jueves, 19 de enero de 2017

Una cama de más, dos camas de menos

Anisha despierta sabiendo que hoy es un día especial. Es temprano y sus hijos, compañeros de cama, duermen todavía. Pocos días buenos ha habido desde que el terremoto se entrometiera en las grietas de su casa hasta derrumbarla. Ahí comenzó el periplo que finalmente les llevó hasta la pequeña habitación que ahora es su hogar. Toca la frente sudada de Rajiv y se le eriza la piel cuando piensa en lo cerca que estuvo de perderlo. A su lado, el sueño plácido dirige el movimiento de la respiración de Sunita. Suerte que la niña mantuvo el contacto con la española. Quién les hubiera dicho que aquel encuentro casual, -unos turistas que paran a beber agua en casa de los abuelos-, sería hoy su gran esperanza...  Pero no hay tiempo que perder y Anisha abandona sus pensamientos. Es hora de levantar a los niños, adecentar la habitación y transformar en sofá su cama triple.
Ha llegado el día. Elena no termina de creerse que esté nuevamente en Nepal. Varios meses y un temblor de tierra separan la primera aventura caminando por tierras del Himalaya del sendero incierto que ahora transitan. Casi todo es diferente desde la primera vez y debe acostumbrarse cada día a la confusión del idioma, a la cultura y a los ojos con los que ahora la mira Pablo. Si no hubiera sido por el temblor todo habría acabado en el aeropuerto a la vuelta del primer viaje; si la tierra no hubiera temblado nadie les habría empujado a golpe de donación a reparar las fisuras que se abrieron entre sus conocidos nepalíes. Pero la tierra tembló fuerte, muy fuerte… Las primeras luces del amanecer se cuelan en la habitación triple que comparten dejándole ver la silueta de Pablo dormido. Elena suspira mirando la cama vacía que les separa. Ni siquiera un terremoto provoca abismos semejantes.
El cuarto ya está listo. Los niños siguen en la escuela, vendrán un poco después de que lleguen los forasteros. Llueve. Anisha sale al huerto presurosa para recolectar las verduras con las que hoy comerán todos, la dueña de la casa se lo permite a cambio de que le ayude a mantenerlo. Si hoy todo sale como espera, pronto tendrán una casa con huerto para ellos solos y quién sabe si su marido ya no tendrá que trabajar tan lejos para poder pagar el colegio y el alquiler. Con las verduras bajo el brazo vuelve rápido hasta la habitación. Se sacude el agua, se arrodilla y alcanza la cacerola y el hornillo de debajo de la cama para preparar el dhalbat.
No para de llover. Un taxi desvencijado les lleva hasta la dirección que Sunita le envió. Pablo va delante entendiéndose a duras penas con el conductor; Elena, atrás, mastica su impotencia. El muestrario de realidades diversas que han ido encontrando desde que aterrizaron sólo le ha dejado preguntas: en la tierra de la necesidad, ¿quién es quien más lo necesita?, ¿cuál es la verdadera ayuda? Después de visitar el campo de refugiados esa impotencia es un peso extra sobre su mochila… Mientras la carrera de gotas apenas le deja intuir los arrozales tras la ventana, se arrepiente de haber dado falsas esperanzas a la niña, pero aquellos días ella también corría, compitiendo con su anhelo por volver a llamar a la puerta del corazón de Pablo… No sabe qué pasará hoy en la visita pero será crucial para decidir qué hacer con las donaciones.
Es de noche y a Anisha le resulta imposible que Sunita se tranquilice. La niña está excitadísima con los regalos que les ha traído Elena. -¿Nos vamos a comprar una casa nueva, mamá?-. Ella suspira, -no lo sé, hija-. La española estaba mucho más delgada y aunque vengan de mundos distintos, aunque le resultaran incomprensibles los sonidos que emitían entre ellos, hay un lenguaje universal con el que es fácil adivinar la duda, el disimulo, el desamor o la tristeza. Es tarde y mañana los niños tienen que volver a la escuela. Anisha retira el mantel con el que hoy han cubierto su cama. Es hora de dormir.
Apenas han hablado desde que el taxi les dejó en la puerta del hostal. Elena repasa una y otra vez la alegría en los ojos de Sunita cuando se encontraron, la mirada reprobatoria de Pablo cuando le dio los collares; también los silencios de Anisha mientras comían, y su propia angustia cuando discutían si dejarles al menos lo necesario para comprar unos ladrillos. –Elena, esta familia tiene un techo donde dormir y pueden permitirse llevar a los niños al colegio, nada que ver con los refugiados o con la gente atrapada en las montañas-. Y era verdad pero se pregunta sin consuelo quién es ella para repartir justicia y oportunidades. Mientras se coloca el pijama se topa de nuevo con la cama que les sobra y no acierta a adivinar por qué le ha tocado vivir en la cara amable del planeta.
Namasté: Tú estás en mí

En Un Cuarto Propio nos propusieron escribir un relato que girara en torno a la cama. Busqué entre mis camas conocidas y enseguida me asaltó la de una familia nepalí a la que no pudimos (o decidimos) no ayudar. De ahí surge esta semi-ficción que va dedicada a ellos, aunque no lo lean nunca. Es mi manera de homenajearles tanto tiempo después.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Buenas intenciones

¿Dónde estoy? Una nebulosa me separa de la realidad. Parpadeo. ¿Dónde-coño-estoy? Se intuye una ventana sin cortinas al otro lado de la neblina. Ésta no es mi casa y definitivamente, no es mi dormitorio. Allí la ventana está colocada a los pies de nuestra cama, tapada con unas cortinas que me horrorizan, tejidas por la tía-abuela de Paloma. ¿Dónde está Paloma? Aprieto los ojos y estrujo mi cerebro para ver si destilo algún recuerdo. Paloma maquillándose. Paloma colocándose el abrigo largo. Paloma que me apremia para subir al coche. ¿Adónde me lleva? Lo siguiente, un grito: ¡Antonio!
La ventana deja pasar una tenue luz amarillenta, ¿es de noche? Hago ademán de incorporarme para ver mejor pero, hostias, todo se pone a dar vueltas: la ventana, esta cama, las paredes blancas vacías, Paloma y su abrigo, algarabía de gente que no recuerdo, y el grito: ¡Antonio, Antonio! Joder, tengo ganas de vomitar. Vuelvo la cabeza a la almohada y a estas sábanas tan ásperas. En la universidad aprendí que para atenuar el mareo de la borrachera había que apoyar una mano en el suelo. Voy a intentarlo, necesito que todo se quede quieto. El brazo me pesa toneladas. Hago un esfuerzo sobrehumano para mover la mano pero algo tira de ella. ¿Estoy atado? No puede ser, ¡¿pero dónde estoy?! No puedo gritar porque algo que tengo metido en la boca me lo impide. Me han amordazado y atado, joder. ¿Secuestro? Me acojono. ¿Y si es un sueño? Pero qué coño sueño, Antonio, ¿cuándo has tenido tú un sueño así? A ver, voy a serenarme, voy a tratar de recordar lo que ha pasado… Paloma arreglada, vale. Paloma abriendo nuestro coche, vale; algarabía de gente que no identifico, bien; unos paquetes que van y vienen… ¿qué eran? Fundido en negro, no recuerdo más. ¿Y si en medio de esa extraña multitud alguien me capturó? Los gritos de Paloma llamándome tendrían sentido en ese caso. Pero estas nauseas… ¿Me habrán envenenado?
Para colmo estoy empezando a sentir que me escuece el pene. No tengo bastante con la angustia y con sentir el cuerpo como una roca… Trato de tocármelo pero no puedo, claro, había olvidado que también estoy atado. Un momento, ¿no me habrán violado, los cabrones? Violado, atado, amordazado, envenenado. Pero ¿quién habrá querido hacerlo? Si sólo soy un funcionario que cobra tributos, coño! ¿Y si le han pedido rescate a Paloma? Me matarán, estoy seguro. No tenemos ahorros, joder. Me dejarán morir en esta extraña habitación, atado, indefenso y sin poder tocarme la polla.
A punto de la desesperación noto algo raro en la habitación, al otro lado de la cama. Movimiento, roce de tela. Parece que arrastra una silla. ¿Alguien se incorpora? No me quiero mover mucho, a ver si me van a dar el tiro de gracia. Pero por otro lado, quiero ver la cara de mis captores. Soy consciente de mis limitaciones pero tengo que intentarlo aunque sea lo último que haga en la vida. Por Paloma. Por mí. Tomo todo el aire que puedo aunque me lo dificulta mucho la mordaza, trato de recordar qué músculos necesito para darme la vuelta, me sale un gemido, comienzo a rodar, ¡lo estoy consiguiendo!... Pero de repente, algo sobre mi hombro me frena, - Señor Gómez, no se mueva por favor, tiene muy tenso el respirador y podrían soltarse la sonda y la vía. Quédese quieto, llamaré a sus familiares-. Unos pasos suaves se alejan, oigo un chirrido de goznes a mis espaldas. ¿Qué ha dicho?, ¿sonda?, ¿vía? No me jodas, que estoy en el hospital… Súbitamente la puerta vuelve a abrirse, murmullos, ruido de tacones apresurados, es Paloma, reconocería sus pasos hasta en la luna. Entre el rumor que se acerca se alza una voz: -Cuñado, menos mal. Vaya Nochebuena que nos has dado, joder. No tenía ni idea que eras alérgico al anisakis. Se va a tragar Paco la cesta de mariscos que me vendió, con lazo y todo… Puto Paco. Puto amigo invisible-.

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino. 
La foto es de aquí: https://es.pinterest.com/pin/141019032061913276/

domingo, 25 de diciembre de 2016

Algo tan obvio como quererte

Me resulta difícil escribirte. No lo digo en sentido figurado ni como recurso literario, me avalan todas las cartas que han muerto entre las hojas de viejos cuadernos y la docena de borradores que he desechado ya de este texto. Y algo me dice que escriba lo que escriba ninguna de las dos quedará satisfecha: que no tendrás de mí las palabras que tú quieres y que no habré conseguido yo de mi maraña de emociones extraer el te quiero rotundo que busco y mereces.
Pero me he empeñado. Llevo empeñándome meses con la intención de regalártelo por tu cumpleaños, aunque muchas semanas hayan pasado ya de tu día y mis dedos no dejen de avanzar dudosos sobre el teclado.
Y es que podría escribirte una carta diferente cada vez. En todo este tiempo me he dado cuenta que contigo tengo cien pareceres, cien sentimientos, cien narradoras dentro. A veces el reproche te escribe un párrafo, otras soy la niña que espera que aún le apartes del camino las ramas caídas; en ocasiones soy tu madre y te reprendo; tu consejera y me atrevo a insinuarte soluciones y deberías. Mi amor por ti depende de mi ánimo, de tu ánimo y de la última conversación; de tu prisa, de mi pausa, de nuestra exigencia… qué volátil soy contigo. Como si aún me alimentara el cordón umbilical que nos mantuvo unidas, sigo reaccionando en automático a tus estímulos. Yo que en la intimidad alardeo de vista periférica, contigo no sé qué es el amor porque el tuyo todo lo inunda. Amor que desborda… y boqueo a tu lado tratando de no ahogarme en este océano que emanas para distinguir mi amor por ti y sentirlo puro como tú lo sientes, pero no me sale. Me porto con tu amor como una niña caprichosa hastiada de juguetes.
Tan sabia a veces, tan ingenua otras, tan verdadera siempre. Eres la ecuación que no resuelvo, fuente inagotable de enseñanzas. Cuento los años en los surcos de tu cara, presencio tu vida como un transcurrir de eras, aprendo de ti lo que el tiempo significa. ¿Recuerdas que te dije que este verano visité mis primeros instantes de vida? No te lo conté todo. En el fundido en blanco de mi recuerdo, no me preguntes por qué, ya sabía que eras tú quien me acunaba y reconocía en tu voz el canal de amor que me alimentaría de por vida. Pero me desgarraba al mismo tiempo la orden de alejamiento impresa en mis genes, el albor del sentimiento que me une y me separa de ti. Mi empresa cada día es mantenerlo a raya y poder alzar el vuelo sin soltarme del todo. Sin hacernos daño.
Como el artista ante su obra, ladeo mi cabeza frente a nosotras tratando a averiguar qué clase de madre e hija somos. Tú te empeñas en buscar la niña que fui y pataleas como niña cuando no la encuentras; yo insisto en encontrar la madre confidente que siempre me dé la razón; tú procuras ser fiel a tu ideal de madre, yo no dejo de indagar en quién soy; vas señalizando el camino un metro justo delante de mis pies, yo no hago otra cosa que asomarme a los senderos paralelos… - Qué aburrido sería si fuéramos iguales-, te dije en broma. - O no-, me respondiste justo antes de colgar.
Pero en el roce de nuestro engranaje, sospecho que ya nos entendemos. Y que no hay unión más poderosa que nuestra voluntad por reconocernos a cada instante. Por eso hace tiempo que no nos pedimos tanto y que seguimos perfeccionando ese lenguaje tan tuyo y mío con el que cada día nos decimos te quiero.

lunes, 19 de diciembre de 2016

La mala hierba

-¡Laura! ¿Eres tú?
-¡Hola Marta! Qué sorpresa.
-No te conocía con ese corte de pelo. ¿Qué haces por aquí? Te creía en Cádiz.
-Y allí sigo pero aprovechando las navidades he venido a poner otra reclamación a Unión Fenosa. ¿Te lo puedes creer? Un año después y siguen cobrándome la factura de la luz. Los nuevos inquilinos deben estar tan contentos.
-Oye, ¡pero qué alegría me da verte! ¿Tienes prisa? Podríamos seguir hablando con una cerveza delante. No hace falta ni que nos movamos de calle, entremos aquí mismo en el Yantar.
-De acuerdo, me encantaba este bar. Venía a tomar café, cañas, a cenar, a comer… Ya me conoces, cuando me da por algo no paro hasta que me harto.
-Sí, y además parece que hay sitio.
-Qué recuerdos, tienen la misma decoración y han aumentado los días de menú vegetariano, qué bien, Ciudad Real se sigue modernizando… Uy, espera Marta, no sigas, los de la mesa del fondo son mis antiguos compañeros de trabajo y la verdad es que no me apetece mucho saludarlos ahora.
-Vale, si quieres nos vamos a otro sitio.
-No, no importa, aquí se está bien pero no vayamos más adentro. Es que no tengo ganas de aparentar una alegría que no siento.
-Pero ¿qué te pasó?, ¿tan mal estabas allí?
-No tan mal, pero mi despacho terminaba siendo el confesionario de la mayoría y estaba ya cansada de la falsedad de todos.
-Qué mal rollo, ¿no?
-Y tanto aunque, déjame ver… No me puedo creer que Charo y Antón estén tan risueños, ¡si casi no podían estar juntos! Siempre me tocaba mediar en sus disputas y míralos ahora.
-Bueno, lo habrán arreglado…
-Y espera, ¿qué me dices de Sonia y Roberto? Parece que ya han superado su crisis. ¡Pero si está embarazada! Hace un año, cuando le dije a mi jefe que ya no podía más, estaban a punto de separarse. De hecho Roberto no paraba de tontear conmigo y se buscaba cualquier excusa para entrar en mi despacho.
-¿Ése fue el Roberto del que me hablabas tanto?
-Si, ése. Al final tuvimos un pequeño affaire después de que Gonzalo y yo lo dejáramos. No me encontraba muy bien en aquella época. Pero no llegó a más, ¿eh? La pena es que Sonia se enteró y se lió muy gorda en la oficina.
-Uf, qué tensión.
-Ni te lo imaginas... Qué extraño me parece verlos ahí. En mis años de trabajo nunca fuimos a comer todos juntos. ¡Si hasta está el jefe! No me había dado cuenta. Antes, las pocas reuniones que hacíamos eran a sus espaldas. Nuestro trato era correcto pero en realidad no nos tragábamos. Aparte de todo el trabajo que ya tenía pretendía que actuara como su intermediaria. Como no me pagó lo que le pedí me dediqué a transmitir sus órdenes a mi manera, ya sabes… Lástima del embrollo que se montó cuando al final se destapó que lo de las subidas de sueldo no era del todo cierto…
-Bueno, olvídalo, eso ya es el pasado. Cuéntame, ¿cómo te va en tu nuevo trabajo?
-Pues la verdad es que muy bien. De nuevo vuelvo a estar al frente de los contratos, pero toco también algo de marketing. Al ser un entorno más creativo estoy más contenta. Una pena que el ambiente entre los compañeros no sea tan bueno como me contaron en la entrevista.

Ni harta de vino me acerco yo a esa gente



Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino. Tema: El Diálogo.

domingo, 27 de noviembre de 2016

La escritura y yo. Autocarta

Querida Laura,
Un poco raro, esto de escribirte una carta. Aunque, no mientas, lo llevas haciendo tanto tiempo… Desde tu primera escritura original en el diario que te regalaron el día de la comunión de tus hermanos o cuando ese mismo diario, con letra ya diestra, empezó a recibir tus historias de adolescente. Eran simples relatos de tus días cargados con la emoción de las primeras veces; si ahora lo abrieras seguro que se escucharían risitas incontenibles en esas páginas teñidas con el color de nuestro rubor.
La transición a tu otro diario, el que tu hermana no llegó a utilizar, fue más oscura: párrafos en los que comenzaron a aparecer los primeros porqués. No recuerdo si terminaste ese segundo diario, pero sí sé que ya no hubo un tercero. Ya no tenías tanto tiempo y sí mucho que estudiar. Además, lo del diario era algo tan infantil… A nuestra escritura nunca le dimos demasiada importancia pero tampoco en esa época faltaban hojas sueltas que rellenar ni márgenes de apuntes en los que dejar que el bolígrafo trazara curvas con despecho frente a la rigidez de tantas ecuaciones, teoremas y gráficos. Los tiraste todos no hace tanto, solo se salvó la bolsa en la que guardabas las hojas sueltas en donde tu bolígrafo voló, diferenciando, ahora sí, lo que era realmente importante de lo que no.
Las hojas sueltas dieron paso a cuadernos que, destinados a los cursos que apoyaban los primeros compases laborales, terminaban siendo testigos de aquello que sentías, de aquello que atenazaba y frustraba. Encontrar hoy el orden cronológico de tantos escritos ocultos sería tarea propia de arqueólogos.
Poco después te volviste ordenada y la escritura medicinal comenzó a rellenar archivos de word con fecha incrustada. Todavía se trataba de escritura clandestina que atesorabas con celo, centinela de tus desdichas. Inocente o soberbia, decídelo tú, te creías única depositaria de tanta negrura, y había días en los que corrías a casa con el único objetivo de desahogarte sobre el ordenador. Comer, dormir y escribir eran tus funciones vitales.
Un día te descubriste con sorpresa poniendo flores a una de aquellas reflexiones. Al cabo te provocó una risotada la ocurrencia que había salido de tus propias teclas… Lo que antes atenazaba, ahora se transformaba en risa tras traducirse a letras… Y decidiste compartirlo y llamarlo Escritura Curativa. Muchos se sorprendieron de que escribieras, tú misma te excusabas y hasta creías tus propios sonidos al afirmar que llevabas practicando poco tiempo, que eso no era escribir… escribir era una palabra muy seria de la que sólo eran dignos unos cuantos.
Poco tardaste en sentir que tu escritura expuesta se había transformado en tu revolución. Mostrarte te hacía más fuerte a la vez que se llevaba por delante caparazones de supuesta perfección y exigencia. Te sentías a gusto en medio de la vulnerabilidad de juicios que nunca llegaron.
Y así hasta hoy. Ya no niegas la importancia que tienen las palabras para ti. Ni la eternidad que acompaña al momento en que ruedan sin obstáculo desde algún lugar incomprensible hasta la pantalla en la que las vas leyendo. Ahora simplemente escribes porque es inevitable. Porque, haciéndolo, sabes que eres libre.
Me despido ya hasta la próxima historia. No sé si será un cuento, una reflexión u otra carta. En cualquier caso, directa o indirectamente hablaremos de nosotras. La escritura siempre ha sido la vía en la que tú y yo nos encontramos.
Con infinito amor,
Laura

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino.

lunes, 21 de noviembre de 2016

La singular destreza de Facundo

Imagino que él habría empezado a hacer sus cábalas mucho antes de que yo ni tan siquiera sospechara, pero para mí la historia comenzó en el momento en que le compré aquellas galletitas de colores que prometían resultados deslumbrantes en el pelaje de mi Facundo. Las coloqué en su comedero, expectante ante la sorpresa que se llevaría cuando volviera de su ruta libre por los tejados vecinos y encontrara el primer cambio de menú en meses, pero me perdí ese momento, entretenida como estaba en labores hogareñas acumuladas. Un rato más tarde, colada bajo el brazo, a la hora en que Facu disfrutaba de su segunda excursión diaria, crucé hacia la terraza por delante del rincón que representaba sus dominios y entonces fui yo la sorprendida al encontrarme las galletitas dispuestas de forma desigual en cinco hileras perfectas. ¿Aquello no se parecía un poco a un ábaco? Poco recordaba del uso de tal chisme pero juraría que la disposición de las galletas daba como resultado… ¡ciento setenta y tres! En un instante pasaron por mi cabeza imágenes de mi misma ataviada en pieles, deslumbrada por cientos de flashes al paso de Don Facundo y mío… - Pero ¿qué estoy pensando?- me dije sacudiendo la cabeza. Aunque no podía negar ni dejar de enorgullecerme del desarrollo de la psicomotricidad fina de mi gato, tampoco aquella destreza prometía réditos del calibre que infería mi imaginación.
Olvidado aquel episodio y viendo que a Facundo le gustó mucho su nueva comida, por no hablar de lo brillante que lucía su lomo, seguí visitando en el súper la estantería de mascotas gourmet, casi el único lujo que nos permitíamos. Pero las rarezas continuaban y, aunque aún no había encontrado el hilo invisible que las unía, no me pasaba desapercibido que a Facundo algunos días le daba por comerse sólo las galletas rojas, otros, las azules, algunas veces sólo dejaba en el cuenco las amarillas o de repente aparecían todas las verdes esparcidas por el suelo de la cocina… hoy sé que aquellas eran sus prácticas con la Teoría de Conjuntos y yo, pobre de mí, me movía en la incertidumbre del conjunto vacío.
Lo más extraño es que nunca le pillaba perpetrando sus peculiares fechorías. Cuando estábamos los dos en casa le miraba de reojo pero su comportamiento siempre me parecía el de un gato basicote: de repente se lavaba sus patitas, o levantaba la cabeza con algún ruido súbito, al cabo se entretenía jugando con una mosca o ronroneaba como una moto vieja cuando recibía su dosis diaria de caricias… un gato de perfil normal, vaya. Pero cada vez que salía, a la vuelta me topaba con el resultado de sus extraños juegos con la comida: a veces las galletas se amontonaban en grupos de diez, de cinco, de siete… otras, aparecían conformando secuencias de progresión ascendente e incluso exponencial. El día en que no entendí el jeroglífico que Facundo había planteado decidí que tenía que desentrañar el misterio así que preparé un plan, nada del otro mundo, por cierto.
Facundo pretendía dormir en su cesto y digo pretendía porque un rato antes le había escuchado caminando por el pasillo. Yo me coloqué el uniforme como de costumbre, abrí la puerta de casa y cerré de golpe sin salir. Me quité los zapatos y, todo lo sigilosamente que pude, me aproximé a la puerta de la cocina. A través del cristal translúcido pude observar la silueta distorsionada de mi gato saliendo de su cesta y acercándose al cacharro de las galletas. Esperé un poco, el corazón latiendo en mis sienes, y abrí con cuidado, muy, muy despacio, rezando para que los goznes no chillaran esta vez. Cuando entré encontré a Facu delante de un montoncito de galletas azules señalándose con la uña de la patita derecha cada una de las almohadillas de la patita izquierda mientras movía la boca como una beata. No podía creerlo, ¡las estaba contando! Al descubrirme paró en seco pero lejos de amedrentarse me miró muy serio sin que le temblaran los bigotes y, desafiante, continuó contando con las zarpas sin romper nuestro contacto visual. Lo más impactante de todo no fue descubrir que Facundo aprendía matemáticas por su cuenta sino el sonido de aquella voz inclasificable y metálica que por primera vez escuchaba salir de su boquita, reprochándome: -¿Qué quieres, Laura? Es que eres un desastre con las cuentas-. No pude rebatirle, pues razón no le faltaba.
Hoy es él quien lleva la contabilidad de la casa.
Y nos va mucho mejor.
Hipotético Facundo a la caza de hipótesis

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino.

martes, 11 de octubre de 2016

La foto de La Masa

Siempre me causó extrañeza el resultado de aquella foto que me hizo nuestro padre. Incluso ahora. Una foto que es ejemplo de la diferencia que existe entre lo que se ve desde fuera y lo que se vive desde dentro.
Debía ser otoño, lo digo por mi vestido rojo de punto finito que tanto me gustaba. Y por tus pantalones de pana tan de moda en los ochenta. También por la luz rosada, típica de nuestros Octubres. Aunque puede que ese color sólo venga del revelado de la vieja cámara de papa… Cuando se colocó delante de nosotros y nos invitó a posar, los niños más guapos del mundo nos levantamos del batiente donde estábamos sentados, supongo que jugando o chinchándonos. Tú, decidido, estiraste los brazos, apretaste los puños y soltaste un rugido. Eras La Masa, lo de Hulk llegaría lustros más tarde. Aquellos días La Masa y Diego el Pelusa eran los protagonistas indiscutibles de tus dibujos.
A un lado, me fijaba muy atenta en tu pose, pendiente como siempre de lo que hacías, aprendiendo de tus pasos más experimentados que los míos. Sabías tantas cosas… Pero yo también hacía mis progresos: cada día me salía mejor mi propio dibujo de La Masa y la imitación de vuestros gestos, vuestra forma de hablar, de correr o incluso de dirigiros a nuestros padres ya me iba pareciendo pan comido. Por cierto, ¿dónde estaba Ana el día de esta foto? Es raro que no apareciera porque siempre andábamos juntos los tres, compartiendo aquellas tardes en las que podían transcurrir cien vidas antes de que se pusiera el sol. Vaya pandilla... Os recuerdo siempre enfurruñados, provocándoos quizá para conquistar el territorio que el otro había ganado. Yo observaba desde la segura distancia que da la retaguardia, temerosa porque en cualquier momento se podía producir una explosión, cuidadosa para no activar ninguna mina enterrada. Me gustaban las treguas porque así aprovechaba para jugar con los dos. A veces con uno, a veces con el otro. A veces canicas, a veces muñecas. A veces futbolista o tenista, a veces peluquera o actriz… Lo mejor era cuando jugábamos los tres al escondite por toda la casa, así nos convertíamos en cómplices ante el verdadero enemigo, ellos, nuestros padres. Lo peor era cuando os poníais los dos en mi contra, cuando vuestro enemigo era yo. ¿De qué os reíais aquel día debajo de la mesa? No podía soportarlo, no lo entendía. Y ¿qué podía hacer sin armas ni aliados? Imagino que correr a llorar bajo las faldas de nuestra madre tras haber probado una vez más el gusto amargo del rechazo. Nadie se cree ya que la infancia sea la época más feliz.
- Venga Laura, que ahora te toca a ti- me dijo papa. Era mi turno para la foto. Podría haber elegido una sonrisa, o apoyar la pierna doblada en la pared como también hacían los mayores. Pero en esos pocos pasitos que me separaban del tiro de la cámara decidí demostrarte lo grande que ya era. Así que, tal y como te había visto hacer, estiré mis brazos, apreté los puños y solté un rugido terrible, muy, muy feroz… ¿Ves? No era tan difícil. Tu respeto estaba asegurado.
Pero papa debió haber enfocado mal, o quizá fue que la luz rosada de nuestros otoños aportaba matices extraños a mi personaje porque en esa foto mis garras sólo eran unos pequeños puños hacia arriba, mi cuerpo verde y musculoso iba cubierto con un vestidito rojo y zapatos con hebilla, mi terrorífica mirada sólo era una sonrisa inocente buscando aprobación… Y por ningún lado aparecía la brutalidad de La Masa ni el ímpetu de esa niña de dos o tres años que quería sentirse una igual ante su hermano mayor. 


Este escrito es el resultado de un ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio de Escritura. Sesión I: La memoria y la Experiencia. No me resisto a ir colgando mis experimentos por aquí.