trabajo, aunque tampoco tenía mucho
tiempo para todo esto: el ansia por rascar horas de estudio se llevaba casi
toda mi energía.
Sabía que había pedido una analítica. Me lo dijo en
uno de los últimos días normales de camino a la casa donde habíamos quedado a
cenar. No creo en los médicos pero sí en
la bioquímica. Y después su madre, con su caminar de plomo dándome la
primera de una larga ristra de noticias que nunca terminé de aceptar del todo.
Mariana se fue y mientras lo hacía no paró de darme
las gracias en todas y cada una de mis visitas al hospital. ¿En qué habitación estás ahora? Yo acudía
a su lado como hasta entonces, con la justa reticencia de quien sabe que se
encuentra con un sabio pues eso mismo era ella para mí. Mi amiga menguante,
irónica, aguda… Bienvenidos a mi velorio,
nos recibió entre risas en su casa, en una fiesta de despedida disfrazada de
Navidad. Joder, Mariana… Quiso que estuviéramos alegres. Casi lo conseguimos.
Se fue, lo supo desde el primer momento, por eso nos
miraba como el que mira a un niño cuando nos empeñábamos en rascar esperanzas.
Se tomaba las malas noticias como pequeñas victorias y entre sollozos me
confesaba que así le creerían de una vez. Yo callaba pero tampoco podía
creérmelo e íntimamente estaba convencida de que todo era una argucia suya capaz
de deshacerse en cualquier momento.
A ratos niña desvalida, otros, adolescente contestona
y poco a poco más vencida y resignada. Echo
de menos mi soledad, aquí es imposible. Se sentía afortunada porque desde
su habitación veía campo y cielo, y aprovechaba el sol de invierno para escapar
a los jardines a tomar mate, ella, pesimista convencida. Sensible, de mirada y
conciencia anchas, confrontaba mis opiniones con las suyas y las sentía más
sólidas si me las validaba. También la temía a veces, tan cruda, tan certera.
Se iba y era mágico también, era íntimo, era sagrado
el silencio de sus últimos días. Estaba allí aunque ya casi no estaba. Y yo me
estaba perdiendo que me explicara cómo era eso de morirse uno.
Que se haya muerto Mariana es raro, es increíble, es
triste, irreemplazable. Me molesta que no esté. Me molestó que se fuera sólo
unos días antes de que florecieran los árboles de su calle, que se haya perdido
tantos atardeceres, que ya no cuente con su punto de vista. Me fastidia no
verla venir apresurada hasta la esquina donde quedábamos o caer en la cuenta de
que no es ella cuando la confundo por la calle.
Presente pero inalcanzable, habita en el libro del
Principito, en la bufanda gris, en la mantita blanca, en mi forma de pensar. En
una copa de vino tinto que me susurra con acento porteño Tú no eres pobre, Laura, no te confundas. Está en la vía verde,
donde volví a partirme de risa este verano con su vehemente argumentario sobre
los corredores ¿Pero es que no se dan
cuenta de que no corren bien? Y entre los árboles de la Tabla de la Yedra resonará siempre aquel
¿Y no es evidente?, que soltó mirando
al río cuando yo le contaba mi idea de dios.
¿Qué harás
este fin de semana?, me dijo desde esa cama que no era suya, sonriendo. Yo había quedado para ir al teatro. Pásala bien. Vendré a verte la semana que viene.
Hasta siempre, amiga mía. Gracias por tanto.