Imagino a los
habitantes de Kathmandú haciendo girar con más devoción que nunca los cilindros
de la estupa de Boudhanath en el tiempo que les quede libre tras haber ayudado
a sus vecinos o tras dejarse ayudar por ellos.
A los monjes de
Kopan levantándose antes del alba, más serios que de costumbre, para comenzar a
entonar la retahíla de cada día mientras se balancean como tratando de empujar
sus voces cavernosas a través de la garganta.
OM MANI PADME
HUM
A los pequeños
monjes del monasterio de Namobuddha mirando de reojo a sus mayores, imitando
sus gestos. Hoy no sonríen ni se gastan bromas entre ellos. Hoy, mantener la
disciplina es algo más fácil de hacer. Quizá hoy el tiempo para el rezo sea mayor que de costumbre.
OM MANI PADME
HUM
Imagino millones
de banderas de colores ondeando mantras a través de una atmósfera llena de
polvo y del humo constante que viene de Pashupatinath.
OM MANI PADME
HUM
En un día en que
las tripas alzan la voz clamando por la ausencia de Dios, no paro de pensar que
precisamente encomendarse a sus creencias es lo único que le quedará a tanta
gente en Nepal.
De nada sirve humanizar
los fenómenos naturales. Son desde
antes que el hombre existiera. Es lo que al final modela o recorta nuestros
paisajes, en este caso, creando montañas gigantescas. Pero a este nivel, en
esta cota que habitamos, los biorritmos de la tierra pueden transformarse en
desgracias humanas por eso hoy me acuerdo de Binay, de Maya y Cheeza, del señor
Purna, de toda la familia Dahal, de Dipendra, de los dueños de las casas donde
nos alojamos…
Me los imagino
con gesto preocupado. Serios... Pero los imagino a todos a salvo en el querido, querido Nepal.
Escrito unas horas después de enterarme del terremoto. Entonces las cifras hablaban de unos seiscientos muertos. Más tarde, ya sí, hubo más información. Y la información era cada vez más espeluznante.
Última foto que tomé de los techos de Kathmandú
Sé de sobra que
mi mundo no es el mundo, por eso hago
un gran esfuerzo delante de la tele intentando no pecar de ingenua ni de caer
en la queja fácil ante la escasez de noticias del terremoto que hace unas horas
ha ocurrido en Nepal. Mi mundo no es el
mundo, mis prioridades no son LAS prioridades de nadie, continúo a modo de
retahíla mental de la misma forma que si estuviese rezando el rosario.
Aun así me dan
ganas de poner una reclamación como el que se queja en la seguridad social: para una vez que la necesito…¡¿en esto
invierten mis impuestos?! En lugar del terremoto me topo en la pantalla con
Alejandro Sanz aparentando que le importan mucho los concursantes de la Voz; con un programa en el que
unas norteamericanas eligen vestido de novia; con dos periodistas haciendo que
el fútbol parezca más importante de lo que es; con el famoseo que ya casi ni
reconozco vendiendo la moto de una vida superfeliz… Paciencia, me digo tratando
de apaciguar la vergüenza ajena, sólo quedan cinco minutos para las tres,
seguro que el telediario abre con la noticia del terremoto…
Esta mañana me
desperté muy temprano, eran algo más de las seis. Un fastidio esto de tener la
hora cogida. O será que los yoguis no
necesitamos muchas horas de sueño… los pensamientos tontos también
madrugan. Dormito un poco más, leo un rato el libro que compré ayer, hago mi
serie de yoga, me pongo a desayunar… En mi móvil nuevo recibo un mensaje:
terremoto en Nepal. El grupo de whatsapp de los que allí fuimos también se
sacude.
No se sabe casi
nada. En la radio no dan muchos detalles. Mando dos mensajes: a Unishma y a
Binay, con los que sigo en contacto. ¿Cómo
estás? Me he enterado que ha habido un terremoto en Nepal.
La mañana pasa
rara, plomiza como el cielo que amenaza lluvia. Ando torpe en mis decisiones
acerca de cómo rellenarla hasta que a mediodía vaya a la ceremonia de la boda
de unos amigos. Mis pensamientos habituales dudan entre si salir a escena o quedarse
aletargados, dándose cuenta de su insignificancia. Me acompaña el mismo
sentimiento obtuso que cuando estaba sentada delante del templo de Changu Narayan:
inmóvil. Al final los quehaceres me entretienen hasta la hora en la que salgo
en dirección a la iglesia.
A la vuelta ya
sé más cosas. La información más veraz me la ofrecen las pocas pulgadas de la
pantalla del teléfono. En el whatsapp están colgando enlaces a periódicos y
Unishma ha respondido: su casa se ha derrumbado, las grietas de las que hace
unas semanas me hablaba preocupada no han aguantado semejante embate. Ella y su
familia se han salvado de milagro. Respiro: sólo falta saber algo de Binay.
Por eso ahora aquí,
delante de una sopa humeante, sigo aguardando a que lleguen las tres. Mi mundo no es EL mundo, insisto
mientras trato de engullir junto con cada cucharada la sarta de gilipolleces
que, en mi mundo, emite la televisión. Empieza el telediario. Hace poco hablaba
con nosequién sobre los informativos, argumentando con muy poca pasión, en este
tipo de conversaciones perezosas cuya pretensión probablemente sólo sea la de
rellenar el hueco temporal, que cómo nos
manipulan los telediarios, que incluso los de los fines de semana son peores
todavía, y eso que se supone que los ve más gente porque también se supone que
paramos más en casa. Me viene esa conversación a la cabeza porque efectivamente,
la noticia del terremoto no es la primera, al menos en el telediario que he
escogido. ¿Será porque son pobres? Me
pregunto sin pagar el copyright de la cuestión. No, calla Laura, tu mundo no es el mundo del que decide la escaleta. Para
él es bastante más importante la noticia de esta mujer a la que han liberado de
las garras de la todopoderosa justicia norteamericana, un pequeño país como el
nuestro debe presumir de eso: ¡Toma pedrada a Goliat!… y un poquito más de
paciencia, hombre. Estará en las noticias internacionales. Aún me trago con
otra cucharada una noticia más hasta que por fin sale la del terremoto. Un
minuto aproximadamente, con imágenes de los primeros rescates. Bueno, quizá no
haya dado tiempo para que sobrevuelen helicópteros mostrándonos la zona como
cuando hay inundaciones o incendios en occidente. Será eso. Enlazan la noticia
con el derrumbamiento de un edificio en el Cairo… cómo les gusta engarzar las
noticias tratando de buscar en ellas el hilo conductor del relato con el que
nos cuentan lo que pasa ahí afuera. Después sigue la cosa con algo muy importante que ha sucedido en la
política, pero ya ha sido suficiente para mi mundo y no me quiero cabrear más,
que luego la que vive en mi mundo soy yo. ¿Y
qué querías Laura? ¿Qué más noticias querías? Pues no sé, ¿algo relacionado
con que si las ONG’s ya se están movilizando, por ejemplo? ¿Algún llamamiento a
la colaboración? ¿Algo que nos haga recordar que somos humanos?
En la pequeña
pantalla de mi móvil las noticias bullen aunque sólo sirvan para mantenernos
unidos en la preocupación, recordándonos, precisamente, ese sentimiento tan
cateto y poco útil de humanidad. No
sabemos nada de Binay, nuestro encantador porteador veinteañero. El que parecía
un fotógrafo newyorkino. El que no perdía ápice de elegancia mientras nosotros
sudábamos la gota gorda en las subidas. El messenger dice que hace más de
quince horas que se conectó la última vez. Paciencia, las conexiones andarán
fatal.
Como consuelo,
enciendo el ordenador sintiéndome obligada vete tú a saber por qué y vuelvo a
abrir el documento en Word en el que guardo los relatos sobre Nepal: los ya publicados
en sus diversas versiones antes del parto final; los que quedaron como abortos;
las historias que sentí obsoletas cuando el cuerpo me empezaba a pedir escribir
de otras cosas... Quiero mantener la temática del archivo y enlazar ahí esta nueva
composición de palabras sin saber aún si la colocaré en el blog. Un gesto de
pulcritud y orden en contraposición con el caos que ahora debe haber por las
tierras que pisé hace cuatro meses ya.
Y me percato así
de que yo también engarzo mis escritos tratando de encontrar un hilo conductor que
le de un sentido al sinsentido de los acontecimientos que ocurren en mi mundo. No
soy pues, muy diferente al que coloca las noticias en la escaleta.
El que de niña
me gustaran los caballos como lo hacían, sin razón aparente y sin haber tenido
contacto con ellos, sólo me lo explico si considero que por debajo de la línea
del tiempo en la que vivimos existiera otra más compleja en la que todas las Lauras posibles, las pasadas, las
presentes y las futuras convivieran simultáneamente en infinitos multiversos
paralelos, como ocurre en la película Interestellar.
Aplicando los
principios de esta película a mi propia experiencia, la Laura
actual estaría comunicándose con la
Laura de cinco o
seis años contándole todo lo que aprendió hace unos días de los caballos. A su
vez, fruto de esta comunicación aconsciente e interdimensional, la Laura
de cinco o seis años desarrollaría entre otras cosas una simpatía y una empatía
tal por estos animales que le haría imposible, casi como si de una profanación
se tratara, el montar en los caballitos-pony de la feria debido quizá a que
también la Laura de la actualidad le habría inculcado que
los caballos no necesitan ser domesticados por el hombre y que ellos lo único
que quieren es vivir en paz, comer, regurgitar, rumiar, orientarse hacia los
lugares que les resultan más cómodos y en definitiva, ser y estar. Sin más
pretensión.
Las Lauras que siguieron a aquella Laura de cinco o seis años conservaron
esa afinidad por lo equino de una forma lo suficientemente intensa como para
que la Laura de hace un mes se decidiera a pasar unos
días en el campo, tras semanas de atosigante trabajo dentro y fuera del plano
laboral, en compañía de caballos y de gente querida para tratar así de darle
cuerpo y entidad a aquella simpatía infantil por estos animales, cerrando y
dejando atrás con ello un ciclo de comunicación inter-Lauras que, a su vez, continúa girando de forma infinita
hasta el fin de los días en alguna dimensión paralela de la cual espero salir
pronto.
La rimbombancia
de los párrafos que acabas de leer solo puede explicarse si nos atenemos a que
gran parte de citoplasma de mis neuronas está plagado de corpúsculos de lo
absurdo y a que no sé sintetizar ni simplificar cuando abordo ciertos asuntos
muy personales y profundos. Pido disculpas por la petulancia y me dirijo a lo
concreto.
Uno de los recuerdos
más agradables y vívidos de ésta, mi reciente experiencia con caballos, está
fundido en blanco: el blanco del pelo de una de las yeguas a la que observé tan
de cerca que mis ojos parecían condenados a no fijarse más allá de su cuello.
La teoría que nos fueron explicando acerca del comportamiento de estos animales
se volvía insignificante ante la presencia de ese cuerpo tan enorme y pacífico:
son animales de presa… defienden su
espacio vital…viven en el presente pues deben estar alerta…en estado salvaje se mueven en manada y
siguiendo al que más sabe…Y todo eso es verdad pero no deja de quedarse
corto al lado de la presencia neutra del
animal, que se prestaba tranquilo a cepillados, caricias y silencio.
Parte de la manada*
(y yo sigo sin saber cómo se ponen comentarios en las fotografías)
Fuimos a experimentar
que los caballos nos sirven como espejos para observar la forma en que nos
relacionamos. Parece rebuscado
pero no lo es. Alguna vez ya he escrito por aquí que cuando uno está por
aprender o buscar algo lo encuentra en casi cualquier cosa que observe: los
posos del café, por ejemplo. Pero frente a los posos del café, el reflejo del
caballo presenta el salto cualitativo que ofrece su cuerpo vivo perfectamente
sustentado por el presente. Es como estar delante de ti mismo pero en tu
versión más pura y sincera. Frente a ese espejo, tus pensamientos rebotan
intactos hacia ti para que los escuches por una vía diferente a la que sueles
hacerlo y así, el caballo se convierte en un maestro compasivo y paciente. Es
la única forma en que puedo explicármelo, ahora que tras varios días a mi mente
le ha dado tiempo a generar las palabras que pueden aproximarse a describir la
experiencia. Mientras todo sucedía, sin embargo, me quedé muda. Algo más fuerte
que yo sabía que cualquier cosa dicha solo serviría para mancillar el momento.
El espejo
funciona. Ya sólo con aproximarte a la manada es posible que algún pensamiento
jactancioso del tipo lo van a flipar
estos caballos en cuanto llegue yo y sientan mi presencia comience a darte
pistas de la basurilla que escondes debajo de tus alfombras. En la respuesta
del caballo puedes experimentar algo que ya sabías como concepto: que no eres
el centro del universo, con lo que sólo si quieres tener contacto, y siempre
que ellos te permitan acceder a su espacio vital, serás tú el que humildemente
tendrás que acercarte y aceptar el rechazo si es que este se produce.
Aprenderás entonces, volviendo a sacarte del centro de la creación, que el que
el animal se vaya significa que: el animal se va, sin más, quizá porque estará
mejor a un metro de distancia de donde ahora se encuentra, por ejemplo. Y eso
no tiene que ver contigo, de verdad.
Dejando a un
lado los ejemplos personales expresados a modo de generalidad, los caballos me han
demostrado cosas que ya conocía: del
respeto por su espacio vital, me reafirmo en que es mejor no ser invasiva y darme
cuenta de cuando lo estoy siendo, pero también en que es importante que me
respete cada vez que quiera o no quiera hacer algo: expresarlo en el momento.
De su forma de vivir en manada verifico el hermanamiento y otra vez el respeto,
en este caso, por el que más sabe y dejarse llevar por él; de su estado de
alerta, el estar presente…
Pero, como
ellos, y quizá porque soy caballo según el horóscopo chino, también soy
rumiante y el verdadero alimento de aquellos días ha venido después, tras haber
regurgitado algo que observé en el comportamiento de uno de los caballos. Un
gesto en principio inocuo. Habíamos dejado de lado los mimos y el cepillado y
nos fuimos al paddock para caminar con él. Enganchados en una cuerda, teníamos
que guiarlo y darnos un garbeo los dos juntos. Así nos entrenábamos en el
concepto de liderazgo. Al principio no estaba muy interesada en la actividad,
aún narcotizada por el sobo que le había dado a la yegua, pero un compañero me animó y,
primero a desgana, accedí. Parecía fácil, sólo tenía que dirigirme sin dudar a
un lugar, al que sea. El caballo, confiado, me seguiría puesto que me considera
el líder; sólo hacía falta que yo le diera unos toquecitos a la cuerda que nos
unía. Al principio, bien. Paseo hacia el otro lado del paddock. El caballo para
cuando yo lo hago. Fácil. Toca dar la vuelta, me pongo frente a él, le doy los
toquecitos y el caballo se queda inmóvil. Tiro un poco más fuerte y nada. Me
doy cuenta que lo quiero forzar a mi voluntad y desisto. Entonces caigo en la
cuenta de que no he marcado ningún rumbo, que sólo estoy frente a él queriendo
que se venga conmigo, pero a ningún lugar en concreto. Vuelvo a centrarme, me
pongo a su lado, miro al frente, otra vez le doy un suave toque a la cuerda y
allí estamos los dos otra vez, caminando uno al lado del otro. Sin ninguna
resistencia.
De nuevo iniciando el camino juntos*
Ahora que lo
escribo, sin pretenderlo de antemano, me sale una nueva conclusión aplicable a
la vida en pareja o a actitudes perniciosas que pueden aparecer cuando uno se
enamora o se fija en alguien (ponle el nombre que quieras), con ganas de
atrapar al otro sólo por… ¿orgullo? Cómo son los caballos, reflejando a tope
aunque una no quiera.
En realidad lo
que he estado rumiando estos días ha sido otra cosa y tiene que ver con la
dirección, con el rumbo. En efecto, cuando consulté lo que me había pasado con
el caballo, la respuesta fue que si él no
tiene claro adónde quieres ir, mejor se queda quieto. Muy bien. Una vez en
casa, entre otras imágenes, se me repite una y otra vez la de ese caballo
quieto, mirándome y yo empeñada en traerlo hacia mí. El rumbo, mi rumbo… Y por primera vez veo que llevo
muchos años orientando mi rumbo hacia objetivos de humo y que cuando he clamado
por un sentido cuando me he sentido falta de él, en realidad todo mi ser me
reclamaba para que sintiera en suelo bajo mis zapatos. Mis ojos se abren entonces
atónitos al admitir que en muchos aspectos me he dedicado a alimentar fantasías
que me han sacado del presente. Que, fruto de eso, he vivido más intensamente
dentro que fuera de mi imaginación. Que he mirado muchas veces con desdén mi
realidad y por tanto a quien en ella habitara, dándole más peso a esa otra vida
que estaba por aparecer y que era tan cambiante como el interés que en cada
momento tuviera. Un rumbo cambiante y efímero, eso es lo que me ha tenido
revoloteando como una moscarda aturdida al final del invierno.
No trata, pues, tu compañero Anhelo de
encontrar un rumbo, lo que seguiría suponiendo una huída hacia delante, me
sigue diciendo mi maestro caballo desde su calma, sino de encontrarlo mirando a los ojos a lo que te acompaña;
agradeciendo aquello a lo que te dedicas; sentir cómo crujen las hojas que
pisas; amar a quien te rodea. Enraizarte en tu propia realidad y darle la
solidez que tú misma le has quitado. Sentir que no hay que llegar a ningún lado.
Era fácil pero cuántos niveles de comprensión hay en un mismo concepto. Esto
mismo hoy lo saboreo con otro gusto.
Ese caballo
inmóvil me sigue diciendo que sólo se puede saltar si el impulso lo tomas sobre
un suelo firme por eso ahora aprendo a cuidar con mimo mis espacios,
abrillantando las veces en que los consideré simples lugares de transición. Me
dan ganas, entonces, de pedir perdón por las veces que me he ensimismado
mientras hablaba contigo, contigo y también contigo; por las veces en que me he
quejado por nada; por haberle dejado sitio a la frustración en el banco desde
donde me siento de vez en cuando a contemplar la vida.
No es un
lamento, todo esto que hoy cuento, en realidad estoy muy contenta. Es bueno el
jugo que saqué de la experiencia y es que no todos los buenos jugos tienen que
ser dulces.
Ya es hora de ir
terminando mi escrito. Además es que siento que tengo que hacer un viaje.
Desplazarme a otra dimensión y decirle a la Laura
de cinco o seis años que no le pierda nunca el rastro a los caballos, que son
seres hermosos, que son maestros. Es la única pista que de momento puedo decirle a
esta pequeña Laura que está empezando a
pensar, vete tú a saber por qué, que la fantasía es mucho más hermosa que la
realidad.
^^^^^^^^^
No me hacen falta los caballos para saber cuándo soy harto cansina por eso termino con esta canción de El Kanka, porque se os nota en la cara que estáis deseando que acabe para... para hincharos de... aplaudiiiir.
* Esta entrada ha sido editada porque después de publicar, me mandaron estas fotos.
No lo tenía
previsto pero al final me ha convenido quedarme a trabajar esta tarde para
completar el horario semanal. Eso trastoca un poco el plan inicial de irme a
casa a comer y dedicarme a mis cosas el resto de la tarde. No me importa mucho:
el día está para no desperdiciarlo así que comeré en el parque que hay detrás
de mi trabajo.
No sé si se debe
al mediodía o que precisamente coincide con que mucha gente ya estará de
vacaciones, pero se respira una calma nítida en el camino a pie hasta el bar del
centro comercial donde voy a pedirme un bocadillo. Tal vez el que hayan
cambiado la hora también hace que esta luz y este cielo no sean los que
acostumbro a ver en la transición de mi jornada partida. Tiene este momento una
dosis de extrañeza suficiente como para que los sentidos se alineen con el
silencio que se esconde entre el ruido de los coches esporádicos y mis propios
pasos.
Llego al centro
comercial y a mi mente le da por inspirarse en dos extraños con los que me
cruzo para volcarme una idea: mira esos
cuerpos, nuestros cuerpos, son el habitáculo temporal de un trozo de la vida.
Y de repente sus risas compartidas carecen de sentido y yo sólo veo materia
amontonada y móvil por la gracia de esa chispa que es la nos lleva y nos trae,
nos mueve y juega colocándonos ante situaciones más o menos difíciles. Un juego
para ella, claro. Pequeños-grandes dramas para nosotros.
Me siento lúcida
y en el trayecto que me queda hasta la barra del bar los artículos expuestos en
las tiendas aledañas palpitan queriéndome decir algo muy grande. Me siento,
maldita sea, casi a punto de fundirme con el todo. Pero no es momento para
experimentar la vacuidad y si tengo que iluminarme quiero que sea en un lugar
más íntimo.
Llego al bar y
dudo un rato ante la oferta de bocatas. Al final, aun a riesgo de tener que
beberme toda el agua que hay pendiente de analizar esta tarde, elijo anchoas
con tomate. Para llevar, por favor.
La suerte de
estar a la afueras es que hay despilfarro de espacio y todo es ancho. El parque
al que me dirijo, también. Llego un poco acalorada y me siento en un banco. Enfrente
hay unos árboles sin bautizar para mí, como casi todos salvo el olivo, la
encina y el ciprés. Lo que sé de éstos es que ahora, en la primavera, huelen
igual que dos muñecas que mis tíos de Madrid me regalaron de pequeña. En ésta
época le salen una especie de pimientos de los de secar y colgar debajo de unos
ramilletes de flores blancas. Así que así los denomino en mi interior: los árboles de los pimientos que huelen a mis
muñecas. Me vale.
Si alguien sabe su nombre, que lo diga
El bocadillo va
menguando entre mis manos y yo me recreo en este silencio. No tengo nada más
que hacer y me maravillo con permitirlo, tan acostumbrada como estoy a que mis
espacios estén completos. O yo a completarlos.
Al lado del
parque hay una residencia de ancianos. Desde ahí se va acercando uno de ellos,
un hombre, con su andador. Viene despacito. Sé que su trayectoria va a pasar
muy cerca del banco en el que estoy… no me hace falta la física para inferirlo:
estoy sola hasta donde veo del parque y suelo ser carne de cañón para
interpretar el papel de interlocutora con la gente ajena de la tercera edad.
Así es. Cuando me ve comiendo me dice: - Ahí, haciendo por la vida, ¿eh?- Me lo
tiene que repetir tres veces porque el hombre no vocaliza muy bien y yo no sé
qué me quiere decir. – Ah, claro-, miro el bocadillo. -Haciendo por la vida, sí-.
Me río. Dice adiós con un gesto y se aleja.
Observo el
habitáculo de su cuerpo aún poseída por la revelación de hace quince minutos. ¿Qué
hacemos con el cuerpo que nos toca? Puede ser nuestra cruz o nuestro templo.
Mira el de ese hombre: al final se le ha torcido la columna. Quizá sus
esfínteres ya no retengan lo que hace unos años. Desde luego que somos
responsables de hacer que la inevitable degeneración del cuerpo sea lo más
digna posible. Sigo observando su espalda, que se aleja lentamente y la idea de
la separación cuerpo-vida-o alma me ayuda para quitarle hierro a los
sufrimientos que nos asignamos. Total, es temporal. Total, pertenecen a este
tiempo efímero en que vamos a habitar este cuerpo. Están asociados a él, a las
células que lo componen y como él, degeneran, se van pudriendo poco a poco. Y
su hedor se propaga. Nos atormentan. Y luego, se esfuman.
Respiro y vuelvo
la vista a los árboles de pimientos colgantes. Pienso engañosamente en el
presente. Qué bien se está en el presente. ¿Estoy en el presente? Que va, ilusa. Desde el momento en que estás
viendo la realidad que te rodea en forma de escrito, ya no estás en el presente.
Y es que llevo todo este rato observando a través de las frases con que me
gustaría describir este trozo de tiempo, ésa es la verdad. Y eso ya no es el presente.
Escríbelo si quieres pero luego no
aparentes lo que no es. A veces soy muy dura conmigo, sobre todo cuando me
pongo un poco chulita.
Fin del
bocadillo de anchoas. Echo el primero de muchos tragos de agua. Me quedaré un rato más aquí, aún me sobra
tiempo antes del volver al trabajo. Experimento la temperatura perfecta, me
adormece el canto de los pájaros; todos los tópicos de la primavera se
concentran en este espacio y gracias a que no tengo alergia puedo disfrutarlos.
Se lo tengo que agradecer a este cuerpo que me ha tocado, vaya que sí. O quizá a la gestión que llevo a cabo con él
me vanaglorio, muy absurda.
El abuelo vuelve
por mi derecha y ya sé las intenciones que trae. Sólo pido que no sea demasiado
cansino. En efecto, se sienta conmigo en el banco. Espero a que comience con
una perorata sobre su vida, pero no. Se queda callado a mi lado. Le saco un
poco la conversación de qué buena tarde hace y otras generalidades de ascensor.
Utilizo un tono que me exaspera a mi misma, como si le hablara a un niño. Después, frente a la máquina de café pienso que si llego a vieja y me encuentro lúcida, voy a escribir
un manual cargado de ironía y mala baba que se llame “Cómo hablarle a un viejo” para cantarles las cuarenta a esos
soberbios en la edad adulto-productiva que se creen los reyes del mambo.
Tras otro
silencio un poco incómodo para mí a tenor de que no sé qué hacer con mis manos
ni con mis piernas, le pregunto el nombre. – Diego-, me responde. - Anda, como
un primo mío-, le replico aún con ese tonillo infantiloide. Su respuesta es una
mirada callada directa a mis ojos. Se la mantengo un poco de tiempo, no sé por
qué. Ahora es él el que pregunta y las suyas son más directas que mis frases
hechas. Que qué hago aquí; que donde
trabajo. Que si soy joven. – Bueno-, le confieso mi edad sin miramientos, -éso
ya depende de quién lo vea-. - Ah, ya vas p´alante-,
responde. Me río. - Pues sí-. - ¿Estás casada?- Sin paliativos. Me encanta la
gente mayor. - No, no estoy casada-. Y le voy con otra generalidad: que eso ya no se lleva. - Pues claro-,
me responde. - A ver para qué te quieres casar-… y farfulla algo más pero no le
entiendo.
- Bueno, Diego,
pues me tengo que ir, que el deber me llama-. Al levantarme noto que la bota me
ha rozado un poco. Será el calor. - Adiós guapa. Mañana será otro día-. Esta
obviedad me suena a invitación.
Conforme me
separo sé con certeza que hoy me va a apetecer escribir sobre estos escasos
cuarenta y cinco minutos. Ya completamente fuera del presente trato de
imaginarme un final tipo chim-pun,
como me suele gustar que terminen los post: una idea cierra y da sentido a todo
lo anterior. Le daré más boato a la frase final de Diego; me haré un poco la
mojigata como preguntándome si no me habrá pedido una cita a su modo.
Pero qué pereza
me da hoy terminar así. Las historias, como los cuerpos, sólo empiezan y
terminan para nosotros. El tiempo que las contiene y soporta, como la vida, son
eternos. Sólo que nosotros aún no lo hemos terminado de comprender.
A la
Duquesa de Corral de Calatrava, Marquesa de Argamasilla de
Calatrava, Condesa de Moral de Calatrava, Vizcondesa de Aldea de Rey, Señora de
las villas de Miguelturra, Granátula y la muy noble villa de Almagro,
En fe del buen acogimiento y honra
que haze Vuestra Excelencia a toda suerte de propuestas, como lacayo tan
inclinado a fauorecer las buenas artes, en especial las que por su nobleza se
abaten al seruicio y grangerias del vulgo, he exposar cuales son mis
certidumbres acerca de lo concernido.
Véase la belleza de lo
injustificable:
Amada doncella, toméme el tiempo
de ir a la raíz, cuelo que los romanos de antaño osaron decir y con ello dar
sentido. Iustificare nombraron al hecho de “fazer justycia”, fazer que ambosdos
platos de la balanza pesaran una arroba, cuatro quintales, tres fanegas, un
celemín o medio almud. Injustycia
era la desproporción de los
platos, la inclinación de los fierros en demasía allá de las algarrobas,
aceitunas o la farina. ¡Yustitia! Qué tan bello principio para honrar la rectitud,
la palabra ditcha, el buen obrar del noble. Verá usted mi honrada señora –y
pardiez no me condene por mi observar- en la iustificatione de la escritura una
análoga proeza cuál lo es poner panes y pesos que se miren a los ojos. Más,
usted tal vez se haga a valorear lo justo de mi observar allende del esteril y
mal cultiuado ingenio mio al no tratarle a vos con más honra y humildad que mi
gallardía no permíteme rebajar. Fíjase usted, oh señora, cuan no quiero
contrauenir al orden de la naturaleza, errante, díscolo e insometible, salvaje
y bello, árboleado y descontrolado y, aún así, reconocible, amado,
compartillado y diverso. ¿Véis vos como veo yo la irregularidad en la vid? ¿Veis
vos como veo yo la lluvia allende del canal de la Manxa y el calío del sol
sobre los desyertos africanos? ¿Véis vos belleza como la veo yo en lo vivo y en
lo traspasado, en lo azul y lo
naranja, en lo dulce y en lo
salado? Decidme, oh señora, ¿veis lo mismo en la noche que veis en el día,
faceis de vuestros sueños seña o admitís por doquier la alegría y la turbación
del alma? Veo en su mano la tinta y veo en sus dedos la pluma y no imagino la
jaula, los grilletes, la armadura que a vos pudiéranla forzar la justificar su
creatividad, su trazo largo volverse enjuto. Dejeme vuesa merced de danzar en
el lugar apacible de sus palabras espontaneas como danzo con la amenidad de los
campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del
espíritu. Son las palavras en libre albedrío grande parte para que las musas mas
esteriles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de
marauilla y de contento. Cómo a vos, hija del verbo, visitada por las musas en
las cuatro lunas, cómo vos pudiérais convertir vuesos decires bellos en hermanas de clausura, clarisas, dominicas,
todas ellas justificadas en sus conventos. Decid, ¿son vuesas hijas las
palavras hermanitas de la penitencia? Es de poder que vos fazais con las
palabras aquelo que fazia el buen y gallardo caballero: “Acontece tener vn
padre vn hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone vna venda
en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y
lindezas, y las cuenta a sus amigos por agudezas y donayres.” ¿Faceis tal vez
tal uso de vuesas palavras? ¿No halláis en ellas un danzar errante, solitario
ed armónico? Ved, ved e aquí el potentado de las hermanas palavras en libertad…
AlborqueAbrego
FRUCHEparva
yantar,
tronería
marzadga
¿Ve usted un danzar bello en la
iniustificatione? Ve usted libertad en la belleza? ¿Veis vos mi amada señora la
alegría del agua en la fuente?
Descárgome de su reprobación que
estando dicho lo dicho mi admiración y honra por vuesa merced es alta y estando
hecho desde ahi, y no de otra manera, pueda vos leer el pliego, y
sucessiuamente ponga esta nuestra cedula, y la aprouacion, tassa y erratas, so
pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y prematicas
destos nuestros Reynos.
Fecha en San Sadurny del Anoya, a dyez y ochos
dias del mes de marzo de dos myl y quince años
Romás de Quintanilla, Conde de Las
Tierras Sedimentadas
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En la Villa Real,
a 19 de Marzo del año en curso
Respetadísimo Conde de las Tierras de los Sedimentos,
Al hilo
de la acalorada discusión mantenida en días pasados acerca de justificar o no
los textos, permítame aclararle algunos puntos, pues me cabe la sospecha de que
mi postura no quedó completamente entendida.
Si bien estos habituales despachos parécenme altamente constructivos, no
puedo por más que estar en desacuerdo con una de sus últimas insinuaciones.
Departíamos sobre el formalismo en la escritura, tema candente en estos
tiempos en los que adolecer de gusto por la palabra escrita está tornando a
moda. Tampoco, dicho sea de paso, es de ayuda para la recuperación de su
dignidad el que los actuales soportes, más inmediatos, consientan la
sustitución de nuestro rico patrimonio por esa sucesión de personajes de cara
amarilla y grotescos gestos.
Es esta la razón por la cual mi postura en nuestro debate se inclinaba
hacia la justificación de los textos, hacia la homogeneidad de la línea… La
armonía de los párrafos entendida como una
suerte de rebelión pacífica hacia la promoción de la estética frente a la dejadez:
la belleza enarbolando la bandera de la simetría de los párrafos en
contraposición con el deliberado menosprecio no sólo del acto de la escritura sino de cualquier otro
hecho cotidiano.
Y es que no me cabe la menor duda de que este tipo de detalles como lo es la
justificación, trascienden la palabra escrita y entrenan con su uso al
practicante en el ejercicio de la armonía en cualquier acto. Si me apura, se
trataría de un levantamiento por la recuperación
del instante presente: la meticulosidad entendida
como antídoto al
desasosiego y las mentes dispersas.
No se trata pues, como
usted insinuaba, de actitudes conservadoras con las cuales, dicho sea de paso,
no me identifico. No es menester, por tanto, confundir mi tesis con encorsetamientos
ni acotaciones pues como habitante de una tierra
tan vasta y lisa que permite a la vista ser testigo de la unión de la tierra y
el cielo, mi alma
se alinea con la práctica de una vida ilimitada. No se confundan los términos,
mi querido Conde: tratábase únicamente de textos.
Sin más, no sea esta discrepancia óbice para emplazarle a futuros
debates de éste y otros asuntos con la presencia de un té de jengibre como testigo. Queda usted
invitado.
Afectuosamente,
La Duquesa de las Llanuras Coloreadas (valgan la confianza y el resumen)
Agradecimientos al coprotagonista de este desvarío. Síganse sus
correrías aquí mismo.
La primera parte de esta historia está aquí. En ella hay un cuentacuentos, un sueño encerrado, risas, estallidos, gente grande que se deja llevar por la magia y finalmente, un niño que juega con un pequeño globo naranja.
De camino a casa y aunque aún estaba lejos de escribir textos con principio y fin y mucho más aún de publicarlos, comenzó a
tejerse la idea de contar un cuento con lo que acababa de ocurrirme en el Pachamama. El final con aquel niño custodiando mi sueño me seducía lo suficiente como para animarme a escribirlo y después enviárselo a Aldo como regalo de despedida. A cada paso que daba
iba cavilando las dificultades que podrían presentarse al elaborar mi relato:si escribo un cuento tendrá que
llevar moraleja, ¿no? ¿Qué es exactamente un cuento? ¿Lo escribo con lenguaje
dirigido a niños?En esas
estaba, con la historia fraguándose y yo a dos calles de mi casa cuando en la
acera por la que caminaba me encontré otro globo naranja.Pero,
¿será posible? ¿Y esto ahora qué significa?Me pregunté. Cualquier adulto habría pensado que sería casualidad, que habría
una fiesta de estudiantes por ahí cerca o si no, trataría de encontrar alguna
otra explicación razonada y lógica ante la presencia de ese nuevo globo. Pero
yo venía de ver a Aldo y de convertirme en niña por un rato así que opté por la magia y decidí que ahora que mi sueño ya estaba fuera de mí, ésa podría ser la nueva manera de
comunicarnos. Mi sueño y yo nos haríamos un guiño cómplice cada vez que un
globo naranja me asaltara de forma inesperada. Lógico.
Lo que ahora no sabía era qué hacer con el cuento. Desde
luego este otro globo naranja le daba un nuevo giro a la historia. Quizá
podría contarla sólo hasta la aparición del niño, qué se yo. Llegué a casa,
encendí el ordenador y escribí un borrador para no olvidarme de los detalles de
aquella noche. Durante varios días le di muchas vueltas pero el resultado no me
gustaba así que la idea de regalarle un cuento al Cuentacuentos fue quedando
relegada a un segundo plano.
Aunque el cuento quedó aparcado, en el tiempo que ha pasado
desde entonces volví a ver a mi sueño. Fue sólo una vez en los alrededores del
colegio en el que yo estudiaba. Caminaba deprisa por la cuesta por la que
tantas veces corrí de pequeña pues no quería llegar tarde a la clase de yoga
que me tocaba impartir aquel día. Al final de la calle un globo naranja cruzó
de derecha a izquierda, provocándome una risa que sólo yo entendía, sacándole
el polvo a la idea de escribir esta historia. Recordándome que mi sueño aún no
se había liberado. Me apresuré para intentar atraparlo pero cuando doblé la
esquina el globo había desaparecido. No me importó: el mensaje me había quedado claro.
Aldo volvió los dos inviernos que siguieron confirmando que aquella noche de cuentos y globos no fue definitiva en
realidad, sólo que desde entonces reparte su vida y sus historias entre dos
continentes. Hace unas semanas hubo una nueva sesión de despedida en el Pachamama a la que, por supuesto, asistí. Como siempre, nos emocionamos, reímos, disfrutamos y probamos de nuevo su puchero. Al finalizar nos deseamos suerte y nos dijimos hasta
pronto.
Unos días después volvía del trabajo con la bici. Señalicé
mi giro a la derecha para apartarme hacia mi casa y allí en la puerta del
bloque al lado de un enorme macetero, un globo naranja reposaba tranquilamente
en el suelo. Lo miré cómplice sin que se me notara mucho y él me susurró que
seguía encerrado.No pasa nada,
pensé con paciencia y, mientras que la adulta que soy disimulaba de nuevo una sonrisa,
me dispuse a ejecutar la serie de movimientos mecanizados que me permite entrar
cada día en casa sujetando bici, bolso y llaves. Abrí la puerta y la sujeté con la cadera, empujé la bici adentro, metí la
pierna izquierda, luego la derecha, me volví para cerrar y… ¡PUM! Me
sobresalté pues no estaba previsto entre mis automatismos aquel estallido que
venía de la calle. El corazón empezó a latirme fuerte. No me hacía falta salir
de nuevo para comprobar que ahí al lado del macetero grande habría
una goma de color naranja que hasta hace un momento había sido un globo.
Cualquier adulto podría haber pensado que, qué tontería, seguramente algún niño lo pinchó o quizá ese globo estaba
ya muy recalentado por el sol; es completamente absurdo que pudiera significar
otra cosa… Pero ahí al otro lado del espejo del rellano había una mujer sujetando una bici y por el brillo de sus ojos supe que para explicarse esa explosión, ella había elegido la magia.
Colorín, colorado…
El dibujito estaba aquí: http://www.forovegetariano.org/
Desde hace dos inviernos Aldo, Cuentacuentos
cubano adoptado en Ciudad Real, reparte su tiempo entre España y Sudamérica.
Con mucha gracia nos dice que la culpa de que se vaya la tenemos nosotros, que permitimos
que Cospedal saliera presidenta. Y es que Aldo es “Marxista Pop”.
Hace poco, en su nueva despedida, recordó la
primera vez que decidió volver a su tierra por tan largo tiempo. A mi no me lo
tiene que recordar pues tengo bien
presente lo que ocurrió aquella noche. Desde entonces le tengo prometido un
relato que se ha ido cociendo a fuego lento. Tan lento como los deliciosos pucheros
que nos prepara para cenar después de sus actuaciones.
Aldo, hoy por fín emplato mi cuento. Al
final verás por qué.
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La primera vez
que Aldo volvió a Sudamérica yo pensé que sería definitivo por eso convencí a
unos amigos para que no se perdieran sus últimos cuentos en Ciudad Real.
Recuerdo que el Pachamama estaba especialmente lleno y
él especialmente emocionado, con ganas de estar con todos y todos con ganas de abrazarle
y desearle buena suerte.
Como siempre en
sus sesiones nos trajo la magia de sus relatos y esos monólogos entre cuento y
cuento que, con su gracia cubana, consiguen que muchos acabemos llorando de la
risa: que si mira este cuerpo cuando
habla de sí mismo, que si se liga más o menos en España o en Sudamérica, que si
la peineta de Cospedal…
Me gusta cómo
consigue que contengamos el aliento cuando se acerca el desenlace de sus
historias: en ese momento Aldo se sienta en el taburete que le acompaña en el
escenario, baja un poco el volumen de su voz, abre mucho los ojos y con la
frase final… se palmea resolutivo las piernas para que los que estamos absortos
viajando por los paisajes que dibuja sepamos cuándo tenemos que aplaudir.
Aunque lo sigo desde
que estaba en la universidad siempre encuentro alguna sorpresa en sus
actuaciones. A veces se pone a cantar o alguien canta con él; otras, nos reta a
que escribamos palabras al azar en papelitos que después le sirven para
hilvanar un cuento improvisado… Aquella noche que creí que sería la última, nos
sorprendió con un juego.
En el descanso, mientras
estirábamos las piernas o nos acercábamos a la barra a pedir algo él se fue
colando entre los grupos repartiendo globos. - ¿Para qué son, Aldo?–, -Luego os
lo digo-. Nos encogimos de hombros aceptando la incógnita y mantuvimos nuestros
globos entre los dedos compartiendo espacio con la cerveza. A mi me tocó uno
naranja, mi color favorito de niña.
A la vuelta del
descanso, más cuentos, más risas, más complicidades con sus amigos del público
y al final: -¿Tenéis todos un globooo?- gritó, y todos nos apresuramos a
rebuscar entre los bolsillos o en nuestros asientos mientras respondíamos
–Siiiiii-. – Bueno, seguía gritando, pues vais a soplar muy fuerte para
inflarlos con vuestros sueños-.
Esos adultos que
llenábamos la sala sonreímos con la ocurrencia. De sobra sabemos que los globos
se inflan con aire pero aquella noche nos volvimos niños por un tiempo y
dejamos que la magia no fuera sólo cosa de los cuentos así que, obedientes, hicimos
caso a las indicaciones.
Yo me llevé la
boquilla de mi globo naranja a los labios y estiré del otro extremo para que
así fuera más fácil que mi sueño entrara. No se lo he dicho a nadie pero tengo
un sueño desde hace mucho tiempo por eso confieso que me puse un poco nerviosa;
menos mal que la sala estaba algo oscura y que todo el mundo andaba ocupado con
su propio sueño, así podía ocultar más fácilmente el rubor que ya estaba
notando en las mejillas. Por fin vería mi sueño materializado y podría olerlo y
tocarlo aunque fuera bajo esa insólita apariencia ovalada y naranja.
Decidida, tomé
aliento profundamente, cerré los ojos y soplé fuerte, muy fuerte. Cuando ya no
pude soplar más y los abrí no me podía creer que mi sueño, que es tan
insistente, que siempre le gusta ser el centro de atención, que me asalta
mientras cocino, justo antes de que me venza el sueño, en el trabajo en medio
de alguna que otra reunión… fuera aquel pequeño globito que se acomodaba
perfectamente en el hueco de mis manos. No sabía yo que en realidad fuese tan
tímido y frágil.
La siguiente
consigna de Aldo me sacó de mis pensamientos: - Ahora, si ya tenéis los globos
inflados, ¡echad vuestros sueños a volar!- Y de nuevo esos hombres y mujeres, ya
definitivamente rendidos a la magia, decidieron palmear sueños en vez de globos.
Yo lancé lejos el mío y en seguida lo vi perderse en medio de una nube de
colores que todos alentábamos haciendo rebotar una y otra vez los sueños
propios y ajenos.
Al cabo de un
rato de nuevo Aldo nos devolvió al presente, - Ahora vais a coger un globo
cuando yo cuente hasta tres. El que agarréis, tenéis que explotarlo para que
todos los sueños se liberen y se hagan realidad: uno, dos… y ¡TRES!- En seguida
me apoderé de un globo rosa que estaba sobrevolando mi cabeza, lo coloqué en el
asiento y me dispuse a explotarlo con el peso de… todo mi cuerpo. No fue fácil:
mientras una traca in crescente se
apoderaba del Pachamama, yo saltaba una y otra vez sobre aquel sueño que se
resistía a salir. Con cada intento fallido me sentía más responsable pues era
consciente que si no lo explotaba alguien se quedaría con su sueño sin liberar,
así que en mi último salto me levanté del todo y me dejé caer muy fuerte. Que
se lo digan si no a mis posaderas. Pero eso sí, el globo rosa había estallado.
Cuando el
estruendo terminó, entre aplausos y risas, yo me acordé de mi pequeño y frágil
sueño de color naranja. Estaba contenta. Seguramente él también sería libre por
fín.
Llegó la hora de
irse y justo cuando besaba a Aldo la que yo creía que sería la última vez, algo me rozó la pierna. Bajé
la mirada y allí había un niño. Era el único niño de verdad de toda la sala.
Andaba correteando entre las piernas de los mayores sin hacer mucho caso a las
advertencias de sus padres para que parara. Él estaba entretenido jugando con
un pequeño globo naranja. Pequeño y frágil como un sueño tímido.
Terminé de despedirme del Cuentacuentos y de desearle lo mejor en su nueva vida, dije
adiós a mis amigos y me fui sonriendo a casa. Mi sueño no se había liberado, no
había sido capaz de vencer su timidez pero yo estaba tranquila porque aquel
niño inocente me lo guardaría.
Continuará...
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