viernes, 19 de agosto de 2016

Desmontando a Trescatorce. Pi

Hace tiempo que me ronda Pi (en adelante, π).
Todo comenzó aquel día en mi patio, sentada sin hacer nada. Era por la tarde. Miré a mi derecha, al rincón donde amontono la basura que no entra ni en el contenedor de vidrio ni en el de envases ni en el de papel; aquella cuyo único destino es el punto limpio. Y me vino a la cabeza que siempre hay algo inclasificable cuando nos empeñamos en ordenar. ¿Quién no tiene un hueco en la cocina en el que guarda lo que no son cubiertos ni servilletas ni cacerolas ni platos ni vasos? ¿Acaso nadie abre en su ordenador una carpeta “Varios” para almacenar lo que no entra en la de “Música”, “Fotos” o “Escritos”? O cuando tratas de archivar tus libros en una caja cual tetris, ¿no te queda siempre un espacio muerto? ¿Eres incapaz como yo de que el cajón de las bragas quede impoluto, separadas ellas por colores y formas? Por más que nos obcequemos en ordenar siempre quedará algo fuera de toda categoría. Dentro de cualquier pretendido orden siempre hay un espacio para el caos. Pero, ¿por qué surge el caos?, me pregunté…
Y fue entonces cuando irremediablemente pensé en π.
Al día siguiente fui al supermercado que tengo enfrente de casa. La compra me costó 3,14 euros. En la misma semana, un amigo me mandó esto:
 
Y supe que no tenía otra alternativa que hablar de π.
Los efluvios de mi inclasificable basura trajeron a mi mente imágenes de matemáticos de todo el mundo, años ha, buscando una fórmula para calcular la longitud de una circunferencia1,2. Los supuse frustrados tratando de encontrar una ecuación “limpia”, una relación sencillita. En su defecto, cualquier intento de cálculo les llevaba a la aparición de una constante, π, que además no era en absoluto constante. π es una constante infinita. Es la infinita evidencia de que nunca, nunca, podrían obtener la longitud exacta de esa circunferencia perfecta que habían trazado. Podrían obtener muy buenas aproximaciones, claro. Esas aproximaciones eran más que suficientes para diseñar ruedas, reactores nucleares, el contorno de un cohete espacial… por supuesto, pero si su pretensión era calcular exactamente la longitud de la circunferencia… con π habían topado. Y π es mucho π: ahí sigue pariendo decimales, restregándonos en la cara lo alejados que estamos de alcanzar el ideal.
Ay π… π, π, π…
π, como mi indefinible basura, representa lo ingobernable, lo indómito, el propio caos. Pero, insisto, ¿por qué surge π? ¿Qué ha provocado su existencia? ¿Es π lo que está fastidiando a los matemáticos más pulcros? En la ráfaga de pensamientos que emitía mi cerebro al albur de mis desechos, no era π la barrera que separaba a los científicos del conocimiento pleno de la circunferencia ideal sino que lo que estorbaba en esta ecuación era la propia representación de la circunferencia ideal. En el camino del conocimiento, las alarmas en forma de π y otras constantes surgen cuando lo que se pretende conocer, atrapar, clasificar, no existe en la naturaleza. Es sólo una idea, un ideal. No es real. Y la circunferencia perfecta que el hombre dibuja con un compás es eso, sólo un ideal.
Lo que quiero decir es que cualquier acto de simplificación, explicación y clasificación por parte del hombre lleva implícito un error, un fallito, algo que no termina de encajar con la verdad. Y la evidencia de esa maniobra de aproximación que fabrica el hombre o de esa chapucilla, es π en el caso de las circunferencias, es la basura que no se acopla a ningún contenedor, es el año bisiesto que surge para ajustar el despropósito de dividir el giro de la tierra en doce meses. Y la culpa no es del año bisiesto ni de la basura ni de las circunferencias, sino de los modelos en los que el hombre quiere encajonarlo todo.
La naturaleza, lo real, es algo mucho más perfecto por salvaje y por tanto, inasible completamente por el hombre. El planeta Tierra no es redondito por más que así lo pintemos en los mapas; la órbita terrestre no es una elipse ideal, aunque se parece; las ondas en el agua cuando tiras una piedra no se pueden dibujar con un compás; ni siquiera el rayo traza estelas puramente lineales, ni el canto que rueda queda finalmente esferoidal… Y sin embargo son perfectos en tanto que reales.
Pero la cuestión es que al final toda construcción del hombre sigue la misma pauta: generar una simplificación, una idea, un ideal, con el que tratar de explicarse el mundo; encontrar una ecuación que, aproximadamente, englobe el mayor número de casos. Y lo grave es que terminamos adoptando la simplificación como lo real. Ahora me refiero a que el hombre, en su afán, también ha diseñado una vida ideal, una ecuación de vida. Y todos los individuos, habiendo asumido el ideal como real y no como una circunstancia aproximada y aleatoria, terminamos por medirnos y juzgarnos respecto a esa idea. Así, una vez nos dijeron que las medidas ideales para la mujer eran 90-60-90, o que en la vida había que tener amigos-tener estudios-trabajo-pareja-hijos para ser felices y nosotros nos lo creímos, por eso sufrimos cuando nuestras medidas no se ajustan al canon o cuando alguno de los ítems vitales falla… pero ese sufrimiento es sólo nuestra particular manifestación de π. Si en nuestra vida no nos midiéramos según el ideal, segura estoy que el estado más común de los mortales sería la plenitud.
Hagamos caso a nuestra frustración, a nuestra rebeldía, a nuestro caos. Sirvámonos de ellos para poner en duda el modelo de vida en lugar de nuestra propia vida. Siguiendo el camino que marcan los malestares y nuestro caos personal y confiando en que albergamos más verdad que el modelo de vida que perseguimos, quizá nos topemos de bruces con el bienestar que pretendíamos cuando íbamos tras los hitos marcados por ese ideal de vida.
O como decía Luz Casal, si tienes un hondo penar, piensa en π; si tienes ganas de llorar, piensa en π… Piensa en π cuando sufras, cuando llores también piensa en π…




1: Todo el párrafo que sigue es inventado. El escrito en su conjunto está lleno de absurdo y vacío de datos contrastados.
2: Longitud de una circunferencia = 2 · π · radio.
NOTA: A día de hoy la basura (no perecedera, conste) no ha sido transportada aún al punto limpio. Que la rebeldía de π tampoco te lleve a la dejadez.



sábado, 6 de agosto de 2016

Crear el vacío. Escribir nada

Me pregunto qué ocurriría si me olvidara de escribir sobre el hecho de que no escribo. No merece la pena hablar de ello. Es como si hubiera escrito cada día. Como si no hubiera escrito hasta ahora. Me sorprende que piense tanto en ello, pues en mi caso no escribir es lo más parecido a escribir sobre todo aquello que conozco.
H.D. Thoreau a Blake en
Cartas a un buscador de sí mismo

De vez en cuando Silvia nos atemoriza a sus lectores con algún escrito en el que nos confiesa lo difícil que le resulta encontrar algún tema de lo que escribir. Nadie lo diría: su prosa fluye entre los resquicios de lo cotidiano con una facilidad lúbrica. El mismo día Bubo hablaba de algo parecido.
Aunque suene redundante, es así, cuando uno se pone a escribir necesita hablar sobre algo. Estamos acostumbrados a algos, a las cosas, a llenarnos de emociones, a acumular experiencias, a almacenar anécdotas… Parece que sólo le diéramos valor a la suma. En el caso del binomio escritura-lectura ocurre igual: hace falta algo para que nazca un escrito y qué poco nos atraería un escrito que no hablara de nada.
Precisamente me hallaba yo estos días reflexionando sobre eso: ¿cómo hablar de la nada? O mejor dicho, ¿podría expresarse la nada a través de la escritura? El vacío me obsesiona de un tiempo a esta parte y ya es paradójico que la nada me provoque una emoción que llena tanto.
¿De qué forma expresar el vacío? Para qué especular si el Tao Te King habla de ello*:

Treinta radios convergen
En el centro de la rueda,
Pero es su vacío
El que hace útil al carro.
Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
Pero de su vacío
Depende el uso de la vasija.
Se abren puertas y ventanas
En los muros de una casa,
Y es el vacío
Lo que permite habitarla.
En el ser centramos nuestro interés,
Pero del no-ser depende la utilidad.
Haciendo caso al sabio, para expresar la nada con la escritura o con cualquier otro medio sólo podemos limitarnos a crear el contexto que la permita.
¿Podría mi escrito expresar la nada si cuento dónde la encuentro? Probemos. Siento que el vacío está en la ausencia de intervención, en el ahorro de estrategias; en un agradecido dejarse llevar; en el no pretender nada para uno mismo –nada más y nada menos que lo que le corresponda legítimamente-. La nada la imagino en el agua que fluye sin descanso, inagotable. Sólo para físicos o químicos: en el estado estacionario (me apetecería hablar de esto algún día aunque pierda un alto porcentaje de lectores y el cariño de parte de mi familia, o toda). También en el imperfecto silencio de las noches de verano. En el oscuro abismo de ese mismo cielo. En el instante siguiente al paso de una estrella fugaz.
Siento que manifiesto nada cuando me alío con el silencio y camino sigilosa en mi propia casa, como si fuera a despertar a alguien aunque sea de día; al adaptarme al hueco que exista y no empeñarme en abrir a codazos para mí un espacio inexistente. Cuando me doy cuenta de mi propio cuerpo, incluso si estoy hablando contigo. Cuando, desafiando el ansia por rellenar mi tiempo, decido parar. Al imprimir deliberada parsimonia a cualquier actividad que desarrollo. En los movimientos intencionadamente lentos, casi quietos, incluidas las caricias.
La nada, tal y como yo la entiendo, es permitir, no querer. No confundir con consentir.
La nada es rebelde, entonces. Anticapitalista, también. La nada se opone al discurrir del ego, que sólo quiere para sí. Se escapa de la sobrevalorada persecución de los sueños, como dice mi amiga Mariana. La nada es orientarse hacia algo, pero no perseguirlo, sólo esperarlo. Es deshacer lo que uno cree que es. Se acerca cuando nos atrevemos a romper nuestra forma. Es potencial, es creatividad latente.
Pero por más que trate de explicármela, sigo sin quedarme satisfecha, ¿ves?: pretender la nada crea un efecto llamada sobre el todo que no la sacia. Eso es lo que significa: si lo quieres todo pon tu empeño en deshacerte de lo que tienes. Coloca la intención en lo contrario de los deseos. Haz el vacío el la pajita para beberte el zumo. Fabrica muros para ubicarte en el espacio que creas. Es delirante.
Volviendo al motivo de mis reflexiones, no es competencia del que escribe o del que crea escribir sobre la nada, sino provocarla y dejar después que todo ocurra. A un nivel práctico, actuar –escribir- con aplastante sinceridad si quieres que llegue algo y si no llega nada, no es el momento. No es buscar, es, como escuché hace poco, convertirse en canal. Dejar que nos desborde lo que pugna por salir a través de nosotros ya seamos escritores, cocineros, saltimbanquis, herreros, amos de nuestra casa…
Y de esta forma, al crear vacíos, creamos y nos vaciamos. El vacío, paradójicamente, lo crea para sí el que crea mientras crea. Y lo gestado en ese vacío, crea en el que recibe lo creado.
Un delirio.
El secarral provoca agradecidos oasis y éstos, aguas que crean tramas


* Poema XI 

domingo, 24 de julio de 2016

Incoherente manifiesto radical

[…]Lo venero porque se abstiene de la acción, y abre su alma con el objetivo de poder ser. En mitad de un mundo de actores bulliciosos y superficiales, es noble hacerse a un lado y decir: “Simplemente quiero ser”. Si pudiese plantarme enseguida sobre la verdad, reduciendo al mínimo mis necesidades, me vería inmediatamente más cerca de la naturaleza, más cerca de mis compañeros… y la vida sería infinitamente más rica. Pero ¡heme aquí!, temblando en la orilla…
Primera carta que Harrison G. O. Blake escribe a H.D. Thoreau en

Hoy me he levantado muy antisistema. Mucho más que cualquier otro día. Aun así, he obedecido al despertador y he acudido puntual a mi cita con la administración pública del estado español. He proferido proclamas anticapitalistas en un suave y civilizado tono y, ya más tranquila, he ofrecido siete horas de mi vida al análisis del agua del río que nos riega… Me mata mi incoherencia. Cada vez hay más distancia entre mis pensamientos y mis actos y, estoy convencida, ésa es la principal fuente de mis tristezas cuando llegan.
Para más inri, a mi anciano coche se le ha roto el ventilador. El hecho, dadas mi manchega latitud y la concurrencia del mes de Julio, se torna terrorífico, lo suficiente como para que flojeen mis soflamas anticapitalistas y me plantee comprarme otro coche, maldita sea. Más leña al fuego para mi incoherencia y para futuros malestares, estoy segura. Al plantear la disyuntiva en el rato del café soy preguntada, precisamente, por mi vía más coherente de actuación. Y en este día en que me siento tan radical, declaro que si yo fuera coherente no sólo no me compraría otro coche sino que lo dejaría todo, viviría en una cueva y allí me dejaría morir como acto de amor hacia la Tierra (esto último, incoherentemente, no lo he dicho).
Y no es porque me haya enamorado perdidamente del pensamiento de Thoreau ni porque siga engullendo despacito sus ensayos, pues me viene de lejos el convencimiento de lo inútil que es para la Tierra la presencia del ser humano en su actual forma de vivir. Si alguna función tuviésemos para la Tierra nuestro modo de vida tendría que estar acoplado a Sus ritmos y principios, para empezar. En su defecto, hemos inventado unos modos alejados de todo eso y así, ciegos por la consecución de unos objetivos que nos marca la tradición o el propio capitalismo, nos movemos por Ella como caballos de Atila. Hemos ideado un ritmo rápido de obtención de hitos vitales, de consumo de recursos y hasta de personas que nada tiene que ver con la tranquila cadencia de los procesos naturales, como el tiempo que se toma una flor para abrir o el ocaso en agotar sus últimos rayos de sol.
Cuando me despierto así de antisistema tengo la certeza de que despojarnos de todo exceso material nos sincronizaría con el mundo y nos acercaría a nuestra esencia, a la Verdad. Aprendiendo de los animales, legítimamente sincronizados, ¿cuáles serían nuestras necesidades reales? Techo y comida. Y cuando no estemos comiendo ni durmiendo, contemplación, juego, espera confiada, alguna actividad reposada como quitarle piojos a algún compañero... Cualquier otro quehacer alimenta el mundo de corchopán que nos hemos sacado de la manga. Creo incluso, cuando me siento así de revolucionaria, que desde el preciso momento en que el hombre empezó a gestar este parque temático surgió la ciencia y la filosofía pues, en última instancia, el saber está destinado a conocer la esencia del hombre. No necesitaríamos estudiarlo si precisamente viviéramos según nuestra esencia.
Cuando se me activa el anticapitalismo radical dudo del modelo generalizado de familia y supone para mí un exceso traer más consumidores vidas a este mundo. ¿No será un acto egoísta por mi parte el no querer renunciar a experimentar el amor hacia un hijo? Estoy convencida que no habrá amor igual pero ¿se nos pasa por la cabeza el precio que ha de pagar el ser humano que llega sólo porque yo no quiera prescindir de convertirme en madre? Cuando estoy así de anticapitalista, el mayor acto de amor que se me ocurre ofrecer al mundo es el de renunciar a reproducirme y soy consciente que pronunciar tal improperio también conlleva una no pequeña dosis de egocentrismo, maldita sea otra vez la incongruencia.
Pero adoro a los niños, es casi lo único que salvaría del mundo cuando lo observo desde mi radicalizada perspectiva. Me mata su inocencia, sus ojos grandes cuando me preguntan curiosos. Me encanta hacerles reír, sorprenderles, enseñarles… pero tampoco creo que una mujer se haga completa cuando pare a otro ser. Y nadie nos arenga a hacerlo, sólo faltaría, pero de una forma velada el fantasma de la anomalía se cierne sobre nosotras cuando a cierta edad no te has reproducido. A cierta edad tienes que tener una buena explicación bajo la manga para justificar que no tienes hijos y no digas que te da pereza o que no consideras que a este mundo le hagan falta más consumidores sino quieres sentirte como una paria. El hijo como hito a obtener es lo que me rebela. El hijo porque es lo que toca. ¿Tan aburridos estamos? Y después ese hijo, que no tendrá más remedio que recorrer el trillado camino de la educación-producción cuya cualidad dependerá de lo que al sistema en ese momento le convenga engendrar: ¿obreros?, pues venga una remesa de obreros iletrados. Pobre hijo, sólo libre en el mejor de los casos durante dos o tres años pues después tendrá que prepararse para competir. Y pidámosle paz luego a mi generación o a las futuras cuando desde el colegio hemos competido por ser los mejores. Oh, Dios mío, cuando me levanto antisistema me reafirmo en que el mejor favor que podemos hacerle al mundo es quedarnos en barbecho.
Cada vez más creo que nuestras enfermedades emocionales y físicas se deben a no digerir que nuestras vidas no se parezcan al modelo establecido (tomado por verdadero) y así, cuántos dramas surgen cuando, por ejemplo, nuestra pareja nos deja. En ese sufrimiento ¿qué porcentaje es desamor y qué porcentaje pérdida de estatus? ¿Qué porcentaje del dolor se debe al egoísmo por no saber qué hacer o por tener que abandonar un tipo de vida al que nos habíamos acomodado?
Pero no todo es queja cuando enarbolo la bandera anticapitalista. Cuando dejo de observarnos como a una masa, aparte de los niños, aparecen mil rayos de esperanza en la cercanía, en el tú a tú, en la vulnerabilidad del desnudarse en sentido literal y figurado delante de otra persona… ¿quién puede enmascararse ahí durante mucho tiempo? Entre las piezas de corchopán del mundo que hemos construido también existe el vacío: espacios donde late la potencialidad de otro tipo de convivencia y construcción de nuestro mundo. En esos silencios se encuentra el sentido mismo de lo verdadero, de lo esencial.
En mi estado de rebelión creo que la ideal sería la vida nómada. Ir ligeros de equipaje, despojarnos de necesidades superfluas e ir descubriendo el mundo a medida que nos descubrimos a nosotros mismos, ¿qué otra cosa puede haber más interesante? Quizá no encontraríamos muchas diferencias entre nosotros y la Tierra, estoy segura.
Pero no estoy a la altura de mis pensamientos y lo peor de despertarse antisistema es observarme y ser consciente de mis incoherencias. De no ser capaz con mis herramientas actuales de encaminarme a velocidad de crucero y sin titubeos hacia ese tipo de vida que proclamo, pues siempre encuentro argumentos para rebatir mis manifiestos. Hago amagos con los que me autoengaño pero de tanto entrenarme en el salto he olvidado para qué lo practico. Me quedo quieta pero un rato después dudo de si mi ausencia de movimientos claros se debe a una verdadera rebelión pacífica o a puro conformismo... Se llama miedo y por el miedo dejo que transcurran más y más días de incoherencia. Pero tampoco creo en el puñetazo fuerte sobre la mesa, más bien en la realización de pequeños actos coherentes. De momento, empezaré por seguir con mi viejo coche, aunque eso confronte incoherentemente con otros de mis radicalismos, los ecologistas, maldita sea.


domingo, 10 de julio de 2016

Cumpletodo feliz

Con éste, el blog cumple cien escritos.
Fue curioso el efecto-blog nada más abrirlo. Aquella tarde de sábado noté que de repente accionaba un contador que durante un tiempo me mantuvo más pendiente de cifras que de letras. Para mi sorpresa, la nueva criatura reclamaba escritos sin más criterio que el de ir sumando. Yo trataba de negociar con él la frecuencia, ¿dos veces en semana? ¿Tres? Me preguntaba ansiosa con qué lo alimentaría pues no me veía capaz para la ficción y tampoco quería que se convirtiera en un diario. Y si pasaba más de una semana sin publicar, casi podía sentir en mi nuca el aliento de sus hambrientas fauces. El bloguero era mucho más insistente que mi perezoso reloj biológico.
Esa sensación, sin embargo, duró pocas entradas, las justas para plantearme una cuestión: ¿por qué convertir este espacio en una nueva atadura? ¿No era ya suficiente cumplir con el horario laboral y el extraescolar? De igual forma, ¿por qué preocuparme de antemano por el contenido? Lo que escribiera se regiría por el criterio de lo que me fuera dando la gana. Por aquel entonces leí un artículo sobre escritura que hablaba de que la voz de cada cual era exclusiva y necesaria, ¿por qué no, simplemente, dejarla salir? Yo además estaba convencida de que la expresión creativa del individuo ya fuera para dibujar, cocinar o ingeniárselas con las reparaciones del hogar debía ponerse de manifiesto y era germen esencial para que el mundo (y el de cada uno) cambiara a mejor.
Pero no afrontaba yo el teclado con la actitud de una Juana de Arco, en su lugar la página en blanco se convertía en un espacio ilimitado para el divertimento y la expansión. Poder hacer lo que quisiera me volvía osada y un ¿por qué no? me abría la puerta cada vez que surgía alguna duda sobre si contar o no aquello que me rondaba por la cabeza. Empecé a no temer opiniones y a sentir que la expresión sincera (siendo sincera lo más fiel posible a mis ideas, sentimientos y emociones) era una de las llaves de mi libertad.
Esa Expresión Sincera se ha convertido en casi la única regente de este blog pero también es un poco tirana y como contrapartida no me permite ni un ápice de pose. Nada sale de mis teclas si sólo tiene como impulso mi empeño; se me rebela ante los encargos, ante las prisas, ante la necesidad inventada de terminar series inconclusas… Pero sus beneficios son tan grandes que todo se lo permito. Entretanto imagino a mis escritos no-natos como personajillos que balancean sus piernas en las sillas blancas de una sala de espera aguardando su turno para materializarse. Cuando llega, el escrito en ciernes se levanta de su silla, da vueltas por toda la sala y me suelta frases a cada momento, sobre todo si no estoy provista de bolígrafo y cuaderno; su urgencia me empuja hacia el teclado hasta en las horas más intempestivas. Muchas veces he pensado que no dependen de mí sino que me utilizan para mostrarse.
Dejando a un lado las imágenes que acompañan el proceso de mi escritura, insisto en la importancia de la expresión propia independientemente del formato. Tratar de materializar con sinceridad lo que uno piensa o siente crea una alianza con uno mismo cada vez más difícil de mancillar. Así el proceso creativo deviene en curativo, estoy convencida.
Otro aspecto que ha sido clave en el desarrollo de este blog (y esto podría empezar a parecerse a un recetario antisistema) es el dedicarle tiempo con alevosía a una actividad que en términos económicos y prácticos no sirve para nada. Saber que no me reporta nada de lo que se supone que habría de perseguir excita mis neuronas y mi rebeldía, pero lejos de empujarme hacia guerras internas o externas, me guía mansamente y sin remedio hacia un rincón muy personal que había descuidado durante mucho tiempo. Cada post me sirve para descubrirlo, sacarle brillo y cuidarlo un poco más.
No es del todo cierto lo que comentaba unos párrafos más arriba acerca de no mirar mucho los números del blog pues hace unos cuantos escritos me di cuenta que se aproximaban a la centena. Pedí permiso a Expresión Sincera para escribir sobre todo esto y ella, aunque a regañadientes, empezó a salpicar mi mente con algunas ideas, cosa que interpreté como un . Aún así, la aproximación a las tres cifras era lenta y poco a poco el calendario nos acercaba a una fecha señalada. ¿No sería bonito hacerlas coincidir? Me armé de valor y volví a dirigirme a mi sincera expresión:
- Hola, Expresión Sincera, soy yo.
- ¿Qué quieres?
- Pues nada..., ¿has visto qué fecha es?
- Sí, Julio, ya estamos otra vez con el chupinazo y los sanfermines en la tele.
- Sí, je-je-je. Pero también está mi cumpleaños.
- Ya.
- ¿Qué te parece que el escrito número cien y mi cumpleaños coincidieran?
- Pues me parece una soberana gilipollez tontería y además, ¿no te ibas por ahí?
- Sí, pero te olvidas de la magia de la programación de Blogger. Y... ¿podría publicarlo a las 10:07?
- ¿…?
- Claro. El día diez de Julio a las diez y siete.
- Madre mía… ¿y eres tú la que en los últimos tiempos se ve más madura?
- Porfi…
- Anda venga, pero luego no te vayas a reír de los selfies ni de los palos de selfie, que tú tienes las mismas ganas de exposición y autobombo que cualquiera…

Olvidaba que aparte de la creciente libertad y de ir encontrando mi propia voz, este blog también había servido para tener más de una bronca con los muchos personajes que me habitan. Pero no me arrepiento: definitivamente los días en que escribo son un poquito mejores que los que no.
Así que, con la venia de mi Expresión Sincera y con orgullo y mucha satisfacción alegría por mi parte, me congratula publicar este post número cien el día de mi cumpleaños.
Al poco de empezar el blog. A punto de tomar una de estas fotos

- Oye Laura, ya metidas en faenas conmemorativas, creo que te falta algo.
- Supongo que te refieres a los lectores. A la sorpresa de que haya gente que lee lo tuyo, al calorcillo de los comentarios (más bien por facebook), a ese cariño gratuito… Sí, muchas gracias a todos lo que pasáis por este espacio. Es un regalo con el que no había contado. Y tú, ¿algo que añadir?
- No querrás que te felicite, ¿no?… Que sabes que en última instancia eres tú la que escribe y esto puede convertirse en el culmen del masajeo del ego… Bueno, vale, pero ya no me pidas nada hasta el escrito quinientos por lo menos, ¿entendido? Así pues, en contra de mis discretos principios y sin que sirva de precedente, para ti y para el blog:

¡FELIZ CUMPLETODO!
  


jueves, 30 de junio de 2016

Vivir (y III)

El más elevado de mis pensamientos no deja de parecerse a un águila que de repente entra en el campo de visión, sugiere algo inmenso y emocionante al que la contempla, pero nunca se acerca realmente, vuela en círculo a lo lejos, haciéndose al rato su figura más tenue, hasta perderse finalmente tras un acantilado o una nube”. Henry David Thoreau.

Escena 1

-Qué bien-. Inés sigue entonando su mantra mientras se incorpora a la mesa donde el resto desayunamos. Desde ayer un no me quiero ir perturba de vez en cuando su canturreo. El silencio y el suave tintineo de las campanitas colocadas en cada rincón de la casa se rompen cuando, serena, nos susurra qué bonita es la vida.
A su lado Felipe levanta la mirada del cuenco de cereales, se gira hacia ella y asiente. La vida es hermosa. A mí me encanta vivir… Con este principio inédito, iniciamos una conversación en la que Felipe cuenta que vivió varios meses en un monasterio budista y que los monjes meditaban cada mañana para desarrollar la conciencia de que cualquier día podía ser el día de su muerte. Decían los monjes que el sentido de la vida no consiste en conseguir grandes objetivos sino en poner amor y dedicación en las pequeñas obras que desempeñamos en cada momento. De esta forma si en medio de cualquier actividad llegara la muerte, el alma regresaría en paz al lugar de donde había venido y le sería más cómoda la siguiente encarnación.
Sea verdad o no, qué hermosa forma de tomarse la vida: poner el mismo énfasis en fregar los platos que en exponer la tesis doctoral.
En medio de los dos, qué puedo aportar. Les escucho en silencio, agradecida por asistir a este cruce de verdades tan difíciles de encontrar; por recordarme que la alegría de vivir es pequeña y que por eso mismo cabe en cada resquicio de nuestro tiempo.

Escena 2

Con los pies metidos en aguas escandalosamente azules observo mi sombra ondulante proyectada en el fondo. La mezcla de la brisa con el vaivén de las olas es el antídoto perfecto para barrer pensamientos que acuden cada día a mi mente como si tuvieran que fichar.
Sin motivo aparente me asalta el recuerdo de una pequeña fábula que leí hace tiempo. Contaba que Dios, en ausencia de espejo, se dividió en millones de pedazos para poder entrar en el cuerpo de los hombres a contemplar su creación y, por ende, a sí mismo. La moraleja de aquella historia era que Dios habitaba dentro de cada uno de nosotros y ahí habría que buscarlo.
Dejando a un lado mis creencias o mi propio concepto de Dios, me maravilla la idea de que nuestro único objetivo en la vida fuera observar y recabar experiencias. Ser un pequeño almacén de vivencias que a la hora de descarnar expulsara al cosmos todo lo aprendido. ¿Cuál sería mi legado para el universo? ¿Qué puntos incluiría en mi informe final? Estimado Todo: en mi etapa dentro del mundo material he observado que eres el amor, la belleza, el deseo; eres la inquietud, la bondad, la frustración; eres desternillante, también oscuro y retorcido; eres la paz, la tristeza. Eres el silencio.
¿No sería un alivio vivir con la certeza de que sólo hay que experimentar lo bueno y lo malo con ojos de científico? Dejar que las emociones nos atraviesen sin resistencia, ¿dónde quedarían en ese caso el sufrimiento o el miedo?
Las respuestas a mis silenciosas preguntas se muestran insinuantes pero son tan escurridizas como mi sombra, que ondula en el fondo de estas aguas turquesas. Por si acaso, yo concentro toda mi atención en la temperatura del agua, en la humedad del bikini, en el calor del sol.

Escena 3

Mi promoción, como íntimamente les llamaba, ya se ha marchado y tengo toda la tarde para mí. No sé ni me importa demasiado dónde iré pero siento que quiero moverme. En el mapa de la isla, un camino que no conozco me tienta. Después decidiré si continúo pedaleando o descanso en alguna playa.
La bici alquilada se parece tanto a la mía que apenas me ha costado acoplarme a ella. Avanzo despacio, confirmando de vez en cuando que el sendero que he escogido es la versión tridimensional del que está pintado en el plano. A mitad del trayecto caigo en la cuenta de que ya había pasado por aquí dos años atrás.
Llego a la playa y el viento sopla muy fuerte así que avanzo un poco más hasta otra cala más recogida. A pesar de su fama, no es mi favorita. Está llena de turistas y tiene mucha roca pero me siento tan privilegiada por estar aquí que me tumbo en la arena a descansar satisfecha como si hubiese arribado a Ítaca.
Me doy un baño y me seco contemplando desde la arena el faro que gobierna el otro lado de la isla. A unos pocos metros un bebé me observa sonriente desde su carrito… Me hace gracia pensar que si hoy mi objetivo hubiera sido encontrar grandes aventuras esta tarde sería un fracaso, pero yo sólo quería moverme así que no me he perdido, ni he perdido, nada.
A la vuelta me deslizo sin esfuerzo por el mismo camino. Todo está seco y polvoriento, la lluvia es esquiva con la isla. Atravieso escenas cotidianas: dos obreros reparan un murete, en un pequeño bar unos niños están celebrando una fiesta de cumpleaños… el bullicio del turismo queda unos kilómetros más allá. De repente una certeza me sobrepasa, la vida es esto: es transcurrir, moverse sin objetivos... La comprensión plena de lo tantas veces leído y recitado circula por delante de mis ruedas sin dejarse atrapar pero su estela me va haciendo cosquillas en el corazón mientras me digo: qué bonita es la vida.

lunes, 20 de junio de 2016

Vivir (II). Barriendo se alcanza el TAO


De entre todas las labores posibles decido que hoy barreré hojitas otra vez. Aun así, antes de empezar doy un repaso a mis apetencias, no vaya a ser que subrepticiamente sólo lo haga por agradar cuando en realidad quisiera dedicarme a otras actividades más lucidas y lúdicas que ofrece la casa. Tras breve autoanálisis admito que no: todo mi ser se inclina hacia la retirada de las hojas secas, flores y semillas que se desprenden incansables de este árbol que aún tiene mucho trabajo que dar, según indica su copa. Así que me dirijo como cada día al rincón donde se amontonan las escobas y busco mi cepillo favorito de exteriores y otro de cerdas más suaves. Hoy me voy a atrever con una zona complicada en la que la tierra del suelo está más suelta.
Hace unos años, cuando vine aquí por vez primera me ofendió un comentario de la dueña que aseguraba que nadie sabía barrer. Y me lo decía a , que llevaba barriendo casi desde que tenía uso de razón. Al preguntarle, molesta, cómo habría de hacerlo, ella, de una forma muy pedagógica, me contó que durante muchos años se dedicó a limpiar colegios para ganarse el sustento suyo y de sus hijos cuando la vida se le volvió un poco más difícil. Ahí comprendió el arte del cepillo. Me desveló que lejos de la costumbre generalizada de extender la basura y pasearla por todo el suelo para hacer un único montón, era mucho más eficaz ir acumulando pequeños montones y retirarlos poco a poco. De esta manera, un verdadero experto del barrido, y mucho más si hablamos de exteriores, debe saber que tendrá que hacerlo sin soltar el recogedor, avanzando pasito a pasito mientras va dedicándole prácticamente un exclusivo golpe de escoba y recolección a cada cosa que perturbe la integridad higiénica del suelo…
… Y así me hallo yo ahora, imitando al experto, con la cabeza gacha concentrada en cada hoja, en cada florecilla y en cada roce del cepillo con la tierra cuando comienzan a sonar en mi cabeza los primeros versos de uno de los poemas que más me gustan del Tao Te King:
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO…
Sonrío para mis adentros reconociendo a aquel que vierte los versos en mi mente y es que uno de los principales efectos secundarios de estar en armonía es que mi Ego no solo se conforma con subirse al carro donde, como romeros, nos balanceamos con gracia mi Bienestar y yo, sino que además lanza flores a nuestro paso y se deshace en vítores, alharacas y olés. Hoy, en su sencillez, me coloca en el pedestal de la Virtud dedicándome el poema por haber elegido este trabajo tan poco atractivo e insinuándome que gracias a eso terminaré, esta vez sí, por alcanzar el nirvana y la plena realización personal.
Pero bueno, tampoco quiero hacerle mucho caso pues qué vano es luchar contra un ente tan complejo como el Ego. Le dejo hacer mientras mi atención se centra en darle vida al suelo, como me dijo también mi maestra, en una distinción bastante gráfica entre las labores que se realizan con amor de las que no.
… Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre…
Trabajar con el TAO de banda sonora tampoco es desagradable, me admito mientras la actividad comienza a transformarse en una cuasi-meditación: no mirar más allá de la siguiente hojita y fijar la vista sólo en medio metro cuadrado me ordena la mente ¿Qué extraños misterios se esconden detrás de la dedicación, del abandono de la prisa, del vivir ajeno a metas ni recompensas?
… y así está más cerca del TAO…
Bueno, por supuesto que mi ego tiene la respuesta. A estas alturas ya me ha alzado al nivel de Mesías en la escala evolutiva humana... Como siga así voy a tener que atarle en corto.
En medio de la incipiente pugna por mi control emocional observo que barrer este lugar es lo más parecido a barrer directamente el campo y eso me hermana con una vecina que vivía en mi barrio cuando yo era niña y que en sus últimos años perdió la cabeza. En esa época era fácil verla enfrascada con su escoba en el cauce seco del río que atravesábamos para ir al colegio. Los niños y no tan niños, crueles, nos reíamos de ella por lo bajini pero hoy, bajo este sol que ya empieza a picar, me pregunto si acaso su independencia emocional no sería tan grande que poco le importaban las burlas y mucho el hacer lo que su confuso corazón le dictara…
…Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO…
Pues por hoy ya está. Levanto por fin la vista y no sé si estaré más cerca del TAO, pero al menos el patio se ve más bonito. Recojo mis herramientas y al ir a colocarlas en su sitio me sobresalta una voz a mi espalda. -Perdona, has sido tú quien ha barrido allí debajo del árbol-. Era la jefa. Maldita sea, me digo esperando bronca, ya he vuelto a esparcir demasiado la tierra - Sí, contesto con voz trémula - Es que está muy bien. Cuando lo he visto he pensado que por fin hay alguien que barre como yo. - Gracias-, respondo aliviada. -Sólo apliqué lo que un día me enseñaste…
…Y mientras la conversación se desarrollaba, en un universo paralelo un ego desbordado restregaba en los morros de su habitáculo manchego, y de carrerilla, un poema enterito del Tao Te King...
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y así está más cerca del TAO.
Por esto, la suprema bondad es tal que,
su lugar es adecuado
Su corazón es profundo
Su espíritu es generoso
Su palabra es veraz
Su gobierno es justo
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
nada se le reprocha.

Algo me dice que hoy no hay hojitas suficientes en todo el planeta Tierra para que ese ego llegue a comprender lo que de verdad significa este poema.

jueves, 16 de junio de 2016

Vivir (I)

Me despierto cuando entra la luz a través de las cañas con que está construida mi cabaña y como aún queda un buen rato para la hora de la meditación, decido que me voy a caminar. Así que me cambio mínimamente pues cuando viajo en este plan hago apenas distinción entre la ropa con la que duermo y con la que salgo… y me gusta.
Me muevo con sigilo, en el resto de las habitaciones de la cabaña la gente duerme, y salgo al exterior procurando no descargar del todo mi peso sobre la grava. No quiero que la mañana se asuste. Al llegar al lavabo el espejo me devuelve una cara sonriente y salvaje, quizá ayuda que mi pelo se vuelve rebelde cuando me acerco a playa alguna. El chorro de agua del grifo se une a la explosión latente de ruidos que trae consigo el amanecer. Sólo los pájaros y mis pisadas pondrán la banda sonora a mi paseo.
Qué bueno no saber hacia dónde ir. Me dejo llevar por mis piernas que deciden ignorar el desvío que me llevaría al pie del lago salado. Parece que hoy toca ir hasta los acantilados. Un poco más adelante el camino se bifurca y soy guiada hacia el lado de la derecha. Aunque en un principio pensaba que no llegaría muy lejos, me sorprende que no sea así y que finalmente haya encontrado el sendero por el que puedo bordear completamente el lago. Desemboco en un lugar en el que los acantilados no son más que playa rocosa. Me siento un rato, agradecida porque no pase nada, y contemplo la avidez de las pequeñas olas que como buitres carroñeros muerden incansables la base de una roca. Cuando levanto la vista me cuesta creer que este mar sea al mismo tiempo escenario de vida y motor de destrucción pero eso me pasa por seguir sosteniendo interpretaciones que asocian bondad con creación y maldad con destrucción. Qué sabré yo de mecanismos universales.
Vuelvo sobre mis pasos persiguiendo con curiosidad las huellas de mis zapatillas de semi-trekking, sintiendo absurda ternura por la que fui hace unos minutos y por su ápice de inexperiencia respecto a quien soy ahora. Poco después llego al punto donde de nuevo mi camino confluye con ese otro que me va acercando a la casa donde vivo por unos días. A pocos metros de la entrada, en la parcela colindante, la vecina octogenaria hoy está arrancando unas malas hierbas. Hace unos días la saludé mientras preparaba un surco con su azada, ayer barría el porche. Me pregunto qué pensará esta mujer cuando llegue la noche, si se lamentará por una vida atada al ingrato trabajo del campo o si por el contrario vivirá su quehacer con alegría… Si, a fuerza de escuchar día tras día el susurro de la tierra que labra, hace tiempo que comprendió todos los secretos del universo.
Cuando la pierdo de vista acude a mis pensamientos Paris Hilton en un giro al que mis mecanismos cerebrales ya me tienen acostumbrada. Me contaron que es habitante ocasional de la isla así que el requiebro mental tampoco es tan dramático. Pero no me viene a la cabeza por eso sino como antítesis de la vecina octogenaria pues en su caso, con una vida dedicada a experimentar el catálogo de actividades que el hombre ha dado por llamar placenteras, la imagino torciendo el gesto cada vez que se viera obligada a llevar a cabo labores que supongan algún tipo de esfuerzo, trabajo o incomodidad.
Casi a punto de alcanzar mi destino, infiero de mi ensalada mental que de la misma forma que no hay vida sin muerte ni creación sin destrucción, es importante mantener el equilibrio entre trabajo y ocio, entre dedicación y placer pues la inclinación de nuestras vidas en uno u otro sentido nos puede volver desgraciados o mezquinos.
Al final de mi andadura vuelvo a la imagen de la anciana, ¿se dará también sus pequeños homenajes? ¿Cómo serán? Y mientras la imagino cada noche destinando el rato antes de dormir al visionado de películas de Sarita Montiel, me aplico el ejemplo. Ojalá y yo nunca me olvide de bailar.