viernes, 10 de noviembre de 2017

El Engendro. Parte II

(Continuación del episodio anterior)

- Hola Laura.
- Ho-hola-, respondí trémula sin sobreponerme aún del respingo.
- ¿Te he asustado?
- Un poco, sí…
- Mira que me extraña, si estás harta de verme.
- No recuerdo haberme encontrado antes contigo…
- ¡Pero si estamos juntos todo el día! A cada momento.
- Perdóname si no te reconozco, es que estoy muy agobiada ahora mismo... No veo nada, ni siento nada, no sé adónde ha ido el suelo que había bajo mis pies. ¡No sé dónde están mis pies! Es angustiosa esta luz blanca y plana… ¿No será que estoy a las puertas de…? ¡¿No serás un heraldo de la muerte?! ¡¿Me ha dado un jamacuco?!
- No, tranquila. Estás viviendo un proceso poco común, pero nada grave.
- ¿Pero es un jamacuco o no es un jamacuco?
- No. Has sufrido un desprendimiento de realidad.
- ¿Qué?
- Y yo soy tu realidad, pero concentrada y parlante.
- ¡¿CÓMO?!
- Entiendo que es difícil de digerir. A una no se le cae la realidad todos los días, pero es lo que te ha pasado. Se te cayó la realidad de tanto usarla.
- ¿Pero cómo vas a ser tú mi realidad? La realidad no es ningún ente, la realidad es otra cosa… la realidad es, es…
- … Que no sabes lo que es la realidad, admítelo. Y que tomas por real el cuento que te cuentas cada día.
- ¿Qué cuento?
- Uf, estás más verde de lo que me temía… Mira Laura: lo que tú ves, lo que sientes, lo que crees, no es lo REAL. Sólo se trata de la realidad parcial y sesgada que creas tú y, como tú, cada individuo que vive sobre el planeta Tierra. O sea, que cada persona crea su realidad. Y… ¡voilà!: yo soy la tuya. Soy lo que creas cada día. Yo soy… ¡TU ENGENDRO!
- Me quedo loca.
- … Contengo la herencia cultural de tus ancestros, tu contexto sociopolítico, tu acervo geográfico. Pero también la ideología que has desarrollado a través de tus experiencias, de la opinión de la gente que te rodea, de los libros y periódicos que lees…
- Un momento, si tú sólo eres un compendio de conceptos inmateriales, ¿por qué carajo desde que te has desprendido no puedo tocar mi cuerpo ni ver el sofá ni nada de lo material que me rodeaba?
- Digamos que las cosas, la VERDAD pura y dura, lo que verdaderamente ES, sigue estando ahí: neutral, modoso, pasivo… también tu sofá y tu salón siguen ahí embebidos en esta luz blanca, pero desde que me he independizado no los ves porque solo puedes acceder a todo ello si me pongo delante de tu vista, de tu oído, de tu olfato, tu gusto y tu tacto... Sólo si yo, tu engendro, te filtro e interpreto lo que existe.
- Pero vamos a ver, si aquí delante estaba el sofá, yo tendré que ver un sofá y puntopelota. ¿Qué clase de interpretación cabe ahí?
- No querida, adheridos a ese sofá hay un sinfín de adjetivos provenientes de las ideas que has ido almacenando con el tiempo y que yo, tu engendro, contengo: cómodo, hortera, bonito… el sofá que tú ves no es el mismo sofá que ven tus invitados. Tampoco tu ciudad es la misma en la que viven tus vecinos; ni tus parámetros de justicia son los que deberían engrasar la maquinaria que mueve el mundo...
- Espera, ya sé por qué has venido. Estás aquí por mi cabreo de estos días, ¿verdad?
- Claro mujer. Estabas ahí tan vehemente dando por sentadas y reales tus visiones del mundo que has provocado mi desconexión. Es lo que pasa cuando un individuo cárnico como tú asume como real lo que ve a través de su engendro, y más cuando se despliegan ante él engendros de, digamos, ideas contrapuestas. En ese caso la temperatura del individuo cárnico se incrementa de tal modo que puede provocar la declaración unilateral de independencia de su engendro. Lo que nos ha pasado a ti y a mí, vaya.
- Qué movidón.
- No es poco, no. Se desencadenan guerras y todo cuando la gente se empeña en defender a ultranza su propio engendro. No hay que subestimarnos.
- Oye Engendro, y si cada humano sólo ve su propia realidad, ¿nunca podremos acceder a la verdad verdadera?
- Claro que podéis. Lo REAL y verdadero es la suma de todos los engendros. Sólo hay que asomarse a la realidad de los otros para ir, poquito a poco, componiendo el enorme puzzle de la verdad, es decir, de esta luz blanca y silenciosa que todo lo llena.

Dicho esto, el engendro pegó un salto y se volvió a encaramar sobre mí y sobre cada uno de mis sentidos. Las flores de ajo secas, la ventana, el sofá y mi propio cuerpo volvieron a ser los protagonistas de aquella realidad inmediata. También el teléfono y la pantalla del Facebook con su despliegue de opiniones cercanas o lejanas, eso es lo de menos, de mi círculo afectivo.
Conocer a mi engendro no me eximió de seguir la pauta de mis ideas, no tengo otra alternativa para manejarme en el mundo material, pero desde entonces me acerco con respeto al engendro de los otros porque sé que conocer sus realidades es el único modo de acceder a esa verdad silenciosa que pacientemente nos aguarda.

El Tao Te King, sin pasarse de moda

viernes, 3 de noviembre de 2017

El Engendro. Parte I

No me va a dar la vida para descubrir todos los secretos que albergo.
Éste apareció ante mí hace unas semanas, no sabría precisar el momento exacto. Surgió tímidamente dando señales que en principio no supe que lo eran. ¿Cómo iba a saber que la indignación y el enfado eran síntomas de su presencia? Pero sucedía, y mis emociones se disparaban ante ciertas concatenaciones de sonidos emitidos por individuos cercanos o lejanos, eso es lo de menos, de mi círculo afectivo.
Después fue lo de los brazos y los ojos. Las secuencias fonéticas que hasta entonces sólo me indignaran, activaban ahora un resorte conectado a mis manos que automáticamente provocaban su elevación y posicionamiento sobre el cráneo. Yo observaba patidifusa el proceso indignación-resorte que en ocasiones tornaba a una variante en la que las manos en forma de puños sobre las cuencas de mis ojos comenzaban compulsivos episodios de frote, acaso para eliminar algún inmaterial velo.
Por último pude verbalizar y tras una nueva exposición a aquellas enigmáticas sucesiones orales, llevándome las manos a la cabeza y restregando mis ojos después, exclamé: -¡Pero dónde está el sentido común!-. Por gracia del verbo, en ese instante una entidad hasta entonces ignorada, se me desprendió de los hombros con untuoso movimiento arrastrando tras de sí una suerte de tentáculos ubicados sobre mis sentidos, dejándome paradójicamente sumergida en una ceguera y un silencio difíciles de explicar.
El sofá donde hasta hace un instante me recostaba mirando el Facebook, mis plantas, la ventana hacia la calle, la tele, el florero con flores de ajo secas…, habían sido engullidos por una nada saturada de intensísima luz blanca. Aislada de todo estímulo no pude escuchar el grito que me desgarró la garganta. Angustiada, quise volver a frotarme los ojos pero ya nada sentía, tampoco el roce de mi piel. Pero entonces ahí, a mi izquierda, descubrí que flotando y perturbando la ausencia de contexto se retorcía una extraña entidad de incontables matices. Aunque espantosa, fue para mí un consuelo hallar una referencia y comprobar que no había perdido del todo la vista.
Reduje como pude el espacio relativo que nos separaba. Era el ente más inquietante de todos con los que hasta entonces me había topado. No era ni sólido ni líquido ni gaseoso pero contenía todos los estados a la vez. Era dúctil y maleable; era ligero y denso al mismo tiempo. Se movía despacio en hipnóticos giros sobre sí mismo pero no era esférico sino irregular. Era una irregularidad constante flotando ante mis limitados ojos. Eso era. 
Me acerqué más todavía al amasijo y para mi sorpresa, bajo de su piel translúcida comenzaron a definirse formas y escenas familiares. Imágenes de mi vida alejadas y recientes en el tiempo, desde mi primer y traumático encontronazo con los reyes magos hasta la profusión de banderas de los últimos días, como si aquel ente fuera una bola blanda de cristal y yo una gitana adivina asomándome a sus entresijos.
Y entonces, con una voz hueca plagada de sonidos, aquella cosa me habló.
 
(Continuará)

martes, 5 de septiembre de 2017

Conversaciones Internas. El Intruso

Hola, soy Domi. Represento al grupúsculo que conforma la parte salvaje de Laura y hoy he venido a denunciar su secuestro y mi desesperación.
Mi desesperación, porque fui testigo impotente del momento en que acaecieron los hechos.
Hechos que relato a continuación mediante reconstrucción fidedigna para información de quien la tenga en estima:

- Laura, ¿puedes venir un momento al jardín?
- ¿Qué pasa, Domi?
- No me digas que no estás notando nada.
- Mmm... no, todo lo siento como siempre.
- ¿Y no estarás ignorándolo?
- ¿El qué?
- Ven y mira. ¿Tú sabes qué es esa cosa con forma de mi*rda gigante que se está comiendo las flores del Jardín de la Creatividad?
- ¡Anda, pero si es INO! Hacía un montón de tiempo que no le veía.
- ¿INO?
- ¿Cómo puedes decir que INO tiene forma de mi*rda gigante?, ¡qué exagerada eres, Domi! Para mí se parece más a la Montaña de Basura de los Fraggle.
 

 - Pero ese INO, ¿qué es?
- Pues es un ente curioso, la verdad, y hasta hoy creía que era más tímido. Nunca ha llegado a acercarse tanto… Sólo sé su nombre y que solía gritarme cosas desde el otro lado cuando el jardín no era más que barbecho.
- ¿Y qué te decía?
- No le entendía muy bien. Que si nosequé de una Directiva de Aguas, o que si la eutrofización de los embalses, los programas de vigilancia de calidad de los ríos… Un día lanzó desde lo lejos un ejemplar de la Constitución Española, no sé para qué. Me la encontré bastante ajada mucho tiempo después entre los jaramagos y las ortigas autolimitantes.
 -Y ¿se te ocurre algo, Laura? No podemos permitir tanto destrozo.
- Me da un poco de respeto. Si te soy sincera, a pesar de lo desagradable que es, siempre he tenido una rara atracción por él. Me resulta interesante en su pestilencia.
- Esto… perdonad que me meta en la conversación pero, ¿no has pensado que ya va siendo hora de intentar un acercamiento serio? Si lo dejas va a terminar con el Jardín de la Creatividad(jijiji)*.
- Pues tal vez tengas razón, voy a ver si me entero de una vez de lo que quiere. Enseguida vengo.
- ¡Espera Laura! ¡Quizá sea peligroso! Además tienes que recolectar del parterre trescientos escritos que sembraste hace una o dos temporadas.
- Déjala, déjala que vaya, no tengas miedo.
- Pero ¿quién eres tú?
- Soy Conveniencia, último eslabón de una larga estirpe de entidades… precavidas.
- Entonces, ¿por qué le has dicho que vaya a hablar con ese engendro si tan precavida eres? ¿Y si la mata?
- ¿Quién, INO?
- ¿También lo conoces?
- Mi familia me ha contado maravillas de las entidades de su especie.
- Pero ¿qué ha venido a hacer aquí? No me parece que esté haciendo cosas inocentes precisamente.
- Jajajaja, ¡que no se llama Inocente!
- ¿…?
- INO es una Imperiosa Necesidad de Opositar y nuestra querida Laura (espera que lo compruebe…) sí, mira, ya está hablando con él.
- Pe, pe, pero… ¡NO! LAURA VUELVE, NO TE ACERQUES MÁS.
- Demasiado tarde, pequeña, están empezando a realizar el Acto Administrativo, cuyo Procedimiento provocará en Laura una profunda ensoñación de la que no despertará hasta que la materia de la que se compone INO penetre como un virus en sus intersticios neuronales.
- ¡Santo Cielo, pero esto es una catástrofe! LAURA, VEN AQUÍ. ¿QUÉ PENSARÍA THOREAU DE TI SI VIERA QUE VAS A SER MUCHO MÁS CÓMPLICE DEL SISTEMA?
- No te desgastes, Domi.
- LAURA, SAL DE AHÍ, POR FAVOR. ¿NO VES QUE CUANDO ESCRIBES CONVERSACIONES INTERNAS ES PORQUE NO ANDA MUY BIEN TU ESTADO MENTAL?
- Domi, ya no te oye, lo siento. Pero no desesperes, no lo veas como si fuera mi*rda, míralo más bien como… abono. Sí, abono para el futuro.
- El futuro no existe, sólo existe el presente. Cómo se nota que no has leído nada de Taoísmo ni de crecimiento personal…

 ******

Y eso fue lo que ocurrió. Ahora Laura se pasa la mayor parte del tiempo rebozándose con INO. Por lo menos el muy bruto ha dejado de devorar flores desde que están juntos. ¡Pero como que me llamo Indómita que nuestro vergel no se va a secar!: cada vez que la bestia la deja un poco libre, lanzo con disimulo unas cuantas semillas en el arriate del teatro o corro a regar el árbol del Bailongo. Y esto no está muy bien pero hago que le duela la espalda para que no se olvide de practicar yoga.
Yo sé que en el fondo lo agradece pues escucho su risa siempre que echo a volar dientes de león con el fuelle de Ilustres Ignorantes.
Todo porque no mueran. Ni ella ni el jardín.
Por mí que no quede…



  
* Risilla emitida por lo bajini.

jueves, 3 de agosto de 2017

Todo un arte

Vete tú a saber por qué aparecimos en la parte privilegiada del mundo, ésa que tiene el honor de cuestionarse su propia existencia, la que ostenta la osadía de poder hablar de felicidad, de prosperidad personal, de autocrecimiento, autonocimiento... A menos de una hora de avión o quizá a pocos metros de nuestra casa se libran batallas para que nosotros cada mañana miremos al horizonte con los ojos aguados y nos preguntemos qué hacemos aquí.
No vengo a sembrar sentimientos de culpa, intervine tan poco en la elección de mi destino como los que mueren escapando del suyo en las aguas en las que me baño cada verano. Pero igualados en inocencia, a nosotros, los ricos, nos toca hacernos responsables y conscientes de nuestros privilegios, aunque sólo sea por contribuir un poco a la justicia cósmica, si es que la hay.
Anhelar la felicidad es uno de esos privilegios que personas como tú y yo, abastecidas, alimentadas cada día, podemos permitirnos. Las luces o las sombras, estar tristes o alegres, es en nuestro caso una elección y decantarte por lo luminoso, si así quieres hacerlo, es cuestión de arte y de voluntad. Así de simple. Es cuestión de cada día, en cada instante, agradecer lo obvio sólo por el hecho de que hay millones de personas que no lo tienen. ¿Quieres ejemplos?
Sin salir de tu dormitorio, cada mañana, agradece el techo que te ha protegido de la noche para guardarte el sueño y el colchón viscoelástico sobre el que tendiste tus vértebras maltrechas. Agradece que si alargas tu brazo alcanzarás a tocar la piel de alguien que ha elegido estar a tu lado pase lo pase desde hace muchos años. Un ser humano, toda una compleja y misteriosa creación que ha decidido voluntariamente caminar contigo.
Incorpórate despacio y agradece que puedes ver para contemplar el escenario cambiante que te ofrece tu ventana. Camina unos pasos hacia el baño, abre el grifo y ¡AGUA! La sangre de la Tierra. El motivo de futuras guerras que a nosotros nos llega sólo accionando un mando. Agradece que nunca tienes sed, que puedes asearte tantas veces como quieras y lavar tu ropa todos los días de tu vida.
Aún con sueño, acércate a la despensa  llena de alimento. Agradece las manos que siembran las hortalizas que comes. Agradece que cuando se acaba, sólo tienes que bajar hasta la tienda o arrancar el coche que por suerte tenéis aparcado en el garaje para llevaros al supermercado. Agradece que puedes caminar y circular en paz porque el país en el que vives no está en guerra. Agradécete cómo gestionas tu dinero y cómo gracias a ello nunca, nunca te falta. Ni tirándolo.
Agradece que respiras, que ves, que oyes, que te puedes mover… porque hay gente que no puede hacerlo. Agradece que sabes leer y que gracias a ello husmeas en vidas ajenas, en historias del pasado, en viajes interminables.
Agradece tu posibilidad de dar vida, que diste vida. Y agradece que la vida se manifestó como quiso, con sorpresas, con situaciones inesperadas, algunas te gustan más y otras menos pero así es ella, no como quisiéramos sino como es.
Y después de agradecer observa qué ocurre con la retahíla de lamentos, con los disgustos que se parapetaron en tu pecho; si los sigues escuchando es que aún no has agradecido lo suficiente. Dime, si adquieres esta costumbre, si no vislumbras algo parecido a la alegría, a una paz sin alharacas pero eterna.
Da gracias porque tienes el privilegio de poder darlas. Da gracias y observa qué ocurre. Di gracias y que pase lo que tenga que pasar.

(Y si por un casual esto no funcionara, baila. Es insostenible la tristeza en un cuerpo danzante).


viernes, 30 de junio de 2017

Magdalena no cree

Magdalena no cree en el amor,
… tal y como se lo contaron.
Magdalena hace tiempo que sabe que el amor se siente de dentro hacia fuera y no al revés. Lo practica a través del respeto hacia ella misma, hacia sus tiempos, sus ritmos, sus inquietudes.
Si tengo que ser algo más precisa, corregiría la frase primera y te diría que Magdalena no cree en la pareja.
Menuda novedad. Seguramente estés pensando que la tal Magdalena no va a descubrir la rueda. Cualquiera al que no le vaya del todo bien con su pareja o que no termine de encajar con otro, hace tiempo que habrá llegado a la misma conclusión. Tú, al igual que Magdalena, ya te habrás dado cuenta que a veces nos embarcamos en relaciones movidos por cualquier cosa que no sea la evidencia, sino la conveniencia. O el miedo, o la comodidad, o la seguridad. Ella y tú sabéis que la pareja puede ser ese tipo de cosas que no dan lo que prometen.
Magdalena intuye que el fallo no está en la pareja en sí, sino en las falsas promesas. Deduce que, movidos por las expectativas, caemos en convencionalismos. Como yo conozco bien a Magdalena y sus tendencias políticas, me atrevo a afirmar que para ella la pareja es un recurso más del capitalismo. Un objeto de consumo. Un debo tener. Así te lo digo.
Pero Magdalena no es de piedra y sus ideas se desvanecen cuando, con la frecuencia de un cometa, se topa de frente con…, ya sabes, esa fuerza magnética tan poderosa que le acerca sin más alternativa hacia quien guarda el otro extremo del imán.
Hoy noto un poco revuelta a Magdalena. Tiene una idea sin palabras a punto de eclosionar. Mientras escribo se asoma por encima de mi hombro, observa la pantalla y menea la cabeza diciéndome que no, que no es eso en lo que ella no cree. Me gustaría que lo contara ahora, ya que tengo el ordenador encendido, pero me da que quiere que le adivine el pensamiento.
Probaré de nuevo: Magdalena no cree en el cómo, en el modo. Eso es, el cómo. Después de asumir que el amor parte de uno mismo y que es evidente que existe una fuerza de atracción entre individuos, a Magdalena se le queda corto que la única manera que haya inventado el hombre para responder a esa fuerza tan poderosa se limite a un único modelo hombre-mujer. ¿Te parece bien esto, Magdalena? No, por supuesto. Me corrige para que universalice lo anterior. Ella quería decir a un único modelo persona-persona, sean del sexo que sean.
Entonces, Magdalena, ¿me hablas de poliamor? ¿Poligamia?
¿Y por qué darle un nombre? (Ya le voy pillando). Tal vez aquello por lo que se revuelve sea el considerar inexorable que cada vez que ese imán se manifieste, haya que involucrar a alguien. A veces fantasea con que algo mucho más grande quiera comunicarse con ella a través de esa fuerza y que los otros, los que aparentemente la provocan, no sean más que simples intermediarios entre la fuerza y Magdalena.
Magdalena más bien cree que la plena libertad consiste en ser honestos a la hora de expresar esa fuerza, ese amor si lo llamamos por su nombre, y olvidarnos de convencionalismos porque, si hay miles de millones de personas en el mundo, todas creadoras, todas creativas, ¿por qué debe prevalecer un único modelo para mostrarlo? ¿Y por qué entonces todos lo ansían? Ay Magdalena, que ya no me parece tan disparatado que asocies pareja y capitalismo
Magdalena sí cree en esa fuerza pero aún no tiene ni idea de cómo se manifiesta en ella. Por eso todas las noches, duerma sola o acompañada, en camas ajenas o habitaciones múltiples, se sienta en su terraza, mira al cielo estrellado y confía en, ese día, haber hecho bien el amor.




Y aquí va una bonita tonada que acompaña al texto, un texto que sin pretenderse viene que ni pintado en la semana del World Pride.

lunes, 26 de junio de 2017

Tu esperado día de Junio

- Vas a ser la última en hablar-, me dijiste el otro día mientras comíamos. -Qué responsabilidad- te contesté, sabiendo que a esas alturas sólo tenía sobre el papel unas cuantas ideas sin hilar. Al mismo tiempo me preguntaba por qué me estaba costando tanto si era tan fácil, sólo había que mirar tus ojos y conocer siquiera de refilón la ilusión que llevas meses poniendo en este día para que la inspiración arrancase a volar. No, no conectaba con ninguna emoción lo suficientemente intensa como para encontrar la argamasa que uniera mis pensamientos sueltos.
Pero ése era precisamente el obstáculo: la búsqueda de emociones. ¡Mira que no haberme dado cuenta! Las emociones, que nos ayudan a acercar lo lejano, a orientarnos en nuestros caminos, a dar nuestros primeros pasos… ¿cómo iba yo a sentir una emoción exaltada ante una presencia en mi vida tan constante y rotunda como la tuya? Lo evidente, lo incuestionable, es tan humilde que no necesita de alharacas para llamar la atención, simplemente, está.
Y es irónico porque, ¿cómo le daría a la vida por unir a dos personas tan distintas como tú y yo para que compartiéramos tanto? Compartimos familia, compartimos habitación durante años y, si yo tenía miedo y tú me dejabas, compartíamos tu cama. Cuando apagábamos la luz me compartías tus historias del colegio y después, las del instituto. Yo escuchaba y me iba haciendo aliada de tus aliados y enemiga de los que te ofendían. Eras mi referencia hasta que fui encontrando las mías propias.
Somos creadoras de dos mundos diferentes girando en un mismo espacio. Hemos aprendido a danzar en nuestras órbitas sin colisionar, respetando cada una el universo de la otra. Eres el cristal que me ofrece otras perspectivas, la ventana a lo que desconozco. Tu mirada complementa la mía y no tengo más remedio que rendirme a la evidencia de lo que veo a través de ti.
Desde mi propio cristal te he visto crecer, te he visto luchar, te he visto reír y llorar… y desde hace un tiempo te veo caminando a través de tus sueños, sintiendo que tu vida se redondea, disfrutando de lo bonito que te tenía guardado. Yo me complazco sentada en mi rincón, sintiéndote cada vez más fuerte y confiada, con la valentía de ir apartando de tu lado lo que no te hace bien y quedándote sólo con lo que florece.
Te quiero mucho, hermana. Gracias por ser mi espejo, gracias por tu ejemplo, tu afán de superación, tu fuerza incansable, tu confianza al perseguir tus sueños, tu sencillez, tus ganas de hacer felices a los demás, tu inocencia.
Me alegro enormemente de que os encontrarais y que quisierais compartir vida. Os deseo todo el amor del mundo, ese amor callado, silencioso, evidente, que no necesita de alharacas para hacerse notar; pero al mismo tiempo os deseo la lucidez necesaria para sentirlo y para maravillaros con ese universo frágil e insondable que podéis descubrir, si os fijáis atentamente, tras la mirada de quien os toma de la mano cada día.
FELIZ BODA, FELIZ VIDA.

Para mi hermana Ana.
Y esto, también.


martes, 13 de junio de 2017

La duda

Elisa, ¿me amaste alguna vez?
Elisa se quedó inmóvil con la mano que sujetaba el mechero a medio camino entre las velas y su propio cuerpo. En el silencio que acababan de engendrar fue capaz de escuchar el sonido del resorte que ya se preparaba para soltar un resuelto claro-por-qué-me-dices-eso-ahora-Federico. Fue entonces cuando se fijó por primera vez en mucho tiempo en los ojos de su marido, que ahora le inquirían pacientes tras la tarta de su sesenta cumpleaños. Desde luego, aquello no era un deseo de cumpleaños al uso.
La suya tuvo la magia de cualquier otra historia si se pasa por alto que sus mundos hasta entonces habían estado separados por un océano. Elisa volaba en la nube del éxito inesperado de su primer libro, un ensayo que proponía un nuevo paradigma en las relaciones afectivas y que, por lo novedoso de la propuesta, pronto se extendió con el favor de las redes sociales primero y con el olfato de un sagaz editor, después. La ola cruzó el Atlántico y la editorial pronto le animó a participar en un encuentro de escritores noveles en el Ateneo, un antiguo teatro de corte clásico transformado en enorme y atractiva librería a mitad de la calle Santa Fe de Buenos Aires.
La oferta fue irrechazable y, aunque sentía que el traje de escritora le quedaba un poco ancho, Elisa atravesaba sin dudas todas las puertas que el destino tenía a bien abrirle. Al tiempo se despedía de los años de soledad tras su ruptura con Jorge y su agotadora sensación de querer avanzar sin saber muy bien adónde. Tenía gracia que todas aquellas anotaciones surgidas para tratar de entender su separación la hubieran conducido hasta ese estado tan pleno del que ahora disfrutaba. Quizá se tratara de una particular y cósmica revancha a la tristeza.
Fede Martínez era el empleado que la editorial había asignado a Elisa Llop para atenderla en sus primeras horas en Argentina. El encargo era muy simple: recoger a la escritora valenciana que llegaba de madrugada, acercarla hasta su hotel y acompañarla hasta el Ateneo. Allí se reunirían con todos los invitados, el resto de escritores, periodistas y editores. Sencillo, si no fuera porque a última hora Karina, su ex y traumatóloga de guardia en el hospital Cecilia Grierson, tuvo que acudir urgentemente a su puesto por un choque múltiple de varios vehículos en la salida hacia Mar del Plata. No tenía más remedio que quedarse con Alejandra. Andaba por eso un poco azorado en el hall del aeropuerto de Ezeiza, sosteniendo con una mano el letrero donde se leía el nombre de la escritora y con la otra agarrando la de su hija que, lejos de rendirse al madrugón, daba saltitos a su lado y preguntaba una y otra vez que dónde estaba España, que si su amiga Julia le había dicho que toda la gente del hemisferio norte era rubia, que cuántos son diez mil kilómetros… Elisa apareció trastabillando con su enorme maleta azul. No necesitó ningún gesto suyo para saber que era ella a quien buscaba.
De pronto recordó cuando se vieron por primera vez. Él la esperaba en el aeropuerto con Alejandra de la mano. Para ser honesta, entre turbulencias y cortas cabezadas, sobrevoló el océano ideando y desechando argumentos propios de una novela de Danielle Steel con el que sería su acompañante. Quizá lo dejo para el segundo libro, reía para sí. Por eso al verlo con la niña se rindió a la insistente ironía de la realidad, mucho más ocurrente que sus limitados y ñoños pensamientos. En cualquier caso aquello la relajó y, espabilada como estaba por el cambio de hora, le pidió a Fede que, si era posible, no la dejara en el hotel. Tampoco quería obligarle a que se quedara con ella si tenía que atender a la niña, sólo le pidió que le recomendara una buena cafetería al lado de algún parque en el que pudiera descansar, leer o estirar las piernas.
A Federico le sorprendió encontrarse con todo lo contrario a una diva y por supuesto le dijo que no la dejaría sola. Alejandra tampoco quería irse, fascinada con el acento de aquella mujer que saciaba todas sus cuestiones sobre los europeos, así que le propuso dejar el equipaje en el hotel y después caminar por las calles adoquinadas de San Telmo y perderse entre los colores del barrio de Boca y Caminito…
… No era justo responderle con frases hechas. Elisa supo enseguida que su marido le hablaba del amor que ella perfiló en las páginas de su ensayo... Se dio cuenta que tampoco con Fede estuvo a la altura de sus reflexiones o que tal vez hubiera idealizado el sentimiento mientras se curaba de las heridas que se hizo al lado de Jorge. Sólo aquel día fue capaz de admitirse que no fue tan inocente como proclamaba en su tratado sobre relaciones. Iba predispuesta a amar, sí, pero también a escapar del tedio y a darle un portazo en las narices a su desamor y a su pasado. Y justo apareció Fede, con su niña tan linda de la mano, menudo, tímido al principio, risueño y atrevido después; contándole del tiempo tan difícil que atravesaban desde la llegada del nuevo presidente, el descontento de casi todos los estratos sociales, de la nueva revolución que ya se fraguaba en aquella Argentina dividida. Pero también, mientras comían empanadas en la orilla del río Matanza, compartieron sus amores, rieron de la tibieza de sus ilusiones, ahora que ambos rondaban los cuarenta y discutieron si Sabina o Serrat podían compararse a Soda Stereo y los Fabulosos Cadillacs.
Fue difícil no querer más, seguir hurgando en los secretos y la belleza de aquel enorme país; traducir los silencios de Fede, la historia detrás de sus ojos; eludir lo que vibraba en ella cuando algún acordeón le susurraba al oído las letras de Gardel. Como difícil fue admitir que cada día que pasaban juntos incumplía algún precepto de  su único libro. Su relación soñada se fundía entre los cojines del sofá donde al anochecer miraban silenciosos la televisión y suspiraban por noticias de Alejandra. No compartieron grandes proyectos ni se revelaron todos los misterios del cosmos con su unión. Sólo fueron dos más. Dos como tantos, con la particularidad de que hasta entonces les había separado un océano. Pero le gustaba estar con Fede y seguir imaginando un mundo distinto a través de la melodía de su verbo. Predispuesta o no, inocente o no, tenía la certeza de que ni San Telmo, ni Caminito ni Soda Stereo habrían sido lo mismo sin él.
Suspiró, encendió las últimas velas y abrió el corazón para responder a su marido.
Adoquines pintados por los alumnos de la Escuela Pedro de Mendoza
Barrio de Boca

Planeé un viaje lleno de actores secundarios que se transformaron en protagonistas cuando encarnaron en mi historia. Estoy aprendiendo que hay guiones que al materializarse son infinitamente mejores que la idea que los concibió.
Este relato está dedicado a Mariana, a Walter, a Fede, a Alejandra, a Fede-2, a Mari, a Julia, a Pepe, a Jorge y a Karina que me acogieron, agasajaron y trataron suavemente en todas las transiciones de una aventura que me llenó de caricias y mate el corazón.


martes, 11 de abril de 2017

El capitalismo y Marc Márquez

Hace unos meses me pedía una y otra vez algo que yo llamaba la nada. La nada era la ausencia de pretensiones, parar las búsquedas suicidas, dejar de escapar de lo que me rodeaba, mirar mi entorno en toda su fealdad o en toda su grandeza.
Algo así era la nada para mí.
Ese afán ha derivado de forma transitoria en un modo de vida que yo denominaría de jubilada si no fuera porque tengo que ir a trabajar. Habito un periodo de vacación vital en el que me dedico a lo básico y lo adorno con todo aquello que me apetece. No me dejo cabos sueltos en lo que a transitar por los senderos que me gustan se refiere.
Pedaleaba un día de éstos por mi trayecto habitual de vuelta del trabajo. No se escatima ni en verde ni en azul por estos lares, es la mejor época sin duda para andar sobre la bici. Mientras avanzaba iba precisamente pensando en mi nuevo estado jubiloso, tratando de no poner demasiado empeño en organizarme la tarde, cuando de repente me topé con un cartel de Marc Márquez anunciando relojes en una marquesina de autobús.
A la velocidad de la luz mis pensamientos generaron un encuentro con el muchacho. Hey, hola Marc, ¿algún plan para hoy? Pues sí, mira, tengo que entrenar dos horas en el gimnasio, después una hora de bici sobre rodillo y luego me reuniré con mi entrenador para estudiar los progresos de la semana.
Los progresos de la semana…, maldita sea, menudo estrés. ¿Qué le podría decir yo del tiempo que tenía por delante?: Pues yo después de comer igual me voy un poquito a dar un paseo, luego a comprar y hacer la comida de mañana. Creo que terminaré con un rato de yoga, escritura o lectura, no sé. Y si quedo con alguien lo mismo voy y me tomo un vino... Esa soy yo en la actualidad. Menos mal que estudié mucho una gran parte de mi vida.
Pero, seguí reflexionando no ajena a lo que estaba sucediendo, si hubiere alguna esquirla de autocrítica en mi actual actitud se debe al capitalismo que llevo inserto en mi ánima, pues no creamos que el capitalismo es cosa concerniente sólo a números, mercado y monedas. El capitalismo introduce el término rentabilidad en todos los aspectos de la vida, no sólo los materiales. Ya escribí sobre esto y no le voy a dar más vueltas pero, ¿adónde creemos que vamos con lo de sacarnos provecho? Cubrir todas las horas del día para sentir que generamos ganancias, menuda desazón. Estamos más entrenados en éso que en dejar que las cosas pasen o que lleguen a su debido momento.
Cuando me quise dar cuenta enfilaba mi calle. Me había perdido toda mi soleada ruta mascullando para mis adentros razones por las que preferir mi actual estado al de Marc Márquez. Señal de que aún no soy la jubilada que pretendo. Señal de que el capitalismo me infecta con un suave pero claro sentimiento de culpabilidad. Tendré que continuar entrenando para perfeccionar este estado de ralentí.
De todas formas, concluí, algo nos une a Marc Márquez y a mí con mayor o menor aprovechamiento: darle prioridad a lo que nos gusta de verdad. El rédito que cada uno obtengamos con nuestros haceres depende de dónde el capitalismo ponga sus ávidos ojos.
Emanciparme de la prisa me trajo la impresionante salida de la luna (ahí al fondo)


Y aquí una canción muy bonica y disfrutable, para estados de jubilación precoz y/o legítima.

lunes, 10 de abril de 2017

Apuntes II

Como en yin que tiene el yang dentro y viceversa, en la certeza habita la duda y el germen del movimiento en medio de la quietud. Se disipa cuando todo ha pasado, así se resuelve si se difuminó o si fue regado hasta que dio frutos.
No es natural la quietud permanente. Me pregunto si esta desgana lo es; si el no inmiscuirme demasiado en casi nada, estará bien. Mis pasiones ahora no me soliviantan. Soy firme defensora de mí.
La duda me pregunta si no echo de menos el movimiento.
En medio del movimiento, todo mi ser anhelaba quietud.


Y aunque no tiene nada que ver (o sí), mira que canción más bonita.

domingo, 9 de abril de 2017

Su primera primavera

Es importante, es muy importante…
Si hubiera leído siquiera el inicio de Alicia se habría reído de sus propios pensamientos, de su prisa y de la importancia que se estaba dando.
Pero, pardiez, ¡es que sí que era muy importante! Y no sólo ella, sino que toda la creación lo sabía.
A pesar de contar con un poco de ayuda, había puesto todo de su parte. Se había concentrado mucho y aunque las condiciones no eran demasiado propicias (ella habría preferido un espacio un poco más abierto para crecer, esa es la verdad), se aplicó aquello que sus mayores le habían recordado: que en cualquier sitio se puede encontrar un hálito de vida y que había que aprovecharlo.
Aún anda con la resaca de sensaciones que le produjo la eclosión. Por más que lo había imaginado no encontró nada que se le pareciera en lo que llevaba de vida.
Por eso hoy luce orgullosa sus flores y poco importa si al lado pasan coches con las ventanillas bajadas y música estridente; da lo mismo si son pocos los que se fijan en ella, aún tan chiquita. Si fuera humana podría ver su sonrisa y tal vez un poquito de rubor adolescente. Es poquita cosa pero es que no hay quien se esconda del todo en su primera primavera. 

lunes, 27 de marzo de 2017

Apuntes

En la mañana
El silencio no es tal,
Es un rumor en mis oídos
Una fricción de células
Una caricia del aire
que suena.
No soy dueña del silencio
                                   (ni de nada)
Sólo vivo en él.
Y en él, el roce de mi pluma sobre el papel
Es estruendo.

Por la noche
Repaso mi día, ¿ha merecido la pena? ¿He bailado? Sí. ¿He amado? Un resorte a punto del no se topa con el recuerdo de los árboles de camino a casa.
Y ese silencio.
El cielo nublado. Hace frío. Me obligan a mirar hacia arriba y yo siento cómo mi espalda y mi cuello se estiran. Árboles que no esperan. Sólo son.
Dos cipreses tremendos ondean y yo sé que mi vida es como ellos.
Debe ser como ellos.
Ser sin esperar.
Me muevo con el aire, digna, y honro el suelo que me alimenta.
Amo, con todo su significado.
Estás a punto de vestirte, hermano

martes, 14 de marzo de 2017

Mi tía Dolores

- Qué lástima-. Con ese punto final cerraba el relato de todos sus recuerdos. Después se giraba hacia la ventana, los brazos cruzados sobre su pecho generoso y, olvidando que yo seguía junto a ella bajo las faldas del brasero, revivía sin drama escenas remotas con el aplomo de quien ya descubrió que el futuro luminoso sólo escondía presente simple.
Que en sus tiempos mi tía Dolores se atreviera a afrontar su vida sola le hizo rodearse de un halo de misterio entre los vecinos del pueblo, pero yo nunca la oí quejarse de su destino, todo lo contrario, ella se entregaba a sus días con la dedicación de un orfebre, preocupándose lo justo por el mañana y por los chismes que la tildaban de bruja. Quizá por eso su gesto siempre era amable, casi condescendiente. Y sin embargo, yo también me encontraba entre los que a veces dudaban de que esa calma no fuera impostada ni de que su corazón no guardara siquiera un resquicio de dolor por la temprana pérdida de Juan.
El único novio que se le conoció a mi tía murió trágicamente en la casa de mis abuelos el día en que anunciaban su casamiento. Mis primos y yo trasteábamos por la casona cuando escuchamos el golpe tremendo y después, los gritos de mi madre y sus hermanas, la carrera de mi padre y mis tíos con el cuerpo de Juan en volandas, la mirada impasible de mi tía Dolores… Desde entonces, un tupido silencio creció entre nosotros como un miembro más de la familia.
- Tía, nunca te lo he dicho, pero me acuerdo a menudo del día en que Juan se murió-. Fui la primera sorprendida al escuchar mis propias palabras abriéndose camino entre la espesura. Desvió su mirada desde la ventana hacia mis ojos. Ninguna señal que indicara sobresalto. –Teresita… Teresa, Juan no se murió. A Juan le dejé morir-. Sin recuperarme aún por haber perforado el veto silencioso, su respuesta estalló en mi cabeza decidida a llevarse consigo el misterio que rodeaba a mi tía Dolores. - Pero tía, ¿por qué dices eso? Todos estábamos allí. Mi padre vio a Juan subirse a la tapia del corral. Y en la tapia había grava y ladrillos rotos. ¿Cómo podías tú haber provocado su muerte?- Hija-, me interrumpió- ¿y tú sabes por qué se subió?- Negué con la cabeza. -Quizá te parezca una tontería, vistas las consecuencias, pero todo comenzó con un juego. Por nuestro compromiso, Juan me dijo que me quería tanto que se dejaría caer de espaldas desde lo que quedaba de la tapia confiando en que yo le sostendría. ¿Alguna vez jugaste a eso, Teresa?- Se me erizó la piel de todo el cuerpo. -Estaba muy enamorado. Y yo… yo me quedé inmóvil, mirando desde un lado sus ojos cerrados y su sonrisa mientras caía-.
El relato me transportó de nuevo hacia la casa de mis abuelos, a los gritos de las mujeres, a la mirada perdida de Dolores. - ¿Y por qué, tía?, ¿es que no lo querías?-  Ella continuó, su voz grave, sin acentos. - Me dio pena por él y su familia, eran buena gente, pero no lo sentí por mí ni por lo que no llegó a ser-. Sobrecogida, sin reconocer a la mujer que tenía frente a mí, trataba de acomodar su historia en el entramado de sentimientos que me unían a ella. - Teresa, quizá lo entiendas un poco mejor si te cuento que antes de Juan fue José, el único hombre en mi vida del que estuve enamorada-.
Nos conocimos de casualidad, en tiempos en que el abuelo rendía cuentas a la dictadura en la cárcel de Carabanchel. Aquel bendito día, el primero en que salí de la provincia, me tocó acompañar a la abuela en la visita pues mis hermanas andaban muy ocupadas preparando la boda de tu madre. José era el más joven de los funcionarios; un saludo y su mirada azul bastaron para enamorarme. Yo, casi una niña, creí que esa electricidad era la señal que estaba esperando y que tras esos ojos aguardaba el resto de mi vida. A la vuelta de Madrid comenzó un año de correspondencias, todos los días me escapaba a la oficina de correos con un ansia de noticias que me desgarraba. Las cartas de José eran los ladrillos con los que yo construía mi mundo.
Tiempo después volví a acompañar a la abuela, sería la última vez pues al abuelo ya sólo le quedaban dos meses de internamiento. Estaba nerviosa como no recuerdo haberlo estado jamás. José ya no era el que abría las puertas, ahora ocupaba la mesa de una pequeña oficina. Pedí permiso a mi madre para quedarme en la recepción y así encontrarnos. Cuando lo vi aparecer por el pasillo pensé que iba a desmayarme, aunque su imagen era algo diferente a la que yo conservaba: se había hecho más hombre, parecía más cansado y sus ojos esquivos ya no eran tan brillantes. Regresé al pueblo con el corazón golpeado por la duda; me hice daño empeñándome en mantener el hilo quebradizo que nos unía. Sufrí mucho, Teresa, mis ilusiones se desvanecían entre esperas y lágrimas.
Mientras tanto volvimos a ser una familia completa con el regreso del abuelo, y mis hermanas, las tías, se iban casando. Pasábamos tardes enteras hilvanando proyectos y vestidos de novia. Yo callaba y cosía, no fuera que descubrieran mi voz quebrada, y sonreía si alguien entonaba algún “Dolores, ¿y tú para cuándo?”. Al poco, la casa empezó a llenarse con vuestros nacimientos, la vida seguía su orden natural, repitiéndose de la misma manera en cada una de mis hermanas.
Cuando menos lo esperaba, apareció Juan y, porque ya tocaba, consentí ante su insistencia; porque era lo suyo, nos hicimos novios; porque correspondía, nos prometimos. Pero Teresa, yo ya sabía lo que eran las esperanzas rotas y también sabía, con todos sus recodos, cuál era el camino que me tocaría recorrer con él. En aquellas tardes lentas de costura, secos ya mis ojos por José, entumecidas mis manos por los bordados de cinco vestidos de novia, me pregunté si no habría otro destino para las mujeres y si perseguirlo ciegamente no sería una parte grande del dolor que sufríamos. Ese interrogante me acompañó en cada abrazo furtivo de Juan, en cada paso que dábamos juntos. Decidió subirse a la tapia para demostrarme su amor y ahí mis dudas se disiparon. La lucidez me dejó inmóvil justo cuando Juan se dejó caer… Qué lástima.
Me costó un rato darme cuenta que dos lágrimas me corrían por las mejillas delante de esa anciana que, con los brazos cruzados sobre su pecho, volvía de nuevo la vista hacia la ventana de la calle. En ese perfil arrugado creí vislumbrar a una joven Dolores dejando que naciera su nuevo futuro en aquella tapia de la casa de mis abuelos.
Dolores, un año después de la muerte de Juan

En el Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio esta vez experimentamos con El Secreto.
Muchas gracias a mi amiga y artista María por la foto de su tía, musa sin pretenderlo.

lunes, 20 de febrero de 2017

Alter Ego

Harta de dar tumbos por tantos apartamentos de alquiler, decidí darle a mi vivienda un cariz más definitivo. El momento de la Laura adulta en quien hasta hace poco recaían todas las proyecciones de futuro, había llegado por fin. Tomé conciencia de ello el día en que, sobre la bici, a punto de ser arrollada por un taxi loco, imaginé el titular del periódico local durante las temblorosas pedaladas que siguieron: Mujer de treinta y dos años muere en aparatoso accidente en el cruce de Alcántara con Calatrava. De toda la hipotética noticia, una palabra resonó con más fuerza que las demás: Mujer.  –Mujer… ¿yo?-, y acto seguido, algo en mi interior replicó, -pues claro, ¿es que aún no te has dado cuenta de que ya lo eres?- Desde aquella iluminación dejé de autodenominarme chica, traté de hacerme digna depositaria de tal nombre y me dispuse con alegría a indagar qué suponía eso de ser mujer. En ausencia de referencias válidas a mis pareceres, concluí que para mí ser mujer significaba coherencia entre mis pensamientos, sentimientos y actos.
Así que empecé a materializar todo aquello que siempre había soñado y que permanecía guardado en el cajón del futuro luminoso que nunca parecía llegar. De ahí la mudanza desde mi pequeño y frío apartamento al ático por el que llevaba meses suspirando cada vez que atravesaba la urbanización de camino al trabajo. El letrero fluorescente de “se alquila” centelleaba como el sol y me sabía al dedillo sus recovecos de tantas veces como lo había visitado en idealistapuntocom… Lo quise sin muebles para que nada dentro me resultara ajeno. La mujer que ya era construía su nido desde la primera ramita. No miré precios cuando compré el sofá fucsia y la mesa de despacho de cristal; no escatimé en una buena hamaca para la terraza ni en el colchón viscoelástico con canapé, y en la cocina monté la barra color morado con taburetes altos que siempre había querido. Era un nido sin macho ni polluelos, era mi nido de maderas blancas y amplia cristalera con vistas a la sierra. Era la primera casa a la que no tuve que adaptarme. Era, por fin, mi hogar.
A la semana de instalarme volví al trabajo. Mientras me las organizaba para sacar la bici a la calle, de la casa de enfrente salía una vecina, también con una bici. La mía negra, la suya blanca. Yo morena de pelo rizado. Ella rubísima de cabellos lacios. Respondió a mis buenos días con una mirada lejana que parecía atravesarme. No me dijo nada. Abordé la calle hacia la izquierda, ella a la derecha. -No me habrá oído-, pensé. Mi día transcurrió como siempre, resolviendo incidencias y lamentándome a ratos de llevar tanto tiempo en un trabajo que no me satisfacía, ¿en qué estaba yo pensando cuando decidí estudiar empresariales si a mí lo que me gustaba era la biología? Ése fue el primero de una serie de tropiezos vitales que me convirtieron en quien ahora era. Ni la carrera elegida, ni mi novio de entonces, ni el trabajo que vino después fueron nunca de mi completo agrado. Por suerte, rompí con lo que pude y desde hace un tiempo yo, mujer, me entrenaba en dejar las pataletas para los niños y afrontar mi realidad mirándola a la cara y aprendiendo a ser feliz en ella.
De regreso a casa encarrilé la calle con mi barra de pan en la cesta de la bici. Por el otro extremo, una figura avanzaba hacia mí, también montada en bicicleta. Era la vecina, que volvía con la compra en su cesta, al parecer teníamos el mismo horario. Paramos cada una en nuestra puerta con movimientos simétricos, casi ensayados. La saludé y ella me devolvió otra vez esa mirada que no expresaba nada. -Debe tener mi edad-, calculé mientras subía las escaleras, -y si no fuera tan rubia ni su piel así de transparente, hasta diría que nos parecemos-. Las coincidencias con mi vecina se sucedieron los días siguientes, siempre en simétrica sincronía. A la ida y a la vuelta del trabajo se añadió nuestra gemela visita al gimnasio los martes y los jueves; aunque íbamos al mismo, ella prefería llegar por la ruta norte, y yo por la del sur de la ciudad. A mí me gustaban las cintas de correr orientadas hacia la ventana, a ella, hacia la pared. Por el espejo del gimnasio me daba cuenta que nuestro ritmo era el mismo, con simétricas zancadas. Intenté iniciar conversaciones muchas veces dadas las evidentes casualidades pero nunca, nunca, me miraba ni me sonreía, se limitaba a girarse hacia un lugar parecido al que yo ocupaba pero a muchas millas de mi cuerpo. Desistí y decidí variar mis movimientos para evitar encontrarme con ella, cambiar la hora de entrada y salida de mi trabajo, montar a veces en la elíptica o en la bici estática, incluso comprar diferentes tipos de pan de forma aleatoria… pero era imposible. Mi inescrutable vecina parecía leer mis pensamientos y modificaba sus rutinas al mismo tiempo que las mías con puntualidad siamesa.
No sabía qué hacer, ¿se sentiría ella igual de incómoda que yo? Si al menos me hablara podríamos reírnos de todo esto, seríamos buenas amigas incluso. El día de mi cumpleaños tomé cartas en el asunto. Preparé un bizcocho de zanahoria con la idea de presentarme en su casa para llevarle un pedazo. Era un atrevimiento tan inaudito en nuestras prácticas que no esperaba que copiara mis intenciones. Respiré tranquila cuando por primera vez en dos meses conseguí salir de mi casa sin que la calle me pareciera un enorme espejo. Estaba muy nerviosa cuando llamé a su puerta pero yo ya era una mujer y no podía evitar durante más tiempo este inquietante encuentro. Al abrir, noté que había estado llorando. Su mirada azul se dirigió a la mía cuando me presenté. -Hola, soy Laura, la vecina de enfrente. Te traigo un trozo de bizcocho, hoy cumplo años-. Para mi sorpresa, se echó a llorar con desconsuelo tapándose la cara con las manos y mostrando, por fin, alguna emoción.
Pasamos la tarde juntas. No me sorprendió del todo que también se llamara Laura y que ese día fuera su cumpleaños. Treinta y tres, por supuesto. Supe que era bióloga y que trabajaba en un laboratorio de investigación. Me contó que en la universidad conoció al hombre con quien se casó unos años más tarde, el mismo hombre que hace dos meses le engañó. –Perdona que no te hablara, te pareces demasiado a la mujer por la que Raúl me dejó. Nos separamos justo antes de que te mudaras-.
Por la noche, tumbada en mi sofá fucsia, me di cuenta que Laura era yo pero sin mácula ni tropiezos. La vida de Laura era la que siempre quise. Laura estudió una carrera que le encantaba; alumna brillante, se dedicó con éxito a la investigación genética. Se casó enamorada de su novio de toda la vida y no tuvo hijos cuando correspondía porque se encontró con su primer bache. Pensé en Laura y la compadecí por todo el camino que tenía por delante hasta que comprendiera que la vida no era una sucesión de hitos; hasta que descubriera que la felicidad no depende de aquello que poseemos o conseguimos, sino que se esconde en la coherencia entre nuestros actos, sentimientos y pensamientos. Por mi parte, me hizo gracia saber que en una vida paralela y exitosa habría llegado exactamente al mismo lugar en el que ahora me encontraba.
 
La otra (inquietante) Laura

Seguimos experimentando en el Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio con Las Figuras Inquietantes.


miércoles, 1 de febrero de 2017

El día más triste del año

Hoy, dieciséis de Enero, es el día más triste del año.
-Ya no saben qué inventar-. Negaba Fermín con la cabeza, mascullando primero para sus adentros y alzando cada vez más la voz después, mientras cerraba el diario digital que visitaba todas las mañanas. - El día más triste del año, dicen…. ¡No te jode! Tú dile a un sirio o al jefe de una tribu del Amazonas que hoy es el día más triste del año. O si no, vete al Congo y se lo cuentas a las mujeres a las que violan una y otra vez por la guerra del coltán, que lo vi en el programa del Évole el otro día, a ver si no te mandan a freír vientos a Fernando-Pó...- En la mesa de enfrente, Conchi lo miraba callada por encima de las gafas. Cuando a Fermín le daba por repudiar a la especie humana y por lanzar consignas desde el púlpito de su mesa de contable, era mejor no replicar demasiado si no quería llegar a la hora del desayuno convertida en la excusa perfecta para que su colega conversara con su propio ego.
Se levantó malhumorado, subiéndose un poco por detrás los pantalones de pinzas y encaminándose hacia el baño, donde encontró un nuevo interlocutor para su monólogo. – Paco, ten cuidado, que hoy va a ser un día muy triste. ¿No lo has visto en el periódico?, menuda gilipollez...- Iba a continuar con la retahíla pero le interrumpió el zumbido del móvil abrochado en el cinturón. Ángela. ¿Ángela? Dime. Un sollozo al otro lado del auricular. Fermín, mi madre…, que ya se ha muerto. Haz el favor de ir luego a por Ricardo al instituto, que duerma hoy en tu casa. Vale, claro, sí, no te preocupes que yo iré a por él. ¿Y cuándo ha sido?, ¿cuándo es el entierro? Esta tarde a las cinco; se murió anoche, de madrugada…
- Joder con el año nuevo, empieza bien-. Se quedó mirando a su hijo, que le sonreía desde el fondo de pantalla del teléfono. Ricardo y su suegra eran dos de las pocas cosas buenas que le habían quedado de su paso por el matrimonio. Siempre se llevó bien con Fernanda y hasta que cayó enferma estuvo yendo a verla al menos una vez al mes. Ella solía guardarle alguna conserva de pisto* o de tomate casero... Dos meses ha tardado en irse. Y eso que dicen que el cáncer va lento en la gente mayor.
Ricardo permanecía en silencio a su lado con las rodillas clavadas en la guantera**. Dieciséis años ajustados a duras penas en el asiento del acompañante - Oye Ricardo, que si no quieres venir al cementerio no hace falta. Tú te quedas en casa, que hay comida, y puedes ir haciendo los deberes o jugando a la Play…- El hijo negó con la cabeza sin mirarle. Era el momento de poner en práctica su apariencia de hombre, por más que por dentro el niño que era temblara de miedo ante su primera experiencia con la muerte. Aparcaron entre dos cipreses, los dos vestidos de negro, y fueron siguiendo el rastro de conocidos que poco a poco se dirigían a las puertas de la capilla donde se encontraban su ex-mujer y sus hermanos. Por suerte hacía tiempo que Fermín no iba por allí y, quizá por no enfrentarse aún a la mirada de Ángela ni al féretro de Fernanda, fue haciendo inventario de los cambios que descubría a medida que avanzaba la fila, como la tremenda efigie que presidía la entrada al recinto, o las hileras de nichos esperando inquilino; también las obras de la capilla, con ese nuevo tejado, esa pintura y ese reloj, a su parecer desproporcionado, sobre las puertas de la entrada.
La fila continuaba y algunos amigos deshacían la línea para acercarse y darles la mano a él y a su hijo. Ricardo balbuceaba un gracias hacia su cuello cada vez que alguien les interrumpía el paso. Conforme avanzaban, Fermín no podía apartar la vista del enorme reloj que, cuanto más nítido, más extraño le parecía. Unos pasos más atrás se había dado cuenta de que sólo tenía una manecilla de color dorado y ahora, a la altura de sus cuñados, observó que se movía en sentido contrario al habitual. Fundido en un abrazo con Carlos y Fernando fue capaz de sentir el engranaje de su tic-tac martilleándole el cerebro. Cuando se separó de ellos, miró hacia los lados y le extrañó que todo el mundo ignorara aparentemente aquel golpeteo ensordecedor. Ángela los esperaba llorosa, primero besó a Ricardo y cogiéndole la mano, se dejó caer sobre los brazos de Fermín sin poder controlar los sollozos. – Mi madre, mi madre…- Fermín la sostenía, ambos bajo el reloj, y si no fuera porque estaba a punto de estallarle la cabeza por el estruendo de aquella manecilla, él también habría llorado. – Ángela, ¿no estaríais mejor dentro de la capilla?- le dijo al oído. Aquí fuera hace frío y no sé cómo podéis aguantar tanto tiempo debajo de este reloj-. - ¿Qué reloj?-, le respondió extrañada separándose un poco de su abrazo y buscando un pañuelo. – ¿Cuál va a ser?, éste que tenemos aquí encima, éste que va hacia atrás-, replicó señalándoselo. –Fermín, yo no veo ningún reloj-, contestó ella muy seria con la mirada fija en sus ojos.

Se alejó lentamente de Ángela, caminando hacia atrás para apartarse lo suficiente y colocarse frente a aquella esfera que descontaba el tiempo y que sólo él veía. Entonces comprendió Fermín por qué hoy, dieciséis de Enero, era el día más triste del año.



* Son manchegos.
** Dedicado a mi hermana Ana. Ella sabe por qué.


Éste es otro de los frutos del Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio.

viernes, 27 de enero de 2017

Vuelo rasante por un pasado no tan remoto

Me invitas a que mire por la ventana y te cuente lo que veo. Seré objetiva: a mi izquierda hay una persiana bajada tras el cristal. Casi siempre escribo de noche. Un bajo de noche con la persiana subida es lo más parecido a un escaparate, y a mí me puede el pudor. Pero mira, este simple gesto me ha servido para darme cuenta que estoy calcando una escena en la que también me sentaba, como ahora, bajo las faldas de una mesa camilla y me giraba hacia la izquierda para mirar por la ventana, pero entonces estudiaba y la mesa ocupaba una esquina de mi cuarto en casa de mis padres. De todas, mi habitación es la que más me gusta de la casa y no porque sea mía, sino por su luz y sobre todo, por la terraza. Todavía hoy, cada vez que voy, me encanta sentarme allí y secarme en pelo al sol.
Hacia mi terraza, las casas aledañas descubren las entrañas de sus patios. Desde ella, he sido la cirujana que explora sus resquicios. Vista generosa, ningún edificio se la nubla y quedan enteros para mí los contornos de la sierra. Mi terraza es silencio, estrellas y grillos en verano, tejados helados en invierno, un toldo que rebota con las ventiscas. El invernadero de mi madre.
Pero también fue melancolía. Cuando en aquellos años me cansaba de estudiar miraba por la ventana y me quedaba absorta mascando el paso del tiempo marcado por mis Eneros, mis Junios y mis Septiembres. A mis ojos, la vida pasaba y allí permanecíamos estáticos los tejados, los patios traseros, la sierra y yo. Sólo demostraba movimiento la llegada cada primavera de los aguiluchos* que anidaban en los tejados rotos de las casas viejas. Acudían siempre puntuales, siempre por sorpresa. Los encontraba de repente justo antes de los exámenes de verano. Entre ecuaciones descubría las grietas donde asomaban sus cabezas los polluelos nuevos, primero tímidamente y después con mucha más algarabía compitiendo por ser destinatarios de la carga que acarreaba su madre en el pico. Encontrar por fin la resolución de uno de mis problemas no era tan emocionante como ser testigo de sus primeras tentativas de vuelo.
Me preguntaba cómo sería mi terraza, la sierra o los patios desde su punto de vista. ¿Y de dónde vendrían? Apoyada en la baranda les imaginaba un origen más exótico, África quizá, que el del pueblo en donde ahora criaban, y era para mí un misterio mucho más complejo que el de la estructura atómica el mecanismo por el que cada año regresaban a esas mismas tejas… La cuestión se me planteaba irresoluble bajo la hipótesis de que los polluelos de hoy fueran los adultos que regresarían la próxima primavera.
Tras el descanso volvía a la silla y repasaba un poco los apuntes para ver dónde me había quedado. La noche se echaba sobre aquella ventana que, por ser alta, no era escaparate. La sierra se vestía de azul oscuro bajo la luz de las lunas de Junio, mientras que los aguiluchos desaparecían lentamente entre los tejados. En Septiembre ya no estaban. Tan discretos como a su llegada, partían sin avisar cuando el vuelo de las crías ya no era tan torpe y de repente un día ya no los encontraba practicando giros sin batir las alas a la altura de la terraza. Coincidía con los primeros frios. Entonces, mis descansos ya no eran tan largos y los tímidos vientos del nuevo otoño me devolvían pronto bajo las faldas de la mesa camilla. Desde allí, los días cada vez más cortos me recordaban que aún quedaban meses para que volvieran a traerme noticias de África.
Esto también pasa en mi terraza
                                                                     
Postdata: De lo de tener una mesa camilla en pleno siglo XXI ya, si quieres, lo hablamos otro día.

(*) Para mí son aguiluchos. Vete tú a saber cuál es su verdadero nombre común.


Con la venia del Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio.

jueves, 19 de enero de 2017

Una cama de más, dos camas de menos

Anisha despierta sabiendo que hoy es un día especial. Es temprano y sus hijos, compañeros de cama, duermen todavía. Pocos días buenos ha habido desde que el terremoto se entrometiera en las grietas de su casa hasta derrumbarla. Ahí comenzó el periplo que finalmente les llevó hasta la pequeña habitación que ahora es su hogar. Toca la frente sudada de Rajiv y se le eriza la piel cuando piensa en lo cerca que estuvo de perderlo. A su lado, el sueño plácido dirige el movimiento de la respiración de Sunita. Suerte que la niña mantuvo el contacto con la española. Quién les hubiera dicho que aquel encuentro casual, -unos turistas que paran a beber agua en casa de los abuelos-, sería hoy su gran esperanza...  Pero no hay tiempo que perder y Anisha abandona sus pensamientos. Es hora de levantar a los niños, adecentar la habitación y transformar en sofá su cama triple.
Ha llegado el día. Elena no termina de creerse que esté nuevamente en Nepal. Varios meses y un temblor de tierra separan la primera aventura caminando por tierras del Himalaya del sendero incierto que ahora transitan. Casi todo es diferente desde la primera vez y debe acostumbrarse cada día a la confusión del idioma, a la cultura y a los ojos con los que ahora la mira Pablo. Si no hubiera sido por el temblor todo habría acabado en el aeropuerto a la vuelta del primer viaje; si la tierra no hubiera temblado nadie les habría empujado a golpe de donación a reparar las fisuras que se abrieron entre sus conocidos nepalíes. Pero la tierra tembló fuerte, muy fuerte… Las primeras luces del amanecer se cuelan en la habitación triple que comparten dejándole ver la silueta de Pablo dormido. Elena suspira mirando la cama vacía que les separa. Ni siquiera un terremoto provoca abismos semejantes.
El cuarto ya está listo. Los niños siguen en la escuela, vendrán un poco después de que lleguen los forasteros. Llueve. Anisha sale al huerto presurosa para recolectar las verduras con las que hoy comerán todos, la dueña de la casa se lo permite a cambio de que le ayude a mantenerlo. Si hoy todo sale como espera, pronto tendrán una casa con huerto para ellos solos y quién sabe si su marido ya no tendrá que trabajar tan lejos para poder pagar el colegio y el alquiler. Con las verduras bajo el brazo vuelve rápido hasta la habitación. Se sacude el agua, se arrodilla y alcanza la cacerola y el hornillo de debajo de la cama para preparar el dhalbat.
No para de llover. Un taxi desvencijado les lleva hasta la dirección que Sunita le envió. Pablo va delante entendiéndose a duras penas con el conductor; Elena, atrás, mastica su impotencia. El muestrario de realidades diversas que han ido encontrando desde que aterrizaron sólo le ha dejado preguntas: en la tierra de la necesidad, ¿quién es quien más lo necesita?, ¿cuál es la verdadera ayuda? Después de visitar el campo de refugiados esa impotencia es un peso extra sobre su mochila… Mientras la carrera de gotas apenas le deja intuir los arrozales tras la ventana, se arrepiente de haber dado falsas esperanzas a la niña, pero aquellos días ella también corría, compitiendo con su anhelo por volver a llamar a la puerta del corazón de Pablo… No sabe qué pasará hoy en la visita pero será crucial para decidir qué hacer con las donaciones.
Es de noche y a Anisha le resulta imposible que Sunita se tranquilice. La niña está excitadísima con los regalos que les ha traído Elena. -¿Nos vamos a comprar una casa nueva, mamá?-. Ella suspira, -no lo sé, hija-. La española estaba mucho más delgada y aunque vengan de mundos distintos, aunque le resultaran incomprensibles los sonidos que emitían entre ellos, hay un lenguaje universal con el que es fácil adivinar la duda, el disimulo, el desamor o la tristeza. Es tarde y mañana los niños tienen que volver a la escuela. Anisha retira el mantel con el que hoy han cubierto su cama. Es hora de dormir.
Apenas han hablado desde que el taxi les dejó en la puerta del hostal. Elena repasa una y otra vez la alegría en los ojos de Sunita cuando se encontraron, la mirada reprobatoria de Pablo cuando le dio los collares; también los silencios de Anisha mientras comían, y su propia angustia cuando discutían si dejarles al menos lo necesario para comprar unos ladrillos. –Elena, esta familia tiene un techo donde dormir y pueden permitirse llevar a los niños al colegio, nada que ver con los refugiados o con la gente atrapada en las montañas-. Y era verdad pero se pregunta sin consuelo quién es ella para repartir justicia y oportunidades. Mientras se coloca el pijama se topa de nuevo con la cama que les sobra y no acierta a adivinar por qué le ha tocado vivir en la cara amable del planeta.
Namasté: Tú estás en mí

En Un Cuarto Propio nos propusieron escribir un relato que girara en torno a la cama. Busqué entre mis camas conocidas y enseguida me asaltó la de una familia nepalí a la que no pudimos (o decidimos) no ayudar. De ahí surge esta semi-ficción que va dedicada a ellos, aunque no lo lean nunca. Es mi manera de homenajearles tanto tiempo después.