martes, 11 de abril de 2017

El capitalismo y Marc Márquez

Hace unos meses me pedía una y otra vez algo que yo llamaba la nada. La nada era la ausencia de pretensiones, parar las búsquedas suicidas, dejar de escapar de lo que me rodeaba, mirar mi entorno en toda su fealdad o en toda su grandeza.
Algo así era la nada para mí.
Ese afán ha derivado de forma transitoria en un modo de vida que yo denominaría de jubilada si no fuera porque tengo que ir a trabajar. Habito un periodo de vacación vital en el que me dedico a lo básico y lo adorno con todo aquello que me apetece. No me dejo cabos sueltos en lo que a transitar por los senderos que me gustan se refiere.
Pedaleaba un día de éstos por mi trayecto habitual de vuelta del trabajo. No se escatima ni en verde ni en azul por estos lares, es la mejor época sin duda para andar sobre la bici. Mientras avanzaba iba precisamente pensando en mi nuevo estado jubiloso, tratando de no poner demasiado empeño en organizarme la tarde, cuando de repente me topé con un cartel de Marc Márquez anunciando relojes en una marquesina de autobús.
A la velocidad de la luz mis pensamientos generaron un encuentro con el muchacho. Hey, hola Marc, ¿algún plan para hoy? Pues sí, mira, tengo que entrenar dos horas en el gimnasio, después una hora de bici sobre rodillo y luego me reuniré con mi entrenador para estudiar los progresos de la semana.
Los progresos de la semana…, maldita sea, menudo estrés. ¿Qué le podría decir yo del tiempo que tenía por delante?: Pues yo después de comer igual me voy un poquito a dar un paseo, luego a comprar y hacer la comida de mañana. Creo que terminaré con un rato de yoga, escritura o lectura, no sé. Y si quedo con alguien lo mismo voy y me tomo un vino... Esa soy yo en la actualidad. Menos mal que estudié mucho una gran parte de mi vida.
Pero, seguí reflexionando no ajena a lo que estaba sucediendo, si hubiere alguna esquirla de autocrítica en mi actual actitud se debe al capitalismo que llevo inserto en mi ánima, pues no creamos que el capitalismo es cosa concerniente sólo a números, mercado y monedas. El capitalismo introduce el término rentabilidad en todos los aspectos de la vida, no sólo los materiales. Ya escribí sobre esto y no le voy a dar más vueltas pero, ¿adónde creemos que vamos con lo de sacarnos provecho? Cubrir todas las horas del día para sentir que generamos ganancias, menuda desazón. Estamos más entrenados en éso que en dejar que las cosas pasen o que lleguen a su debido momento.
Cuando me quise dar cuenta enfilaba mi calle. Me había perdido toda mi soleada ruta mascullando para mis adentros razones por las que preferir mi actual estado al de Marc Márquez. Señal de que aún no soy la jubilada que pretendo. Señal de que el capitalismo me infecta con un suave pero claro sentimiento de culpabilidad. Tendré que continuar entrenando para perfeccionar este estado de ralentí.
De todas formas, concluí, algo nos une a Marc Márquez y a mí con mayor o menor aprovechamiento: darle prioridad a lo que nos gusta de verdad. El rédito que cada uno obtengamos con nuestros haceres depende de dónde el capitalismo ponga sus ávidos ojos.
Emanciparme de la prisa me trajo la impresionante salida de la luna (ahí al fondo)


Y aquí una canción muy bonica y disfrutable, para estados de jubilación precoz y/o legítima.

lunes, 10 de abril de 2017

Apuntes II

Como en yin que tiene el yang dentro y viceversa, en la certeza habita la duda y el germen del movimiento en medio de la quietud. Se disipa cuando todo ha pasado, así se resuelve si se difuminó o si fue regado hasta que dio frutos.
No es natural la quietud permanente. Me pregunto si esta desgana lo es; si el no inmiscuirme demasiado en casi nada, estará bien. Mis pasiones ahora no me soliviantan. Soy firme defensora de mí.
La duda me pregunta si no echo de menos el movimiento.
En medio del movimiento, todo mi ser anhelaba quietud.


Y aunque no tiene nada que ver (o sí), mira que canción más bonita.

domingo, 9 de abril de 2017

Su primera primavera

Es importante, es muy importante…
Si hubiera leído siquiera el inicio de Alicia se habría reído de sus propios pensamientos, de su prisa y de la importancia que se estaba dando.
Pero, pardiez, ¡es que sí que era muy importante! Y no sólo ella, sino que toda la creación lo sabía.
A pesar de contar con un poco de ayuda, había puesto todo de su parte. Se había concentrado mucho y aunque las condiciones no eran demasiado propicias (ella habría preferido un espacio un poco más abierto para crecer, esa es la verdad), se aplicó aquello que sus mayores le habían recordado: que en cualquier sitio se puede encontrar un hálito de vida y que había que aprovecharlo.
Aún anda con la resaca de sensaciones que le produjo la eclosión. Por más que lo había imaginado no encontró nada que se le pareciera en lo que llevaba de vida.
Por eso hoy luce orgullosa sus flores y poco importa si al lado pasan coches con las ventanillas bajadas y música estridente; da lo mismo si son pocos los que se fijan en ella, aún tan chiquita. Si fuera humana podría ver su sonrisa y tal vez un poquito de rubor adolescente. Es poquita cosa pero es que no hay quien se esconda del todo en su primera primavera. 

lunes, 27 de marzo de 2017

Apuntes

En la mañana
El silencio no es tal,
Es un rumor en mis oídos
Una fricción de células
Una caricia del aire
que suena.
No soy dueña del silencio
                                   (ni de nada)
Sólo vivo en él.
Y en él, el roce de mi pluma sobre el papel
Es estruendo.

Por la noche
Repaso mi día, ¿ha merecido la pena? ¿He bailado? Sí. ¿He amado? Un resorte a punto del no se topa con el recuerdo de los árboles de camino a casa.
Y ese silencio.
El cielo nublado. Hace frío. Me obligan a mirar hacia arriba y yo siento cómo mi espalda y mi cuello se estiran. Árboles que no esperan. Sólo son.
Dos cipreses tremendos ondean y yo sé que mi vida es como ellos.
Debe ser como ellos.
Ser sin esperar.
Me muevo con el aire, digna, y honro el suelo que me alimenta.
Amo, con todo su significado.
Estás a punto de vestirte, hermano

martes, 14 de marzo de 2017

Mi tía Dolores

- Qué lástima-. Con ese punto final cerraba el relato de todos sus recuerdos. Después se giraba hacia la ventana, los brazos cruzados sobre su pecho generoso y, olvidando que yo seguía junto a ella bajo las faldas del brasero, revivía sin drama escenas remotas con el aplomo de quien ya descubrió que el futuro luminoso sólo escondía presente simple.
Que en sus tiempos mi tía Dolores se atreviera a afrontar su vida sola le hizo rodearse de un halo de misterio entre los vecinos del pueblo, pero yo nunca la oí quejarse de su destino, todo lo contrario, ella se entregaba a sus días con la dedicación de un orfebre, preocupándose lo justo por el mañana y por los chismes que la tildaban de bruja. Quizá por eso su gesto siempre era amable, casi condescendiente. Y sin embargo, yo también me encontraba entre los que a veces dudaban de que esa calma no fuera impostada ni de que su corazón no guardara siquiera un resquicio de dolor por la temprana pérdida de Juan.
El único novio que se le conoció a mi tía murió trágicamente en la casa de mis abuelos el día en que anunciaban su casamiento. Mis primos y yo trasteábamos por la casona cuando escuchamos el golpe tremendo y después, los gritos de mi madre y sus hermanas, la carrera de mi padre y mis tíos con el cuerpo de Juan en volandas, la mirada impasible de mi tía Dolores… Desde entonces, un tupido silencio creció entre nosotros como un miembro más de la familia.
- Tía, nunca te lo he dicho, pero me acuerdo a menudo del día en que Juan se murió-. Fui la primera sorprendida al escuchar mis propias palabras abriéndose camino entre la espesura. Desvió su mirada desde la ventana hacia mis ojos. Ninguna señal que indicara sobresalto. –Teresita… Teresa, Juan no se murió. A Juan le dejé morir-. Sin recuperarme aún por haber perforado el veto silencioso, su respuesta estalló en mi cabeza decidida a llevarse consigo el misterio que rodeaba a mi tía Dolores. - Pero tía, ¿por qué dices eso? Todos estábamos allí. Mi padre vio a Juan subirse a la tapia del corral. Y en la tapia había grava y ladrillos rotos. ¿Cómo podías tú haber provocado su muerte?- Hija-, me interrumpió- ¿y tú sabes por qué se subió?- Negué con la cabeza. -Quizá te parezca una tontería, vistas las consecuencias, pero todo comenzó con un juego. Por nuestro compromiso, Juan me dijo que me quería tanto que se dejaría caer de espaldas desde lo que quedaba de la tapia confiando en que yo le sostendría. ¿Alguna vez jugaste a eso, Teresa?- Se me erizó la piel de todo el cuerpo. -Estaba muy enamorado. Y yo… yo me quedé inmóvil, mirando desde un lado sus ojos cerrados y su sonrisa mientras caía-.
El relato me transportó de nuevo hacia la casa de mis abuelos, a los gritos de las mujeres, a la mirada perdida de Dolores. - ¿Y por qué, tía?, ¿es que no lo querías?-  Ella continuó, su voz grave, sin acentos. - Me dio pena por él y su familia, eran buena gente, pero no lo sentí por mí ni por lo que no llegó a ser-. Sobrecogida, sin reconocer a la mujer que tenía frente a mí, trataba de acomodar su historia en el entramado de sentimientos que me unían a ella. - Teresa, quizá lo entiendas un poco mejor si te cuento que antes de Juan fue José, el único hombre en mi vida del que estuve enamorada-.
Nos conocimos de casualidad, en tiempos en que el abuelo rendía cuentas a la dictadura en la cárcel de Carabanchel. Aquel bendito día, el primero en que salí de la provincia, me tocó acompañar a la abuela en la visita pues mis hermanas andaban muy ocupadas preparando la boda de tu madre. José era el más joven de los funcionarios; un saludo y su mirada azul bastaron para enamorarme. Yo, casi una niña, creí que esa electricidad era la señal que estaba esperando y que tras esos ojos aguardaba el resto de mi vida. A la vuelta de Madrid comenzó un año de correspondencias, todos los días me escapaba a la oficina de correos con un ansia de noticias que me desgarraba. Las cartas de José eran los ladrillos con los que yo construía mi mundo.
Tiempo después volví a acompañar a la abuela, sería la última vez pues al abuelo ya sólo le quedaban dos meses de internamiento. Estaba nerviosa como no recuerdo haberlo estado jamás. José ya no era el que abría las puertas, ahora ocupaba la mesa de una pequeña oficina. Pedí permiso a mi madre para quedarme en la recepción y así encontrarnos. Cuando lo vi aparecer por el pasillo pensé que iba a desmayarme, aunque su imagen era algo diferente a la que yo conservaba: se había hecho más hombre, parecía más cansado y sus ojos esquivos ya no eran tan brillantes. Regresé al pueblo con el corazón golpeado por la duda; me hice daño empeñándome en mantener el hilo quebradizo que nos unía. Sufrí mucho, Teresa, mis ilusiones se desvanecían entre esperas y lágrimas.
Mientras tanto volvimos a ser una familia completa con el regreso del abuelo, y mis hermanas, las tías, se iban casando. Pasábamos tardes enteras hilvanando proyectos y vestidos de novia. Yo callaba y cosía, no fuera que descubrieran mi voz quebrada, y sonreía si alguien entonaba algún “Dolores, ¿y tú para cuándo?”. Al poco, la casa empezó a llenarse con vuestros nacimientos, la vida seguía su orden natural, repitiéndose de la misma manera en cada una de mis hermanas.
Cuando menos lo esperaba, apareció Juan y, porque ya tocaba, consentí ante su insistencia; porque era lo suyo, nos hicimos novios; porque correspondía, nos prometimos. Pero Teresa, yo ya sabía lo que eran las esperanzas rotas y también sabía, con todos sus recodos, cuál era el camino que me tocaría recorrer con él. En aquellas tardes lentas de costura, secos ya mis ojos por José, entumecidas mis manos por los bordados de cinco vestidos de novia, me pregunté si no habría otro destino para las mujeres y si perseguirlo ciegamente no sería una parte grande del dolor que sufríamos. Ese interrogante me acompañó en cada abrazo furtivo de Juan, en cada paso que dábamos juntos. Decidió subirse a la tapia para demostrarme su amor y ahí mis dudas se disiparon. La lucidez me dejó inmóvil justo cuando Juan se dejó caer… Qué lástima.
Me costó un rato darme cuenta que dos lágrimas me corrían por las mejillas delante de esa anciana que, con los brazos cruzados sobre su pecho, volvía de nuevo la vista hacia la ventana de la calle. En ese perfil arrugado creí vislumbrar a una joven Dolores dejando que naciera su nuevo futuro en aquella tapia de la casa de mis abuelos.
Dolores, un año después de la muerte de Juan

En el Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio esta vez experimentamos con El Secreto.
Muchas gracias a mi amiga y artista María por la foto de su tía, musa sin pretenderlo.

lunes, 20 de febrero de 2017

Alter Ego

Harta de dar tumbos por tantos apartamentos de alquiler, decidí darle a mi vivienda un cariz más definitivo. El momento de la Laura adulta en quien hasta hace poco recaían todas las proyecciones de futuro, había llegado por fin. Tomé conciencia de ello el día en que, sobre la bici, a punto de ser arrollada por un taxi loco, imaginé el titular del periódico local durante las temblorosas pedaladas que siguieron: Mujer de treinta y dos años muere en aparatoso accidente en el cruce de Alcántara con Calatrava. De toda la hipotética noticia, una palabra resonó con más fuerza que las demás: Mujer.  –Mujer… ¿yo?-, y acto seguido, algo en mi interior replicó, -pues claro, ¿es que aún no te has dado cuenta de que ya lo eres?- Desde aquella iluminación dejé de autodenominarme chica, traté de hacerme digna depositaria de tal nombre y me dispuse con alegría a indagar qué suponía eso de ser mujer. En ausencia de referencias válidas a mis pareceres, concluí que para mí ser mujer significaba coherencia entre mis pensamientos, sentimientos y actos.
Así que empecé a materializar todo aquello que siempre había soñado y que permanecía guardado en el cajón del futuro luminoso que nunca parecía llegar. De ahí la mudanza desde mi pequeño y frío apartamento al ático por el que llevaba meses suspirando cada vez que atravesaba la urbanización de camino al trabajo. El letrero fluorescente de “se alquila” centelleaba como el sol y me sabía al dedillo sus recovecos de tantas veces como lo había visitado en idealistapuntocom… Lo quise sin muebles para que nada dentro me resultara ajeno. La mujer que ya era construía su nido desde la primera ramita. No miré precios cuando compré el sofá fucsia y la mesa de despacho de cristal; no escatimé en una buena hamaca para la terraza ni en el colchón viscoelástico con canapé, y en la cocina monté la barra color morado con taburetes altos que siempre había querido. Era un nido sin macho ni polluelos, era mi nido de maderas blancas y amplia cristalera con vistas a la sierra. Era la primera casa a la que no tuve que adaptarme. Era, por fin, mi hogar.
A la semana de instalarme volví al trabajo. Mientras me las organizaba para sacar la bici a la calle, de la casa de enfrente salía una vecina, también con una bici. La mía negra, la suya blanca. Yo morena de pelo rizado. Ella rubísima de cabellos lacios. Respondió a mis buenos días con una mirada lejana que parecía atravesarme. No me dijo nada. Abordé la calle hacia la izquierda, ella a la derecha. -No me habrá oído-, pensé. Mi día transcurrió como siempre, resolviendo incidencias y lamentándome a ratos de llevar tanto tiempo en un trabajo que no me satisfacía, ¿en qué estaba yo pensando cuando decidí estudiar empresariales si a mí lo que me gustaba era la biología? Ése fue el primero de una serie de tropiezos vitales que me convirtieron en quien ahora era. Ni la carrera elegida, ni mi novio de entonces, ni el trabajo que vino después fueron nunca de mi completo agrado. Por suerte, rompí con lo que pude y desde hace un tiempo yo, mujer, me entrenaba en dejar las pataletas para los niños y afrontar mi realidad mirándola a la cara y aprendiendo a ser feliz en ella.
De regreso a casa encarrilé la calle con mi barra de pan en la cesta de la bici. Por el otro extremo, una figura avanzaba hacia mí, también montada en bicicleta. Era la vecina, que volvía con la compra en su cesta, al parecer teníamos el mismo horario. Paramos cada una en nuestra puerta con movimientos simétricos, casi ensayados. La saludé y ella me devolvió otra vez esa mirada que no expresaba nada. -Debe tener mi edad-, calculé mientras subía las escaleras, -y si no fuera tan rubia ni su piel así de transparente, hasta diría que nos parecemos-. Las coincidencias con mi vecina se sucedieron los días siguientes, siempre en simétrica sincronía. A la ida y a la vuelta del trabajo se añadió nuestra gemela visita al gimnasio los martes y los jueves; aunque íbamos al mismo, ella prefería llegar por la ruta norte, y yo por la del sur de la ciudad. A mí me gustaban las cintas de correr orientadas hacia la ventana, a ella, hacia la pared. Por el espejo del gimnasio me daba cuenta que nuestro ritmo era el mismo, con simétricas zancadas. Intenté iniciar conversaciones muchas veces dadas las evidentes casualidades pero nunca, nunca, me miraba ni me sonreía, se limitaba a girarse hacia un lugar parecido al que yo ocupaba pero a muchas millas de mi cuerpo. Desistí y decidí variar mis movimientos para evitar encontrarme con ella, cambiar la hora de entrada y salida de mi trabajo, montar a veces en la elíptica o en la bici estática, incluso comprar diferentes tipos de pan de forma aleatoria… pero era imposible. Mi inescrutable vecina parecía leer mis pensamientos y modificaba sus rutinas al mismo tiempo que las mías con puntualidad siamesa.
No sabía qué hacer, ¿se sentiría ella igual de incómoda que yo? Si al menos me hablara podríamos reírnos de todo esto, seríamos buenas amigas incluso. El día de mi cumpleaños tomé cartas en el asunto. Preparé un bizcocho de zanahoria con la idea de presentarme en su casa para llevarle un pedazo. Era un atrevimiento tan inaudito en nuestras prácticas que no esperaba que copiara mis intenciones. Respiré tranquila cuando por primera vez en dos meses conseguí salir de mi casa sin que la calle me pareciera un enorme espejo. Estaba muy nerviosa cuando llamé a su puerta pero yo ya era una mujer y no podía evitar durante más tiempo este inquietante encuentro. Al abrir, noté que había estado llorando. Su mirada azul se dirigió a la mía cuando me presenté. -Hola, soy Laura, la vecina de enfrente. Te traigo un trozo de bizcocho, hoy cumplo años-. Para mi sorpresa, se echó a llorar con desconsuelo tapándose la cara con las manos y mostrando, por fin, alguna emoción.
Pasamos la tarde juntas. No me sorprendió del todo que también se llamara Laura y que ese día fuera su cumpleaños. Treinta y tres, por supuesto. Supe que era bióloga y que trabajaba en un laboratorio de investigación. Me contó que en la universidad conoció al hombre con quien se casó unos años más tarde, el mismo hombre que hace dos meses le engañó. –Perdona que no te hablara, te pareces demasiado a la mujer por la que Raúl me dejó. Nos separamos justo antes de que te mudaras-.
Por la noche, tumbada en mi sofá fucsia, me di cuenta que Laura era yo pero sin mácula ni tropiezos. La vida de Laura era la que siempre quise. Laura estudió una carrera que le encantaba; alumna brillante, se dedicó con éxito a la investigación genética. Se casó enamorada de su novio de toda la vida y no tuvo hijos cuando correspondía porque se encontró con su primer bache. Pensé en Laura y la compadecí por todo el camino que tenía por delante hasta que comprendiera que la vida no era una sucesión de hitos; hasta que descubriera que la felicidad no depende de aquello que poseemos o conseguimos, sino que se esconde en la coherencia entre nuestros actos, sentimientos y pensamientos. Por mi parte, me hizo gracia saber que en una vida paralela y exitosa habría llegado exactamente al mismo lugar en el que ahora me encontraba.
 
La otra (inquietante) Laura

Seguimos experimentando en el Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio con Las Figuras Inquietantes.


miércoles, 1 de febrero de 2017

El día más triste del año

Hoy, dieciséis de Enero, es el día más triste del año.
-Ya no saben qué inventar-. Negaba Fermín con la cabeza, mascullando primero para sus adentros y alzando cada vez más la voz después, mientras cerraba el diario digital que visitaba todas las mañanas. - El día más triste del año, dicen…. ¡No te jode! Tú dile a un sirio o al jefe de una tribu del Amazonas que hoy es el día más triste del año. O si no, vete al Congo y se lo cuentas a las mujeres a las que violan una y otra vez por la guerra del coltán, que lo vi en el programa del Évole el otro día, a ver si no te mandan a freír vientos a Fernando-Pó...- En la mesa de enfrente, Conchi lo miraba callada por encima de las gafas. Cuando a Fermín le daba por repudiar a la especie humana y por lanzar consignas desde el púlpito de su mesa de contable, era mejor no replicar demasiado si no quería llegar a la hora del desayuno convertida en la excusa perfecta para que su colega conversara con su propio ego.
Se levantó malhumorado, subiéndose un poco por detrás los pantalones de pinzas y encaminándose hacia el baño, donde encontró un nuevo interlocutor para su monólogo. – Paco, ten cuidado, que hoy va a ser un día muy triste. ¿No lo has visto en el periódico?, menuda gilipollez...- Iba a continuar con la retahíla pero le interrumpió el zumbido del móvil abrochado en el cinturón. Ángela. ¿Ángela? Dime. Un sollozo al otro lado del auricular. Fermín, mi madre…, que ya se ha muerto. Haz el favor de ir luego a por Ricardo al instituto, que duerma hoy en tu casa. Vale, claro, sí, no te preocupes que yo iré a por él. ¿Y cuándo ha sido?, ¿cuándo es el entierro? Esta tarde a las cinco; se murió anoche, de madrugada…
- Joder con el año nuevo, empieza bien-. Se quedó mirando a su hijo, que le sonreía desde el fondo de pantalla del teléfono. Ricardo y su suegra eran dos de las pocas cosas buenas que le habían quedado de su paso por el matrimonio. Siempre se llevó bien con Fernanda y hasta que cayó enferma estuvo yendo a verla al menos una vez al mes. Ella solía guardarle alguna conserva de pisto* o de tomate casero... Dos meses ha tardado en irse. Y eso que dicen que el cáncer va lento en la gente mayor.
Ricardo permanecía en silencio a su lado con las rodillas clavadas en la guantera**. Dieciséis años ajustados a duras penas en el asiento del acompañante - Oye Ricardo, que si no quieres venir al cementerio no hace falta. Tú te quedas en casa, que hay comida, y puedes ir haciendo los deberes o jugando a la Play…- El hijo negó con la cabeza sin mirarle. Era el momento de poner en práctica su apariencia de hombre, por más que por dentro el niño que era temblara de miedo ante su primera experiencia con la muerte. Aparcaron entre dos cipreses, los dos vestidos de negro, y fueron siguiendo el rastro de conocidos que poco a poco se dirigían a las puertas de la capilla donde se encontraban su ex-mujer y sus hermanos. Por suerte hacía tiempo que Fermín no iba por allí y, quizá por no enfrentarse aún a la mirada de Ángela ni al féretro de Fernanda, fue haciendo inventario de los cambios que descubría a medida que avanzaba la fila, como la tremenda efigie que presidía la entrada al recinto, o las hileras de nichos esperando inquilino; también las obras de la capilla, con ese nuevo tejado, esa pintura y ese reloj, a su parecer desproporcionado, sobre las puertas de la entrada.
La fila continuaba y algunos amigos deshacían la línea para acercarse y darles la mano a él y a su hijo. Ricardo balbuceaba un gracias hacia su cuello cada vez que alguien les interrumpía el paso. Conforme avanzaban, Fermín no podía apartar la vista del enorme reloj que, cuanto más nítido, más extraño le parecía. Unos pasos más atrás se había dado cuenta de que sólo tenía una manecilla de color dorado y ahora, a la altura de sus cuñados, observó que se movía en sentido contrario al habitual. Fundido en un abrazo con Carlos y Fernando fue capaz de sentir el engranaje de su tic-tac martilleándole el cerebro. Cuando se separó de ellos, miró hacia los lados y le extrañó que todo el mundo ignorara aparentemente aquel golpeteo ensordecedor. Ángela los esperaba llorosa, primero besó a Ricardo y cogiéndole la mano, se dejó caer sobre los brazos de Fermín sin poder controlar los sollozos. – Mi madre, mi madre…- Fermín la sostenía, ambos bajo el reloj, y si no fuera porque estaba a punto de estallarle la cabeza por el estruendo de aquella manecilla, él también habría llorado. – Ángela, ¿no estaríais mejor dentro de la capilla?- le dijo al oído. Aquí fuera hace frío y no sé cómo podéis aguantar tanto tiempo debajo de este reloj-. - ¿Qué reloj?-, le respondió extrañada separándose un poco de su abrazo y buscando un pañuelo. – ¿Cuál va a ser?, éste que tenemos aquí encima, éste que va hacia atrás-, replicó señalándoselo. –Fermín, yo no veo ningún reloj-, contestó ella muy seria con la mirada fija en sus ojos.

Se alejó lentamente de Ángela, caminando hacia atrás para apartarse lo suficiente y colocarse frente a aquella esfera que descontaba el tiempo y que sólo él veía. Entonces comprendió Fermín por qué hoy, dieciséis de Enero, era el día más triste del año.



* Son manchegos.
** Dedicado a mi hermana Ana. Ella sabe por qué.


Éste es otro de los frutos del Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio.