domingo, 22 de abril de 2018

En el mismo lugar

Levanto la cabeza y giro hacia mi izquierda para descansar la vista. Fuerzo para mirar a través de la ventana lo más lejos posible, como me dijeron, y creo distinguir un pájaro alzando el vuelo desde el tejado de una casa adosada. Al poco me despista el sensual ondeo de los cipreses que pueblan el campus. Hoy el día no sabe qué hacerse con tanta luz.
La sala está callada, en general los viernes es así porque los estudiantes siguen saliendo los jueves. Pero aquí estamos: la que se sienta en la tercera cajonera, el petiso serio, la que llega la primera y se coloca en el centro de la hilera, el calvo joven, la que se maquilla mucho, que hoy he descubierto que está embarazada, y yo. Movidos por la rutina y el silencio vamos irremediablemente gestando una relación no verbal que no sé si algún día mancillaremos con palabras.
Me incorporo despacito como si hubiera alguien dormido. Agarro monedas, el teléfono y salgo a por un café de la máquina. Atravieso un ecosistema habitado por estanterías y gente inclinada sobre apuntes, libros y pantallas. Ya me muevo con soltura en este hábitat y el vigilante de bigote me sonríe, -¿Vamos a hacer el descanso?-. -Un poquito, sí-, le respondo mientras trato de abrir la puerta sin verter el vasito, que empieza a abrasarme los dedos.
Busco un banco retirado. Le da el sol y está a una distancia suficiente como para alejarme del trasiego del cambio de clases y acercarme al campo, extendido al otro lado del puente del AVE. No me apetece pasear bajo los árboles rosas, hoy me siento, respiro y me bebo a sorbos este sucedáneo de café.
Como siempre que en este nuevo tiempo me paro, un sentimiento de incredulidad hacia mí misma me asalta, y como si no me creyera lo que estoy haciendo, me sondeo. ¿De verdad sigues queriendo hacer esto? La respuesta no es automática, sólo trato de escudriñar conscientemente mi inconsciente, si es que éso puede hacerse, para ver si guardo algún ímpetu acallado. Nada. ¿Y de verdad no te apetece viajar, explorar otros vientos? Nada. Aún sabiendo lo que te espera, ¿continúas? Nada, otra vez. Sólo el café, la luz y el amarillo claro de los enormes edificios de la universidad.
Entonces me acuerdo de mi abuela, y de que en los veranos del pueblo las vecinas del barrio hacían corrillo en la esquina al caer el día. Yo no debía tener más de cuatro años cuando desde su regazo asistía como espectadora silente al parloteo de las mujeres. A las carcajadas que irrumpían en sus bocas desdentadas tras los comentarios mordaces de la que me sostenía, aunque por aquel entonces no alcanzara a comprender del todo el motivo de esas risas ni el significado de la palabra mordaz. Cuando crecí y algunas de ellas ya no se sentaban en la esquina, las otras siempre me recordaban esa característica mía de quedarme las horas muertas con ellas en el corrillo, tan pequeña.
En esencia parece que no he cambiado nada y sigo con esa facilidad de hacerme sedentaria en los lugares por los que paso. No hay lar que hoy me seduzca más que quedarme aquí quieta, aunque ya no me sostenga el regazo blando de mi abuela.
Pero al mismo tiempo me maravillo con la impermanencia de mis pareceres; de cómo lo tenido por dogma resultara de la misma consistencia que una oblea. Las carreras de otro tiempo se han transformado en los últimos meses en una caminata de astronauta sobre la luna. Desde mi escafandra me ha llegado amortiguado el sonido del derrumbamiento de realidades que parecían perpetuas.
Me pongo de pie y tiro el vaso vacío. Toca volver a estudiar. Desando el camino que me trajo hasta el banco y paso de nuevo por las salas en las que hace veinte años, como estos chicos, yo también me sumergía entre apuntes y libros. Parece que nada ha cambiado, pero todo es diferente.
Lo único impermanente es el propio cambio.


3 comentarios:

  1. Ganas, lo importante son las ganas. Ni el tiempo ni los años.

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    1. Tienes toda la razón. Pero a mí también me pasa que parece que las ganas me eligen a mí más que yo a ellas. Me alegra saludarle!

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