(Continuación del episodio anterior)
- Hola Laura.
- Ho-hola-, respondí trémula sin sobreponerme aún del respingo.
- ¿Te he asustado?
- Un poco, sí…
- Mira que me extraña, si estás harta de verme.
- No recuerdo haberme encontrado antes contigo…
- ¡Pero si estamos juntos todo el día! A cada momento.
- Perdóname si no te reconozco, es que estoy muy agobiada ahora mismo... No
veo nada, ni siento nada, no sé adónde ha ido el suelo que había bajo mis pies.
¡No sé dónde están mis pies! Es angustiosa esta luz blanca y plana… ¿No será
que estoy a las puertas de…? ¡¿No serás un heraldo de la muerte?! ¡¿Me ha dado
un jamacuco?!
- No, tranquila. Estás viviendo un proceso poco común, pero nada grave.
- ¿Pero es un jamacuco o no es un jamacuco?
- No. Has sufrido un desprendimiento
de realidad.
- ¿Qué?
- Y yo soy tu realidad, pero concentrada y parlante.
- ¡¿CÓMO?!
- Entiendo que es difícil de digerir. A una no se le cae la realidad todos
los días, pero es lo que te ha pasado. Se te cayó la realidad de tanto usarla.
- ¿Pero cómo vas a ser tú mi realidad? La realidad no es ningún ente, la
realidad es otra cosa… la realidad es, es…
- … Que no sabes lo que es la realidad, admítelo. Y que tomas por real el cuento que te cuentas cada día.
- ¿Qué cuento?
- Uf, estás más verde de lo que me temía… Mira Laura: lo que tú ves, lo que
sientes, lo que crees, no es lo REAL. Sólo se trata de la realidad parcial y
sesgada que creas tú y, como tú, cada individuo que vive sobre el planeta
Tierra. O sea, que cada persona crea su realidad. Y… ¡voilà!: yo soy la tuya. Soy lo que creas cada día. Yo soy… ¡TU
ENGENDRO!
- Me quedo loca.
- … Contengo la herencia cultural de tus ancestros, tu contexto
sociopolítico, tu acervo geográfico. Pero también la ideología que has
desarrollado a través de tus experiencias, de la opinión de la gente que te
rodea, de los libros y periódicos que lees…
- Un momento, si tú sólo eres un compendio de conceptos inmateriales, ¿por
qué carajo desde que te has desprendido no puedo tocar mi cuerpo ni ver el sofá
ni nada de lo material que me rodeaba?
- Digamos que las cosas, la
VERDAD pura y dura, lo que verdaderamente ES, sigue estando
ahí: neutral, modoso, pasivo… también tu sofá y tu salón siguen ahí embebidos
en esta luz blanca, pero desde que me he independizado no los ves porque solo puedes
acceder a todo ello si me pongo delante de tu vista, de tu oído, de tu olfato,
tu gusto y tu tacto... Sólo si yo, tu engendro, te filtro e interpreto lo que
existe.
- Pero vamos a ver, si aquí delante estaba el sofá, yo tendré que ver un
sofá y puntopelota. ¿Qué clase de
interpretación cabe ahí?
- No querida, adheridos a ese sofá hay un sinfín de adjetivos provenientes
de las ideas que has ido almacenando con el tiempo y que yo, tu engendro,
contengo: cómodo, hortera, bonito… el
sofá que tú ves no es el mismo sofá que ven tus invitados. Tampoco tu ciudad es
la misma en la que viven tus vecinos; ni tus parámetros de justicia son los que
deberían engrasar la maquinaria que mueve el mundo...
- Espera, ya sé por qué has venido. Estás aquí por mi cabreo de estos días,
¿verdad?
- Claro mujer. Estabas ahí tan vehemente dando por sentadas y reales tus
visiones del mundo que has provocado mi desconexión. Es lo que pasa cuando un
individuo cárnico como tú asume como real lo que ve a través de su engendro, y
más cuando se despliegan ante él engendros de, digamos, ideas contrapuestas. En
ese caso la temperatura del individuo cárnico se incrementa de tal modo que
puede provocar la declaración unilateral de independencia de su engendro. Lo
que nos ha pasado a ti y a mí, vaya.
- Qué movidón.
- No es poco, no. Se desencadenan guerras y todo cuando la gente se empeña
en defender a ultranza su propio engendro. No hay que subestimarnos.
- Oye Engendro, y si cada humano sólo ve su propia realidad, ¿nunca
podremos acceder a la verdad verdadera?
- Claro que podéis. Lo REAL y verdadero es la suma de todos los engendros.
Sólo hay que asomarse a la realidad de los otros para ir, poquito a poco,
componiendo el enorme puzzle de la verdad, es decir, de esta luz blanca y
silenciosa que todo lo llena.
Dicho esto, el engendro pegó un salto y se volvió a encaramar sobre mí y sobre cada uno de mis sentidos. Las flores de ajo secas, la ventana, el sofá y mi propio cuerpo volvieron a ser los protagonistas de aquella realidad inmediata. También el teléfono y la pantalla del Facebook con su despliegue de opiniones cercanas o lejanas, eso es lo de menos, de mi círculo afectivo.
Conocer a mi engendro no me eximió de seguir la pauta de mis ideas, no
tengo otra alternativa para manejarme en el mundo material, pero desde entonces
me acerco con respeto al engendro de los otros porque sé que conocer sus
realidades es el único modo de acceder a esa verdad silenciosa que
pacientemente nos aguarda.
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