lunes, 27 de marzo de 2017

Apuntes

En la mañana
El silencio no es tal,
Es un rumor en mis oídos
Una fricción de células
Una caricia del aire
que suena.
No soy dueña del silencio
                                   (ni de nada)
Sólo vivo en él.
Y en él, el roce de mi pluma sobre el papel
Es estruendo.

Por la noche
Repaso mi día, ¿ha merecido la pena? ¿He bailado? Sí. ¿He amado? Un resorte a punto del no se topa con el recuerdo de los árboles de camino a casa.
Y ese silencio.
El cielo nublado. Hace frío. Me obligan a mirar hacia arriba y yo siento cómo mi espalda y mi cuello se estiran. Árboles que no esperan. Sólo son.
Dos cipreses tremendos ondean y yo sé que mi vida es como ellos.
Debe ser como ellos.
Ser sin esperar.
Me muevo con el aire, digna, y honro el suelo que me alimenta.
Amo, con todo su significado.
Estás a punto de vestirte, hermano

martes, 14 de marzo de 2017

Mi tía Dolores

- Qué lástima-. Con ese punto final cerraba el relato de todos sus recuerdos. Después se giraba hacia la ventana, los brazos cruzados sobre su pecho generoso y, olvidando que yo seguía junto a ella bajo las faldas del brasero, revivía sin drama escenas remotas con el aplomo de quien ya descubrió que el futuro luminoso sólo escondía presente simple.
Que en sus tiempos mi tía Dolores se atreviera a afrontar su vida sola le hizo rodearse de un halo de misterio entre los vecinos del pueblo, pero yo nunca la oí quejarse de su destino, todo lo contrario, ella se entregaba a sus días con la dedicación de un orfebre, preocupándose lo justo por el mañana y por los chismes que la tildaban de bruja. Quizá por eso su gesto siempre era amable, casi condescendiente. Y sin embargo, yo también me encontraba entre los que a veces dudaban de que esa calma no fuera impostada ni de que su corazón no guardara siquiera un resquicio de dolor por la temprana pérdida de Juan.
El único novio que se le conoció a mi tía murió trágicamente en la casa de mis abuelos el día en que anunciaban su casamiento. Mis primos y yo trasteábamos por la casona cuando escuchamos el golpe tremendo y después, los gritos de mi madre y sus hermanas, la carrera de mi padre y mis tíos con el cuerpo de Juan en volandas, la mirada impasible de mi tía Dolores… Desde entonces, un tupido silencio creció entre nosotros como un miembro más de la familia.
- Tía, nunca te lo he dicho, pero me acuerdo a menudo del día en que Juan se murió-. Fui la primera sorprendida al escuchar mis propias palabras abriéndose camino entre la espesura. Desvió su mirada desde la ventana hacia mis ojos. Ninguna señal que indicara sobresalto. –Teresita… Teresa, Juan no se murió. A Juan le dejé morir-. Sin recuperarme aún por haber perforado el veto silencioso, su respuesta estalló en mi cabeza decidida a llevarse consigo el misterio que rodeaba a mi tía Dolores. - Pero tía, ¿por qué dices eso? Todos estábamos allí. Mi padre vio a Juan subirse a la tapia del corral. Y en la tapia había grava y ladrillos rotos. ¿Cómo podías tú haber provocado su muerte?- Hija-, me interrumpió- ¿y tú sabes por qué se subió?- Negué con la cabeza. -Quizá te parezca una tontería, vistas las consecuencias, pero todo comenzó con un juego. Por nuestro compromiso, Juan me dijo que me quería tanto que se dejaría caer de espaldas desde lo que quedaba de la tapia confiando en que yo le sostendría. ¿Alguna vez jugaste a eso, Teresa?- Se me erizó la piel de todo el cuerpo. -Estaba muy enamorado. Y yo… yo me quedé inmóvil, mirando desde un lado sus ojos cerrados y su sonrisa mientras caía-.
El relato me transportó de nuevo hacia la casa de mis abuelos, a los gritos de las mujeres, a la mirada perdida de Dolores. - ¿Y por qué, tía?, ¿es que no lo querías?-  Ella continuó, su voz grave, sin acentos. - Me dio pena por él y su familia, eran buena gente, pero no lo sentí por mí ni por lo que no llegó a ser-. Sobrecogida, sin reconocer a la mujer que tenía frente a mí, trataba de acomodar su historia en el entramado de sentimientos que me unían a ella. - Teresa, quizá lo entiendas un poco mejor si te cuento que antes de Juan fue José, el único hombre en mi vida del que estuve enamorada-.
Nos conocimos de casualidad, en tiempos en que el abuelo rendía cuentas a la dictadura en la cárcel de Carabanchel. Aquel bendito día, el primero en que salí de la provincia, me tocó acompañar a la abuela en la visita pues mis hermanas andaban muy ocupadas preparando la boda de tu madre. José era el más joven de los funcionarios; un saludo y su mirada azul bastaron para enamorarme. Yo, casi una niña, creí que esa electricidad era la señal que estaba esperando y que tras esos ojos aguardaba el resto de mi vida. A la vuelta de Madrid comenzó un año de correspondencias, todos los días me escapaba a la oficina de correos con un ansia de noticias que me desgarraba. Las cartas de José eran los ladrillos con los que yo construía mi mundo.
Tiempo después volví a acompañar a la abuela, sería la última vez pues al abuelo ya sólo le quedaban dos meses de internamiento. Estaba nerviosa como no recuerdo haberlo estado jamás. José ya no era el que abría las puertas, ahora ocupaba la mesa de una pequeña oficina. Pedí permiso a mi madre para quedarme en la recepción y así encontrarnos. Cuando lo vi aparecer por el pasillo pensé que iba a desmayarme, aunque su imagen era algo diferente a la que yo conservaba: se había hecho más hombre, parecía más cansado y sus ojos esquivos ya no eran tan brillantes. Regresé al pueblo con el corazón golpeado por la duda; me hice daño empeñándome en mantener el hilo quebradizo que nos unía. Sufrí mucho, Teresa, mis ilusiones se desvanecían entre esperas y lágrimas.
Mientras tanto volvimos a ser una familia completa con el regreso del abuelo, y mis hermanas, las tías, se iban casando. Pasábamos tardes enteras hilvanando proyectos y vestidos de novia. Yo callaba y cosía, no fuera que descubrieran mi voz quebrada, y sonreía si alguien entonaba algún “Dolores, ¿y tú para cuándo?”. Al poco, la casa empezó a llenarse con vuestros nacimientos, la vida seguía su orden natural, repitiéndose de la misma manera en cada una de mis hermanas.
Cuando menos lo esperaba, apareció Juan y, porque ya tocaba, consentí ante su insistencia; porque era lo suyo, nos hicimos novios; porque correspondía, nos prometimos. Pero Teresa, yo ya sabía lo que eran las esperanzas rotas y también sabía, con todos sus recodos, cuál era el camino que me tocaría recorrer con él. En aquellas tardes lentas de costura, secos ya mis ojos por José, entumecidas mis manos por los bordados de cinco vestidos de novia, me pregunté si no habría otro destino para las mujeres y si perseguirlo ciegamente no sería una parte grande del dolor que sufríamos. Ese interrogante me acompañó en cada abrazo furtivo de Juan, en cada paso que dábamos juntos. Decidió subirse a la tapia para demostrarme su amor y ahí mis dudas se disiparon. La lucidez me dejó inmóvil justo cuando Juan se dejó caer… Qué lástima.
Me costó un rato darme cuenta que dos lágrimas me corrían por las mejillas delante de esa anciana que, con los brazos cruzados sobre su pecho, volvía de nuevo la vista hacia la ventana de la calle. En ese perfil arrugado creí vislumbrar a una joven Dolores dejando que naciera su nuevo futuro en aquella tapia de la casa de mis abuelos.
Dolores, un año después de la muerte de Juan

En el Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio esta vez experimentamos con El Secreto.
Muchas gracias a mi amiga y artista María por la foto de su tía, musa sin pretenderlo.

lunes, 20 de febrero de 2017

Alter Ego

Harta de dar tumbos por tantos apartamentos de alquiler, decidí darle a mi vivienda un cariz más definitivo. El momento de la Laura adulta en quien hasta hace poco recaían todas las proyecciones de futuro, había llegado por fin. Tomé conciencia de ello el día en que, sobre la bici, a punto de ser arrollada por un taxi loco, imaginé el titular del periódico local durante las temblorosas pedaladas que siguieron: Mujer de treinta y dos años muere en aparatoso accidente en el cruce de Alcántara con Calatrava. De toda la hipotética noticia, una palabra resonó con más fuerza que las demás: Mujer.  –Mujer… ¿yo?-, y acto seguido, algo en mi interior replicó, -pues claro, ¿es que aún no te has dado cuenta de que ya lo eres?- Desde aquella iluminación dejé de autodenominarme chica, traté de hacerme digna depositaria de tal nombre y me dispuse con alegría a indagar qué suponía eso de ser mujer. En ausencia de referencias válidas a mis pareceres, concluí que para mí ser mujer significaba coherencia entre mis pensamientos, sentimientos y actos.
Así que empecé a materializar todo aquello que siempre había soñado y que permanecía guardado en el cajón del futuro luminoso que nunca parecía llegar. De ahí la mudanza desde mi pequeño y frío apartamento al ático por el que llevaba meses suspirando cada vez que atravesaba la urbanización de camino al trabajo. El letrero fluorescente de “se alquila” centelleaba como el sol y me sabía al dedillo sus recovecos de tantas veces como lo había visitado en idealistapuntocom… Lo quise sin muebles para que nada dentro me resultara ajeno. La mujer que ya era construía su nido desde la primera ramita. No miré precios cuando compré el sofá fucsia y la mesa de despacho de cristal; no escatimé en una buena hamaca para la terraza ni en el colchón viscoelástico con canapé, y en la cocina monté la barra color morado con taburetes altos que siempre había querido. Era un nido sin macho ni polluelos, era mi nido de maderas blancas y amplia cristalera con vistas a la sierra. Era la primera casa a la que no tuve que adaptarme. Era, por fin, mi hogar.
A la semana de instalarme volví al trabajo. Mientras me las organizaba para sacar la bici a la calle, de la casa de enfrente salía una vecina, también con una bici. La mía negra, la suya blanca. Yo morena de pelo rizado. Ella rubísima de cabellos lacios. Respondió a mis buenos días con una mirada lejana que parecía atravesarme. No me dijo nada. Abordé la calle hacia la izquierda, ella a la derecha. -No me habrá oído-, pensé. Mi día transcurrió como siempre, resolviendo incidencias y lamentándome a ratos de llevar tanto tiempo en un trabajo que no me satisfacía, ¿en qué estaba yo pensando cuando decidí estudiar empresariales si a mí lo que me gustaba era la biología? Ése fue el primero de una serie de tropiezos vitales que me convirtieron en quien ahora era. Ni la carrera elegida, ni mi novio de entonces, ni el trabajo que vino después fueron nunca de mi completo agrado. Por suerte, rompí con lo que pude y desde hace un tiempo yo, mujer, me entrenaba en dejar las pataletas para los niños y afrontar mi realidad mirándola a la cara y aprendiendo a ser feliz en ella.
De regreso a casa encarrilé la calle con mi barra de pan en la cesta de la bici. Por el otro extremo, una figura avanzaba hacia mí, también montada en bicicleta. Era la vecina, que volvía con la compra en su cesta, al parecer teníamos el mismo horario. Paramos cada una en nuestra puerta con movimientos simétricos, casi ensayados. La saludé y ella me devolvió otra vez esa mirada que no expresaba nada. -Debe tener mi edad-, calculé mientras subía las escaleras, -y si no fuera tan rubia ni su piel así de transparente, hasta diría que nos parecemos-. Las coincidencias con mi vecina se sucedieron los días siguientes, siempre en simétrica sincronía. A la ida y a la vuelta del trabajo se añadió nuestra gemela visita al gimnasio los martes y los jueves; aunque íbamos al mismo, ella prefería llegar por la ruta norte, y yo por la del sur de la ciudad. A mí me gustaban las cintas de correr orientadas hacia la ventana, a ella, hacia la pared. Por el espejo del gimnasio me daba cuenta que nuestro ritmo era el mismo, con simétricas zancadas. Intenté iniciar conversaciones muchas veces dadas las evidentes casualidades pero nunca, nunca, me miraba ni me sonreía, se limitaba a girarse hacia un lugar parecido al que yo ocupaba pero a muchas millas de mi cuerpo. Desistí y decidí variar mis movimientos para evitar encontrarme con ella, cambiar la hora de entrada y salida de mi trabajo, montar a veces en la elíptica o en la bici estática, incluso comprar diferentes tipos de pan de forma aleatoria… pero era imposible. Mi inescrutable vecina parecía leer mis pensamientos y modificaba sus rutinas al mismo tiempo que las mías con puntualidad siamesa.
No sabía qué hacer, ¿se sentiría ella igual de incómoda que yo? Si al menos me hablara podríamos reírnos de todo esto, seríamos buenas amigas incluso. El día de mi cumpleaños tomé cartas en el asunto. Preparé un bizcocho de zanahoria con la idea de presentarme en su casa para llevarle un pedazo. Era un atrevimiento tan inaudito en nuestras prácticas que no esperaba que copiara mis intenciones. Respiré tranquila cuando por primera vez en dos meses conseguí salir de mi casa sin que la calle me pareciera un enorme espejo. Estaba muy nerviosa cuando llamé a su puerta pero yo ya era una mujer y no podía evitar durante más tiempo este inquietante encuentro. Al abrir, noté que había estado llorando. Su mirada azul se dirigió a la mía cuando me presenté. -Hola, soy Laura, la vecina de enfrente. Te traigo un trozo de bizcocho, hoy cumplo años-. Para mi sorpresa, se echó a llorar con desconsuelo tapándose la cara con las manos y mostrando, por fin, alguna emoción.
Pasamos la tarde juntas. No me sorprendió del todo que también se llamara Laura y que ese día fuera su cumpleaños. Treinta y tres, por supuesto. Supe que era bióloga y que trabajaba en un laboratorio de investigación. Me contó que en la universidad conoció al hombre con quien se casó unos años más tarde, el mismo hombre que hace dos meses le engañó. –Perdona que no te hablara, te pareces demasiado a la mujer por la que Raúl me dejó. Nos separamos justo antes de que te mudaras-.
Por la noche, tumbada en mi sofá fucsia, me di cuenta que Laura era yo pero sin mácula ni tropiezos. La vida de Laura era la que siempre quise. Laura estudió una carrera que le encantaba; alumna brillante, se dedicó con éxito a la investigación genética. Se casó enamorada de su novio de toda la vida y no tuvo hijos cuando correspondía porque se encontró con su primer bache. Pensé en Laura y la compadecí por todo el camino que tenía por delante hasta que comprendiera que la vida no era una sucesión de hitos; hasta que descubriera que la felicidad no depende de aquello que poseemos o conseguimos, sino que se esconde en la coherencia entre nuestros actos, sentimientos y pensamientos. Por mi parte, me hizo gracia saber que en una vida paralela y exitosa habría llegado exactamente al mismo lugar en el que ahora me encontraba.
 
La otra (inquietante) Laura

Seguimos experimentando en el Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio con Las Figuras Inquietantes.


miércoles, 1 de febrero de 2017

El día más triste del año

Hoy, dieciséis de Enero, es el día más triste del año.
-Ya no saben qué inventar-. Negaba Fermín con la cabeza, mascullando primero para sus adentros y alzando cada vez más la voz después, mientras cerraba el diario digital que visitaba todas las mañanas. - El día más triste del año, dicen…. ¡No te jode! Tú dile a un sirio o al jefe de una tribu del Amazonas que hoy es el día más triste del año. O si no, vete al Congo y se lo cuentas a las mujeres a las que violan una y otra vez por la guerra del coltán, que lo vi en el programa del Évole el otro día, a ver si no te mandan a freír vientos a Fernando-Pó...- En la mesa de enfrente, Conchi lo miraba callada por encima de las gafas. Cuando a Fermín le daba por repudiar a la especie humana y por lanzar consignas desde el púlpito de su mesa de contable, era mejor no replicar demasiado si no quería llegar a la hora del desayuno convertida en la excusa perfecta para que su colega conversara con su propio ego.
Se levantó malhumorado, subiéndose un poco por detrás los pantalones de pinzas y encaminándose hacia el baño, donde encontró un nuevo interlocutor para su monólogo. – Paco, ten cuidado, que hoy va a ser un día muy triste. ¿No lo has visto en el periódico?, menuda gilipollez...- Iba a continuar con la retahíla pero le interrumpió el zumbido del móvil abrochado en el cinturón. Ángela. ¿Ángela? Dime. Un sollozo al otro lado del auricular. Fermín, mi madre…, que ya se ha muerto. Haz el favor de ir luego a por Ricardo al instituto, que duerma hoy en tu casa. Vale, claro, sí, no te preocupes que yo iré a por él. ¿Y cuándo ha sido?, ¿cuándo es el entierro? Esta tarde a las cinco; se murió anoche, de madrugada…
- Joder con el año nuevo, empieza bien-. Se quedó mirando a su hijo, que le sonreía desde el fondo de pantalla del teléfono. Ricardo y su suegra eran dos de las pocas cosas buenas que le habían quedado de su paso por el matrimonio. Siempre se llevó bien con Fernanda y hasta que cayó enferma estuvo yendo a verla al menos una vez al mes. Ella solía guardarle alguna conserva de pisto* o de tomate casero... Dos meses ha tardado en irse. Y eso que dicen que el cáncer va lento en la gente mayor.
Ricardo permanecía en silencio a su lado con las rodillas clavadas en la guantera**. Dieciséis años ajustados a duras penas en el asiento del acompañante - Oye Ricardo, que si no quieres venir al cementerio no hace falta. Tú te quedas en casa, que hay comida, y puedes ir haciendo los deberes o jugando a la Play…- El hijo negó con la cabeza sin mirarle. Era el momento de poner en práctica su apariencia de hombre, por más que por dentro el niño que era temblara de miedo ante su primera experiencia con la muerte. Aparcaron entre dos cipreses, los dos vestidos de negro, y fueron siguiendo el rastro de conocidos que poco a poco se dirigían a las puertas de la capilla donde se encontraban su ex-mujer y sus hermanos. Por suerte hacía tiempo que Fermín no iba por allí y, quizá por no enfrentarse aún a la mirada de Ángela ni al féretro de Fernanda, fue haciendo inventario de los cambios que descubría a medida que avanzaba la fila, como la tremenda efigie que presidía la entrada al recinto, o las hileras de nichos esperando inquilino; también las obras de la capilla, con ese nuevo tejado, esa pintura y ese reloj, a su parecer desproporcionado, sobre las puertas de la entrada.
La fila continuaba y algunos amigos deshacían la línea para acercarse y darles la mano a él y a su hijo. Ricardo balbuceaba un gracias hacia su cuello cada vez que alguien les interrumpía el paso. Conforme avanzaban, Fermín no podía apartar la vista del enorme reloj que, cuanto más nítido, más extraño le parecía. Unos pasos más atrás se había dado cuenta de que sólo tenía una manecilla de color dorado y ahora, a la altura de sus cuñados, observó que se movía en sentido contrario al habitual. Fundido en un abrazo con Carlos y Fernando fue capaz de sentir el engranaje de su tic-tac martilleándole el cerebro. Cuando se separó de ellos, miró hacia los lados y le extrañó que todo el mundo ignorara aparentemente aquel golpeteo ensordecedor. Ángela los esperaba llorosa, primero besó a Ricardo y cogiéndole la mano, se dejó caer sobre los brazos de Fermín sin poder controlar los sollozos. – Mi madre, mi madre…- Fermín la sostenía, ambos bajo el reloj, y si no fuera porque estaba a punto de estallarle la cabeza por el estruendo de aquella manecilla, él también habría llorado. – Ángela, ¿no estaríais mejor dentro de la capilla?- le dijo al oído. Aquí fuera hace frío y no sé cómo podéis aguantar tanto tiempo debajo de este reloj-. - ¿Qué reloj?-, le respondió extrañada separándose un poco de su abrazo y buscando un pañuelo. – ¿Cuál va a ser?, éste que tenemos aquí encima, éste que va hacia atrás-, replicó señalándoselo. –Fermín, yo no veo ningún reloj-, contestó ella muy seria con la mirada fija en sus ojos.

Se alejó lentamente de Ángela, caminando hacia atrás para apartarse lo suficiente y colocarse frente a aquella esfera que descontaba el tiempo y que sólo él veía. Entonces comprendió Fermín por qué hoy, dieciséis de Enero, era el día más triste del año.



* Son manchegos.
** Dedicado a mi hermana Ana. Ella sabe por qué.


Éste es otro de los frutos del Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio.

viernes, 27 de enero de 2017

Vuelo rasante por un pasado no tan remoto

Me invitas a que mire por la ventana y te cuente lo que veo. Seré objetiva: a mi izquierda hay una persiana bajada tras el cristal. Casi siempre escribo de noche. Un bajo de noche con la persiana subida es lo más parecido a un escaparate, y a mí me puede el pudor. Pero mira, este simple gesto me ha servido para darme cuenta que estoy calcando una escena en la que también me sentaba, como ahora, bajo las faldas de una mesa camilla y me giraba hacia la izquierda para mirar por la ventana, pero entonces estudiaba y la mesa ocupaba una esquina de mi cuarto en casa de mis padres. De todas, mi habitación es la que más me gusta de la casa y no porque sea mía, sino por su luz y sobre todo, por la terraza. Todavía hoy, cada vez que voy, me encanta sentarme allí y secarme en pelo al sol.
Hacia mi terraza, las casas aledañas descubren las entrañas de sus patios. Desde ella, he sido la cirujana que explora sus resquicios. Vista generosa, ningún edificio se la nubla y quedan enteros para mí los contornos de la sierra. Mi terraza es silencio, estrellas y grillos en verano, tejados helados en invierno, un toldo que rebota con las ventiscas. El invernadero de mi madre.
Pero también fue melancolía. Cuando en aquellos años me cansaba de estudiar miraba por la ventana y me quedaba absorta mascando el paso del tiempo marcado por mis Eneros, mis Junios y mis Septiembres. A mis ojos, la vida pasaba y allí permanecíamos estáticos los tejados, los patios traseros, la sierra y yo. Sólo demostraba movimiento la llegada cada primavera de los aguiluchos* que anidaban en los tejados rotos de las casas viejas. Acudían siempre puntuales, siempre por sorpresa. Los encontraba de repente justo antes de los exámenes de verano. Entre ecuaciones descubría las grietas donde asomaban sus cabezas los polluelos nuevos, primero tímidamente y después con mucha más algarabía compitiendo por ser destinatarios de la carga que acarreaba su madre en el pico. Encontrar por fin la resolución de uno de mis problemas no era tan emocionante como ser testigo de sus primeras tentativas de vuelo.
Me preguntaba cómo sería mi terraza, la sierra o los patios desde su punto de vista. ¿Y de dónde vendrían? Apoyada en la baranda les imaginaba un origen más exótico, África quizá, que el del pueblo en donde ahora criaban, y era para mí un misterio mucho más complejo que el de la estructura atómica el mecanismo por el que cada año regresaban a esas mismas tejas… La cuestión se me planteaba irresoluble bajo la hipótesis de que los polluelos de hoy fueran los adultos que regresarían la próxima primavera.
Tras el descanso volvía a la silla y repasaba un poco los apuntes para ver dónde me había quedado. La noche se echaba sobre aquella ventana que, por ser alta, no era escaparate. La sierra se vestía de azul oscuro bajo la luz de las lunas de Junio, mientras que los aguiluchos desaparecían lentamente entre los tejados. En Septiembre ya no estaban. Tan discretos como a su llegada, partían sin avisar cuando el vuelo de las crías ya no era tan torpe y de repente un día ya no los encontraba practicando giros sin batir las alas a la altura de la terraza. Coincidía con los primeros frios. Entonces, mis descansos ya no eran tan largos y los tímidos vientos del nuevo otoño me devolvían pronto bajo las faldas de la mesa camilla. Desde allí, los días cada vez más cortos me recordaban que aún quedaban meses para que volvieran a traerme noticias de África.
Esto también pasa en mi terraza
                                                                     
Postdata: De lo de tener una mesa camilla en pleno siglo XXI ya, si quieres, lo hablamos otro día.

(*) Para mí son aguiluchos. Vete tú a saber cuál es su verdadero nombre común.


Con la venia del Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio.

jueves, 19 de enero de 2017

Una cama de más, dos camas de menos

Anisha despierta sabiendo que hoy es un día especial. Es temprano y sus hijos, compañeros de cama, duermen todavía. Pocos días buenos ha habido desde que el terremoto se entrometiera en las grietas de su casa hasta derrumbarla. Ahí comenzó el periplo que finalmente les llevó hasta la pequeña habitación que ahora es su hogar. Toca la frente sudada de Rajiv y se le eriza la piel cuando piensa en lo cerca que estuvo de perderlo. A su lado, el sueño plácido dirige el movimiento de la respiración de Sunita. Suerte que la niña mantuvo el contacto con la española. Quién les hubiera dicho que aquel encuentro casual, -unos turistas que paran a beber agua en casa de los abuelos-, sería hoy su gran esperanza...  Pero no hay tiempo que perder y Anisha abandona sus pensamientos. Es hora de levantar a los niños, adecentar la habitación y transformar en sofá su cama triple.
Ha llegado el día. Elena no termina de creerse que esté nuevamente en Nepal. Varios meses y un temblor de tierra separan la primera aventura caminando por tierras del Himalaya del sendero incierto que ahora transitan. Casi todo es diferente desde la primera vez y debe acostumbrarse cada día a la confusión del idioma, a la cultura y a los ojos con los que ahora la mira Pablo. Si no hubiera sido por el temblor todo habría acabado en el aeropuerto a la vuelta del primer viaje; si la tierra no hubiera temblado nadie les habría empujado a golpe de donación a reparar las fisuras que se abrieron entre sus conocidos nepalíes. Pero la tierra tembló fuerte, muy fuerte… Las primeras luces del amanecer se cuelan en la habitación triple que comparten dejándole ver la silueta de Pablo dormido. Elena suspira mirando la cama vacía que les separa. Ni siquiera un terremoto provoca abismos semejantes.
El cuarto ya está listo. Los niños siguen en la escuela, vendrán un poco después de que lleguen los forasteros. Llueve. Anisha sale al huerto presurosa para recolectar las verduras con las que hoy comerán todos, la dueña de la casa se lo permite a cambio de que le ayude a mantenerlo. Si hoy todo sale como espera, pronto tendrán una casa con huerto para ellos solos y quién sabe si su marido ya no tendrá que trabajar tan lejos para poder pagar el colegio y el alquiler. Con las verduras bajo el brazo vuelve rápido hasta la habitación. Se sacude el agua, se arrodilla y alcanza la cacerola y el hornillo de debajo de la cama para preparar el dhalbat.
No para de llover. Un taxi desvencijado les lleva hasta la dirección que Sunita le envió. Pablo va delante entendiéndose a duras penas con el conductor; Elena, atrás, mastica su impotencia. El muestrario de realidades diversas que han ido encontrando desde que aterrizaron sólo le ha dejado preguntas: en la tierra de la necesidad, ¿quién es quien más lo necesita?, ¿cuál es la verdadera ayuda? Después de visitar el campo de refugiados esa impotencia es un peso extra sobre su mochila… Mientras la carrera de gotas apenas le deja intuir los arrozales tras la ventana, se arrepiente de haber dado falsas esperanzas a la niña, pero aquellos días ella también corría, compitiendo con su anhelo por volver a llamar a la puerta del corazón de Pablo… No sabe qué pasará hoy en la visita pero será crucial para decidir qué hacer con las donaciones.
Es de noche y a Anisha le resulta imposible que Sunita se tranquilice. La niña está excitadísima con los regalos que les ha traído Elena. -¿Nos vamos a comprar una casa nueva, mamá?-. Ella suspira, -no lo sé, hija-. La española estaba mucho más delgada y aunque vengan de mundos distintos, aunque le resultaran incomprensibles los sonidos que emitían entre ellos, hay un lenguaje universal con el que es fácil adivinar la duda, el disimulo, el desamor o la tristeza. Es tarde y mañana los niños tienen que volver a la escuela. Anisha retira el mantel con el que hoy han cubierto su cama. Es hora de dormir.
Apenas han hablado desde que el taxi les dejó en la puerta del hostal. Elena repasa una y otra vez la alegría en los ojos de Sunita cuando se encontraron, la mirada reprobatoria de Pablo cuando le dio los collares; también los silencios de Anisha mientras comían, y su propia angustia cuando discutían si dejarles al menos lo necesario para comprar unos ladrillos. –Elena, esta familia tiene un techo donde dormir y pueden permitirse llevar a los niños al colegio, nada que ver con los refugiados o con la gente atrapada en las montañas-. Y era verdad pero se pregunta sin consuelo quién es ella para repartir justicia y oportunidades. Mientras se coloca el pijama se topa de nuevo con la cama que les sobra y no acierta a adivinar por qué le ha tocado vivir en la cara amable del planeta.
Namasté: Tú estás en mí

En Un Cuarto Propio nos propusieron escribir un relato que girara en torno a la cama. Busqué entre mis camas conocidas y enseguida me asaltó la de una familia nepalí a la que no pudimos (o decidimos) no ayudar. De ahí surge esta semi-ficción que va dedicada a ellos, aunque no lo lean nunca. Es mi manera de homenajearles tanto tiempo después.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Buenas intenciones

¿Dónde estoy? Una nebulosa me separa de la realidad. Parpadeo. ¿Dónde-coño-estoy? Se intuye una ventana sin cortinas al otro lado de la neblina. Ésta no es mi casa y definitivamente, no es mi dormitorio. Allí la ventana está colocada a los pies de nuestra cama, tapada con unas cortinas que me horrorizan, tejidas por la tía-abuela de Paloma. ¿Dónde está Paloma? Aprieto los ojos y estrujo mi cerebro para ver si destilo algún recuerdo. Paloma maquillándose. Paloma colocándose el abrigo largo. Paloma que me apremia para subir al coche. ¿Adónde me lleva? Lo siguiente, un grito: ¡Antonio!
La ventana deja pasar una tenue luz amarillenta, ¿es de noche? Hago ademán de incorporarme para ver mejor pero, hostias, todo se pone a dar vueltas: la ventana, esta cama, las paredes blancas vacías, Paloma y su abrigo, algarabía de gente que no recuerdo, y el grito: ¡Antonio, Antonio! Joder, tengo ganas de vomitar. Vuelvo la cabeza a la almohada y a estas sábanas tan ásperas. En la universidad aprendí que para atenuar el mareo de la borrachera había que apoyar una mano en el suelo. Voy a intentarlo, necesito que todo se quede quieto. El brazo me pesa toneladas. Hago un esfuerzo sobrehumano para mover la mano pero algo tira de ella. ¿Estoy atado? No puede ser, ¡¿pero dónde estoy?! No puedo gritar porque algo que tengo metido en la boca me lo impide. Me han amordazado y atado, joder. ¿Secuestro? Me acojono. ¿Y si es un sueño? Pero qué coño sueño, Antonio, ¿cuándo has tenido tú un sueño así? A ver, voy a serenarme, voy a tratar de recordar lo que ha pasado… Paloma arreglada, vale. Paloma abriendo nuestro coche, vale; algarabía de gente que no identifico, bien; unos paquetes que van y vienen… ¿qué eran? Fundido en negro, no recuerdo más. ¿Y si en medio de esa extraña multitud alguien me capturó? Los gritos de Paloma llamándome tendrían sentido en ese caso. Pero estas nauseas… ¿Me habrán envenenado?
Para colmo estoy empezando a sentir que me escuece el pene. No tengo bastante con la angustia y con sentir el cuerpo como una roca… Trato de tocármelo pero no puedo, claro, había olvidado que también estoy atado. Un momento, ¿no me habrán violado, los cabrones? Violado, atado, amordazado, envenenado. Pero ¿quién habrá querido hacerlo? Si sólo soy un funcionario que cobra tributos, coño! ¿Y si le han pedido rescate a Paloma? Me matarán, estoy seguro. No tenemos ahorros, joder. Me dejarán morir en esta extraña habitación, atado, indefenso y sin poder tocarme la polla.
A punto de la desesperación noto algo raro en la habitación, al otro lado de la cama. Movimiento, roce de tela. Parece que arrastra una silla. ¿Alguien se incorpora? No me quiero mover mucho, a ver si me van a dar el tiro de gracia. Pero por otro lado, quiero ver la cara de mis captores. Soy consciente de mis limitaciones pero tengo que intentarlo aunque sea lo último que haga en la vida. Por Paloma. Por mí. Tomo todo el aire que puedo aunque me lo dificulta mucho la mordaza, trato de recordar qué músculos necesito para darme la vuelta, me sale un gemido, comienzo a rodar, ¡lo estoy consiguiendo!... Pero de repente, algo sobre mi hombro me frena, - Señor Gómez, no se mueva por favor, tiene muy tenso el respirador y podrían soltarse la sonda y la vía. Quédese quieto, llamaré a sus familiares-. Unos pasos suaves se alejan, oigo un chirrido de goznes a mis espaldas. ¿Qué ha dicho?, ¿sonda?, ¿vía? No me jodas, que estoy en el hospital… Súbitamente la puerta vuelve a abrirse, murmullos, ruido de tacones apresurados, es Paloma, reconocería sus pasos hasta en la luna. Entre el rumor que se acerca se alza una voz: -Cuñado, menos mal. Vaya Nochebuena que nos has dado, joder. No tenía ni idea que eras alérgico al anisakis. Se va a tragar Paco la cesta de mariscos que me vendió, con lazo y todo… Puto Paco. Puto amigo invisible-.

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino. 
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