domingo, 27 de noviembre de 2016

La escritura y yo. Autocarta

Querida Laura,
Un poco raro, esto de escribirte una carta. Aunque, no mientas, lo llevas haciendo tanto tiempo… Desde tu primera escritura original en el diario que te regalaron el día de la comunión de tus hermanos o cuando ese mismo diario, con letra ya diestra, empezó a recibir tus historias de adolescente. Eran simples relatos de tus días cargados con la emoción de las primeras veces; si ahora lo abrieras seguro que se escucharían risitas incontenibles en esas páginas teñidas con el color de nuestro rubor.
La transición a tu otro diario, el que tu hermana no llegó a utilizar, fue más oscura: párrafos en los que comenzaron a aparecer los primeros porqués. No recuerdo si terminaste ese segundo diario, pero sí sé que ya no hubo un tercero. Ya no tenías tanto tiempo y sí mucho que estudiar. Además, lo del diario era algo tan infantil… A nuestra escritura nunca le dimos demasiada importancia pero tampoco en esa época faltaban hojas sueltas que rellenar ni márgenes de apuntes en los que dejar que el bolígrafo trazara curvas con despecho frente a la rigidez de tantas ecuaciones, teoremas y gráficos. Los tiraste todos no hace tanto, solo se salvó la bolsa en la que guardabas las hojas sueltas en donde tu bolígrafo voló, diferenciando, ahora sí, lo que era realmente importante de lo que no.
Las hojas sueltas dieron paso a cuadernos que, destinados a los cursos que apoyaban los primeros compases laborales, terminaban siendo testigos de aquello que sentías, de aquello que atenazaba y frustraba. Encontrar hoy el orden cronológico de tantos escritos ocultos sería tarea propia de arqueólogos.
Poco después te volviste ordenada y la escritura medicinal comenzó a rellenar archivos de word con fecha incrustada. Todavía se trataba de escritura clandestina que atesorabas con celo, centinela de tus desdichas. Inocente o soberbia, decídelo tú, te creías única depositaria de tanta negrura, y había días en los que corrías a casa con el único objetivo de desahogarte sobre el ordenador. Comer, dormir y escribir eran tus funciones vitales.
Un día te descubriste con sorpresa poniendo flores a una de aquellas reflexiones. Al cabo te provocó una risotada la ocurrencia que había salido de tus propias teclas… Lo que antes atenazaba, ahora se transformaba en risa tras traducirse a letras… Y decidiste compartirlo y llamarlo Escritura Curativa. Muchos se sorprendieron de que escribieras, tú misma te excusabas y hasta creías tus propios sonidos al afirmar que llevabas practicando poco tiempo, que eso no era escribir… escribir era una palabra muy seria de la que sólo eran dignos unos cuantos.
Poco tardaste en sentir que tu escritura expuesta se había transformado en tu revolución. Mostrarte te hacía más fuerte a la vez que se llevaba por delante caparazones de supuesta perfección y exigencia. Te sentías a gusto en medio de la vulnerabilidad de juicios que nunca llegaron.
Y así hasta hoy. Ya no niegas la importancia que tienen las palabras para ti. Ni la eternidad que acompaña al momento en que ruedan sin obstáculo desde algún lugar incomprensible hasta la pantalla en la que las vas leyendo. Ahora simplemente escribes porque es inevitable. Porque, haciéndolo, sabes que eres libre.
Me despido ya hasta la próxima historia. No sé si será un cuento, una reflexión u otra carta. En cualquier caso, directa o indirectamente hablaremos de nosotras. La escritura siempre ha sido la vía en la que tú y yo nos encontramos.
Con infinito amor,
Laura

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino.

lunes, 21 de noviembre de 2016

La singular destreza de Facundo

Imagino que él habría empezado a hacer sus cábalas mucho antes de que yo ni tan siquiera sospechara, pero para mí la historia comenzó en el momento en que le compré aquellas galletitas de colores que prometían resultados deslumbrantes en el pelaje de mi Facundo. Las coloqué en su comedero, expectante ante la sorpresa que se llevaría cuando volviera de su ruta libre por los tejados vecinos y encontrara el primer cambio de menú en meses, pero me perdí ese momento, entretenida como estaba en labores hogareñas acumuladas. Un rato más tarde, colada bajo el brazo, a la hora en que Facu disfrutaba de su segunda excursión diaria, crucé hacia la terraza por delante del rincón que representaba sus dominios y entonces fui yo la sorprendida al encontrarme las galletitas dispuestas de forma desigual en cinco hileras perfectas. ¿Aquello no se parecía un poco a un ábaco? Poco recordaba del uso de tal chisme pero juraría que la disposición de las galletas daba como resultado… ¡ciento setenta y tres! En un instante pasaron por mi cabeza imágenes de mi misma ataviada en pieles, deslumbrada por cientos de flashes al paso de Don Facundo y mío… - Pero ¿qué estoy pensando?- me dije sacudiendo la cabeza. Aunque no podía negar ni dejar de enorgullecerme del desarrollo de la psicomotricidad fina de mi gato, tampoco aquella destreza prometía réditos del calibre que infería mi imaginación.
Olvidado aquel episodio y viendo que a Facundo le gustó mucho su nueva comida, por no hablar de lo brillante que lucía su lomo, seguí visitando en el súper la estantería de mascotas gourmet, casi el único lujo que nos permitíamos. Pero las rarezas continuaban y, aunque aún no había encontrado el hilo invisible que las unía, no me pasaba desapercibido que a Facundo algunos días le daba por comerse sólo las galletas rojas, otros, las azules, algunas veces sólo dejaba en el cuenco las amarillas o de repente aparecían todas las verdes esparcidas por el suelo de la cocina… hoy sé que aquellas eran sus prácticas con la Teoría de Conjuntos y yo, pobre de mí, me movía en la incertidumbre del conjunto vacío.
Lo más extraño es que nunca le pillaba perpetrando sus peculiares fechorías. Cuando estábamos los dos en casa le miraba de reojo pero su comportamiento siempre me parecía el de un gato basicote: de repente se lavaba sus patitas, o levantaba la cabeza con algún ruido súbito, al cabo se entretenía jugando con una mosca o ronroneaba como una moto vieja cuando recibía su dosis diaria de caricias… un gato de perfil normal, vaya. Pero cada vez que salía, a la vuelta me topaba con el resultado de sus extraños juegos con la comida: a veces las galletas se amontonaban en grupos de diez, de cinco, de siete… otras, aparecían conformando secuencias de progresión ascendente e incluso exponencial. El día en que no entendí el jeroglífico que Facundo había planteado decidí que tenía que desentrañar el misterio así que preparé un plan, nada del otro mundo, por cierto.
Facundo pretendía dormir en su cesto y digo pretendía porque un rato antes le había escuchado caminando por el pasillo. Yo me coloqué el uniforme como de costumbre, abrí la puerta de casa y cerré de golpe sin salir. Me quité los zapatos y, todo lo sigilosamente que pude, me aproximé a la puerta de la cocina. A través del cristal translúcido pude observar la silueta distorsionada de mi gato saliendo de su cesta y acercándose al cacharro de las galletas. Esperé un poco, el corazón latiendo en mis sienes, y abrí con cuidado, muy, muy despacio, rezando para que los goznes no chillaran esta vez. Cuando entré encontré a Facu delante de un montoncito de galletas azules señalándose con la uña de la patita derecha cada una de las almohadillas de la patita izquierda mientras movía la boca como una beata. No podía creerlo, ¡las estaba contando! Al descubrirme paró en seco pero lejos de amedrentarse me miró muy serio sin que le temblaran los bigotes y, desafiante, continuó contando con las zarpas sin romper nuestro contacto visual. Lo más impactante de todo no fue descubrir que Facundo aprendía matemáticas por su cuenta sino el sonido de aquella voz inclasificable y metálica que por primera vez escuchaba salir de su boquita, reprochándome: -¿Qué quieres, Laura? Es que eres un desastre con las cuentas-. No pude rebatirle, pues razón no le faltaba.
Hoy es él quien lleva la contabilidad de la casa.
Y nos va mucho mejor.
Hipotético Facundo a la caza de hipótesis

Este escrito es el resultado de un nuevo ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio Clandestino.

martes, 11 de octubre de 2016

La foto de La Masa

Siempre me causó extrañeza el resultado de aquella foto que me hizo nuestro padre. Incluso ahora. Una foto que es ejemplo de la diferencia que existe entre lo que se ve desde fuera y lo que se vive desde dentro.
Debía ser otoño, lo digo por mi vestido rojo de punto finito que tanto me gustaba. Y por tus pantalones de pana tan de moda en los ochenta. También por la luz rosada, típica de nuestros Octubres. Aunque puede que ese color sólo venga del revelado de la vieja cámara de papa… Cuando se colocó delante de nosotros y nos invitó a posar, los niños más guapos del mundo nos levantamos del batiente donde estábamos sentados, supongo que jugando o chinchándonos. Tú, decidido, estiraste los brazos, apretaste los puños y soltaste un rugido. Eras La Masa, lo de Hulk llegaría lustros más tarde. Aquellos días La Masa y Diego el Pelusa eran los protagonistas indiscutibles de tus dibujos.
A un lado, me fijaba muy atenta en tu pose, pendiente como siempre de lo que hacías, aprendiendo de tus pasos más experimentados que los míos. Sabías tantas cosas… Pero yo también hacía mis progresos: cada día me salía mejor mi propio dibujo de La Masa y la imitación de vuestros gestos, vuestra forma de hablar, de correr o incluso de dirigiros a nuestros padres ya me iba pareciendo pan comido. Por cierto, ¿dónde estaba Ana el día de esta foto? Es raro que no apareciera porque siempre andábamos juntos los tres, compartiendo aquellas tardes en las que podían transcurrir cien vidas antes de que se pusiera el sol. Vaya pandilla... Os recuerdo siempre enfurruñados, provocándoos quizá para conquistar el territorio que el otro había ganado. Yo observaba desde la segura distancia que da la retaguardia, temerosa porque en cualquier momento se podía producir una explosión, cuidadosa para no activar ninguna mina enterrada. Me gustaban las treguas porque así aprovechaba para jugar con los dos. A veces con uno, a veces con el otro. A veces canicas, a veces muñecas. A veces futbolista o tenista, a veces peluquera o actriz… Lo mejor era cuando jugábamos los tres al escondite por toda la casa, así nos convertíamos en cómplices ante el verdadero enemigo, ellos, nuestros padres. Lo peor era cuando os poníais los dos en mi contra, cuando vuestro enemigo era yo. ¿De qué os reíais aquel día debajo de la mesa? No podía soportarlo, no lo entendía. Y ¿qué podía hacer sin armas ni aliados? Imagino que correr a llorar bajo las faldas de nuestra madre tras haber probado una vez más el gusto amargo del rechazo. Nadie se cree ya que la infancia sea la época más feliz.
- Venga Laura, que ahora te toca a ti- me dijo papa. Era mi turno para la foto. Podría haber elegido una sonrisa, o apoyar la pierna doblada en la pared como también hacían los mayores. Pero en esos pocos pasitos que me separaban del tiro de la cámara decidí demostrarte lo grande que ya era. Así que, tal y como te había visto hacer, estiré mis brazos, apreté los puños y solté un rugido terrible, muy, muy feroz… ¿Ves? No era tan difícil. Tu respeto estaba asegurado.
Pero papa debió haber enfocado mal, o quizá fue que la luz rosada de nuestros otoños aportaba matices extraños a mi personaje porque en esa foto mis garras sólo eran unos pequeños puños hacia arriba, mi cuerpo verde y musculoso iba cubierto con un vestidito rojo y zapatos con hebilla, mi terrorífica mirada sólo era una sonrisa inocente buscando aprobación… Y por ningún lado aparecía la brutalidad de La Masa ni el ímpetu de esa niña de dos o tres años que quería sentirse una igual ante su hermano mayor. 


Este escrito es el resultado de un ejercicio propuesto por Un Cuarto Propio en su Laboratorio de Escritura. Sesión I: La memoria y la Experiencia. No me resisto a ir colgando mis experimentos por aquí.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Mucho más que 5 Ritmos

¿Por qué no bailo, con lo que me gusta?
Una pregunta que más que pregunta, fue detonante. Abrí el ordenador, busqué entre mi música y ahí, en el espacio entre la cama y el armario, bailé. Sin mucha convicción al principio pero lo hice, y a medida que me movía la vida empezaba a circular, temerosa, de nuevo.
En mitad de mi trémula danza me acordé de Helena y de la sesión que pocos años antes había probado de sus Cinco Ritmos. Por aquel entonces únicamente la vaga imagen de una mujer reconocida y la entusiasta recomendación de mi hermana con amigos comunes de por medio, fueron avales suficientes para animarme a asistir a un taller del que sólo conocía su nombre.
La sala era muy grande y caras familiares se mezclaban con extraños. Nos colocamos obedientes en círculo y, en medio, Helena nos explicaba qué era eso de los Cinco Ritmos. Fluido, Staccato, Caos, Lírico y Quietud… Mientras, yo trataba de memorizar las pautas de cada uno por si después había que tenerlas en cuenta para la práctica.
Pero la duda se despejó pronto. Tras unas dinámicas para tomar contacto con la sala, con el resto de participantes y con nosotros mismos, ya no hubo más pauta ni dinámica que la que traía consigo la música. Aun cohibida por la presencia del resto, le abrí paso al Fluido y un sinuoso movimiento se instaló entre mis articulaciones, tímidas todavía. Atraídos por el baile fueron acudiendo, curiosos, los trozos de mí que aún andaban esparcidos por toda la sala: mi pudor, mis dudas e inseguridades… sin saber que al acercarse se diluirían en la fuerza centrípeta de mis giros. Bailando, me iba reconociendo.
Al cabo, subió el tempo y mi cuerpo respondió al Staccato con gestos más definidos, más secos, más lineales. Empezó a incomodarme el estar parada en un mismo lugar y para mi sorpresa me transformé en planeta, girando sobre mí misma y alrededor del universo que acababa de encontrar. Me divertía y de eso se trataba… Pero no había tiempo para pensar y menos cuando una corriente endiablada me atravesó sin permiso, entrando por los pies y transformando mis acompasados contoneos en impulsos casi eléctricos. Toda yo era movimiento incontenible y la sala se había esfumado. Con el Caos dentro no era dueña de mi cuerpo, que me sorprendía con espasmos salvajes como jamás le había visto. Rota mi estructura, era más pura que nunca por eso me abandoné y al abandonarme, me sentí libre.
Giving it (completely) all
Recuperé el aliento y la consciencia de mí gracias a la suave transición hacia el Lírico pero era una yo diferente, más liviana, más viva, flotando dentro de una intimidad que no quería abandonar todavía. Por eso seguí indagando en la extensión de este cuerpo recién descubierto que era el mío. Jugué con su amplitud y con la delicadeza de un compás que se iba ralentizando poco a poco. Entonces mis pies se volvieron raíces y el movimiento, sin irse aún del todo, me mecía suavemente. Tanta vida que se había agitado se instaló sobre mi piel encendiendo cada una de mis células, mientras el balanceo cada vez más sutil me iba invitando a la Quietud, al silencio, al vacío… a mí.
Nunca imaginé que el baile, el juego, seguían estando a mi alcance y que eran la llave maestra para recuperar mi lado más salvaje, más puro y verdadero...
Por eso aquel día danzando tímidamente al lado de mi cama recordé los Cinco Ritmos. Llevaba un tiempo alejada de mi propio sendero. Recuperarlo significaba caminar durante un trecho entre zarzales pero entreví que la diversión, el juego y la risa me ahorrarían unos cuantos rasguños. Busqué a Helena Barquilla y decidí seguirla siempre que pudiera.
Atrás quedaron las zarzas. Bailando encontré un camino justo bajo mis pies.




domingo, 11 de septiembre de 2016

Llegar al escenario

La foto es de este artista

-  Morir es volver-, nos dijo Lee en un momento de su charla sobre medicina china. - ¿Morir es qué?- Preguntó Carlos a mi lado. El estruendo de la lluvia sobre la carpa ahogaba las palabras del coreano. - Morir es volver-, le repetí en voz baja.
Tumbada en el sofá, descansando de una semana inolvidable, paladeo la batería de recuerdos que me asaltan: las clases de teatro, aparcar mi propia importancia y reírme de mí misma; la valentía de mis compañeros al exponerse, tantos ojos en los que me reflejé, bailar sin pautas y sin juicios. Jugar… Pero mi memoria selectiva se ha detenido en las palabras de Lee. Quizá porque me quedó pendiente decirle a Carlos que uno de los poemas del Tao Te King comienza con esta frase: Vivir es llegar y morir es volver*. El apunte no venía al caso.
Al regresar de mis ensoñaciones el silencio de casa no es tan quedo. Miro despacio a un lado, a otro… no hay nada pero yo siento que me observa una inmensa multitud. Acaso la inmensa multitud que ya volvió. La quietud se me antoja ahora plagada de vida potencial aguardando en el patio de butacas de un gran teatro. Y yo, como si aún no me hubiera bajado de las tablas, me siento la protagonista de una trama en la que nadie me ha dado el guión. De repente improvisar ante ellos me vuelve vulnerable. ¿Qué toca ahora? ¿Les estaré defraudando? ¿Debería hacer algo más espectacular para complacerles? No les veo, como si el motivo fueran unos focos imaginarios orientados hacia mi escenario. Pero percibo sus sonrisas alentándome, expectantes ante lo que presencian. Soy una actriz representando esta obra que es mi vida.
Por un momento la idea me parece tan coherente que tengo la certeza de haber descubierto el mayor misterio del universo. Salir a vivir, llegar, sería como atreverse a salir voluntaria en clase de teatro, exponerse y participar en la trama de quienes ya estaban ahí antes que tú. Morir es volver al anonimato del lugar seguro adonde antes aguardaba mi turno; allí adonde ahora ríen y esperan ellos. Desde ahí qué fácil parece resolver cada escena, imaginar cien ingeniosas respuestas diferentes ante un mismo entuerto.
Pero todo cambia cuando estás frente al público. Sobre el escenario, sobre la vida, no hay tiempo para pensar, hay miedo a defraudar, hay inseguridad ante el no gustar. ¿Dónde, dónde está el maldito guión? Desnuda y vulnerable delante de tantos ojos que reflejan tus propios juicios, sin saber lo que se espera de ti, tratas de resguardarte pero ¿adónde? Nadie pasa desapercibido sobre las tablas, tampoco en la vida. Desarmada, intentas imitar a otros que sí te han gustado, pero no te sirve: el público no se emociona y tú te sientes perdida.
Hasta que descubres que no hay mejor resguardo que uno mismo. Que ni sobre el escenario ni sobre la vida tienes que esforzarte en hacer nada. Que no hay nada que demostrar puesto que es evidente que ya estás ahí: en la vida o en el escenario. Nadie te pide nada, sólo escuchar y observar con calma para poder dar las respuestas que sólo pueden darse a través de ti. Sólo así, mediante esa verdad esencial, se consigue transmitir la magia necesaria para lograr que desde el patio de butacas se escuche un fervoroso ¡SÍ, SÍ, SÍ!
Un día nos preguntaron qué haríamos antes de morir. Yo fui una de las pocas que no se expusieron ante el resto; en ese momento no recordaba nada concreto que yo anhelara antes de mi muerte. Hoy tampoco. Pero si vivir es llegar y morir es volver, yo quiero ser consciente cada día de que mi llegada es efímera, y saberme por eso afortunada de estar aquí. Sentir que es ahora y sólo ahora el momento justo para representar este papel que es el mío. No perder de vista que la trama, sea alegre o triste, sólo es la excusa necesaria para dar las respuestas que sólo yo puedo dar. Jugar… jugar todo lo posible para que así, cuando me toque volver, me despoje orgullosa de este traje, ajado por haber vivido intensamente cada uno de los actos. Y volver a sentarme en el patio de butacas satisfecha por haber tenido la osadía de representarme a mí misma.



*POEMA L
Vivir es llegar y morir es volver.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la vida.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la muerte.
Tres hombres de cada diez mueren en el ansia de vivir.
¿Cómo puede sobrevivir el décimo hombre?
He oído decir que quien sabe cuidarse
Viaja sin temor al rinoceronte,
Ni al tigre,
Y va desarmado al combate.
El rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
Ni el tigre donde clavarle su garra,
Ni el arma donde hundir su filo,
¿Por qué?
Porque en él nada puede morir. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Desmontando a Trescatorce. Pi

Hace tiempo que me ronda Pi (en adelante, π).
Todo comenzó aquel día en mi patio, sentada sin hacer nada. Era por la tarde. Miré a mi derecha, al rincón donde amontono la basura que no entra ni en el contenedor de vidrio ni en el de envases ni en el de papel; aquella cuyo único destino es el punto limpio. Y me vino a la cabeza que siempre hay algo inclasificable cuando nos empeñamos en ordenar. ¿Quién no tiene un hueco en la cocina en el que guarda lo que no son cubiertos ni servilletas ni cacerolas ni platos ni vasos? ¿Acaso nadie abre en su ordenador una carpeta “Varios” para almacenar lo que no entra en la de “Música”, “Fotos” o “Escritos”? O cuando tratas de archivar tus libros en una caja cual tetris, ¿no te queda siempre un espacio muerto? ¿Eres incapaz como yo de que el cajón de las bragas quede impoluto, separadas ellas por colores y formas? Por más que nos obcequemos en ordenar siempre quedará algo fuera de toda categoría. Dentro de cualquier pretendido orden siempre hay un espacio para el caos. Pero, ¿por qué surge el caos?, me pregunté…
Y fue entonces cuando irremediablemente pensé en π.
Al día siguiente fui al supermercado que tengo enfrente de casa. La compra me costó 3,14 euros. En la misma semana, un amigo me mandó esto:
 
Y supe que no tenía otra alternativa que hablar de π.
Los efluvios de mi inclasificable basura trajeron a mi mente imágenes de matemáticos de todo el mundo, años ha, buscando una fórmula para calcular la longitud de una circunferencia1,2. Los supuse frustrados tratando de encontrar una ecuación “limpia”, una relación sencillita. En su defecto, cualquier intento de cálculo les llevaba a la aparición de una constante, π, que además no era en absoluto constante. π es una constante infinita. Es la infinita evidencia de que nunca, nunca, podrían obtener la longitud exacta de esa circunferencia perfecta que habían trazado. Podrían obtener muy buenas aproximaciones, claro. Esas aproximaciones eran más que suficientes para diseñar ruedas, reactores nucleares, el contorno de un cohete espacial… por supuesto, pero si su pretensión era calcular exactamente la longitud de la circunferencia… con π habían topado. Y π es mucho π: ahí sigue pariendo decimales, restregándonos en la cara lo alejados que estamos de alcanzar el ideal.
Ay π… π, π, π…
π, como mi indefinible basura, representa lo ingobernable, lo indómito, el propio caos. Pero, insisto, ¿por qué surge π? ¿Qué ha provocado su existencia? ¿Es π lo que está fastidiando a los matemáticos más pulcros? En la ráfaga de pensamientos que emitía mi cerebro al albur de mis desechos, no era π la barrera que separaba a los científicos del conocimiento pleno de la circunferencia ideal sino que lo que estorbaba en esta ecuación era la propia representación de la circunferencia ideal. En el camino del conocimiento, las alarmas en forma de π y otras constantes surgen cuando lo que se pretende conocer, atrapar, clasificar, no existe en la naturaleza. Es sólo una idea, un ideal. No es real. Y la circunferencia perfecta que el hombre dibuja con un compás es eso, sólo un ideal.
Lo que quiero decir es que cualquier acto de simplificación, explicación y clasificación por parte del hombre lleva implícito un error, un fallito, algo que no termina de encajar con la verdad. Y la evidencia de esa maniobra de aproximación que fabrica el hombre o de esa chapucilla, es π en el caso de las circunferencias, es la basura que no se acopla a ningún contenedor, es el año bisiesto que surge para ajustar el despropósito de dividir el giro de la tierra en doce meses. Y la culpa no es del año bisiesto ni de la basura ni de las circunferencias, sino de los modelos en los que el hombre quiere encajonarlo todo.
La naturaleza, lo real, es algo mucho más perfecto por salvaje y por tanto, inasible completamente por el hombre. El planeta Tierra no es redondito por más que así lo pintemos en los mapas; la órbita terrestre no es una elipse ideal, aunque se parece; las ondas en el agua cuando tiras una piedra no se pueden dibujar con un compás; ni siquiera el rayo traza estelas puramente lineales, ni el canto que rueda queda finalmente esferoidal… Y sin embargo son perfectos en tanto que reales.
Pero la cuestión es que al final toda construcción del hombre sigue la misma pauta: generar una simplificación, una idea, un ideal, con el que tratar de explicarse el mundo; encontrar una ecuación que, aproximadamente, englobe el mayor número de casos. Y lo grave es que terminamos adoptando la simplificación como lo real. Ahora me refiero a que el hombre, en su afán, también ha diseñado una vida ideal, una ecuación de vida. Y todos los individuos, habiendo asumido el ideal como real y no como una circunstancia aproximada y aleatoria, terminamos por medirnos y juzgarnos respecto a esa idea. Así, una vez nos dijeron que las medidas ideales para la mujer eran 90-60-90, o que en la vida había que tener amigos-tener estudios-trabajo-pareja-hijos para ser felices y nosotros nos lo creímos, por eso sufrimos cuando nuestras medidas no se ajustan al canon o cuando alguno de los ítems vitales falla… pero ese sufrimiento es sólo nuestra particular manifestación de π. Si en nuestra vida no nos midiéramos según el ideal, segura estoy que el estado más común de los mortales sería la plenitud.
Hagamos caso a nuestra frustración, a nuestra rebeldía, a nuestro caos. Sirvámonos de ellos para poner en duda el modelo de vida en lugar de nuestra propia vida. Siguiendo el camino que marcan los malestares y nuestro caos personal y confiando en que albergamos más verdad que el modelo de vida que perseguimos, quizá nos topemos de bruces con el bienestar que pretendíamos cuando íbamos tras los hitos marcados por ese ideal de vida.
O como decía Luz Casal, si tienes un hondo penar, piensa en π; si tienes ganas de llorar, piensa en π… Piensa en π cuando sufras, cuando llores también piensa en π…




1: Todo el párrafo que sigue es inventado. El escrito en su conjunto está lleno de absurdo y vacío de datos contrastados.
2: Longitud de una circunferencia = 2 · π · radio.
NOTA: A día de hoy la basura (no perecedera, conste) no ha sido transportada aún al punto limpio. Que la rebeldía de π tampoco te lleve a la dejadez.



sábado, 6 de agosto de 2016

Crear el vacío. Escribir nada

Me pregunto qué ocurriría si me olvidara de escribir sobre el hecho de que no escribo. No merece la pena hablar de ello. Es como si hubiera escrito cada día. Como si no hubiera escrito hasta ahora. Me sorprende que piense tanto en ello, pues en mi caso no escribir es lo más parecido a escribir sobre todo aquello que conozco.
H.D. Thoreau a Blake en
Cartas a un buscador de sí mismo

De vez en cuando Silvia nos atemoriza a sus lectores con algún escrito en el que nos confiesa lo difícil que le resulta encontrar algún tema de lo que escribir. Nadie lo diría: su prosa fluye entre los resquicios de lo cotidiano con una facilidad lúbrica. El mismo día Bubo hablaba de algo parecido.
Aunque suene redundante, es así, cuando uno se pone a escribir necesita hablar sobre algo. Estamos acostumbrados a algos, a las cosas, a llenarnos de emociones, a acumular experiencias, a almacenar anécdotas… Parece que sólo le diéramos valor a la suma. En el caso del binomio escritura-lectura ocurre igual: hace falta algo para que nazca un escrito y qué poco nos atraería un escrito que no hablara de nada.
Precisamente me hallaba yo estos días reflexionando sobre eso: ¿cómo hablar de la nada? O mejor dicho, ¿podría expresarse la nada a través de la escritura? El vacío me obsesiona de un tiempo a esta parte y ya es paradójico que la nada me provoque una emoción que llena tanto.
¿De qué forma expresar el vacío? Para qué especular si el Tao Te King habla de ello*:

Treinta radios convergen
En el centro de la rueda,
Pero es su vacío
El que hace útil al carro.
Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
Pero de su vacío
Depende el uso de la vasija.
Se abren puertas y ventanas
En los muros de una casa,
Y es el vacío
Lo que permite habitarla.
En el ser centramos nuestro interés,
Pero del no-ser depende la utilidad.
Haciendo caso al sabio, para expresar la nada con la escritura o con cualquier otro medio sólo podemos limitarnos a crear el contexto que la permita.
¿Podría mi escrito expresar la nada si cuento dónde la encuentro? Probemos. Siento que el vacío está en la ausencia de intervención, en el ahorro de estrategias; en un agradecido dejarse llevar; en el no pretender nada para uno mismo –nada más y nada menos que lo que le corresponda legítimamente-. La nada la imagino en el agua que fluye sin descanso, inagotable. Sólo para físicos o químicos: en el estado estacionario (me apetecería hablar de esto algún día aunque pierda un alto porcentaje de lectores y el cariño de parte de mi familia, o toda). También en el imperfecto silencio de las noches de verano. En el oscuro abismo de ese mismo cielo. En el instante siguiente al paso de una estrella fugaz.
Siento que manifiesto nada cuando me alío con el silencio y camino sigilosa en mi propia casa, como si fuera a despertar a alguien aunque sea de día; al adaptarme al hueco que exista y no empeñarme en abrir a codazos para mí un espacio inexistente. Cuando me doy cuenta de mi propio cuerpo, incluso si estoy hablando contigo. Cuando, desafiando el ansia por rellenar mi tiempo, decido parar. Al imprimir deliberada parsimonia a cualquier actividad que desarrollo. En los movimientos intencionadamente lentos, casi quietos, incluidas las caricias.
La nada, tal y como yo la entiendo, es permitir, no querer. No confundir con consentir.
La nada es rebelde, entonces. Anticapitalista, también. La nada se opone al discurrir del ego, que sólo quiere para sí. Se escapa de la sobrevalorada persecución de los sueños, como dice mi amiga Mariana. La nada es orientarse hacia algo, pero no perseguirlo, sólo esperarlo. Es deshacer lo que uno cree que es. Se acerca cuando nos atrevemos a romper nuestra forma. Es potencial, es creatividad latente.
Pero por más que trate de explicármela, sigo sin quedarme satisfecha, ¿ves?: pretender la nada crea un efecto llamada sobre el todo que no la sacia. Eso es lo que significa: si lo quieres todo pon tu empeño en deshacerte de lo que tienes. Coloca la intención en lo contrario de los deseos. Haz el vacío el la pajita para beberte el zumo. Fabrica muros para ubicarte en el espacio que creas. Es delirante.
Volviendo al motivo de mis reflexiones, no es competencia del que escribe o del que crea escribir sobre la nada, sino provocarla y dejar después que todo ocurra. A un nivel práctico, actuar –escribir- con aplastante sinceridad si quieres que llegue algo y si no llega nada, no es el momento. No es buscar, es, como escuché hace poco, convertirse en canal. Dejar que nos desborde lo que pugna por salir a través de nosotros ya seamos escritores, cocineros, saltimbanquis, herreros, amos de nuestra casa…
Y de esta forma, al crear vacíos, creamos y nos vaciamos. El vacío, paradójicamente, lo crea para sí el que crea mientras crea. Y lo gestado en ese vacío, crea en el que recibe lo creado.
Un delirio.
El secarral provoca agradecidos oasis y éstos, aguas que crean tramas


* Poema XI